CAPÍTULO CINCO Lo que Caelen no cuenta (todavía)
Caelen empezó a guardarse cosas otra vez, y yo lo noté enseguida, porque el Juramento no sabe mentir aunque el hombre quiera.
Funciona en los dos sentidos, el Juramento de Ceniza: la flor que me late sobre el corazón le late a él en el suyo, y lo que siente el uno se le filtra al otro como el frío por debajo de una puerta.
Durante un año había sido un regalo. Sabía cuándo Caelen estaba cansado sin que lo dijera, sabía cuándo lo asaltaba de pronto un recuerdo viejo y lo abrazaba antes de que tuviera que pedirlo, sabía —y eso me gustaba más de lo que admitía— cuándo me miraba desde el otro extremo de una sala y el aire entre los dos se calentaba.
Ahora, de repente, el Juramento me traía muros.
No es que dejara de sentirlo. Es que lo sentía cerrándose, una y otra vez, como quien aprieta los dientes para que no se le escape un gemido.
Cada vez que el nombre del Concilio salía a relucir, cada vez que mirábamos hacia el norte, notaba en él una corriente fría que se cortaba en seco, una puerta que se cerraba en mi cara desde dentro.
Lo encontré en la galería de los retratos, donde no entraba casi nunca.
Era la sala larga y fría donde colgaban los guardianes que hubo antes que él: decenas de hombres y mujeres con la misma mirada vacía, la de quien lleva demasiado tiempo mirando lo que hay al otro lado.
Todos solos. Ni una mano sobre un hombro en ningún lienzo.
Ni dos personas en el mismo cuadro. La regla más vieja de todas, la que no hacía falta escribir: un guardián guarda solo.
Caelen estaba de pie ante el último retrato, el que se había pintado a sí mismo hacía quinientos años para no olvidar qué cara tenía. Un hombre de ojos plateados y rostro duro, mirando al frente sin ver nada. Tan distinto del hombre que tenía ahora delante que me dolió.
—Vas a decirme qué te callas —dije, sin preámbulo—.
Y no me digas que es por protegerme. Eso ya lo hiciste una vez, en el Libro anterior de nuestra vida, ¿te acuerdas?
Te guardaste lo de arder juntos sin consumirnos por miedo a darme esperanza.
Casi nos cuesta el mundo. —Me planté a su lado—.
No volvemos a esa casa, Caelen. Yo no vuelvo.
Tardó en contestar. Miraba su propio retrato.
—Hay algo del Concilio que no te he contado —dijo al fin—. No porque quiera protegerte. Porque me da vergüenza. Y la vergüenza, resulta, es más difícil de soltar que el miedo.
Esperé. Con él había aprendido que el silencio es una forma de tirar del hilo.
—¿Recuerdas lo que te conté de cómo me hice guardián?
—dijo—. Que fui hombre. Que hubo una mujer, que enfermó, que vine hasta aquí a suplicar, que el Guardián de entonces me ofreció un trato: su puesto a cambio de la vida de ella.
Que acepté, crucé, me convertí en esto, y que cuando volví la vista al mundo de los vivos para verla sanar, ya había muerto.
La misma noche que sellé el pacto. —Se le tensó la mandíbula—.
Te lo conté como una desgracia. Como mala suerte cruel.
El Guardián anterior necesitaba a alguien que cargara con esto, me engañó, ella murió, fin.
—Lo recuerdo.
—No fue mala suerte. —Se volvió hacia mí, y en sus ojos había algo que no le había visto nunca, ni siquiera ante Morvenna: una herida vieja con la costra recién arrancada—.
Llevo mil años creyendo que fue mala suerte.
Pero al ver hoy al Heraldo, al oír su voz, lo entendí de golpe.
No fui un desgraciado al que engañó un guardián cansado.
Fui una cifra en una cuenta que ese ser lleva llevando desde antes de que existiera mi pueblo.
—Señaló los retratos, toda la galería de soledades—.
¿Cuántos crees que llegamos aquí igual? Mírales las caras.
Casi todos cruzamos por alguien. Brann te lo dijo el primer día: el amor es el único motivo lo bastante estúpido para meterse en la niebla por voluntad propia.
¿Y si eso no es un accidente, Liora? ¿Y si llevan mil años fabricándonos así, a propósito?
Buscando hombres y mujeres rotos de duelo, ofreciéndoles salvar a quien aman, dejándoles cruzar…
y dejando morir después a la persona por la que cruzaron, para que no les quede nada por lo que volver.
Para que se queden. Para que apaguen la vela y guarden la frontera mil años, solos, sin corazón, dóciles.
—Le temblaba la voz—. No me hicieron guardián a pesar de mi amor.
Me hicieron guardián usando mi amor. Y luego me lo arrancaron para asegurarse de que no volviera a sentirlo.
La Ley no prohíbe que el guardián ame por accidente.
La Ley es la cosecha del amor del guardián.
Lo siembran y lo siegan. Y yo he sido su campo durante mil años sin saberlo.
Me quedé sin aire. La galería entera me pareció de pronto otra cosa: no un mausoleo de guardianes solitarios, sino un granero. Filas y filas de cosechas pasadas.
—No lo sabes seguro —dije, débilmente.
—No. —Volvió a mirar su retrato—. Pero el Heraldo sí lo sabe.
Y va a usarlo. Lo sentí cuando me miró: sabe exactamente qué piedra mover dentro de mí.
—Cerró los ojos—. Por eso me lo callaba.
No por protegerte a ti. Por no tener que mirarme yo.
Mil años creyendo que mi tragedia era mía, y resulta que fui ganado.
Le tomé la cara entre las manos, como había aprendido a hacer, como nadie había hecho con él en mil años antes de que yo cruzara.
—Escúchame —dije—. Si es verdad, si te cosecharon, entonces hay una sola forma de arruinarles la cosecha.
—Le sostuve la mirada—. No volver a ser campo.
Negarse a producir lo que esperan. Ellos siembran duelo para recoger soledad.
Pues tú y yo vamos a darles lo único que no saben cosechar: dos que se quieren y no se sueltan y no se rompen.
Y mientras lo decía —Dios, mientras lo decía con tanta convicción— no me di cuenta de que acababa de prometer, otra vez, lo mismo de siempre. No soltar. Que era, palabra por palabra, justo lo que el Heraldo había venido a provocar.
* * *
Esa noche volvió a pasar lo de Edda.
Crucé a Cendral porque me avisaron de que la abuela había empeorado, y me senté con ella, y le sostuve la mano mientras su alma se acercaba a la superficie.
Esta vez no se soltó: aún no era su momento, aún le quedaba un día, quizá dos.
Pero la sentí ahí, tan cerca, tan cansada, tan lista, y noté otra vez aquel tirón mío, aquel no todavía, quédate, más fuerte que la primera vez, como un músculo que se ejercita.
Y esta vez, que los dioses me perdonen, lo disfruté.
Solo un instante. El instante en que sostuve el hilo de su vida entre los dedos del pensamiento y supe que era mío decidir si tiraba o soltaba. El poder de eso. La dulzura. Yo podría guardarte. Yo podría guardar a todos. Nadie tendría que irse nunca si yo no quisiera.
Solté el hilo. Salí de la casa de los Ferrén con las manos temblando.
Y al cruzar de vuelta, en mitad de la niebla, oí por primera vez en un año una voz que creía olvidada.
No la de mi madre, que era la que el Umbral usaba antes para hacerme daño.
Una voz nueva, de seda y de pozo, que no venía de fuera sino de dentro, y que decía, muy bajito, lo que yo más quería oír y más miedo me daba:
Aprende a tirar, pequeña Llama. Solo eso. Aprende a tirar, y no perderás a nadie nunca más.
Llegué a la Casa de los Velos, me metí en la cama junto a Caelen, que dormía —dormía, él, que mil años no había dormido—, y me quedé mirando el techo hasta el amanecer, con la flor de ceniza latiéndome en el pecho y una pregunta nueva clavada como una astilla.
¿Y si lo que el Heraldo venía a provocar no estaba solo en Caelen?
¿Y si la piedra que sabía mover dentro de mí ya había empezado, yo solita, a moverla?