CAPÍTULO TRECE La prueba de los vivos
El segundo día de testigos no hubo testigos. Hubo una prueba, que es distinto, porque a un testigo lo escuchas y una prueba la sufres.
—Os he mostrado el pasado —dijo el Heraldo desde su trono, cuando volvimos a ocupar el centro del círculo—.
Los guardianes que cumplieron. El que rompió la frontera.
Os he mostrado el futuro: en lo que se convierte una Llama que no suelta.
Hoy os muestro el presente. Porque una Llama no se condena solo por lo que fue ni por lo que será.
Se condena por lo que hace cuando le ponen delante, aquí y ahora, algo vivo que ama.
Alzó la mano. Y el vacío blanco del Solio se llenó de Cendral.
No una imagen. No un recuerdo, como los ecos de los guardianes.
Una ventana. Una ventana de verdad abierta sobre el mundo de los vivos, tan nítida que olí el humo de las chimeneas y el río y el pan de la panadería que había heredado el oficio que dejó Brann en el pueblo.
Vi la calle mayor al atardecer. Vi a Sena, la del molinero, tendiendo la ropa. Y vi a Mira.
Mi hermana iba por la calle con su cesta de hierbas, riéndose de algo con el bobo del molino, viva, dorada, ajena. Tan cerca que habría jurado que si alargaba la mano la tocaba.
—Es real —dijo el Heraldo, y por una vez no mentía, y eso lo hacía insoportable—.
No es una ilusión. Es tu hermana, ahora mismo, en este instante, al otro lado de la niebla.
Te la enseño para que entiendas algo: que el Umbral, desde aquí, la alcanza.
Que lo que yo veo, yo lo toco. —Movió un dedo, apenas.
Y en la ventana, Mira se detuvo. Se llevó la mano al pecho. A la brasa secreta. Y tosió.
Tosió como tosía antes. Como llevaba quince años tosiendo cuando yo era herbolaria y no había primavera y la veía apagarse sin poder hacer nada. Una tos honda, de pecho, que le sacudió los hombros y le borró la risa de la cara.
—No —dije, y di un paso hacia la ventana sin pensarlo—. Para. Para eso. No te atrevas.
—No le hago nada —dijo el Heraldo—. Solo le recuerdo al cuerpo lo que era estar enfermo.
Un eco. Un susurro. Inofensivo. Pero observa, Llama, lo que te ha hecho a ti.
Has dado un paso. Has extendido la mano.
Has querido alcanzarla. Sujetarla. Protegerla desde aquí, con tu poder, a través de la niebla.
—Su serenidad sin rasgos se inclinó—. Hazlo.
Te invito. Tienes el don. Podrías tender un hilo hasta tu hermana ahora mismo, desde el corazón del Umbral, y blindarla.
Que no enferme jamás. Que no tropiece jamás.
Que ningún mal la roce mientras tú ardas.
Tienes el poder de envolverla en un capullo y guardarla a salvo para siempre.
¿No es eso el amor? ¿Proteger? ¿Que no le pase nada nunca?
Y sentí el tirón. Otra vez. El mismo de Edda, el mismo del campo de puertas, pero peor, mil veces peor, porque era Mira, porque era mi hermana, porque me había pasado quince años viéndola morir despacio y un año entero temiendo que volviera a empezar.
La mano se me fue sola hacia la ventana.
El hilo estaba ahí; lo sentía; solo tenía que tomarlo y tejer alrededor de Mira una jaula de seda y luz donde nada pudiera tocarla jamás—
—Liora. —La voz de Caelen, baja, a mi lado. No me sujetó. No me ordenó. Solo dijo mi nombre, y luego dijo, muy despacio—: ¿Te acuerdas de cómo era antes? ¿Cuando estaba a salvo de verdad?
Me detuve.
Porque Mira nunca había estado a salvo. Había estado guardada.
Quince años envuelta en mantas, sin salir, sin río, sin sol, sin el bobo del molino, sin riesgo, porque cualquier riesgo podía matarla.
La habíamos protegido tanto que no la habíamos dejado vivir.
Y lo que la curó al final no fue más protección.
Fue el fuego del mundo volviendo, fue la primavera, fue soltarla a una vida con tos y con bobos y con riesgo y con sol.
Bajé la mano.
—No —dije, y me costó como me costaba todo lo que valía la pena—.
No voy a envolverla. Una hermana a la que blindo para que no le pase nada no es una hermana viva.
Es una hermana embalsamada. —Miré la ventana, a Mira, que ya dejaba de toser, que volvía a reírse con el bobo, ajena a que su hermana acababa de elegir, en la casa de los dioses, no enjaularla—.
La quiero viva. Y vivir es arriesgarse. Es enfermar a veces y curarse, y tropezar y levantarse, y enamorarse de bobos y desenamorarse.
Si la guardo en un capullo para que no sufra, le robo todo eso.
Le robo la vida entera por miedo a perderla.
—Me volví hacia el Heraldo—. Eso es lo que tú no entiendes, lo que ninguno de vosotros entiende ahí sentados en vuestro hielo: que proteger a alguien de toda pérdida es la forma más completa de perderlo.
Lo conviertes en un objeto a salvo en una vitrina.
Y yo no quiero una hermana en una vitrina.
Quiero una hermana en el mundo, con todo lo que el mundo le vaya a hacer, bueno y malo, hasta que le toque cruzar.
Y ese día —se me quebró la voz, pero seguí— ese día la cruzaré yo, bien, de la mano, como aprendí.
Pero será su día. No el que yo decida por miedo.
La ventana sobre Cendral se cerró despacio.
Y en los tronos de hielo hubo, otra vez, ese murmullo, y al fondo la diosa veteada de río movió la cabeza, casi imperceptiblemente, como quien anota algo a favor.
—Curioso —dijo el Heraldo, y por primera vez su voz tenía una sombra de algo que no supe nombrar entonces y que luego entendí: contrariedad—.
Has soltado a una viva. Casi nadie suelta a los vivos; es más difícil que soltar a los muertos, porque a los vivos los puedes seguir teniendo.
—Junta las manos—. Pero aún no has soltado a un muerto.
Eso es lo único que cuenta de verdad. Cualquiera renuncia a enjaular.
Pocos renuncian a desenterrar. —Se levantó—.
Mañana seguiremos. Y la prueba de mañana, Llama, no será una ventana.
Será una puerta. Y al otro lado no habrá una hermana viva a la que dejar vivir.
Habrá algo tibio que se te muera en las manos.
Veremos entonces si esa mano que presumes de saber abrir se abre también cuando lo que sostiene ya se está enfriando.
No lo entendí del todo. Creí, otra vez, que hablaba en general. De la muerte, abstracta, futura.
No hablaba en general. Estaba anunciando a Brann, aunque yo aún no podía saberlo. Solo que los anuncios de los dioses, como sus citaciones, llegan siempre envueltos en una cortesía que no te deja ver el filo hasta que ya te ha cortado.
Esa noche no pude dormir. Tenía el presentimiento de que la prueba de la ventana y la tos había sido solo la mitad cortés del asunto, la que se hace delante de testigos.
Y de que la otra mitad —la de verdad, la que un contable no se atreve a hacer en público— el Heraldo me la reservaba para cuando no hubiera nadie delante.