CAPÍTULO TRES El recuento
[De la voz del Heraldo]
No tengo nombre. Renuncié a él hace tanto que ni siquiera lo recuerdo como una pérdida; lo recuerdo como quien recuerda haber tenido fiebre de niño: un calor lejano, ajeno, del que uno se alegra de haber sanado.
Un nombre es un asa. Una cosa por la que el mundo puede agarrarte y tirar.
Yo no le doy asas al mundo. Por eso he durado donde otros se rompieron.
Los que quedan me llaman el Heraldo. Es un título, no un nombre; describe lo que hago, no lo que soy.
Y lo que hago, desde antes de que tu especie tuviera fuego, es sostener el orden.
Escribí la Ley. No con orgullo —el orgullo también es un asa—, sino con la única virtud que me permito: la exactitud.
Vi lo que el amor le hacía a la frontera.
Vi a un guardián retener a un alma que debía soltar, y vi la grieta abrirse, y vi a miles de vivos morir aplastados entre dos mundos que se derramaron uno sobre otro porque un hombre no supo abrir la mano.
Conté los muertos. Después escribí la Ley.
Ningún guardián amará, pues el amor del que guarda corrompe la frontera. Trece palabras. Mil años de paz.
Llámalo crueldad, si quieres. Yo lo llamo aritmética.
Un guardián solitario sufre, sí. Una Llama que arde sola se consume, también.
Son dos. El mundo es incontable. La piedad verdadera —la única que me permito— es proteger lo incontable del capricho de los dos.
El que me llama cruel no ha tenido nunca que contar muertos. Yo sí. Es lo único que hago.
Y ahora me veo obligado a rehacer la cuenta.
Nos reunimos en el Solio, los que quedamos.
No somos muchos. Fuimos legión cuando el fuego del mundo saltaba alto; ahora somos un puñado de rescoldos viejos, dioses de ríos secos y estaciones olvidadas, sentados en tronos de hielo en una sala sin techo donde no entra la luz porque la luz, aquí, sería una indecencia.
Convoqué el recuento. Vinieron. Hasta la que duda —la que fue río, la que aún tiene en la voz un eco de agua corriente— vino, aunque se sentó al fondo, como si la cercanía pudiera ensuciarla.
—Hay un guardián que ama —dije, y no hizo falta decir más. Lo sabían. Lo habían sentido todos, hacía un año, cuando el mundo entero tembló: una Brasa reavivándose sin que muriera nadie. Una herejía ardiendo donde debía haber ceniza.
—Y vive —añadió una voz desde los tronos—. La Llama. Vive. Cruza la niebla a su antojo. Guarda la frontera con él. Dos brasas sosteniendo el fuego.
—Lo cual es imposible —dijo otro.
—Lo cual está ocurriendo —corregí—. Que sea imposible según la Ley no impide que ocurra. Solo significa que la Ley, o el mundo, está equivocado. Y como yo escribí la Ley, y la escribí bien, el que está equivocado es el mundo. Nuestra tarea es corregirlo.
Hubo un silencio. En el silencio se oía el goteo del hielo, que aquí nunca termina de derretirse ni de cuajar.
—Mátalos —dijo el dios de las estaciones muertas, con el aburrimiento de quien ha matado mucho—. Apaga a la Llama. Vacía al guardián. Que la frontera vuelva a manos limpias.
—No.
Mi negativa los sorprendió. A mí no. Llevaba un año pensándolo.
—Si los matamos, la Brasa muere con ellos —expliqué, paciente, como se explica a niños viejos—.
La sostienen los dos. Arráncales el fuego y arrancas el del mundo, y entonces sí: el Largo Invierno, esta vez para siempre, y nosotros reinando sobre un páramo de hielo, que es exactamente lo que quería Morvenna y exactamente por lo que dejamos que se disolviera sola, como la idiota sentimental que siempre fue.
No. No los queremos muertos. Los queremos equivocados.
Queremos que el mundo entero vea que la Ley acierta.
Que el amor del guardián destruye lo que guarda.
Que dos no pueden sostener lo que uno apenas sostiene.
—¿Y cómo se demuestra que tienen razón los que tienen razón —preguntó la que fue río, desde el fondo, con su voz de agua— cuando los hechos dicen lo contrario?
La miré. Es la más peligrosa de todos, la que duda, porque la duda es la primera grieta. Habrá que vigilarla.
—Se les juzga —dije—. Se les convoca ante el Concilio y se les juzga por romper la Ley.
Y el juicio no se gana con argumentos: los argumentos los tienen ellos, tienen una Brasa ardiendo de su parte.
El juicio se gana haciendo que ellos mismos prueben la acusación.
—Me incliné hacia delante, y el hielo de mi trono crujió—.
El amor de un guardián corrompe la frontera porque el que ama no sabe soltar.
Aprieta el puño. Retiene. Pues bien: les pondremos delante todo lo que aman, una y otra vez, y los empujaremos a apretar el puño, a retener, a no soltar.
Y cuando lo hagan —y lo harán, porque eso es lo que hace el amor—, la frontera se romperá con sus propias manos, no con las nuestras.
Y el mundo verá que la Ley nunca fue crueldad. Fue misericordia.
—¿Y si no aprietan el puño? —insistió la que fue río—. ¿Y si sueltan?
Casi sonreí. Casi. Sonreír también es un asa.
—Nadie suelta lo que ama —dije—. Esa es la única ley más antigua que la mía.
La escribió el primer ser que perdió algo.
No se ha roto nunca. —Me levanté, y los demás se levantaron conmigo, porque el orden empieza por los gestos—.
Convocad a la Llama y a su guardián. Y traedme, del fondo de la casa de él, todo lo que pueda querer.
Empezaremos por lo pequeño. Siempre se empieza por lo pequeño.
Disolví el recuento. Los rescoldos volvieron a sus ríos secos y sus estaciones muertas. Yo me quedé solo en el Solio, mirando el goteo eterno del hielo, repasando la cuenta.
Dos contra lo incontable. Es una aritmética sencilla. La he resuelto mil veces.
Lo único que me inquieta —y la inquietud, también, es un asa que no me permito— es que esta es la primera vez que uno de los dos sumandos sabe tejer. Y no he terminado de calcular qué pasa cuando el que debería soltar, en lugar de apretar el puño, decide coser.
No importa. Lo descubriré. Contar es lo único que hago.