El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO DOS El oficio nuevo
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CAPÍTULO DOS El oficio nuevo

En el año que siguió al deshielo me había nacido un oficio sin que yo lo buscara, como nacen las cosas verdaderas: por necesidad y de tarde en tarde, hasta que un día son lo que eres.

Empezó con los de Cendral. La primera vez fue el viejo Daxo, el herrero, que se apagó en otoño con el corazón cansado, y su mujer vino a buscarme no como herbolaria —ya no había nada que curar— sino por la otra cosa, la que el pueblo entero sabía aunque nadie nombrara: que la que se fue a la niebla volvía de ella, y que tenía mano para los que cruzaban.

Me senté con Daxo, le quité el dolor, y cuando llegó su hora lo tomé de la mano y lo llevé por la niebla, que para él fue una fragua tibia y un yunque que ya no pesaba, hasta la orilla del lago, y allí lo solté con cuidado.

Murió sin miedo. Su mujer dijo que se le quedó cara de descanso. Y se corrió la voz.

Después vinieron de otros pueblos. De Voss, al otro lado del valle.

De las aldeas del río, que antes mandaban a sus muertos a la fosa con un cura asustado y ahora mandaban a buscarme a mí.

No cobraba; ¿qué iba a cobrar? Me daban pan, huevos, una manta tejida, la gratitud incómoda de quien no sabe cómo se le paga a alguien por sostenerle la mano a su madre mientras se va.

Yo lo aceptaba todo, porque rechazarlo habría sido orgullo, y subía a casa cargada de regalos de muertos y me sentía, por primera vez en mi vida, exactamente donde debía estar.

—Te estás gastando —me dijo Brann una noche de aquel invierno suave, mientras me servía un caldo que ya sabía a caldo de verdad—. Cuatro cruces esta semana. Vuelves cada vez más blanca. No eres una fuente, niña. Eres una vela. Y las velas, por mucho fuego del mundo que tengas detrás, se acortan.

—Estoy bien —dije, que es lo que dice todo el que no lo está.

—No he dicho que estés mal. —Se sentó enfrente, con esa pesadez imposible de fantasma que pesa—.

He dicho que te gastas. Es distinto. Gastarse en algo que vale la pena no es estar mal; es estar vivo.

Pero hay que mirarlo. —Me apuntó con la cuchara de palo—.

Y hay otra cosa que miro yo, aunque tú no me la cuentes.

Que cada vez que cruzas a uno, vuelves con una sombra nueva en los ojos.

No de cansancio. De otra cosa. De… ganas.

Solté la cuchara. Porque tenía razón, el muy desgraciado, siempre tenía razón.

—Cada vez cuesta más soltarlos —admití, en voz baja, lo que no le había dicho a nadie, ni a Caelen del todo—.

Al principio era fácil. Los llevaba, los soltaba, volvía.

Ahora… ahora, en el último instante, cuando tengo el hilo entre los dedos y solo falta abrir la mano, hay una parte de mí que no quiere.

Que piensa: podría quedármelo. Podría no soltar.

Soy la única que puede. Y cada vez esa parte habla más alto.

—Lo miré—. ¿Es normal, Brann? Tú llevas aquí cuatrocientos años.

¿Le pasa a todos los que tienen que ver cruzar a tanta gente?

Brann se quedó callado mucho rato. Luego dejó la cuchara, y se miró las manos borrosas, las de panadero muerto.

—No te voy a mentir —dijo—. No le pasa a todos.

Le pasa a los que pueden hacer algo al respecto.

A los que tienen el poder de no soltar. A esos, sí.

A esos se les mete dentro como una carcoma, despacio, y un día se despiertan siendo otra cosa.

—Levantó la vista—. Yo tuve una pizca de ese poder, una sola vez, hace cuatrocientos años, cuando bajé a la niebla a por mi mujer y mi cría.

No supe soltarlas. Y mira en lo que me convirtió: en esto.

Un alma atascada cuatro siglos a un lago de distancia de las suyas.

—Se inclinó—. Así que escúchame, que de esto sé más que tu dios y que todos los dioses juntos: el día que soltar te resulte fácil, no pasa nada.

El día que te resulte imposible, tampoco, porque aún luchas.

El día de tener miedo, niña, es el día en que dejes de luchar.

En que abras la mano sin que te duela, no porque hayas aprendido a querer bien, sino porque hayas dejado de querer del todo. Ese día ven a buscarme y te sacudo yo.

No sabía —no podía saber— que aquel día le tocaría sacudirme muriéndose, y que la lección le costaría todo. Pero guardé sus palabras. Las guardo todavía.

* * *

Esa misma noche se lo conté a Caelen, en la sala de la Brasa, lo de las ganas que crecían.

—Brann dice que les pasa a los que pueden hacer algo al respecto —dije—. ¿A ti te pasó? Cuando perdiste a Elia, ¿tuviste el poder de retenerla y…?

—No. —Negó con la cabeza—. Yo no sabía tejer.

Ningún guardián sabe; solo sabemos sostener la puerta, no coser a quien la cruza.

Por eso, cuando perdí a Elia, lo único que pude hacer fue apagar la vela para no sentirlo.

La salida de los cobardes con poco poder.

—Me tomó la mano—. Pero tú… tú sí puedes hacer algo.

Puedes coser. Puedes retener. Y eso te pone en un sitio donde no ha estado ningún guardián ni ninguna Llama en mil años: en el sitio donde la tentación no es una idea, sino una herramienta que llevas en las manos.

—Me sostuvo la mirada, con los reflejos de oro de la Brasa—.

Da miedo. Pero también es la única razón por la que el mundo podría, algún día, dejar de funcionar con miedo.

Porque alguien que puede retener y elige soltar es mil veces más fuerte que alguien que suelta porque no le queda otra.

Tu tentación, Liora, es el precio de tu don.

Y tu don es lo único nuevo que le ha pasado al Umbral en mil años.

Miré la Brasa arder, dorada y firme, y pensé en todos los que había cruzado aquel año, decenas ya, soltados uno a uno con el corazón un poco más reacio cada vez.

Y muy lejos, en el norte sin bordes —aunque yo entonces no lo sabía—, alguien que llevaba mil años contando muertos había empezado a notar que la cuenta le salía corta.

Que faltaban almas en el fondo del lago.

Que generación tras generación, durante mil años, la cosecha había sido constante, predecible, abundante…

y que de pronto, desde hacía un año, en un valle pequeño bajo un cielo recién estrenado, alguien estaba cruzando a los muertos bien, desviándolos de la corriente, robándoselos a la boca del fondo de uno en uno.

No me citaron por amar. Eso fue la excusa, la que cabía en una ley.

Me citaron porque, sin saberlo, llevaba un año quitándoles la comida de la mesa.

Pero eso, como tantas cosas, no lo entendí hasta el final, cuando ya había pagado por ello el precio que vais a verme pagar.