CAPÍTULO UNO El temblor del norte
Había una primavera al otro lado de mi ventana, y todavía no me acostumbraba.
Llevaba un año despertándome a la misma luz dorada y tibia, y cada mañana mi cuerpo tardaba un instante en recordar que ya no debía tener miedo del frío.
Era un reflejo viejo, de toda una vida en Cendral: tantear las mantas buscando la escarcha, contar el aliento para ver si salía en vaho.
Pero la escarcha no volvía. El aliento ya no se congelaba.
La Casa de los Velos, que durante mil años había dado luz sin calor, calentaba ahora como calienta un hogar de verdad, y por las mañanas olía a algo que tardé meses en reconocer porque hacía toda una vida que no lo olía: a pan.
Brann había aprendido a hacer pan.
Lo encontré en la cocina, como cada mañana, peleándose con una masa que se le pegaba a los dedos translúcidos.
Un año atrás, aquel mismo hombre —aquella misma alma con forma de hombre, los bordes difuminados como una pintura frotada antes de secar— me había servido un caldo claro que sabía a recuerdo de caldo, lo único que sabía servir a los vivos.
Ahora la cocina olía a levadura y a leña, y en el alféizar se enfriaban tres hogazas torcidas.
—No digas nada —me advirtió sin volverse—. Sé que están torcidas. La tercera ha salido con forma de bota. Pero saben a pan, y eso, niña, después de mil años de no saber a nada, es un milagro que no pienso disculpar.
—No iba a decir nada. —Le robé un trozo de la hogaza-bota. Estaba caliente. Caliente de verdad—. Iba a decir que está bueno.
Brann se quedó muy quieto un momento, con las manos en la masa, y vi que se le humedecían los ojos, esos ojos imposiblemente vivos para estar muerto.
—Llevaba siglos sin que nadie comiera nada que yo hiciera —dijo en voz baja—.
Sirves a una casa mil años y se te olvida para qué sirve servir.
—Carraspeó, espantó la emoción con un gesto brusco—.
Bueno. Está bueno porque le puse romero del invernadero.
No por nada más. Anda, llévale una a tu dios antes de que se enfríe, que el muy idiota se olvida de comer si no se lo recuerdas.
Mi dios. Todavía me hacía sonreír oírlo decirlo así, como si tener uno fuera una excentricidad mía, como un gato difícil.
Subí con el pan envuelto en un paño. La casa entera había cambiado en un año.
Los pasillos ya no se alargaban de aburrimiento ni se plegaban sobre sí mismos como las páginas de un libro mal cosido; ahora llevaban a donde una quería ir, más o menos, con la docilidad de un perro viejo.
Las ventanas seguían dando todas al mismo lago, pero el lago ya no era negro.
Era agua de verdad, transparente, y bajo su superficie nadaban peces de luz: las almas, ya no atrapadas, esperando su turno para cruzar sin miedo.
Hollín me siguió escaleras arriba, gordo y feliz, dejando un rastro de chispas perezosas.
La pequeña criatura de brasas se había pasado el año entero engordando a base de perseguir motas de sol, y había perdido por completo la costumbre de esconderse.
Ahora dormía a la vista, en mitad de las alfombras, panza arriba, como solo duerme algo que ha dejado de tener miedo.
Encontré a Caelen donde siempre lo encontraba a esa hora: en la sala de la Brasa, en lo alto de la casa, sentado en el suelo de piedra con la espalda apoyada en el círculo y la cara vuelta hacia el fuego del mundo.
Ardía firme. Eso seguía sin cansarme de mirar.
La Brasa Primera, el rescoldo del que nacieron el sol y las estrellas y todos los ríos, latía dorada y entera en el centro de la sala, viva, alimentada por lo único que durante mil años habían tenido demasiado miedo de probarle: no la muerte de una Llama solitaria, sino el amor de dos brasas que se sostenían la una a la otra.
—Brann ha hecho pan otra vez —dije—. Te manda esto. Con amenazas.
Caelen volvió la cabeza. Y ahí estaba la otra cosa a la que no terminaba de acostumbrarme: su cara.
Mil años apagado le habían dejado los ojos grises como ceniza fría, pero un año encendido se los había devuelto, y ahora, cuando me miraba, tenían reflejos de oro.
Sonrió. Una sonrisa de verdad, entera, que todavía le costaba un poco, como un gesto que se reaprende.
—Tiene forma de bota —dijo, mirando el pan.
—Esa es la otra. Esta tiene forma de pan, no seas desagradecido.
Me senté a su lado en el suelo tibio. Él me pasó el brazo por encima sin pensarlo, ese gesto que un año atrás le habría hecho temblar al mundo y que ahora era solo lo que hacíamos: estar cerca.
A través del Juramento de Ceniza —la flor de ceniza que latía sobre mi corazón, el vínculo que nos había atado la primera noche y que funcionaba en los dos sentidos— sentí su calma como quien siente el sol en la nuca.
Tranquilo. Saciado, casi. Mil años de hambre de contacto por fin acallados.
Comimos el pan en silencio, mirando arder el fuego del mundo, y fui feliz de ese modo limpio y entero que ya había aprendido a reconocer y a no dar por seguro.
Tendría que haberlo dado por seguro un rato más. Tendría que haberme quedado en esa felicidad todo lo que pudiera, porque iba a echarla mucho de menos.
* * *
Crucé a Cendral esa tarde, como cruzaba dos o tres veces por semana.
Una guardiana viva podía cruzar la niebla a voluntad, y la mía ya no susurraba ni tiraba de mí con voces robadas; se abría a mi paso como una cortina y me dejaba salir al bosque de abedules, verde ahora, lleno de brotes en ramas que durante once años habían estado desnudas.
El camino a Cendral lo conocía con los pies.
Lo hacía sin pensar, contenta, con una cesta de hierbas del invernadero para el viejo curandero que había heredado mi oficio.
Y a mitad del bosque, el suelo tembló.
No fue gran cosa. Un estremecimiento, como el que da una casa cuando alguien cierra una puerta lejana con demasiada fuerza.
Las hojas nuevas se agitaron. Un puñado de pájaros salió volando del mismo árbol a la vez.
Y luego, nada: el bosque siguió verde y la tarde siguió tibia, y si no hubiera sido por el frío que me bajó por la marca del pecho —el Juramento erizándose como se eriza un animal— habría pensado que me lo había imaginado.
Pero no me lo imaginé. Y venía del norte.
Era la tercera vez en un mes.
La primera había sido tan leve que la achacamos al asentamiento del mundo, a la primavera acomodándose en una tierra que llevaba mil inviernos helada.
La segunda nos hizo cruzar una mirada, Caelen y yo, sin decir nada.
Esta tercera me dejó parada en mitad del bosque con la cesta de hierbas colgando del brazo y el corazón apretado, mirando hacia el norte, hacia donde un año atrás Hollín había erizado el lomo y Caelen había dicho, en voz muy baja, las palabras que yo llevaba un año fingiendo olvidar.
Los Antiguos no perdonan que les demuestres que estaban equivocados.
Sacudí la cabeza. Seguí andando. La felicidad enseña mal: te acostumbra a pensar que durará.
En Cendral me esperaba lo de siempre, y lo de siempre era una alegría.
El pueblo había florecido literalmente: las calles que yo recordaba enterradas en nieve hasta los tejados estaban llenas de macetas, de niños, de ropa tendida al sol.
Nadie se persignaba ya al hablar del Umbral; me saludaban por mi nombre, me daban las gracias con una mezcla de cariño y de ese respeto incómodo que se le tiene a quien ha vuelto de donde no se vuelve.
La herbolaria que se fue a la niebla. La que regaló la primavera.
Atendí al curandero. Repartí las hierbas. Y, ya de vuelta, paré donde paraba siempre: en casa de los Ferrén, donde la abuela se estaba muriendo.
Se llamaba Edda y tenía noventa años y un cáncer en el vientre que ni mis raíces ni las de nadie podían tocar.
No sufría —de eso me había encargado yo—, pero se apagaba, despacio, como se apaga una vela buena: sin prisa, dando luz hasta el final.
Llevaba semanas yendo a sentarme con ella.
No como herbolaria. Como lo otro que era ahora.
—Hoy estás más guapa —me dijo, con un hilo de voz, cuando me senté en el borde de su jergón—. Será que te has echado algo en el pelo.
—Será que vengo del campo.
—Será que vienes de tu casa rara con tu novio terrorífico. —Se rio, y la risa se le deshizo en tos. La sostuve hasta que pasó—. Liora. Cuando me toque… ¿estarás tú?
—Estaré yo.
—¿Y no me dolerá?
—No te dolerá. —Le tomé la mano, seca como papel—. Yo misma te llevaré, Edda. La niebla, para ti, será un camino entre abedules en flor. Y al final hay un lago, y el agua está tibia, y te soltarás como se suelta una hoja de la rama: sin esfuerzo, cuando estés lista. No tendrás miedo. Te lo prometo.
Se quedó tranquila. Cerró los ojos. Y aquí está la parte que no me gusta contar, la que entonces no entendí y que después fue el principio de todo: mientras la miraba dormir, mientras le sostenía la mano y sentía su alma muy cerca de la superficie, lista para cruzar, algo en mí no quiso soltarla.
No fue piedad. La piedad era dejarla ir.
Fue otra cosa, más oscura y más mía: un tirón pequeño en el pecho, un no todavía, quédate, todavía puedo guardarte.
Por un instante —solo uno— sentí el hilo de su alma entre los dedos del pensamiento, igual que sentía los hilos que cosían la frontera, y supe, con una certeza que me heló, que si tiraba de él hacia mí en vez de empujarlo hacia el lago, Edda no cruzaría.
Se quedaría. Conmigo. Viva a medias, atada a este lado, robada a su descanso.
Solté la mano como si quemara. Edda siguió durmiendo, ajena. Pero a mí me temblaban los dedos, y por primera vez en un año volví a tener frío, un frío que no venía de fuera.
—¿Qué ha sido eso? —susurré, al aire, a nadie.
El aire no me contestó. Pero muy lejos, en el norte, el mundo tembló por cuarta vez, tan suave que solo lo notamos los muertos y los que tejemos almas.
Y yo, que era las dos cosas, lo noté dos veces.