El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2)
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Prólogo
Te contaron que los muertos descansan.
Te lo dijeron para que pudieras dormir. Te lo repitieron en los entierros, con la tierra todavía blanda y el frío metido en los huesos: que cruzan el lago, que se hunden en el agua oscura, que pasan a un lugar sin dolor donde por fin sueltan el peso de haber vivido.
Descanso, lo llaman. La palabra más dulce que conoce una lengua humana.
La que se dice junto a las camas de los que se apagan, la que se susurra para que la pena pese un poco menos.
Te lo creíste. Yo también me lo creí. Crucé la niebla por primera vez convencida de que más allá del último velo había paz, y guie almas hasta la orilla del lago jurándoles que les esperaba el descanso, y lo hice con el corazón limpio, porque yo misma lo creía cierto.
No te mintieron del todo. Es verdad que el lago existe. Es verdad que las almas se hunden en él. Lo que nadie te dijo —lo que tardé demasiado, demasiado tiempo en descubrir— es a dónde van después. Y quién las espera. Y con qué hambre.
Pero esa es otra historia, y todavía no estoy lista para contarla. Aún me tiembla la voz cuando llego a esa parte.
Esta historia es más pequeña y más cruel.
Trata de un juicio. De unos dioses que escribieron una ley por miedo y de lo que hicieron cuando dos personas se atrevieron a demostrarles que estaban equivocados.
Trata de cómo el amor, que en el Libro anterior nos salvó, en este estuvo a punto de condenarnos, porque hay una forma de querer que sostiene y otra que ahoga, y yo tuve que perderlo casi todo para aprender a distinguirlas.
Trata, sobre todo, de un viejo mayordomo con los bordes borrosos que me enseñó la última lección, la más difícil de todas, y la pagó con lo único que le quedaba.
Me llamo Liora. Soy la primera guardiana viva del Umbral, la Última Llama, la que teje almas. Tengo un dios de la mano y una hermana al otro lado de la niebla y un fuego terco ardiéndome en el pecho. Hace un año hice temblar al mundo por amor.
Lo que viene ahora es lo que el mundo me cobró por ello.
Te aviso una sola vez: no todo se salva. Algunas cosas, cuando las quieres de verdad, solo se salvan soltándolas.
* * *
Esta es la historia de cómo aprendí a abrir la mano.