Capítulo XII El cáliz de los Sterling
El gigantesco interior descubierto no albergaba majestuosas montañas de oro brillante, ni inmensos cofres de madera repletos de joyas preciosas, ni los fabulosos e imaginarios tesoros de los reyes antediluvianos que los ambiciosos marineros de Londres codiciaban en sus cuentos.
Era una inabarcable caverna abovedada de proporciones titánicas, una profunda garganta de roca perfectamente lisa iluminada apenas por una tenue luz pálida, sumamente carnosa y palpitante, como el desagradable resplandor enfermizo de un inmenso hongo tumoral creciendo y pudriéndose en el vientre cerrado de un cadáver.
La geometría distorsionada de las altas paredes interiores seguía la misma aberración y tortura matemática que la arquitectura del exterior: amplios arcos invertidos que se torcían antinaturalmente sobre sí mismos, estrechos y largos puentes de basalto que cruzaban el inmenso vacío central sin soportes lógicos visibles, y un terrorífico abismo circular central que descendía insondable hacia una oscuridad infinita y absoluta.
Un agudo y agónico quejido lastimero sonó a mis espaldas y me devolvió súbitamente a la dura realidad.
Silas estaba arrodillado e indefenso en el frío suelo, arañándose con fuerza y desesperación los costados del cráneo con los muñones de sus manos mutiladas.
La monumental apertura de la puerta no solo había liberado aquel asfixiante hedor prehistórico de la tumba; había destapado y liberado violentamente la inmensa cámara de presión donde se contenía el incesante cántico psíquico.
Las inmensas voces disonantes, que días y horas antes nos llegaban lejanas y amortiguadas filtradas a través de la gruesa madera del barco ballenero y de la sólida piedra del arrecife, ahora, sin barreras, fluían libres, cristalinas y desatadas, golpeando y pulverizando nuestras defensas mentales con la brutal fuerza de un poderoso huracán invisible.
—¡No me deje escucharla de nuevo en mi cabeza!
—suplicó el viejo y endurecido marinero, apretando los párpados con tanta fuerza descomunal que comenzó a llorar gruesas lágrimas de sangre roja por las cuencas—.
¡Está hurgando profundamente en mi cabeza, cartógrafo!
¡Me está masticando vivo y destrozando mis preciosos recuerdos!
Sabía intuitivamente que, si nos quedábamos acurrucados e inmóviles en el umbral de las puertas, la poderosa e incesante onda expansiva acústica de aquella ancestral entidad nos licuaría el débil cerebro a ambos en cuestión de escasos minutos.
Debíamos avanzar con rapidez. Debíamos adentrarnos y llegar al mismísimo núcleo del horror.
Obligando con férrea voluntad a mis temblorosas y adoloridas piernas a responder a las órdenes, agarré a Silas por las gruesas correas de su chaqueta de lona de marinero y tiré de su inmenso peso hacia mí.
—¡Levántese de una maldita vez! —le grité a todo pulmón, aunque yo mismo apenas podía escuchar mi propia voz frágil compitiendo por encima del gigantesco e incesante zumbido taladrante que invadía todo. ¡Ya no hay luz atrás ni hacia dónde retroceder, Silas! ¡Camine hacia adelante!
El abatido viejo marinero y yo cruzamos torpemente el enorme umbral arrastrándonos penosamente, exactamente como dos diminutos insectos asustados y moribundos entrando ciegamente en las grandes fauces viscosas de una gigantesca planta carnívora.
El vasto interior del oscuro templo, con su geometría hostil, claramente no estaba diseñado ni pensado para ser recorrido por diminutos pies humanos.
Nos adentramos a lentos trompicones caminando por el centro de una larga pasarela de basalto liso, estrecha, insegura y peligrosamente desprovista de barandillas o agarres laterales, que se arqueaba como la espalda de una bestia sobre un abismo inferior insondable y vertiginoso.
Cuando la extensa y aterradora pasarela finalmente desembocó en una amplia y monumental plataforma circular de inmensa piedra inamovible, el abrumador zumbido disonante en nuestras cabezas cesó por completo de un golpe brusco.
Alcé la pesada vista, frotándome los cansados ojos nublados por el cansancio extremo, el miedo y la pérdida de sangre.
Estábamos finalmente en la vasta cámara central.
Y allí, majestuosa y horrorosamente suspendido en el aire inerte, justo en el exacto centro geográfico de un inmenso anfiteatro circular de roca viva, descansaba el mayor, más codiciado y oscuro secreto de la cartografía y el mundo oculto.
El famoso y buscado Ojo de Salgari no era en absoluto un vulgar tesoro material. No era un místico y valiosísimo zafiro gigante esculpido laboriosamente por deidades antiguas, ni era un arma mítica forjada de acero negro para imperios terrenales.
Era un inmenso ser vivo.
Una colosal e inimaginable masa biológica, de consistencia gelatinosa y semi-traslúcida, del mismo abismal tamaño que el gigantesco buque ballenero que acabábamos de perder en el mar, flotaba perezosamente a escasos metros del suelo de basalto, firmemente sostenida y anclada por docenas de gruesos y palpitantes zarcillos nervudos, musculosos y fétidos que se incrustaban profundamente perforando la dura roca del alto techo y de las amplias paredes circulares.
Su enfermiza y viscosa superficie externa palpitaba rítmica y muy lentamente, irradiando en todo momento esa molesta luz enfermiza y azulada que, como un hipnótico faro, habíamos seguido ciegamente desde nuestra perdición en el mar abierto.
En su profundo interior, visible solo a través de gruesas, asquerosas y opacas capas superpuestas de membrana mucosa y cartílago transparente, se vislumbraba claramente una gigantesca y colosal pupila vertical; un ojo, un inmenso abismo negro, perfecto e inescrutable que parecía absorber ávidamente la poca luz de la cueva y devolver al exterior únicamente la pura esencia de la locura cósmica.
Respiraba pesadamente. Podía escuchar perfectamente el grotesco y grave roce húmedo de sus abundantes tejidos internos expandiéndose lentamente y contrayéndose al absorber el aire espeso.
A los pies de la monumental y suspendida entidad cósmica, el liso suelo oscuro de basalto negro estaba totalmente cubierto por un osario blanquecino de proporciones incomprensibles y aterradoras.
Enormes huesos enteros de ballenas cazadas, miles de cráneos humanos de tamaños gigantescos y normales esparcidos como basura, viejas armaduras oxidadas de imperios caídos y los extraños restos petrificados y fosilizados de indescriptibles criaturas marinas monstruosas que la arrogante ciencia jamás había catalogado en sus libros de Londres formaban un inmenso y macabro nido infernal.
Todo, absolutamente todo allí, había sido ingerido, digerido lentamente, despojado cruelmente de toda su cordura, alma y suculenta carne, y luego desechado como vulgar cáscara vacía.
Las esparcidas piezas incoherentes del delirio final de mi pobre padre encajaron repentina, fría y perfectamente en mi maltrecha mente rota.
Sir Arthur Sterling jamás había enloquecido por la ambición codiciosa de intentar saquear un tesoro oculto en el misterioso Maelstrom.
Las incomprensibles líneas de sangre de su misterioso mapa no trazaban una aventurera ruta náutica para extraer heroicamente el Ojo de Salgari de su letargo; trazaban minuciosamente una inmensa red nerviosa planetaria para alimentarlo sistemáticamente.
La colosal entidad flotante era, de hecho, un masivo parásito cósmico antiguo, permanentemente inmovilizado en su monumental tumba oscura de piedra, demasiado físicamente masivo, pesado y letárgico como para poder cazar por sí mismo en el océano abierto.
Necesitaba ineludiblemente de un tonto heraldo.
El enloquecedor compás de plata pura era su brillante y codiciado anzuelo magnético; mi padre había sido su último y obediente peón ciego, y cuando su mente humana colapsó y ya no pudo soportar físicamente el letal peaje psíquico, la infernal reliquia me había reclamado automáticamente a mí por derecho de sangre para continuar su macabro trabajo logístico.
Yo no era un valiente explorador descubriendo audazmente los últimos confines exóticos del mundo para la corona.
Yo era simplemente el humilde y patético pastor humano que acababa obedientemente de guiar a su rebaño de treinta almas frescas y nutritivas y un enorme navío entero de madera directamente hacia las insaciables fauces abiertas de un repugnante dios inmenso y famélico.
El enorme, grueso y traslúcido párpado membranoso de la masiva criatura gelatinosa se contrajo bruscamente con un sonido húmedo y espantoso.
La colosal y negra pupila vertical en su interior, que hasta ese ínfimo momento de revelación nos había parecido letárgica y dormida, se ensanchó repentinamente, llenando la cueva de azul y fijando su abrumadora y gélida atención cósmica directamente en nuestras diminutas figuras.
Había detectado y saboreado nuestra frágil presencia física, y con el letal foco de su aguda mirada, el inmenso cántico psíquico regresó al instante a nuestras mentes.
Pero esta vez no lo hizo con la juguetona y tortuosa intención sádica de enloquecer o desenterrar traumas infantiles, sino con la violencia atronadora y concentrada de borrar y exterminar definitivamente nuestra patética existencia humana.
La abrumadora presión física dentro de mi cráneo alcanzó instantáneamente una masa crítica e insostenible.
El violento golpe me lanzó tirado de bruces y de cara sobre el duro e inmaculado basalto.
Sentí en silencio cómo la sangre caliente comenzaba a brotar a borbotones continuos de mis lagrimales y a gotear espesa de mi nariz, manchando horriblemente la lisa roca milenaria y mezclándose amargamente en mi boca con la bilis de mi estómago revuelto.