Capítulo XII El cáliz de los Sterling #2
A mi lado, en el suelo de piedra, Silas dejó repentinamente de suplicar piedad.
El viejo y exhausto marinero inglés, con el rostro arrugado convertido ahora en una máscara grotesca, pálida y manchada de sangre roja y espeso polvo gris, se puso sorprendentemente de pie, apoyándose en sus piernas, temblando violenta y espasmódicamente.
Cada fibra tensa y adolorida de su viejo cuerpo parecía resistirse antinaturalmente al movimiento, aplastado físicamente por la inmensa gravedad psíquica abrumadora que ejercía la gigantesca criatura suspendida.
Pero el terco, primitivo, duro e inquebrantable instinto de supervivencia de un hombre de mar que había desafiado valientemente a los peores, más violentos y mortíferos mares de todo el mundo, se negó rotundamente a ceder y apagarse sumisamente en la infinita oscuridad del abismo.
—¡No somos en absoluto... tu maldito y asqueroso alimento!
—bramó el viejo Silas con furia a la deidad.
Su voz no era un simple grito humano, era un desgarro profundo, visceral y puramente gutural que apenas logró perforar y atravesar el opresivo e inmenso zumbido ensordecedor de la enorme criatura.
Llevó con presteza y resolución su mano mutilada y sangrante a la oscura cintura de cuero y desenvainó con furia el grueso, largo y filoso cuchillo de desollar ballenas que heroicamente había conservado como último recurso desde la horrible carnicería que hundió el Hesperus.
La corta hoja de acero oxidado parecía un patético, frágil e inútil alfiler de costura al enfrentarse a la inmensa y divina monstruosidad cósmica que flotaba imponente sobre nuestras cabezas.
Silas, impulsado por pura adrenalina irracional, no se detuvo un segundo a calcular sus probabilidades de éxito; cargó y esprintó valientemente hacia adelante con un sonoro rugido de pura furia primitiva, tropezando agresivamente sobre el inmenso osario blanquecino, aplastando con sus botas cráneos de ballenas ahogadas y huesos largos de hombres muertos hace siglos.
Saltó acrobática y desesperadamente sobre una enorme pila amontonada de gigantescas vértebras calcificadas, impulsándose con sus pesadas botas hacia el aire y dirigiéndose como un proyectil hacia el grueso, húmedo y expuesto zarcillo carnoso que descendía y anclaba la gran base de la inmensa entidad al duro suelo de piedra del centro del templo.
En el aire, con un arco desesperado, potente y homicida de su brazo, hundió brutalmente el afilado cuchillo oxidado hasta la misma empuñadura sumergiéndolo en la suave membrana translúcida azulada y, aprovechando el descenso, tiró violentamente hacia abajo de la empuñadura utilizando como palanca todo el peso muerto de su inmenso cuerpo fornido.
Un espeso y fétido líquido hirviente, oscuro y viscosamente espeso y caliente como el alquitrán volcánico, brotó de inmediato y a masivos borbotones ardientes del inmenso y profundo tajo vertical abierto en la carne abisal, salpicando por completo el arrugado rostro, las ropas y el amplio pecho del agresivo marinero.
El asfixiante e insoportable silencio psíquico de la invasión en mi mente se rompió físicamente en mil pedazos cristalinos.
El enloquecedor cántico interior de las sirenas se transformó instantánea y dolorosamente en un inmenso alarido físico exterior, un chillido ensordecedor de puro dolor cósmico e incomprensible que hizo retumbar y temblar hasta los cimientos de roca viva y los pilares mismos de la colosal caverna inexplorada.
La abrumadora presión mental aplastante que me mantenía inmovilizado y asfixiado contra el frío suelo de basalto negro desapareció de un golpe rápido, soltándome de las ataduras de mi cerebro y devolviéndome el libre albedrío físico y respiratorio como si a un hombre condenado al cadalso le hubieran cortado de tajo con un cuchillo la soga tensada de ahorcado de su cuello magullado.
La inmensa y gelatinosa entidad antigua reaccionó al inédito ataque y daño terrenal con la fulminante y violenta velocidad letal de un látigo de cuero grueso.
Dos de los más inmensos, gruesos y largos tentáculos venosos y musculosos que pendían inertes bajo su enorme masa central flotante se desenroscaron súbitamente con una extrema violencia inaudita, rompiendo el aire en busca de venganza.
El movimiento fue tan veloz que, de un solo golpe, uno de los apéndices asquerosos se enrolló en espiral, apretando como una anaconda monstruosa, alrededor de todo el torso fornido del valiente Silas, levantándolo de inmediato e impotente por los aires como a un ligero e inofensivo muñeco de trapo cosido, estrujando salvajemente en las alturas su firme caja torácica humana con un horripilante y letal crujido de múltiples rotos, sordo y húmedo, que resonó en espeluznante eco rebotando por todo el vasto interior del oscuro anfiteatro.
Silas, atrapado y molido en el aire a escasos metros de la monstruosidad que supuraba, no gritó de dolor ni suplicó patéticamente por algún tipo de clemencia inútil a su verdugo.
Completamente destrozado y colgando en el vacío del templo, me miró de soslayo desde las alturas, enfocando sus enrojecidos ojos humanos fuertemente inyectados en sangre sobre mí, y con sus últimas fuerzas humanas exhalando su aliento, movió muy lentamente los gruesos labios ensangrentados formando de forma clara una única y desesperada palabra que no llegué a escuchar físicamente jamás por encima del ensordecedor y ensordecedor estruendo sísmico de los quejidos abisales, pero que pude leer y que entendí a la absoluta perfección telegráfica: Huye.
Inmediatamente después del aviso visual, el segundo grueso tentáculo vengativo de la bestia, terminado en un pico óseo endurecido, se hundió directamente como una lanza afilada y veloz en la suave nuca expuesta del viejo y agotado marinero londinense, perforando instantánea y brutalmente y traspasando limpiamente todo su vulnerable y duro cráneo craneal y su cerebro destrozado.
Silas, sin vida en el acto, convulsionó brutal y espasmódicamente durante una minúscula y horrenda fracción de segundo, sus músculos tensándose y cediendo bajo el ataque ineludible, antes de que el peso muerto de su cuerpo destrozado quedara colgando y totalmente flácido y exangüe en el aire gélido de la caverna.
La intensa luz azulada, carnosa y parasitaria de la monstruosa y enorme entidad parpadeó fuertemente con la energía ingerida, succionando y absorbiendo ruidosamente como una sanguijuela titánica toda su valiosa y escasa vitalidad terrenal restante, toda su triste memoria de humano de mar curtido en las peleas y la inmensa, dulce y desgarradora y eterna pena acumulada por la dolorosa pérdida de su difunta y amada esposa Mary, digiriendo todo el dolor, la vida y la esencia misma del hombre en un solo, grotesco, espantoso, gigantesco y aterrador trago hambriento de energía.
Acto seguido y sin miramientos ni decoro, el despreciable ente colosal abrió sus anillos prensiles y arrojó el cadáver de Silas, convertido ahora en un despojo marchito, consumido y pálido, al gran osario blanco en el suelo, descartándolo con infinito desprecio cósmico como a una inútil y fétida cáscara vacía inservible de molusco o cangrejo deshabitado que crujió seca y dolorosamente y se rompió en huesos astillados al chocar fuertemente de espaldas contra la dura, milenaria y fría piedra geométrica de basalto inmaculada a los pies del monstruo flotante.
Pero el noble, último, desesperado y verdaderamente heroico ataque frontal, sorpresivo y agresivo del terco e inolvidable Silas no había sido en vano para nada; me había conseguido y comprado con su inestimable sangre caliente un recurso infinitamente más valioso y crucial que todo el vil oro o la estúpida gloria de los imperios humanos: valioso y vital tiempo real para mover mi carne.
Me puse violentamente de pie sobre el suelo basalto inestable, aferrándome torpemente al aire sucio, sosteniendo con pánico la herida incrustada de mi dolido brazo izquierdo donde la maldita y parásita plata ardía con una ardiente, imperiosa, tirante y urgente urgencia biológica y letal inmensurable de obligarme a unirme y quedarme a alimentar con devoción al amo, y, luchando violentamente y arrancando la lealtad química inducida contra mi voluntad impuesta, di una fortísima y repentina media vuelta instintiva rápida de ciento ochenta grados sobre los pesados talones de mis botas húmedas en el suelo negro, dándole valientemente y de forma firme la espalda traicionera e iluminada por el letargo al monumental e inmenso ojo divino flotante que me espiaba desde el inmenso techo cavernoso del fondo oscuro de la sala, y echando hacia atrás mi propia inercia y mis rodillas humanas cansadas me incliné para abalanzarme en una frenética, veloz e incontrolable loca carrera humana a toda velocidad desenfrenada regresando, huyendo de las luces azules hacia las lejanas y salvadoras fauces negras abiertas de par en par y rectangulares de inmensas dimensiones espantosas de la inmensa y milenaria colosal puerta exterior doble de negro basalto.