El compás del abismo Capítulo XI La puerta del abismo
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Capítulo XI La puerta del abismo

Me puse en pie a duras penas, sosteniéndome con la mano derecha las costillas magulladas e inflamadas por el choque del bote.

Silas colapsó pesadamente a un par de metros de mí, buscando aire, apoyando la amplia espalda contra el suelo inmensamente frío, tosiendo sangre roja y agua salobre de forma espasmódica y dolorosa.

Al rudo contramaestre ya no le quedaban fuerzas ni para maldecir su suerte.

Alcé la vista, y el poderoso magnetismo en las venas de mi brazo izquierdo alcanzó de pronto un punto de ebullición literal, obligándome a soltar un gemido ahogado de pura sobrecarga sensorial.

Frente a nosotros, dominando la explanada como una montaña, se alzaba la inmensa fachada de una estructura monolítica, un monumental templo oscuro sin ventanas cuyas afiladas agujas superiores se perdían en la bruma superior y opresiva del cielo.

En el centro exacto y simétrico de la gran edificación, flanqueada a ambos lados por masivos pilares de basalto que se retorcían hacia el cielo en espirales imposibles que mareaban la vista, descansaba y aguardaba una inmensa puerta doble forjada en un metal oscuro, liso y mate, un material alienígena claramente inmune a la corrosión salina y al implacable paso del tiempo.

Era tan inmensa en sus dimensiones que el Hesperus entero, con todo y sus altas velas desplegadas, podría haber navegado tranquilamente a través de ella con los mástiles intactos.

Me acerqué a la gran puerta como un sonámbulo, arrastrando los pesados pies en un trance inducido por la reliquia.

El fulgor azulado e intenso que emanaba fuertemente de mi antebrazo iluminó de cerca la fría superficie del metal alienígena, revelando que, contrariamente a lo que parecía desde lejos, no era lisa en absoluto.

Estaba profusamente surcada de arriba a abajo por miles de grietas finas, profundas y por larguísimos surcos intrincados.

Mis cansados ojos de cartógrafo repasaron la compleja red de líneas geométricas grabadas en la vasta extensión de la puerta.

El escaso aliento se me atascó en la garganta al reconocer el patrón.

No eran grietas naturales causadas por los sismos, ni era escritura cuneiforme o un lenguaje olvidado.

Eran las mismas espirales dementes, las mismas ecuaciones complejas y las mismas trayectorias topográficas aberrantes que mi propio padre había dibujado febrilmente con su propia sangre infectada en el pequeño pergamino de piel.

El preciado mapa de Sir Arthur Sterling nunca fue una guía de navegación para cruzar los confines del océano Atlántico; era a una escala milimétrica el plano arquitectónico exacto de esta misma puerta ciclópea.

Y las intrincadas líneas grabadas en el metal oscuro frente a mí estaban completamente vacías, resecas, inmensamente sedientas, aguardando pacientemente en la oscuridad durante milenios a ser llenadas por completo con el fluido vital hirviente del portador correcto.

El mítico Ojo de Salgari no estaba escondido inerte en el fondo de una fosa en el mar.

Estaba allí adentro, tras esa barrera, y el templo me estaba exigiendo sin palabras que insertara la llave física.

El instinto básico de supervivencia humana me ordenó a gritos retroceder, arrancar y alejar mi brazo brillante de aquella trampa magnética colosal y huir corriendo hacia la oscuridad del acantilado antes de que fuera demasiado tarde.

Pero la pesada plata ya no obedecía a las órdenes de mi cerebro; obedecía ciega y exclusivamente a la inmensa voluntad del Maelstrom.

Con un espantoso desgarro húmedo que me arrancó un alarido de puro dolor espeluznante, la pálida piel de mi antebrazo izquierdo estalló desde adentro.

No hubo un simple chorro de sangre roja, sino algo infinitamente más grotesco y aterrador.

Decenas de largos filamentos de plata líquida, afilados y precisos como agujas de cirujano, brotaron directamente rasgando mis venas desde el interior.

Se proyectaron agresivamente hacia adelante en el aire gélido, retorciéndose y buscando su objetivo como gruesos gusanos metálicos, y se incrustaron violenta y ruidosamente en las profundas ranuras vacías de la colosal puerta negra.

El dolor que siguió fue cegador, un incendio blanco en mis nervios.

Caí pesadamente de rodillas frente a la estructura monolítica, jadeando desesperado, incapaz de apartar un milímetro mi cuerpo.

Estaba literalmente anclado y clavado a la roca por mi propia carne estirada.

Los invasivos zarcillos de plata comenzaron a succionar rítmicamente, actuando como inmensos conductos capilares que drenaban a borbotones mi sangre arterial pura y la bombeaban directamente hacia el interior oscuro de los grabados milenarios del metal.

A medida que mi fluido vital llenaba las inmensas espirales y las ecuaciones geométricas trazadas en el metal oscuro, la gélida fosforescencia azulada de la puerta inmensa se tiñó rápidamente de un tono carmesí oscuro y violento.

La estructura inerte de metal estaba bebiendo ansiosamente de mí.

El famoso mapa heredado de mi padre no era una simple llave de contacto físico; era el conducto para una inmensa transfusión biológica.

El colosal templo exigía el cáliz y la sangre de los Sterling para lograr saciar la sed de su primer gran letargo.

Mi visión comenzó a oscurecerse y a nublarse gravemente por la rápida pérdida de sangre y el frío extremo que invadía mis extremidades.

Justo cuando creí que mi desfallecido corazón se detendría por completo por el enorme esfuerzo de bombeo, los gruesos conductos de plata se retrajeron y se contrajeron de golpe, regresando violentamente a mi carne y soltándome del metal.

Me desplomé sin fuerzas sobre la fría roca pulida, sosteniendo mi brazo ensangrentado y mutilado fuertemente contra mi pecho.

Y entonces, la inmensa montaña entera a nuestro alrededor tembló.

Un inmenso gemido tectónico, un sonido tan grave, profundo e inmenso que hizo vibrar el tuétano blando de mis huesos, emanó directamente desde las entrañas profundas del basalto.

La puerta doble, forjada con miles de toneladas de un metal alienígena impenetrable, no se abrió deslizándose suavemente sobre bisagras convencionales; se separó brutalmente desde el centro exacto con un crujido orgánico y espantoso, como si la caja torácica endurecida de un inmenso dios muerto estuviera siendo forzada y quebrada desde adentro hacia afuera por un par de colosales manos invisibles.

Una fortísima ráfaga de aire cálido, sumamente rancio y fuertemente cargado con el repulsivo hedor a ozono eléctrico y sangre muy vieja barrió con fuerza la planicie de obsidiana, arrastrando a su paso toda la ceniza gris acumulada.

La inmensa puerta estaba, por fin, abierta.

Un inmenso umbral abismal, negro y profundo se alzaba frente a nosotros, desafiando desde su existencia la cordura de cualquier mente humana frágil.