Capítulo X La arquitectura de la locura
El espeso aguacero de ceniza gris pareció amainar ligeramente, reduciendo su intensidad como si la violenta tormenta atmosférica hubiera cumplido su oscuro propósito de arrastrarnos vivos hasta allí, y ahora se retirara cortésmente para dejarnos admirar la majestuosidad de nuestra propia tumba.
Una extraña, pulsante y enfermiza fosforescencia, visualmente idéntica al rastro cadavérico dejado por la bestia en la superficie del mar, comenzó a emanar lentamente de las grietas milimétricas de la piedra húmeda, tiñendo la bruma que nos rodeaba de un tono azulado y mortecino.
Ayudé a Silas a ponerse en pie. El viejo marinero temblaba de forma incontrolable, con el rostro extremadamente pálido y los gruesos labios amoratados por la severa hipotermia que comenzaba a congelarle la sangre.
Apoyándose pesadamente y con confianza en mi hombro, levantó lentamente la vista hacia la inmensidad que se alzaba frente a nosotros.
Escuché con absoluta claridad cómo el aire abandonaba sus pulmones en un largo y agudo silbido de puro estupor paralizante.
Lo que teníamos imponente delante de nosotros no era un simple arrecife afilado, ni tampoco las fascinantes ruinas de una antigua civilización olvidada de la historia humana como Roma o Babilonia.
Era una metrópolis ciclópea que desafiaba y escupía sobre cualquier principio matemático o arquitectónico concebido alguna vez por la mente del hombre.
Frente a nosotros se extendía una escalinata colosal, donde cada peldaño individual medía al menos dos metros de altura, tallada ininterrumpidamente en la misma roca negra y reluciente del muelle.
Las absurdas escaleras ascendían serpenteando hacia las alturas, conduciendo hacia una serie de vastas terrazas, obeliscos, torres torcidas y arcos gigantescos que se perdían y difuminaban en la asfixiante oscuridad del cielo ciego.
Pero lo que me provocó una oleada inmediata de vértigo físico y náuseas atroces no fue el tamaño absurdo de las construcciones, sino su espantosa e infernal geometría.
Mi cerebro educado, adiestrado rígidamente durante años en Londres en la inmutable simetría euclidiana de la cartografía y en la pulcra, recta y lógica arquitectura victoriana, era total y biológicamente incapaz de procesar la dirección de las líneas de aquellos edificios.
Las superficies de basalto negro parecían cóncavas y convexas al mismo tiempo, dependiendo de dónde se fijara la vista; los ángulos de las torres que a primera vista parecían agudos y afilados, se revelaban obtusa y espantosamente planos si uno los miraba un solo segundo más.
Las inmensas perspectivas estaban visiblemente torcidas, plegándose sobre sí mismas en una blasfemia estructural estática que hacía que los globos oculares dolieran físicamente, como si los nervios ópticos se desgarraran al intentar enfocar y darle sentido a los vértices imposibles.
Era un paisaje pesadillesco diseñado por y para seres cuya percepción espacial pertenecía a un universo diametralmente distinto, un lugar abisal donde las rígidas leyes de la gravedad y la luz eran consideradas meras sugerencias descartables.
Me llevé la mano libre a la frente sudada, profundamente mareado, a punto de devolver el agua salada que había tragado en el océano.
—No lo mire fijamente, cartógrafo —me advirtió Silas con voz ronca, cerrando sus propios ojos con fuerza y apoyando la frente contra la roca fría de un peldaño cercano para no perder el equilibrio—.
Es un laberinto venenoso para los ojos. Si intenta entender su forma, su cabeza estallará antes de que demos el primer paso.
Asentí débilmente, obligándome con inmenso esfuerzo a bajar la mirada hacia mis propios pies empapados.
Fue entonces cuando lo noté, y el horror cambió de forma.
La sofocante oscuridad circundante no estaba siendo disipada únicamente por el musgo fosforescente de las grietas de la piedra.
La fuente principal de la luz venía de mí mismo.
Me subí la manga empapada del abrigo con dedos entumecidos y rígidos.
Las finas venas de plata líquida que horas antes habían colonizado mi antebrazo ya no eran simples y oscuros hilos estáticos escondidos bajo la piel; ahora resplandecían intensamente con un brillo gélido, intenso y pulsante, como si tuvieran luz propia.
El implacable metal parásito reaccionaba violentamente a la proximidad física de la ciudadela, como si reconociera su verdadero hogar.
No sentía dolor en la carne, sino una inquietante y antinatural sensación de magnetismo puro, una poderosa fuerza de atracción física que tiraba literalmente de los huesos de mi brazo hacia arriba, arrastrándome y ordenándome escalar hacia la cima brumosa de la escalinata aberrante.
El inmenso Ojo de Salgari me estaba reconociendo.
La reliquia extraterrenal fundida en mis venas era la esperada llave, y la inmensa maquinaria de basalto inerte acababa de despertar al detectar su cercanía.
Silas abrió un ojo inyectado en sangre y miró la luz azulada que emanaba a través de mi carne traslúcida.
Una profunda expresión de horror resignado y absoluto cruzó su rostro curtido por el mar.
Se apartó de mí lentamente, dando un paso atrás, como si yo acabara de transmutarme ante sus ojos en una de las abominaciones pálidas que habían devorado a la tripulación en el Hesperus.
—Usted ya no es un hombre, señor Sterling —susurró el viejo, tosiendo débil y roncamente—. Es una mecha encendida en medio de un polvorín de pólvora negra. Y esa maldita luz de su brazo los va a despertar a todos de su sueño.
Ignorando la macabra advertencia de Silas, comencé a escalar. No tenía elección; mi propio brazo plateado tiraba poderosamente de mí con la fuerza inflexible de un sabueso rastreando un aroma inconfundible en la oscuridad.
El tortuoso ascenso por aquella escalinata de proporciones demenciales fue una tortura física que desdibujó y cruzó rápidamente todos los límites conocidos del agotamiento humano.
Cada peldaño monolítico medía casi dos metros de alto, obligándonos a buscar desesperadamente pequeños asideros en la piedra lisa e izarnos torpemente con los brazos temblorosos, para luego arrastrar el cuerpo entero y exhausto hacia la siguiente y engañosa plataforma de descanso.
Silas jadeaba pesadamente a mis espaldas, a escasos centímetros de mis botas, maldiciendo en susurros ahogados cada vez que sus manos desolladas en carne viva resbalaban peligrosamente por el cieno fosforescente.
A medida que ganábamos altura con agónico esfuerzo, la espesa neblina cenicienta se fue raleando ligeramente, revelando los inmensos muros laterales del abismo que flanqueaban y protegían nuestra ruta.
Fue allí, en aquellas inmensas paredes verticales, incrustados en la dura roca madre como indefensas moscas atrapadas eternamente en ámbar negro, donde descubrí el verdadero, inmenso y aterrador museo de los horrores del Maelstrom.
No éramos, ni por asomo, los primeros hombres en llegar a este infierno, ni mucho menos.
El gigantesco arrecife escarpado estaba literalmente sembrado de cadáveres náuticos de todas las épocas de la humanidad.
En un amplio recodo del acantilado, vi con mis propios ojos la proa astillada e inconfundible de un majestuoso galeón español del siglo XVI, con sus intrincados mascarones de proa petrificados y fundidos orgánicamente con el basalto liso.
Más arriba en la escalada, aplastado brutalmente bajo un monumental arco de piedra que desafiaba insolentemente la gravedad, yacían los frágiles restos de lo que parecía ser un largo drakkar vikingo de madera ennegrecida, y a pocos metros por encima de él, el pesado esqueleto de acero oxidado de un moderno acorazado a vapor militar, aplastado como si una mano colosal e invisible lo hubiera estrujado como a una lata antes de encajarlo con fuerza en la pared.
La silenciosa deidad de este abismo llevaba, a todas luces, milenios incalculables alimentándose pacientemente de la infinita ambición humana, devorando en silencio barcos y tripulaciones enteras a lo largo de los siglos solo para construir y decorar su inmenso cementerio de trofeos.
Tragué saliva seca, obligándome con fuerza de voluntad a no mirar de cerca las minúsculas y grises figuras humanas calcificadas que asomaban macabramente por los portillos oxidados de aquellos barcos muertos.
Finalmente, tras lo que parecieron eternas horas de agonía muscular y de puro terror visual, el último e inmenso peldaño nos escupió exhaustos sobre una vasta e inabarcable planicie de piedra negra y pulida