El compás del abismo Capítulo IX La orilla negra
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Capítulo IX La orilla negra

El frío en las profundidades del Maelstrom no era una simple y mensurable temperatura invernal; era una entidad viva, voraz y afilada, equipada con garras de hielo que me desgarraba los pulmones colapsados y me paralizaba las extremidades de manera fulminante.

Aferrado ciegamente a la roca negra bajo la turbulenta superficie del remolino, sentí con terror cómo la inmensa fuerza del océano intentaba arrancarme de mi precario salvavidas de piedra para arrastrarme, de una vez por todas, a las oscuras profundidades definitivas del abismo.

Pateé frenéticamente el agua helada y espumosa, impulsado por un terror animal y primitivo que nublaba cualquier pensamiento racional.

El pesado maletín de cuero con los instrumentos de mi abuelo se había perdido irremediablemente en el choque, pero el compás de plata ya no necesitaba ser cargado en el bolsillo.

Arrojaba un intenso calor abrasador directamente desde el interior de mi propio antebrazo izquierdo, como si la espantosa amalgama parasitaria que ahora recorría mis venas inflamadas se negara rotundamente a morir ahogada con su frágil huésped.

Con un último, desesperado y agónico esfuerzo que hizo crujir mis costillas fracturadas, clavé las uñas ensangrentadas de mi mano derecha libre en la superficie de la piedra mojada y tiré de la totalidad de mi peso muerto hacia arriba.

Rompí violentamente la superficie del agua emitiendo un sonido lamentable y patético, un cruce ahogado entre un jadeo desesperado y un grito ronco, e inmediatamente el inagotable aguacero de ceniza estéril me asaltó los ojos abiertos y la garganta seca.

Me arrastré dolorosamente sobre la roca resbaladiza con movimientos torpes y espasmódicos, como un anfibio moribundo fuera de su elemento, arrastrando el enorme peso muerto de mi grueso abrigo de lana empapado en salitre.

La superficie dura bajo mi pecho adolorido era extremadamente resbaladiza, pero, para mi creciente asombro, no lo era por la presencia natural de algas, musgo o moluscos adheridos.

Me dejé caer de espaldas, tosiendo violentamente hasta escupir un grueso chorro de agua negra y salobre que me quemó terriblemente las fosas nasales.

El bramido sordo del mar embravecido estrellándose contra los colosales monolitos cercanos era ensordecedor, pero aquí, exactamente en esta pequeña y extraña saliente de roca donde mi cuerpo había logrado encallar milagrosamente, el agua oscura formaba una poza extrañamente mansa y controlada.

Temblando de forma incontrolable por la severa hipotermia, me llevé las manos al rostro pálido para apartar la ceniza pegajosa de mis párpados y, lentamente, comencé a palpar a ciegas la superficie sobre la que yacía exhausto.

Mi mente de cartógrafo, entrenada exhaustivamente durante años en Londres para reconocer y clasificar las formaciones geológicas naturales del mundo, sufrió el primer cortocircuito severo de la noche.

La roca bajo mis dedos no era irregular.

No estaba picada por el desgaste de la sal, ni esculpida caóticamente por los milenios de erosión marítima natural.

Era lisa. Antinatural, espantosa y perfectamente lisa, como si hubiera sido pulida a máquina.

Deslicé mis palmas temblorosas hacia mi derecha y encontré un borde recto, un ángulo perfecto y exacto de noventa grados que descendía geométricamente hacia el agua negra.

Hacia mi izquierda, a escasos dos metros de mi posición, mis dedos palparon otro desnivel idéntico y preciso, formando un escalón colosal que se elevaba hacia la espesa oscuridad cenicienta del interior.

El verdadero terror cósmico me paralizó el corazón, un miedo mucho más profundo que el simple temor a morir ahogado.

No habíamos encallado por accidente en un simple arrecife volcánico del Atlántico ni en una formación natural de obsidiana puntiaguda.

Estaba tendido sobre un enorme bloque arquitectónico.

Esto era, indiscutiblemente, un muelle. Un puerto de basalto negro, construido matemáticamente con proporciones absurdas que ofendían y humillaban a la razón humana, aguardando en silencio en medio de la nada absoluta a navíos colosales que definitivamente no pertenecían a nuestra raza.

Un sonoro chapoteo sordo y un gruñido gutural irrumpieron, interrumpiendo mi terrorífico descubrimiento arqueológico.

Me giré con dificultad, arrastrándome dolorosamente sobre mi estómago hacia el borde geométrico del escalón inferior.

A través de la espuma sucia y la bruma, vi una silueta masiva luchando inútilmente contra la resaca y la succión del agua.

—¡Silas! —grité con todas mis fuerzas, aunque mi voz sonó frágil, débil y patética frente al estruendo opresivo del mar.

Extendí mi brazo izquierdo por el borde, arriesgándome peligrosamente a resbalar y caer de nuevo al agua mortal.

El viejo marinero emergió repentinamente de la espuma como un pesado espectro empapado, aferrándose al resbaladizo borde de piedra con la fuerza indomable de un condenado a muerte.

Sus manos de tres dedos estaban completamente destrozadas y sangrantes por los remos, pero su instinto bruto de supervivencia seguía intacto.

Agarré la gruesa solapa de su chaqueta de lona con todas las fuerzas que me quedaban y tiré hacia atrás con violencia.

Con un rugido ronco y bestial, Silas logró izar su torso pesado sobre el escalón perfecto y colapsó pesadamente a mi lado, escupiendo agua negra y sangre.

El viejo y exhausto lobo de mar se quedó allí tendido bocarriba, respirando con estertores húmedos que le agitaban el pecho.

No traía consigo ningún remo roto, ni armas cargadas, ni un ápice de esperanza.

Estábamos solos, despojados de todo escudo terrenal, de toda brújula y de todo navío, arrojados patéticamente en el peldaño más bajo de una inmensa ciudad sumergida que recién comenzaba a despertar de su larguísimo letargo.