El compás del abismo Capítulo VIII La deriva de la cenicienta
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Capítulo VIII La deriva de la cenicienta

El remolino oscuro que engulló los restos del orgulloso Hesperus tardó horas en apaciguarse, disolviendo su vórtice hasta dejar tras de sí una superficie marina negra, plana y totalmente lisa; idéntica al frío cristal de un espejo envenenado.

No hubo la más mínima señal de restos flotantes tras el desastre.

Ni un barril de ron que la presión hubiera liberado de las bodegas, ni un grueso madero astillado del casco que sirviera de boya, ni, mucho menos, un solo cadáver o extremidad mutilada de los treinta hombres que nos habían acompañado en el viaje.

El misterioso y famélico océano abisal demostró ser un comensal aterradoramente pulcro que no dejaba ni una sola migaja tirada en su infinita mesa de agua.

Estábamos a la deriva, frágiles y expuestos, en una precaria cáscara de nuez de apenas tres metros de eslora.

El aguacero incesante de la densa ceniza continuaba cayendo del cielo gris con una monotonía silente y desesperante, acumulándose como nieve pálida sobre nuestros hombros caídos y blanqueando progresivamente el interior húmedo del esquife, haciéndonos sentir como si el propio cielo inerte estuviera enterrándonos en vida bajo una mortaja de polvo fino.

Silas remó en silencio, ignorando su dolor físico, hasta que la gruesa fricción del esfuerzo despojó de piel las palmas de sus manos callosas, comenzando a teñir y manchar de rojo escarlata la madera astillada de los pesados toletes y de los remos.

Solo cuando el agotamiento muscular venció finalmente al instinto de supervivencia, el viejo marinero soltó las empuñaduras de los remos y se desplomó bruscamente hacia adelante.

Su amplio pecho subía y bajaba rítmicamente en jadeos broncos, desesperados y secos que eran los únicos sonidos capaces de rasgar momentáneamente aquel espeso silencio sepulcral que nos envolvía.

Yo me acurruqué, empequeñeciendo mi cuerpo en el estrecho y duro espacio de la proa, tiritando espasmódicamente a causa de un frío sobrenatural que nacía y se expandía directamente desde la médula de mis propios huesos.

El maletín de cuero oscuro descansaba a salvo entre mis botas, pero mi mano derecha había buscado instintivamente el interior de mis bolsillos, y seguía aferrando con fuerza la pesada carcasa del compás de plata.

Bajo la luz difusa, enfermiza y mortecina de aquella bruma omnipresente, aparté por un momento la mirada temerosa de la terca aguja metálica, que ahora señalaba tenazmente hacia el oeste, y observé mi propia mano.

El terror puro me secó por completo la escasa y amarga saliva que aún me quedaba en la boca.

Las finas, microscópicas y brillantes estrías de plata líquida que apenas unas horas antes habían comenzado a brotar amenazantes de la base del artefacto, ahora se habían incrustado y aferrado firme y dolorosamente en mi piel.

Parecían venas metálicas, delgadas como hilos de araña, que trepaban imparables por el reverso de mi muñeca pálida, ramificándose bajo la epidermis, y abriéndose paso con una voluntad macabra en mi antebrazo izquierdo.

A pesar de la violenta invasión anatómica, no sentía ningún tipo de dolor o ardor, sino un calor febril e intoxicante; un persistente latido parasitario que vibraba al compás exacto de mi propio corazón.

El maldito Ojo de Salgari ya no se conformaba solo con actuar como un faro magnético que me guiaba a su morada; con cada segundo que pasaba a la deriva, me estaba atando física y biológicamente a su oscura voluntad primigenia.

Sabía con una aterradora certeza matemática que, si intentaba arrancarme bruscamente la pesada carcasa del compás de la mano, la profunda conexión capilar destrozaría mis verdaderas arterias, y me desangraría irremediablemente en cuestión de pocos minutos.

El ineludible y hereditario peaje de sangre de mi oscuro linaje se estaba cobrando silenciosamente su última cuota.

—Apague definitivamente esa maldita luz, señor Sterling —graznó Silas de pronto, rompiendo mi lúgubre auto-observación y levantando su rostro canoso de su regazo. Su voz sonaba destrozada, como papel de lija grueso frotando dolorosamente sobre una piedra seca. Me enferma los ojos.

Levanté la vista de mis venas invadidas.

Silas, exhausto, me observaba detenidamente desde su rígida posición encorvada en la bancada del medio.

Rápidamente me di cuenta de que el viejo marinero no estaba fijando su mirada en la grotesca amalgama de venas y plata, sino en el extraño, potente y perturbador resplandor que el oscuro artefacto comenzaba a emitir bajo su cristal astillado; un fulgor azulado y cadavérico, idéntico a la estela que la bestia abisal había dejado flotando en la superficie del agua dos noches atrás.

—Nos está guiando, Silas —murmuré, con la voz rota por la sed, cerrando los delgados dedos de mi mano izquierda torpemente sobre el cristal astillado del compás en un vano intento de ocultar su brillo—.

La brújula magnética ha cambiado drástica e inexplicablemente su rumbo original.

Ya no busca hundirnos en el fondo. Busca un destino material en el horizonte físico.

—Esa maldita aguja torcida no busca en absoluto salvarnos la vida, estúpido muchacho —replicó Silas, tosiendo débilmente mientras la inagotable lluvia de ceniza gris se le acumulaba en la barba—.

Los innombrables demonios que despedazaron a Thorne respondían directamente al poder de este lugar maldito.

Y su infernal brújula simplemente nos está llevando directamente a su nido principal.

Hemos logrado huir del matadero local...

solo para ir a tocar la puerta grande del carnicero maestro.

Silas tenía toda la razón lógica, pero en las insondables llanuras del abismo, no existía la opción viable de una supervivencia pacífica.

Si decidíamos quedarnos quietos, moriríamos lenta y miserablemente de sed, envueltos bajo una asfixiante capa de polvo.

Nuestra única e irracional opción era dejarnos guiar sin oponer resistencia y seguir ciegamente al mortífero parásito de plata caliente que me devoraba el brazo.

La terrible monotonía estática de la solitaria deriva se transmutó en una prolongada e insidiosa tortura psicológica.

Silas estaba sentado en la bancada central, encorvado, con el pesado revólver Webley descansando sobre su muslo izquierdo.

Sus profundos ojos, que durante la brutal matanza en la cubierta habían sido un faro de lucidez estoica, ahora estaban opacos, vacíos y fatalmente velados por una densa niebla interior.

Se mecía levemente de adelante hacia atrás, ejecutando un repetitivo movimiento pendular que me heló la sangre al recordarme al desdichado marinero desdentado que había perdido la razón días atrás.

—¿Sabe usted acaso la verdadera razón por la que le clavé sin dudar ese maldito gancho a Griggs para salvarlo a usted, muchacho? —preguntó Silas de forma abrupta, rompiendo el cristalino silencio.

—Porque era la única e indispensable forma táctica de poder abrirnos paso y lograr salir con vida de allí —respondí con extrema cautela, midiendo la corta y mortal distancia entre el cañón del arma y mi pecho.

Silas soltó una grave carcajada seca, totalmente desprovista de humor, que terminó ahogándose en un violento acceso de tos.

—Eso mismo es lo que traté inútilmente de decirme a mí mismo para convencerme.

Pragmatismo marinero. Fría supervivencia animal.

—Se frotó los enrojecidos ojos con el dorso de su temblorosa mano ensangrentada, dejando un notorio manchón rojizo sobre sus mejillas—.

Pero la terrible realidad es que he estado escuchando de forma nítida la maldita canción de esas bestias en mi cabeza, desde la primera noche, exactamente igual a como le ha pasado al resto.

Un súbito escalofrío de advertencia me recorrió la espina dorsal. Apreté firmemente el grueso maletín de cuero contra el centro de mi cuerpo, ocultando discretamente bajo la tela las venas plateadas que latían en mi muñeca.

—Ellas, esas voces húmedas y arrastradas de las profundidades, me hablaron anoche con la voz de mi querida y difunta esposa, Mary —continuó relatando el viejo, con una desoladora pena existencial, acariciando rítmicamente el duro metal del tambor del revólver con su pulgar mutilado—.

Me dijeron que su hambriento amo milenario exigía sin concesiones que el portador de la plata llegara vivo a su umbral.

Me prometieron que, si lo protegía de la jauría y lo traía hasta aquí, me devolverían a mi Mary.

Que la sacarían del barro húmedo del cementerio en Londres y me la entregarían, cálida y viva.

Silas levantó la abatida cabeza, enfocando su mirada rota directamente en mis ojos.

La desesperación cósmica pura deformaba ahora asimétricamente sus otrora duras facciones.

El hombre fuerte y agudamente calculador ya no existía; sentado frente a mí, solo quedaba un pobre anciano encorvado, profundamente roto por el duelo conyugal, dolorosa y cruelmente manipulado por la espantosa telepatía invasiva del Maelstrom.

—Fui su gran protector... fui su obediente y sumiso perro pastor, cartógrafo — escupió Silas con repentino autodesprecio—.

Lo arrastré salvajemente fuera del barco no para salvarlo genuinamente de su inminente muerte, sino para asegurarme de cumplir sus asquerosas órdenes de entregar al cordero elegido intacto en la puerta frontal del matadero.

Lentamente, pero con la firme decisión letal de los verdugos, Silas levantó de su regazo el revólver, amarrándolo en su puño.

El cañón vaciló por un agónico instante en el aire antes de apuntar directamente a mi rostro.

La plata incrustada en mi piel ardió con violencia, como si el propio parásito se preparara biológicamente para defender a su frágil huésped de la amenaza física.

—Pero... la mente del abismo antiguo miente en la oscuridad —susurró lastimero, derrotado y abatido Silas, y su voz se quebró mientras gruesas lágrimas lavaban finos surcos en la ceniza que cubría sus mejillas—.

Mi amada Mary está muerta. Solo hay eternamente podredumbre en ese foso ciego.

Y yo le juro que no pienso entregarle a este infierno la sádica satisfacción de usarnos tranquilamente como sus peones ciegos.

Silas desvió repentina y decididamente el arma, presionándola firmemente contra su propia sien derecha. Amartilló el percutor con un agudo chasquido metálico que sonó como la ineludible caída de una guillotina en medio del vacío opresivo.

Grité a todo volumen en pánico vivo, lanzándome hacia adelante sin medir y tirando mis manos para luchar y arrebatarle el arma de fuego, pero antes de que pudiera alcanzarlo...

un inesperado y atroz estruendo ensordecedor borró totalmente nuestras voces y paralizó sorpresivamente el dedo del viejo marinero sobre el gatillo.

El atronador estruendo sísmico no fue el eco de una criatura hambrienta, ni el rugido de un leviatán. Era el inconfundible y asombroso ruido de miles de toneladas de océano embravecido estrellándose de manera aplastante y colosal contra un muro inamovible, negro y sólido.

Silas se quedó de inmediato helado, pálido y atónito.

El cañón del arma tembló contra su sien y, reaccionando instintivamente, bajó el brazo lentamente, con sus ojos grises muy abiertos intentando perforar la espesa cortina de niebla.

El crudo instinto de supervivencia física acababa de borrar su frágil impulso suicida ante la gigantesca e inminente amenaza.

—No es una tormenta... —balbuceó tiritando el viejo marinero, dejando caer el pesado revólver al húmedo fondo del esquife para aferrarse a las bordas con sus manos ensangrentadas—. ¡Es el sonido del poderoso oleaje! ¡Son olas inmensas rompiendo contra la roca!

Antes de que mi cerebro pudiera asimilar sus palabras, la inmensa superficie de agua, que durante tantos días había sido un plano inerte de aceite negro, sufrió una violenta convulsión.

Remolinos oscuros y coronados de una gruesa espuma sucia comenzaron a formarse agresivamente alrededor de nuestro frágil bote.

La inmensa y pesada corriente profunda que nos había arrastrado con helada lentitud se transmutó súbitamente en unos asombrosos rápidos furiosos, succionándonos hacia adelante con una fuerza inmensurable e irresistible.

Y entonces, el muro inexpugnable de ceniza se rasgó de tajo frente a nosotros.

Surgiendo de las inexploradas profundidades oceánicas como las inmensas costillas expuestas de un titán sepultado, se alzaban majestuosas docenas de enormes agujas de piedra negra.

No era roca natural, ni coral fosilizado.

Eran enormes monolitos macizos de basalto antiguo, liso y brillante, afilados de manera brutal como cuchillas titánicas de obsidiana, que se elevaban desafiantes cruzando decenas de metros de bruma directamente hacia el cielo ciego.

El agua negra embravecida chocaba con estos pilares con una brutalidad demoledora, escupiendo nubes inmensas de vapor salobre.

La corriente veloz nos había atrapado sin piedad en un pasillo estrechísimo formado entre dos de estos gigantescos monolitos. El compás de plata, ahora enraizado biológicamente en mis propias venas, ardió en ese momento con una intensidad salvaje, palpitando aceleradamente en macabra bienvenida.

—¡Agárrese a lo que sea, cartógrafo! —fue el último rugido desesperado de Silas.

El impacto fue completamente demoledor. La frágil proa de nuestro esquife se estrelló de lleno y a toda velocidad contra la dura superficie del arrecife de obsidiana.

Fui catapultado por los aires como un muñeco de trapo, sintiendo el golpe sordo y brutal de un pesado madero astillado rompiendo mis costillas, instantes antes de ser arrojado sin piedad a las aguas heladas y oscuras del Maelstrom.

El gran peso de mi abrigo empapado y la trampa magnética de mi propio brazo izquierdo —tirando poderosamente de mí hacia abajo como si la plata exigiera reunirse a toda costa con las profundidades— me arrastró rápidamente hacia el fondo asfixiante.

Abrí los ojos ardientes en la oscuridad hirviente bajo el agua, presa de la desesperación absoluta, rodeado de un torbellino violento de burbujas, espuma sucia y madera muerta.

Pateé el agua con el último vestigio animal de fuerza que albergaba mi cuerpo magullado, guiado únicamente por un instinto ciego, y estiré la mano izquierda hacia la oscuridad hasta que mis dedos engarrotados por el hielo rozaron de pronto una superficie dura, afilada y antinaturalmente perfecta.

Me aferré a la roca negra. Estábamos en el umbral inexplorado del verdadero infierno físico. El Segundo Acto de mi condena había terminado; ahora solo quedaba enfrentarme al ojo que nos aguardaba en la oscuridad.