Capítulo VII El festín de los ahogados
En el instante exacto y milimétrico en que la primera y densa gota escarlata de la sangre del capitán tocó la superficie del océano inerte y expectante, el Hesperus entero sufrió una convulsión telúrica y antinatural.
Un estallido sordo, colosal y profundo reventó desde las mismísimas entrañas del navío.
Las enormes y gruesas vigas de roble noruego que conformaban el espinazo de la quilla principal se astillaron bajo el agua con el sonido apocalíptico de mil enormes huesos rompiéndose al unísono.
La sólida proa del barco se hundió bruscamente varios grados hacia adelante, alterando la gravedad de la cubierta y lanzándome de bruces, golpeando mi mentón duramente contra la madera resbaladiza junto a las gruesas botas de Silas.
La enorme criatura abisal, esa monstruosidad invisible que nos había rozado advirtiéndonos noches atrás, había regresado en silencio desde el fondo negro.
Y esta vez, el suculento sacrificio de sangre derramada en sus dominios le había otorgado el permiso sagrado para romper por completo el cascarón de nuestra frágil realidad.
De entre la espesa, grisácea y asfixiante bruma que rodeaba el navío condenado, emergieron de las aguas ellas.
Decenas de manos pálidas, asquerosamente resbaladizas y provistas de dedos esqueléticos anormalmente largos, fuertemente unidos entre sí por gruesas membranas translúcidas, comenzaron a aferrarse violentamente a las altas bordas de babor y estribor simultáneamente.
Se impulsaban fuera del agua y trepaban por la verticalidad del casco liso y mojado con una agilidad veloz, arácnida y profundamente nauseabunda.
No eran bajo ninguna circunstancia las hermosas y melancólicas doncellas marinas que adornaban los mitos griegos. Eran abominaciones. Cadáveres anfibios reanimados.
Sus cuerpos alargados, esbeltos y sorprendentemente musculosos estaban cubiertos en su totalidad por duras escamas blanquecinas, enfermas pústulas de coral gris brotando de su piel, y repulsivas cicatrices deformes causadas por su vida en la tremenda presión submarina.
Sus rostros eran, sin lugar a dudas, una blasfemia absoluta contra la anatomía y la belleza humana: carecían totalmente de tabique nasal u orificios, y sus ojos —desprovistos de párpados—eran unas esferas enormes, lechosas y vacías que carecían de alma, pero reflejaban una malevolencia fría, cazadora y milenaria.
Cuando, al salir del agua, abrieron desmesuradamente sus mandíbulas inferiores desencajadas para cantar y continuar el lamento telepático, revelaron múltiples hileras de dientes finos, aserrados y traslúcidos, afilados hacia adentro como agujas de vidrio soplado.
El violento triunfo de los marineros amotinados duró apenas el lapso fugaz de un latido aterrado antes de transmutarse en pánico absoluto y parálisis.
La masacre se desató con una rapidez fulminante y brutal.
Las pálidas criaturas pululaban ahora por toda la cubierta, moviéndose a ráfagas espasmódicas y reptantes, cazando implacablemente a los hombres que apenas unos diminutos minutos antes se mataban alegremente entre ellos cegados por la avaricia y el miedo infundado.
Vi a hombres duros y marineros veteranos soltar sus arpones al suelo y caer de rodillas sobre la sangre, llorando desconsoladamente, mientras la insidiosa magia parasitaria de su canto alienígena derretía lentamente su última voluntad de luchar o escapar, ofreciendo sus cálidos cuellos de manera mansa y servil a las mandíbulas destrozadoras del abismo.
Griggs, el verdugo del capitán, ciego de dolor y terror absoluto ante la repentina materialización física de sus peores pesadillas nocturnas, intentó retroceder cobardemente hacia la ilusoria seguridad del interior de los camarotes.
Lanzó un hachazo amplio, ciego y desesperado contra la primera de las pálidas sirenas que le cortaba ágilmente el paso hacia la escotilla.
La pesada y afilada hoja de hierro oxidado se hundió profundamente, partiendo la clavícula y el hombro derecho de la criatura.
Pero la abominación ni siquiera parpadeó.
No brotó sangre roja de su herida, ni su cuerpo emitió sonido de dolor, ni retrocedió un milímetro.
Con un movimiento veloz, espeluznante y fluido, como el agua escurriéndose entre las piedras, la criatura alargó sus garras palmeadas y arrancó el hacha directamente de las temblorosas manos del contramaestre.
Luego, lo agarró fuertemente por los ensangrentados andrajos de su camisa y, con una fuerza hercúlea, lo arrastró de espaldas por la cubierta, pataleando y gritando auxilio de forma desgarradora, directo hacia la barandilla.
El hombre más temido, grande y letal del Hesperus desapareció en la oscuridad de las aguas negras, engullido por el mar sin dejar más rastro sonoro que un chapoteo ahogado, corto y definitivo en medio de la bruma.
—¡Corra al bote salvavidas de babor, maldito cartógrafo!
—me gritó Silas al oído derecho, sobreponiéndose al zumbido insoportable, agarrándome firmemente por el grueso cuello de lana del abrigo y tirando de mi cuerpo congelado con una inmensa fuerza nacida de la pura y simple desesperación vital—.
¡El espinazo de la quilla principal está completamente rota!
¡El barco se nos hunde en este instante!
El majestuoso Hesperus se estaba partiendo literalmente por la mitad bajo la superficie, quebrado como un juguete barato en manos de un niño gigante.
El agua aceitosa y negra comenzaba a inundar furiosamente la amplia cubierta principal, brotando, silbando y burbujeando a través de las grandes grietas de las tablas, abriéndose paso como la sangre arterial brotando a borbotones de una herida abierta.
Silas me empujó a empellones violentos hacia la proa, hacia los inestables restos del único bote salvavidas cuya polea de sujeción aún sobrevivía milagrosamente al caos generalizado.
El pequeño y frágil esquife de madera clara colgaba muy precariamente, balanceándose sobre el abismo oscuro de las aguas agitadas, a punto de precipitarse inevitablemente al vacío.
En nuestro desesperado avance hacia la barandilla, dos de las pálidas criaturas nos vieron.
Detuvieron su festín sobre el cadáver de un joven marinero.
Sus lisas cabezas carentes de nariz se giraron hacia nosotros al unísono mecánico, y esos enormes ojos lechosos, inexpresivos y muertos, se clavaron directamente en mí, reconociendo quizás el latido de la plata oculta en mis ropas.
Emitieron juntas un siseo agudo y prolongado que hizo vibrar mis dientes, un sonido puro de depredación acuática, y comenzaron a arrastrarse velozmente sobre sus cuatro pálidas extremidades por la cubierta inclinada, resbalando expertamente sobre los charcos de sangre fresca.
El viejo Silas no titubeó ni por una fracción de segundo frente a la muerte segura.
Demostrando que su mente pragmática aún resistía la telepatía, levantó el pesado revólver Webley de cañón corto —claramente robado de la armería privada de Thorne durante el motín— apuntó con firmeza y disparó a quemarropa.
El gran fogonazo anaranjado iluminó de golpe la niebla mortecina, cegándome. El fuerte estruendo de la pólvora detonando fue glorioso para mis oídos; un recordatorio ensordecedor y poderoso de la civilización y el ingenio humano combatiendo de frente contra el horror primitivo.
La gruesa bala de plomo le voló limpiamente la mitad del cráneo deforme a la primera criatura, que detuvo su carrera y cayó pesadamente hacia atrás en un repugnante amasijo de carne grisácea, derramando un líquido negruzco y espeso sobre las tablas.
Antes de que la segunda y vengativa abominación pudiera acortar la distancia y saltar con sus garras extendidas sobre nuestros pechos, Silas apretó el gatillo dos veces más.
Los disparos consecutivos le destrozaron la caja torácica cubierta de escamas, lanzándola violentamente por la borda a causa del fuerte retroceso cinético de los impactos.
—¡Sube a la maldita barca antes de que vengan cien más! —rugió el viejo marinero, recargando instintivamente el martillo del arma, con el rostro profundamente ensombrecido por la adrenalina, la ira y la pólvora quemada.
Me encaramé torpemente, golpeándome las espinillas, al interior del estrecho esquife que se balanceaba sobre el mar, aferrando el pesado maletín de cuero contra mis rodillas como si de él dependiera salvar mi propia alma, sintiendo con pavor el latido desbocado y antinatural de mi propio corazón haciendo eco rítmico con la reliquia de plata escondida.
Silas guardó rápidamente el revólver en su cinturón y saltó pesadamente detrás de mí, haciendo crujir la madera de los asientos.
Con un solo y agresivo tajo hábil de su cuchillo de cacería, cortó de cuajo la única y gruesa soga de cáñamo que mantenía nuestro pequeño bote unido a la estructura del inmenso navío moribundo.
Caímos libremente al vacío vertiginoso.
El durísimo impacto final contra el agua negra nos arrojó bruscamente de espaldas al fondo húmedo del esquife.
La fina madera de los bordes crujió horriblemente bajo la presión, amenazando con astillarse, pero, gracias a algún milagro estructural, la pequeña embarcación se mantuvo heroicamente a flote.
A nuestro alrededor, el oscuro y denso océano hervía literalmente de actividad: trozos de madera, cabos, los cuerpos ensangrentados de los amotinados que caían del barco, y el constante, resbaladizo y frenético movimiento de las decenas de horribles entidades pálidas que se daban su festín macabro bajo la superficie.
Me incorporé sosteniéndome de los bordes justo a tiempo para presenciar con mis propios ojos el colapso definitivo y absoluto del Hesperus.
Con un quejido estructural monumental, larguísimo, que pareció rasgar el aire asfixiante de la noche, el orgulloso navío, joya de los astilleros imperiales británicos, se quebró limpiamente en dos mitades perfectas.
La proa y la popa se levantaron simultáneamente hacia el cielo ceniciento en forma de "V".
Los enormes mástiles mayores se astillaron y se desplomaron en una espantosa cámara lenta, estrellándose contra el mar y siendo tragados sin piedad por la niebla estéril y la ceniza perpetua.
Finalmente, con un sonido de succión monstruoso, las entrañas abiertas y destrozadas de madera del barco fueron devoradas rápidamente por un remolino oscuro en el centro del naufragio; un vórtice insaciable que parecía chupar no solo la materia física, sino la luz misma del mundo hacia lo más profundo del infierno abisal.