El compás del abismo Capítulo VI La caída del Hesperus
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Capítulo VI La caída del Hesperus

Los pasos pesados de múltiples botas se detuvieron de golpe frente a mi camarote. El silencio previo a la violencia era ensordecedor.

El primer hachazo partió la recia madera de roble con un crujido espantoso que rivalizó con el propio trueno del Maelstrom.

La punta triangular de hierro oxidado de un arpón atravesó violentamente la puerta, deteniéndose a escasos centímetros de mi rostro pálido y esparciendo decenas de astillas afiladas que me arañaron superficialmente la mejilla izquierda.

Retrocedí tropezando torpemente con mi propia silla y con el escritorio abatible, aferrando mi maletín de cuero contra el pecho protectoramente con una mano, y blandiendo el pesado sextante de latón macizo de mi abuelo con la otra, a modo de garrote improvisado.

No había adónde huir. Las cuatro paredes de roble del Hesperus se habían convertido oficialmente en mi ataúd.

El segundo golpe, más certero y brutal, destrozó por completo el soporte del cerrojo.

La pesada puerta cedió violentamente hacia adentro, arrancando las bisagras y golpeando contra la pared interior de la cabina.

El pasillo a oscuras escupió a los amotinados directamente hacia el interior de mi santuario.

Griggs entró primero, envuelto en una nube de hedor nauseabundo a sudor frío, odio y locura pura.

Sus pequeños ojos, fuertemente inyectados en sangre y dilatados, no enfocaban el mundo real; parecían mirar a través de mi cuerpo, respondiendo ciegamente al cántico psíquico que aún vibraba incesantemente en las tablas del suelo.

Empuñaba con ambas manos un arpón ballenero recortado, un arma letal diseñada para destrozar carne dura a corta distancia.

Detrás de él, el pasillo hervía con al menos media docena de marineros armados hasta los dientes con cuchillos curvos y pesados ganchos de carga, empujándose frenéticamente unos a otros en su ansia animal por ser los primeros en derramar mi sangre.

—¡Entrégale tu maldita plata al mar, brujo! —bramó el contramaestre con voz estentórea, abalanzándose sobre mí con el arpón en alto.

Alcé el sextante de latón en un intento desesperado y patético de bloquear la embestida mortal.

El metal caro chocó violentamente contra la asta de hierro del arpón.

El impacto fue tan fuerte que me entumeció el brazo izquierdo hasta el hombro, haciéndome soltar el instrumento.

Griggs, viendo mi defensa destrozada, soltó una carcajada húmeda y demencial, y me propinó una patada brutal con su pesada bota de cuero directamente en el estómago.

Caí de espaldas, golpeándome contra la dura madera de la litera, boqueando con dolor agudo en busca de un aire que mis pulmones colapsados se negaban a recibir.

El contramaestre se irguió sobre mí. Alzó el arpón ensangrentado por sobre su propia cabeza, tomando impulso para asestar el golpe de gracia y clavarme al suelo. Cerré los ojos con fuerza, esperando resignado sentir el frío hierro rasgando mi pecho en dos.

Pero el golpe mortal nunca descendió sobre mí.

En lugar de la punzada del dolor definitivo, escuché un impacto sordo, brutal y sumamente húmedo, seguido de inmediato por un gorgoteo espeluznante de ahogo.

Abrí los ojos de golpe, justo a tiempo para ver cómo la expresión homicida y sádica en el rostro de Griggs se transformaba instantáneamente en pura y absoluta confusión.

Un enorme gancho de hierro forjado, de los que se utilizaban en cubierta para arrastrar los fardos más pesados, acababa de perforar limpiamente el hombro derecho del contramaestre desde atrás.

La punta ensangrentada del gancho asomó por su clavícula.

Alguien tiró de él violentamente y sin piedad hacia la oscuridad del pasillo, arrancando a Griggs de mi cuerpo.

—¡Muévanse de en medio, perros ciegos y cobardes! —rugió una voz grave, profunda y cargada de una furia gélida.

Era Silas.

Con una fuerza inhumana y brutal nacida de la pura y simple voluntad de supervivencia, el viejo marinero giró el grueso madero que sostenía el gancho y aplastó con saña la mandíbula del marinero amotinado más cercano.

El sonido del hueso rompiéndose fue repugnante.

El hombre cayó a plomo como un costal de patatas, bloqueando convenientemente el estrecho umbral de mi puerta y creando un cuello de botella perfecto que impidió el paso a los demás asesinos.

Silas me agarró por el cuello del abrigo, extendiendo hacia mí su mano rústica y mutilada.

Ignorando valientemente el dolor abrasador que ardía en mis costillas magulladas, me puse en pie de un salto desesperado, aferrando fuertemente mi maletín de cuero contra mí, con el compás letal y palpitante aún a salvo en su interior.

Corrimos juntos por el pasillo a oscuras, abriéndonos paso a patadas limpias, tropezando con pesados barriles de provisiones y cuerdas sueltas que actuaban como trampas.

A nuestras espaldas, un malherido Griggs bramaba órdenes incomprensibles de persecución, bramidos que se ahogaban en su propia sangre.

Al irrumpir finalmente por la escotilla hacia la cubierta principal, el viento gélido de la espesa ceniza nos golpeó el rostro con violencia.

Inmediatamente comprendí nuestro error táctico; revelando en un solo instante que habíamos escapado de una furiosa jauría de lobos enjaulados, solo para arrojarnos voluntariamente y a ciegas directamente al foso de los leones.

El aire en la cubierta superior era irrespirable; una sopa espesa y grisácea de ceniza seca, olor a pólvora recién quemada y locura carnicera.

El siniestro cántico disonante del abismo, que antes nos torturaba como un leve susurro en la mente, se había convertido ahora en un aullido ensordecedor que se materializaba en el mundo físico y hacía vibrar violentamente los pesados obenques y las velas mustias.

El orgulloso Hesperus se había transformado en un grotesco matadero a la deriva.

Pero el verdadero, absoluto y final infierno humano se libraba en las alturas del castillo de popa.

El Capitán Thorne, quien minutos atrás se había acobardado, había abandonado su encierro y ahora resistía heroicamente en lo alto de la escalerilla principal, rodeado de un pequeño círculo de cadáveres de su propia tripulación.

Su impecable figura victoriana de autoridad era un recuerdo grotesco del pasado; la pulcra camisa blanca de seda colgaba en tristes jirones sucios, empapada profusamente en su propia sangre negra por un tajo profundo y letal que le cruzaba el costado derecho.

—¡No me entregarán al mar maldito, escoria traidora! —rugía Thorne con una furia demente, pateando brutalmente con su bota el rostro ensangrentado de un marinero que intentaba trepar desesperadamente por la barandilla de caoba para alcanzarlo—. ¡Yo soy y seré siempre el único amo de este barco!

Griggs, ciego por la rabia y el dolor de su hombro perforado, irrumpió en la cubierta bramando como una bestia colosal y herida.

Su mente fragmentada, totalmente devorada y masticada por el cántico parasitario y abisal, fijó toda su inmensa furia homicida no en mí, sino en la figura de autoridad que lo había castigado y humillado durante tantos años en el mar.

Griggs cargó ciegamente hacia la toldilla de popa, pisoteando sin reparos a sus propios hombres caídos y heridos. Thorne lo vio venir como una locomotora y alzó su reluciente sable, tensando los músculos, perfectamente preparado para el choque final.

Pero el corpulento contramaestre ya no peleaba usando las tácticas o el instinto de supervivencia de un hombre racional; peleaba como un monstruo descerebrado impulsado y poseído por la magia negra del Maelstrom.

Thorne, usando su entrenamiento militar, logró esquivar grácilmente el primer embate torpe de su rival y hundió con precisión su larga hoja de acero profundamente en el vientre flácido de Griggs.

La estocada debió ser letal y detener a cualquier humano.

Sin embargo, en un acto que desafiaba la biología, en lugar de caer de rodillas, el contramaestre soltó una espeluznante carcajada húmeda y antinatural.

Con la afilada cuchilla del sable aún enterrada hasta la empuñadura en sus propias entrañas destrozadas, Griggs avanzó deliberadamente hacia adelante, forzando y empujando su peso contra el acero a través de su propio cuerpo para acortar la distancia, hasta quedar literalmente cara a cara con el horrorizado capitán.

Antes de que Thorne, paralizado por la visión de aquel sacrificio masoquista y demente, pudiera soltar siquiera la empuñadura de su espada atorada, Griggs alzó su pesado arpón de hierro recortado con su brazo sano y lo hizo descender en un arco vertical corto y brutalmente poderoso.

El espantoso crujido del hierro forjado partiendo en dos la clavícula izquierda de Thorne resonó nítidamente, abriéndose paso incluso por encima de la histeria colectiva, del choque de las olas y del cántico ensordecedor.

El orgulloso capitán cayó pesadamente de rodillas sobre las tablas resbaladizas y manchadas de la popa.

Sus ojos grises perdieron el enfoque, pero su boca no emitió sonido alguno.

Griggs bramó al cielo de ceniza una victoria incomprensible, gutural y victoriosa.

Acto seguido, levantó su bota y, de una patada despectiva al pecho, arrojó el cuerpo agonizante y flácido del capitán de la nave directamente contra la barandilla lateral y los imbornales.

El cuerpo resbaló y cayó por la borda. La sangre de Thorne, oscura, espesa y cargada de miedo, se escurrió abundante por los canales de desagüe de la cubierta principal y, en gruesos goterones, cayó libremente hacia la negrura del mar.