El compás del abismo Capítulo V Ecos en la madera podrida
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Capítulo V Ecos en la madera podrida

La luz pálida y cenicienta que se colaba débilmente por las rendijas superiores comenzó a menguar, siendo tragada inexorablemente por las inmensas fauces oscuras del Maelstrom.

La segunda noche de nuestro confinamiento absoluto en la niebla acababa de caer sobre nosotros como una lápida de piedra.

La temperatura en el interior del camarote se desplomó de golpe, alcanzando grados bajo cero y congelando el sudor rancio en mi frente y en mi nuca.

Y entonces, a través de las gruesas y sonoras maderas de roble de la quilla, la vibración infernal resurgió del letargo.

El siniestro cántico de las criaturas anfibias volvió a zumbar en la misma estructura atómica del barco, escalando lentamente en intensidad.

Esta vez sonaba mucho más fuerte, más afinado, más demandante, exigiendo sin sutilezas su diezmo atrasado de carne tibia y cordura.

Pero lo espantoso no era el sonido en sí, sino su origen.

No viajaba por el aire helado, ni cruzaba las tablas húmedas del barco para llegar a mis tímpanos.

Brotó directamente desde el interior de las paredes de mi propia materia gris, como una semilla germinando en el cerebro.

Era un lamento arrastrado, prolongado, disonante y sumamente acuático...

un coro fúnebre de mil hombres ahogados cantando y burbujeando al unísono.

Las voces, que antes nos llegaban lejanas y filtradas por el océano, ahora fluían libres y completamente desatadas, golpeando las bóvedas de nuestras frágiles mentes con la fuerza destructiva de un huracán invisible.

Me llevé las manos al rostro y sentí que la sangre caliente comenzaba a brotar espontáneamente de mis lagrimales y a gotear de mi nariz.

La entidad en el fondo del abismo no nos estaba atacando con garras ni tentáculos aún; nos estaba ablandando.

Estaba licuando nuestra psique con pura presión mental, destapando a la fuerza los traumas y remordimientos más oscuros para sazonar nuestra carne con la desesperación antes del festín principal.

En medio de mi delirio febril, acurrucado en el rincón del camarote, vi la sombra inconfundible de mi padre recortada nítidamente en la penumbra de la habitación.

Estaba exactamente igual que en sus últimos días: pudriéndose en vida, esquelético, mirándome acusadoramente con sus nuevos ojos vacíos de plata pulida, y repitiendo la letanía aberrante del abismo.

Me tapé los oídos con desesperación, arañando mis propias sienes hasta sangrar, suplicando a gritos ahogados que la resonancia mental se detuviera.

Arriba, en la cubierta principal, el terror había tomado formas terrenales y definitivas.

Los hombres de la tripulación, hombres simples y rudos, totalmente incapaces de procesar filosóficamente la masiva invasión telepática, buscaban en la violencia física el único ancla que les quedaba a la realidad.

Las grietas del terror puro habían fracturado definitivamente la endeble moral de la tripulación.

El motín silencioso se estaba cocinando.

Cuando la opresión en mi pecho cedió ligeramente, salí a hurtadillas hacia las escaleras, necesitando el aire de la cubierta.

Observé a Griggs, el hombre más temido, brutal e implacable del barco.

Había perdido toda su coraza de matón de puerto.

Su rostro, que durante largas semanas había sido una máscara inquebrantable de autoridad sádica, mostraba ahora las profundas y patéticas grietas del terror de un niño.

Le temblaba visiblemente el labio inferior, y un tic nervioso continuo le obligaba a cerrar el ojo izquierdo sin ningún control sobre sus músculos.

Apestaba horriblemente a ginebra barata y a sudor frío, el hedor de un animal a punto de ir al matadero.

—Mi hermano pequeño me habló anoche de nuevo, Capitán —graznó Griggs en un tono lastimero, dirigiéndose a la figura inmóvil y tiesa de Thorne en la popa—.

Su voz áspera y descompuesta resonó horriblemente en la atmósfera muerta del barco—.

Me habló directamente desde el fondo negro del mar.

Me dijo que tiene mucho frío. Me dijo que el agua salada le llena los pulmones cada maldito minuto desde hace diez años...

desde el día en que yo le pisé la cabeza y lo dejé ahogarse en los muelles de Bristol solo para no tener que compartir mi escasa paga con él.

El Capitán Thorne estaba de pie y rígido junto al timón inútil y amarrado.

Estaba aferrado a la gruesa rueda de madera con tanta fuerza desesperada que la propia madera crujía bajo sus blancos nudillos.

Su impecable levita victoriana estaba ahora cubierta por una gruesa capa de ceniza, y su postura erguida había perdido toda la dignidad y rigidez militar que lo caracterizaba.

Parecía un general derrotado contemplando las ruinas humeantes de su propio imperio.

—Es la maldita niebla gris, Griggs —respondió Thorne, forzando un tono de autoridad que sonaba terriblemente hueco, desmoronándose en el aire sílaba a sílaba—.

El aire viciado que respiramos... la falta prolongada de agua...

Son alucinaciones pasajeras de mentes débiles y supersticiosas.

Guarde silencio, contramaestre. Mantenga a los malditos hombres ocupados con los cabos o los mandaré a azotar hasta que se les vea el hueso.

—¡No hay azotes de cuero que duelan más que los malditos lamentos que escuchamos ahí abajo en nuestra propia cabeza!

—estalló el contramaestre en un rugido de rabia e impotencia, perdiendo el poco respeto que le quedaba y acercándose peligrosamente a la base de las escaleras de la toldilla—.

Ese erudito, ese brujo de ciudad nos ha traído engañados directamente a la garganta del diablo.

Su brújula canta, Capitán. Canta con las voces de los muertos.

Las cosas oscuras que nadan ahora mismo bajo nuestra quilla quieren la sangre de su linaje, ¡no la nuestra!

Un murmullo gutural, cargado de asentimiento y odio animal, recorrió a los demacrados marineros reunidos tras él.

El escalofriante sonido metálico del acero raspando contra el cuero viejo rompió el sepulcral silencio del Maelstrom cuando varios de ellos desenfundaron al unísono sus largos cuchillos de desollar ballenas.

Thorne, derrotado por sus propios delirios nocturnos y sabiendo que estaba superado en número, comprendió en ese fatídico instante que ya no gobernaba un barco bajo las leyes de la corona, sino un ataúd flotante gobernado por el miedo, y que su autoridad ganada a pulso no valía ni un céntimo frente a los inmensos fantasmas del abismo cósmico.

Sin pronunciar una sola orden más, sin intentar defender su honor o calmar a sus hombres, Thorne bajó su pistola pesada, soltó lentamente la rueda del timón y descendió hacia su camarote principal de popa con pasos rígidos, mecánicos y autómatas.

Segundos después, el resonar agudo y metálico del pesado cerrojo de hierro deslizándose reverberó en todo el silencioso navío, seguido inmediatamente por el ruido sordo y pesado de un gran baúl de roble siendo arrastrado por el suelo para bloquear la puerta desde adentro.

Thorne, el gran Capitán, se había atrincherado. El líder nos había abandonado a todos a nuestra suerte.

El miedo filosófico a lo sobrenatural había sido superado y reemplazado con creces por la locura sangrienta y terrenal de los hombres acorralados.

El motín de las sombras, alimentado por el terror abisal, acababa de estallar de forma irremediable, y yo sabía perfectamente, mientras retrocedía apresuradamente hacia mi propio refugio, que la jauría de amotinados venía directamente hacia mi puerta de madera.