Capítulo II El meridiano ciego
El amanecer no trajo consigo ninguna luz redentora a Londres; solo un clarear enfermizo que tiñó la densa niebla del Támesis de un gris cadavérico y deprimente.
El Hesperus despertó con un rugido de cadenas tensadas y madera crujiente.
Desde mi posición de seguridad en la toldilla de popa, envuelto en mi pesado abrigo de lana para protegerme del viento helado, observé cómo el ancla principal era arrancada violentamente del fango negro del río.
El sonido metálico resonó en mis oídos como el rechinar de los dientes de una bestia abisal que acababa de ser liberada de su correa.
Estábamos zarpando. La ciudad de Londres, con sus tribunales, sus acreedores, su ciencia arrogante y su desdén, comenzaba a desdibujarse en la bruma, devorada por el silencio del estuario.
Mi mano derecha descansaba en el interior de mi bolsillo, aferrando instintivamente el Compás de Plata. Su latido constante y tibio contra la yema de mis dedos era el único recordatorio de que mi oscuro propósito no era un sueño.
Miré hacia la cubierta inferior, un hervidero de actividad febril y agresiva.
Treinta hombres se movían como los engranajes sucios de una maquinaria lúgubre, tirando de cabos gruesos como brazos humanos y desplegando velas que, a pesar de estar razonablemente limpias, parecían tener ya el color permanente de la ceniza.
Eran marineros curtidos en las aguas más hostiles del globo; hombres de rostros agrietados por el sol, la sífilis y la sal, con cicatrices que narraban historias de arpones desviados, cacerías brutales y peleas de taberna mortales.
Y, desde el primer instante en que puse un pie a bordo, me hicieron sentir su profundo y visceral repudio.
Para ellos, yo no era un explorador de la corona ni un oficial digno de respeto.
Era un erudito debilucho, un parásito de tierra firme vestido con un abrigo de sastre que, aunque desgastado por la ruina inminente, delataba mi origen acomodado.
Peor aún, era un Sterling. Los marineros son, por naturaleza, criaturas forjadas en el yunque de la superstición, y el rumor sobre la locura de mi padre, de sus gritos nocturnos y sus mapas de sangre, ya había infectado las húmedas literas de la tripulación antes de zarpar.
—Miren al señorito, aferrado a la barandilla de popa como si el río fuera a morderle las botitas de cuero fino —graznó una voz rasposa desde la cubierta principal.
Era Griggs, el contramaestre del barco. Un hombre fornido, ancho como un barril de ron, con la nariz aplastada por múltiples fracturas y un tatuaje descolorido de un ancla torcida en su grueso cuello.
Escupió un pesado chorro de tabaco negro sobre las tablas de la cubierta, a escasos centímetros de donde terminaba la escalera hacia mi posición.
Varios marineros que tiraban de las drizas principales estallaron en risas ásperas y desagradables.
—Dicen en los pubs que su viejo murió intentando atrapar sirenas con una red para cazar mariposas —murmuró otro marinero, un joven desdentado y esquelético que me miraba con una mezcla perturbadora de desprecio y miedo genuino—.
Traer la sangre de un loco a bordo es tentar a la desgracia.
El mar no perdona a los soberbios que le faltan el respeto a sus profundidades.
Fingí ignorarlos, tragándome el orgullo y manteniendo la mirada fija en las olas oscuras que golpeaban el casco, pero un nudo frío se instaló en mi garganta.
Estaba físicamente rodeado, atrapado en un trozo de madera flotante en medio de la nada, con hombres sin moral que me degollarían y robarían mis botas en la noche si el Capitán Thorne no hubiera ordenado estrictamente mi protección temporal.
El inmenso mar abierto, de pronto, me pareció mucho menos aterrador que la avaricia y la brutalidad que sudaban los poros de esta tripulación.
Fue entonces cuando un hombre de hombros anchos y cabello prematuramente encanecido se interpuso en mi línea de visión, bloqueando deliberadamente la sonrisa sádica de Griggs.
Llevaba un delantal de lona gruesa, fuertemente manchado de alquitrán fresco, y sostenía un martillo de calafateo.
Al agarrarlo, noté que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, muñones viejos y bien cicatrizados.
A diferencia del resto de la jauría, no tenía esa mirada inyectada en sangre de quien busca pelea constante; sus ojos eran profundos, tristes y pesadamente cansados.
—Déjalo en paz, Griggs —dijo el hombre. Su voz era grave, apenas un murmullo, pero cortó las risas de la tripulación como el golpe seco de un hacha contra la madera—.
El Capitán Thorne lo quiere respirando y con ambas manos intactas.
Si le tocas un solo pelo antes de que trace la ruta prometida, Thorne te usará de cebo vivo para tiburones tigre, y yo mismo le ayudaré a amarrarte la soga.
Griggs tensó la pesada mandíbula, apretando los puños, y escupió al suelo nuevamente, pero no replicó. Sabía que aquel hombre no bromeaba. Con un gruñido ahogado, el contramaestre hizo un gesto rudo a sus hombres y regresaron de inmediato a tensar las cuerdas.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Al menos, me dije a mí mismo, había un atisbo de decencia o racionalidad en este purgatorio flotante.
—Se lo agradezco sinceramente, señor... —comencé, ofreciendo una cortesía que sonó ridículamente fuera de lugar.
El hombre ni siquiera se dignó a mirar mi dirección. Empezó a golpear una tabla suelta con su martillo.
—Guárdese la refinada cortesía para los salones de té de Londres, señor Sterling —respondió, sin detener su ritmo de trabajo—. No lo hice por usted. Lo hice porque detesto profundamente el ruido de los cerdos de Griggs gruñendo por la mañana, cuando intento trabajar en paz.
—Aun así, me ha ahorrado un mal rato y tal vez un ojo morado.
El hombre, a quien luego conocería como Silas, detuvo el martillo en seco. Giró lentamente la cabeza, y por un brevísimo segundo vi una sombra de genuina lástima, oscura y pesada, en su mirada.
—No se equivoque conmigo ni con nadie en este barco, muchacho.
Cuando los víveres escaseen, el hambre apriete, o el miedo a lo que sea que estemos persiguiendo los vuelva completamente locos, yo también haré lo que deba hacer para sobrevivir un día más.
Manténgase alejado de mí. Refúgiese en sus mapas.
Aquí abajo, usted no es un hombre ni un oficial; usted es simplemente carne fresca esperando a pudrirse.
Sin decir una palabra más, recogió sus herramientas y se perdió entre el complejo laberinto de mástiles y cuerdas, dejándome una advertencia helada que se clavó en mi mente.
Los días siguientes confirmaron las palabras de Silas.
La travesía se volvió una prueba de resistencia.
A medida que dejábamos atrás la relativa calma del Canal de la Mancha y nos adentrábamos en el corazón indómito del Atlántico Norte, el mar mostró su verdadero rostro violento.
El oleaje se transformó en embestidas brutales que levantaban la proa del bergantín hacia el cielo gris para luego dejarlo caer en abismos de espuma con un estruendo que amenazaba con partir la quilla.
Aferrado a la barandilla de estribor, sufrí los embates del mareo, vomitando hasta que mi estómago vacío solo producía bilis y dolor.
Pero la verdadera transformación del viaje no fue física, sino atmosférica.
Habían transcurrido tres semanas desde nuestra partida.
Dejamos a popa las coordenadas donde la cartografía moderna situaba las costas africanas y las Islas Canarias.
Fue entonces cuando el frío cortante del Atlántico fue devorado por una bruma cálida, aceitosa y excepcionalmente pesada.
El aire adquirió un tono amarillento y un aliento fétido, similar al olor de algas podridas expuestas al sol, que comenzó a oxidar el latón de mi sextante con una prisa totalmente antinatural.
En este nuevo entorno opresivo, mi posición a bordo se había consolidado.
El temor hacia la reliquia que portaba —el compás que hacía sangrar a los profanos— me otorgó una burbuja de terrorífico respeto.
Thorne me instaló una mesa de cartas bajo una lona en la popa.
Allí, cada noche, bajo la luz de un farol, mi bitácora se llenaba de cálculos matemáticos que intentaban darle sentido a un mundo que perdía rápidamente la razón.
Era pasada la medianoche de nuestro vigésimo segundo día de navegación. El bergantín se deslizaba con un siseo casi inaudible sobre un mar que había perdido por completo su tono azul natural para volverse de un negro denso, plano e impenetrable como la brea.
Llevé el pesado sextante a mi ojo derecho, apuntando hacia el cielo nocturno en busca de la Estrella Polar para verificar nuestra latitud.
Ajusté el micrómetro. Miré la escala graduada y fruncí el ceño.
Limpié la lente con un paño, creyendo que la humedad aceitosa del mar había empañado el cristal, y volví a medir.
Un frío gélido, completamente desconectado del opresivo bochorno tropical que nos rodeaba, me recorrió la nuca como una araña de hielo.
Según la implacable elevación angular de Polaris, estábamos mil quinientas millas náuticas más al sur de lo que el viento, las velas y el tiempo transcurrido permitían físicamente.
Desesperado por encontrar un punto de anclaje lógico, busqué la inconfundible constelación de Orión.
Lo que vi me robó el aliento: su famoso cinturón de tres estrellas estaba grotescamente torcido, inclinado en un ángulo agudo que desafiaba y rompía cualquier carta astronómica jamás impresa en la historia de Europa.
No era una ilusión óptica ni una falla del instrumento de mi abuelo.
El firmamento entero por encima de nuestras cabezas estaba deformado, como si estuviéramos mirando el cielo a través del fondo de una botella de cristal tallado.
Con el corazón golpeando dolorosamente mis costillas, aparté las inservibles tablas de navegación de la Marina Real y abrí el cofre de ébano.
Extraje el pergamino curtido en piel. Bajo la luz parpadeante, el mapa parecía un organismo vivo.
Comprendí que el símbolo alquímico del plomo no era un adorno, sino la advertencia de los "días de mar muerto"; que la cruz invertida representaba precisamente esta atroz distorsión estelar.
Saqué el Compás de Plata. Al posar mis dedos temblorosos sobre la carcasa ennegrecida, el metal respondió a mi biología, tornándose cálido, latiendo rítmicamente.
La aguja no temblaba buscando inútilmente un polo norte magnético que ya no existía en estas aguas; señalaba con una fijeza sobrenatural hacia un punto oscuro en el horizonte infinito.
Combiné los ángulos astronómicos aberrantes del falso cielo, el código demente de mi padre y la orientación inquebrantable de la aguja.
Con pluma y tinta, comencé a trazar la verdadera ruta en mi bitácora personal: no estábamos navegando sobre el océano, estábamos descendiendo por un canal imperceptible que nos arrastraba fuera del mundo iluminado por Dios.
—Si sigue mirando hacia las estrellas con esa cara de muerto, terminará contagiando el pánico al resto de los vigías.
Di un respingo tan violento que la punta afilada de la pluma rasgó la página de la bitácora.
Silas estaba de pie a tres pasos de mi mesa, apoyado perezosamente contra el mástil de mesana.
El viejo marinero no alzó los ojos para comprobar mi hallazgo astronómico.
Dio un paso lento hacia mi mesa, manteniendo la mirada fija en el tintero, cuidando estrictamente de no acercarse al cofre de ébano.
—Las estrellas, Silas —murmuré, con la voz quebrada, señalando la bóveda celeste oscura—. No están donde la ciencia empírica dicta que deberían estar. Es como si hubiéramos cruzado una frontera invisible en el mar hacia un firmamento alienígena.
Silas ni siquiera pestañeó.
—No deje que el Capitán Thorne le ponga las manos encima a ese cuaderno de cuero —dijo Silas, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero que se mezclaba con el crujido del barco—.
Thorne y Griggs lo odian a muerte porque saben que, sin su sangre estirada, ese compás del diablo les freirá los sesos, y sin su cabeza, ese pergamino viejo es papel mojado.
Pero esa bitácora ordenada suya, con números y rutas trazadas claramente, es un arma de doble filo, muchacho.
Silas apoyó su mano de tres dedos sobre el borde áspero de la mesa.
—Si usted traduce los secretos indescifrables de su padre a números claros que cualquier timonel ignorante pueda seguir, habrá cavado su propia fosa en el agua.
En el instante preciso en que usted deje de ser la única llave imprescindible de este barco, Griggs le cortará la garganta de oreja a oreja y lo lanzará por la borda a los tiburones.
Guarde sus verdaderos mapas en la cabeza, bajo llave.
Su exclusividad es el único escudo de acero que mantiene afilados los cuchillos de la tripulación lejos de su cuello.
Sin esperar respuesta, confirmación o agradecimiento, Silas dio media vuelta lenta y pesadamente, fundiéndose de nuevo con las densas sombras que poblaban la cubierta principal.
Me quedé completamente inmóvil, procesando el peso de su advertencia.
Cerré la bitácora de cuero con un chasquido sordo y apreté el Compás de Plata contra mi pecho.
Estaba irrevocablemente solo en medio de la negrura absoluta, guiando a treinta hombres desesperados y asesinos hacia los confines de la realidad, observados únicamente por estrellas deformes que jamás debieron alumbrar el mundo de los hombres.