El compás del abismo Capítulo I La plata y el salitre #2
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Capítulo I La plata y el salitre #2

Subí por la pasarela resbaladiza con el cofre de mi padre apretado fuertemente contra el pecho.

Los marineros que preparaban los aparejos bajo la llovizna me miraron con hostilidad abierta, como lobos evaluando a una oveja descarriada, pero algo en mi paso rígido, o quizás el aura de tragedia que ya me envolvía, los hizo apartarse.

Llegué a la puerta de roble de la cabina del capitán y toqué dos veces.

Una voz profunda, áspera como el roce de dos piedras de afilar, me ordenó entrar.

El camarote del Capitán Elias Thorne era un refugio de orden obsesivo en medio del caos del puerto.

Las paredes de caoba oscura estaban forradas de arpones inmaculadamente pulidos.

Sobre el escritorio, iluminado por una lámpara de aceite de ballena que no parpadeaba, no había cartas de navegación, ni mapas estelares, sino un enorme libro de contabilidad abierto.

Thorne alzó la vista. Llevaba una levita de corte naval, impecablemente limpia, aunque los puños mostraban el desgaste de innumerables travesías.

Su rostro parecía tallado en la misma madera de su barco: duro, curtido por el sol y la sal, cruzado por una cicatriz pálida que le partía la ceja izquierda.

Pero fueron sus ojos los que me paralizaron.

Eran de un gris pálido, casi translúcido, totalmente desprovistos de cualquier calor humano.

Eran los ojos de un hombre acostumbrado a calcular el valor exacto de la vida y la muerte en libras esterlinas.

—Usted no pertenece a este muelle, caballero —dijo Thorne, cerrando el libro de contabilidad con un golpe seco que resonó como un disparo—.

Huele a biblioteca cerrada, a ropa cara que ya no puede pagar y, sobre todo, a desesperación absoluta.

Dígame rápido qué quiere, antes de que ordene a mis hombres que lo echen por la borda.

—Me llamo Julian Sterling —respondí, forzando a mi voz a no temblar, irguiendo la espalda—. Soy cartógrafo de la Real Sociedad Geográfica. Y vengo a ofrecerle el viaje más lucrativo que este barco haya hecho o hará jamás.

Los delgados labios de Thorne se curvaron en una sonrisa carente de alegría. Se reclinó en su silla de cuero, uniendo las yemas de sus gruesos dedos.

—¿Sterling? —murmuró el capitán, saboreando el apellido como un vino rancio—.

Escuché en las tabernas lo que le pasó a su padre, muchacho.

Un hombre brillante que terminó babeando en un manicomio casero por perseguir islas fantasmas y sirenas imaginarias.

Si viene a venderme los delirios de un muerto, ha venido al barco equivocado.

Yo no cazo mitos. Cazo grasa, aceite y oro.

—No es un mito —repliqué, avanzando un paso y depositando el cofre de ébano sobre su inmaculado escritorio—. Mi padre encontró la ruta exacta hacia el Ojo de Salgari. Conozco el punto topográfico donde las corrientes se quiebran en el Paralelo Cero.

Thorne se inclinó hacia adelante, y por un instante, la máscara de desdén se fracturó.

—El Ojo de Salgari... —paladeó el nombre sagrado de los marinos—.

Los cuentos de taberna dicen que es una perla negra del tamaño de un cráneo humano, forjada antes del diluvio universal, capaz de comprar el Imperio Británico entero.

¿Qué le hace pensar, señor Sterling, que usted, un cartógrafo de salón, puede llegar donde cientos de barcos armados hasta los dientes se han hundido?

—Porque ellos buscaban una isla, Capitán. Y el Ojo no está en una isla. Está en el Abismo.

—¿El Abismo? —Thorne enarcó su ceja cicatrizada.

—Una fractura profunda en el océano. Un lugar donde las aguas de nuestro mundo se derraman hacia una geografía...

más antigua —expliqué, abriendo el cofre de ébano—.

Mi padre descubrió a costa de su propia vida que no se puede llegar allí navegando con brújulas comunes de latón.

El magnetismo de la tierra es un fraude allí abajo. Se necesita esto.

Señalé el Compás de Plata. Los ojos gélidos de Thorne se fijaron en el latido rítmico, casi biológico, de la aguja bajo el cristal. Su avaricia pudo más que su cautela natural; extendió una mano grande y áspera para tomar el artefacto.

En el instante exacto en que las yemas de sus dedos rozaron la plata, la temperatura del camarote se volvió glacial.

Thorne soltó un jadeo ahogado, como si le hubieran perforado el pulmón.

Sus pupilas se dilataron hasta engullir el iris gris.

La aguja del compás comenzó a girar violentamente, emitiendo un chirrido agudo e insoportable.

El capitán retrocedió a trompicones, derribando su silla y chocando con el estante de arpones.

Un hilo grueso de sangre oscura comenzó a escurrir por su fosa nasal izquierda.

Boqueaba como un pez fuera del agua, cayendo de rodillas y frotándose las sienes con desesperación, como si intentara arrancarse voces físicas del interior de su cabeza.

—¡¿Qué brujería es esta?! —siseó, escupiendo las palabras manchadas de rojo—. ¡Haz que se detenga!

Alcancé el compás y lo envolví en mi puño. Al contacto con mi piel, la plata se calmó, tornándose tibia y dócil nuevamente. La aguja dejó de girar, volviendo a su palpitación suave, rítmica y silenciosa.

—El peaje de la sangre —dije, mirando al implacable capitán de rodillas ante mí—.

La reliquia exige la sangre de los Sterling.

Repudia con violencia a cualquier otro ser vivo.

Y este mapa... —señalé el pergamino de piel pálida—está cifrado en un código matemático que mezcla alquimia y los delirios personales de mi padre.

Para usted, son garabatos de un loco. Sin mí a bordo, este compás le destrozará la mente en menos de veinticuatro horas.

Y sin mí, no sabrá leer la ruta para llegar al tesoro.

Thorne me miró en silencio, respirando de forma errática, mientras se limpiaba la sangre del labio superior con el dorso de la manga. Lentamente, se puso en pie. El pánico visceral en sus ojos fue reemplazado, en cuestión de segundos, por un cálculo depredador, frío y definitivo.

Comprendió el juego a la perfección. Él tenía el barco, los víveres y los hombres violentos para sobrevivir a la travesía física; pero yo era la única llave viva que abría la puerta de la magia y la riqueza. Éramos dos demonios condenados a entenderse en un viaje sin retorno.