Capítulo III La zona muerta
La quinta semana de viaje nos arrebató el viento.
Habíamos entrado en la Zona de Convergencia Ecuatorial, los infames Doldrums. Durante tres días consecutivos, las velas del Hesperus colgaron de los mástiles como sudarios flácidos.
El mar se extendía en todas direcciones como un espejo de aceite negro, tan quieto que reflejaba el cielo con una nitidez enfermiza.
Estábamos atrapados en una prisión de cristal hirviente.
El calor era un animal físico que nos aplastaba contra la cubierta.
Olía a brea derretida, a madera recalentada y al sudor rancio de treinta hombres que comenzaban a perder la cordura.
Las raciones de agua se habían reducido a la mitad, y lo que salía de los barriles tenía un color cobrizo y un sabor a podredumbre.
Desde mi refugio bajo la lona, observaba cómo la disciplina del barco se resquebrajaba.
Los marineros ya no hablaban; murmuraban.
Se agrupaban en las sombras, lanzándome miradas inyectadas en sangre.
Griggs pasaba horas afilando su cuchillo de desollar, asegurándose de que el chirrido llegara a mis oídos.
Para ellos, yo era el Jonás. El hereje con la brújula del diablo que los había llevado a morir de sed.
El sol estaba en su cenit cuando escuché pasos pesados subiendo hacia la popa. Era Thorne. Su pulcritud se había esfumado. Iba sin levita, con la camisa de lino empapada en sudor y desabotonada. La cicatriz sobre su ojo izquierdo palpitaba, enrojecida por el calor.
—Tres días, Sterling —gruñó, apoyando ambas manos en mi mesa—. Tres días sin avanzar. El agua se pudre, la carne salada está llena de gusanos, y mis hombres están a un paso del motín.
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca como lija.
—Es la Zona de Convergencia, Capitán. El viento regresará.
—¡No me hable de vientos naturales! —estalló Thorne, golpeando la mesa—. He cruzado el Ecuador tres veces en mi juventud. Conozco el mar abierto. Esto — señaló el océano inerte— no es el Atlántico. No hay pájaros. No hay peces. No hay vida. Nos has traído a un cementerio.
Thorne fijó sus ojos en mi cofre de ébano.
—Dígame la verdad. ¿Esa aguja maldita sigue apuntando a su tesoro, o nos está guiando al fondo del infierno? Porque si estamos persiguiendo fantasmas, le juro que dejaré que Griggs lo despelleje vivo.
Mi corazón latía desbocado, pero mostrar miedo ante un depredador era una sentencia de muerte. Lentamente, abrí el cofre y extraje el Compás de Plata. Thorne dio un paso atrás, apartando la mirada como si irradiara calor radiactivo.
Bajo la luz cegadora del sol, la aguja no temblaba. Palpitaba con una fuerza sorda. Levanté la vista del compás hacia el pergamino.
—Mi padre anotó este silencio, Capitán —dije, señalando el símbolo del plomo—. Escribió que antes de llegar a la fractura, el viento moriría para probar a los indignos. Pero fíjese en el mar.
Thorne frunció el ceño y miró por la borda.
—No hay olas —continué—. Pero mire la estela de la basura que arrojaron los cocineros esta mañana.
Restos de madera y desperdicios flotaban a unos treinta metros. No estaban quietos. Muy lentamente, de forma casi imperceptible, se alejaban de nosotros en línea recta, succionados hacia el sur.
—No estamos varados, Capitán. No hay viento que empuje las velas, pero la corriente profunda nos está arrastrando hacia el abismo. Llegaremos al Paralelo Cero esta misma noche.
Thorne miró los restos flotantes y luego mi rostro. Su mandíbula se tensó. El miedo y la avaricia libraron una batalla en sus ojos, pero la ambición devoró al terror. Se irguió, abrochándose un botón de la camisa en un intento por recuperar el control.
—Si no hay viento para mañana al amanecer, Sterling, su linaje terminará en este barco —sentenció, dándose la vuelta.
Mientras Thorne descendía ladrando órdenes para mantener a los hombres ocupados, guardé el compás.
La noche caería pronto. Y con ella, cruzaríamos la última frontera de los mapas de la cordura.
Esa misma noche, tal como la corriente lo había anticipado, cruzamos el límite de los mapas.
El agotamiento me obligó a tumbarme en la litera.
Esperaba encontrar refugio en el sueño, pero el encierro físico resultó ser apenas el preludio de un encierro mucho más oscuro.
El sonido de la madera astillándose se transformó sutilmente. Ya no olía a salitre, sino a papel viejo y cera consumida. Mis botas no pisaban tablones húmedos, sino la gruesa alfombra persa de nuestra biblioteca en Londres.
Estaba de pie, pero hacía un frío que me calaba hasta los huesos. Miré hacia abajo. El agua me llegaba a las rodillas. Intenté moverme, pero el líquido era espeso, pesado. No era agua; era un cieno negro y aceitoso, como tinta pura. Trepaba por las estanterías, devorando los libros.
—¡Padre! —intenté gritar, pero mi voz sonó deforme.
Al otro lado del estudio, Arthur Sterling estaba sentado en su escritorio.
Su levita flotaba a su alrededor como las aletas de un pez muerto.
No parecía darse cuenta de que nos estábamos hundiendo.
Su cabeza permanecía agachada, su pluma rascando febrilmente un pergamino.
El agua negra me alcanzó la cintura. Avancé a tropezones.
—¡Padre, la casa se inunda!
Al acercarme, vi lo que estaba haciendo. No había tintero. La punta de su pluma estaba clavada en su propia muñeca, rasgando la carne. Escribía coordenadas imposibles con sangre negra. El cieno me llegó al pecho.
Arthur dejó de escribir. Giró el cuello hacia mí con una lentitud mecánica. Cuando levantó el rostro, quise gritar. Sus ojos no tenían pupilas, ni iris, ni blanco. Eran dos esferas perfectas de plata pulida.
Abrió la boca y su voz vibró dentro de mis sienes.
—No mires hacia arriba, Julian. El norte es una mentira de los hombres. La verdad aguarda abajo... en el abismo.
Llevó su mano derecha a su propio pecho y lo abrió como un abrigo barato. En lugar de un corazón, extrajo un órgano gris y calcificado, duro como la piedra, que latía con una violencia ensordecedora.
Ba-dum. Ba-dum.
El pulso hizo temblar las paredes. El agua negra me cubrió el cuello, luego la boca. Me ahogaba en tinta mientras el corazón de piedra latía más y más rápido, transformándose en un repiqueteo metálico.
Clic... clic... clic-clic-clic...
Desperté de golpe, vomitando el aire seco de mi camarote. Me incorporé en la litera, empapado en sudor helado. La cabina estaba sumida en la penumbra. Mi respiración era un jadeo ronco. Estaba a salvo. Estaba en el Hesperus.
Pero el sonido no se había detenido.
Clic... clic... clic-clic-clic...
El repiqueteo era real. Venía de mi abrigo de lana, colgado de un clavo junto a la puerta.
Me levanté y metí la mano en el bolsillo.
Mis dedos rozaron la carcasa del Compás de Plata.
Estaba helado, quemando la piel con una temperatura antinatural.
Lo saqué con manos temblorosas y abrí la tapa de cristal empañado.
La aguja estaba enloquecida. Giraba sobre su propio eje a una velocidad vertiginosa, golpeando los bordes de la esfera con un frenesí desesperado.
De pronto, se detuvo en seco. No marcaba el norte, ni la proa del barco, ni ninguna latitud conocida. Apuntaba hacia abajo. Hacia las tablas del suelo. Hacia las profundidades.
Y entonces, lo sentí.
No fue un golpe, sino un roce. Una inmensa, prolongada y escalofriante fricción que recorrió toda la quilla del Hesperus.
El barco entero gimió, estremeciéndose desde la proa hasta el timón.
No era el embate de una ola; era el contacto físico de algo colosal deslizándose por debajo del vientre de nuestro frágil navío.
Durante quince agónicos segundos, el Hesperus quedó suspendido en una tensión insoportable.
Sentía la inmensa masa a escasos centímetros por debajo de las tablas donde estaba arrodillado, frotando su lomo invisible contra la madera.
La aguja del compás vibró con tanta fuerza que el cristal de la tapa se resquebrajó, soltando un chasquido fino como el crujir de un hueso.
Y entonces, el falso silencio estalló.
Desde la cubierta superior, el grito del vigía cortó el aire helado.
—¡Dios nos asista! ¡Agárrense!
La campana de bronce del mástil mayor comenzó a repicar frenéticamente. Arriba, el trueno de botas pesadas golpeó el techo de mi camarote. Escuché la voz de Griggs bramando maldiciones, seguida del crujido ensordecedor de los aparejos tensándose al máximo.
No era un delirio. No era la locura parasitaria de mi padre infectando mi cabeza. La tripulación entera lo había sentido rozar la quilla.
Me dejé caer hacia adelante, apoyando las manos planas contra el suelo vibrante.
Arriba, los gritos de pánico se mezclaban con los ladridos de Thorne.
Ahí, arrodillado en la penumbra, mi alma se heló al comprender la verdad.
Mi padre nunca estuvo loco. Habíamos cruzado el límite de nuestro mundo, y el abismo acababa de devolvernos la mirada.