El color blanco (El color del pecado 3) Epílogo I
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Epílogo I

Zaid

L a recuperación fue una tortura. No por el dolor. El dolor nunca me había parecido un problema especialmente serio. Después de cierto punto, el cuerpo se acostumbra a casi cualquier cosa.

La verdadera tortura fue el aburrimiento.

Puf.

Había pasado años infiltrándome en organizaciones criminales, fingiendo ser un asesino en serie, sobreviviendo a peleas, persecuciones, disparos y situaciones que habrían provocado un infarto colectivo a cualquier persona con un mínimo de sentido común.

Y, sin embargo, nada me había preparado para la experiencia de quedarme sentado en casa viendo cómo un brazo decidía sanar a la velocidad de una planta ornamental.

Las curas habían funcionado. Mi médico estaba satisfecho. Verónica estaba satisfecha.

Yo no.

Había recuperado la movilidad casi por completo, pero la fuerza seguía siendo una sombra de lo que había sido antes.

Había movimientos sencillos que ahora requerían concentración.

Ejercicios que antes realizaba casi por reflejo y que ahora me obligaban a apretar los dientes mientras el hombro protestaba como una vieja enfadada con la juventud moderna.

Así que entrenaba. Todos los días.

No porque tuviera prisa por volver a pelear. Bueno, no sólo por eso. También porque me negaba a aceptar que un trozo de carne mal cosido fuera a decidir qué podía hacer y qué no.

Por desgracia, mi asesina había convertido mi recuperación en una misión personal. Y cuando Verónica Astoria convertía algo en una misión personal, Dios ayudara al pobre desgraciado que intentara llevarle la contraria.

—Llevas demasiadas series.

Levanté la vista desde la mancuerna.

Ella estaba apoyada contra el marco de la puerta de la cocina, observándome con los brazos cruzados y esa expresión que intentaba parecer fría pero que, en realidad, sólo significaba que llevaba preocupada por mí desde hacía horas.

—Llevo veinte minutos.

—Llevas casi una hora.

—Eso es una acusación muy grave.

—Zaid.

—Necesitas pruebas.

—Tengo reloj.

—Yo tengo algo mejor para ti, mi asesina.

Puf.

Durante los meses de recuperación había descubierto algo fascinante sobre ella. Mi asesina era perfectamente capaz de enfrentarse a asesinos, criminales, policías corruptos, motines carcelarios y traumas psicológicos devastadores.

Lo que no sabía gestionar era el cariño.

El cariño la aterrorizaba.

Era increíble.

Mi mujer podía mirar a la muerte directamente a los ojos y seguir caminando hacia delante, pero decir "me preocupas" parecía exigirle un esfuerzo emocional equivalente a escalar el Everest arrastrando un piano.

Por supuesto, aquello no le impedía preocuparse. Simplemente le impedía admitirlo, simplemente aparecía cada vez que necesitaba algo antes incluso de que yo supiera que lo necesitaba. Era un sistema ridículo. Y sospechosamente eficiente. Me encantaba.

—Te vas a hacer daño.

—Probablemente.

—Zaid.

—Dime, cariño.

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

Yo sonriendo.

Ella evaluando distintas maneras de asesinarme.

Lo bonito de nuestra relación era que ambos sabíamos exactamente lo que estaba pensando el otro. Lo preocupante era que muchas veces seguíamos adelante igualmente.

Finalmente dejé la mancuerna sobre el suelo y ella relajó ligeramente los hombros. Me parecía irremediablemente tierno. Es lo que tiene estar enfermo, le veía belleza a la propia podredumbre de mi asesina.

—¿Qué?

Parpadeé.

—Nada.

—Estás mirándome raro.

—Estoy enamorado de ti.

—Eso no explica nada.

—Al contrario. Lo explica absolutamente todo.

Entonces puso los ojos en blanco, fingiendo que no se había puesto roja, y se dio la vuelta para volver a la cocina.

Yo observé cómo se alejaba y no pude evitar sonreír.

Porque después de todo lo que había ocurrido, después de la sangre, las mentiras, las cicatrices y las cosas que ninguno de los dos sería capaz de olvidar jamás, seguía estando allí.

Y conociéndola, probablemente seguiría fingiendo que aquello no significaba nada durante el resto de su vida.

Lo cual era una suerte. Porque yo pensaba recordárselo todos los días.

Aquella tarde teníamos planes. Y cuando digo planes, me refiero a que Leah y Xipe habían conseguido que todos nosotros dedicáramos nuestro día libre a realizar trabajos de construcción mediante una combinación muy eficaz de manipulación emocional, amenazas veladas y promesas de comida casera.

Invitación era una palabra demasiado elegante para describirlo. Chantaje era bastante más precisa.

—Si no venís, os haré ghosting otra vez.

Había dicho Leah por teléfono unos días antes.

Cinco minutos después, todos habíamos aceptado.

La casa familiar de Leah seguía necesitando reparaciones.

No tantas como antes, pero suficientes para justificar varios fines de semana de trabajo.

Entre los agujeros en las paredes, los desperfectos acumulados y los daños que habían dejado meses de auténtica locura colectiva, el lugar parecía empeñado en recordar constantemente todo lo que había ocurrido allí.

Por suerte, Leah poseía una cualidad admirable.

Era incapaz de rendirse.

Por desgracia para nosotros, aquello significaba que tampoco nos dejaba rendirnos a los demás.

—¿Por qué estamos haciendo esto gratis?

Pregunté mientras conducía.

—Porque Leah nos quiere.

Respondió Verónica.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque si no vamos, se pone triste.

—Ah.

—Y porque luego nos sentiríamos culpables.

—Ah.

—Y porque ha prometido cocinar.

—Eso debería haber sido lo primero.

Verónica resopló. Yo sonreí. La verdad era que no me importaba ayudar.

Ni a Leah. Ni siquiera a Xipe. Especialmente a Xipe, para ser sincero.

Cuando por fin me recuperé lo suficiente como para moverme sin que todo el mundo me persiguiera con medicamentos y recomendaciones médicas, las chicas insistieron en que nos reuniéramos formalmente.

Según ellas, era importante que las personas importantes de su vida se conocieran. Cosas de gente emocionalmente funcional, supongo. Mi terapeuta sostenía que estaba desarrollando una mayor capacidad para conectar con los demás.

La empatía seguía resultándome extraña. Perturbadora, incluso.

En mi cabeza se parecía a sostener un enorme manojo de llaves y tener que averiguar cuál de todas abre una única cerradura.

La mayoría parecían iguales. Algunas encajaban durante un segundo para después fallar.

Otras ni siquiera se acercaban. Y mientras las personas normales parecían escoger la correcta casi por instinto, yo seguía examinándolas una por una, intentando descifrar qué coño estaba sintiendo el resto del mundo.

Era agotador.

Aunque, para mi desgracia, también empezaba a resultar interesante. Sobre todo, porque hacía feliz a mi asesina. Y yo haría lo que fuera por hacerla feliz.

Pero Xipe me había caído bien desde el principio.

No porque fuera simpático, siempre tenía una expresión perturbadora en la cara. Tampoco porque fuera especialmente sociable. De hecho, durante nuestra primera conversación estuve razonablemente convencido de que podría pasar una semana entera sin pronunciar más de veinte palabras.

Lo que me gustó fue otra cosa. Xipe era un hombre que hablaba poco. Pero cuando hablaba, cada palabra parecía haber sido examinada, medida y aprobada antes de salir de su boca.

No decía cosas para llenar silencios. No decía cosas para agradar a nadie. Y desde luego no decía cosas que no sintiera. Era una cualidad extrañamente rara. La mayoría de las personas hablaban demasiado, Xipe parecía considerar las palabras un recurso limitado.

Recuerdo que, durante aquel primer encuentro, Leah había salido un momento a la cocina y nos había dejado solos en el salón. El silencio se había instalado entre nosotros durante varios minutos. Finalmente, fui yo quien habló.

—¿Vas a devolverme la amenaza de muerte o algo parecido?

Xipe me observó durante unos segundos.

—No.

—Qué decepción.

—Leah te aprecia porque haces feliz a su amiga.

—¿Y eso me salva?

—Sí.

—Perfecto.

Aquello había sido prácticamente la mitad de nuestra conversación. Y, aun así, había bastado. Y después de pasar años rodeado de mentirosos profesionales, políticos, criminales y manipuladores de distintos niveles de sofisticación, aquella cualidad resultaba sorprendentemente refrescante.

Además, apreciaba que no intentara impresionarme.

La mayoría de hombres lo hacían.

Xipe parecía considerarlo una pérdida de tiempo.

Lo cual, curiosamente, consiguió impresionarme bastante.

—¿En qué piensas?

Preguntó Vero desde el asiento del copiloto. Miré la carretera.

—En que Xipe me cae bien.

Ella giró la cabeza para mirarme.

—Eso es preocupante.

—Lo sé.

—Porque tú tampoco me caías bien al principio.

—Y mira cómo hemos acabado, asesina.

—Sigues sin caerme bien.

—Me estoy empalmando.

Por primera vez en todo el trayecto, vi cómo la comisura de sus labios se curvaba ligeramente. Una sonrisa tan rara como un eclipse. Pero suficiente para alegrarme el día antes incluso de llegar a aquella casa.

Cuando llegamos, los demás ya estaban allí. El coche de los gemelos estaba aparcado frente a la casa y, en el porche, distinguí a las cinco figuras reunidas alrededor de una conversación que parecía bastante más interesante que cualquiera de las tareas de reconstrucción que nos esperaban.

No hacía demasiado frío. Por primera vez en mucho tiempo, el aire resultaba agradable. Fresco, sí, pero sin esa humedad desagradable que se colaba entre los huesos. El cielo estaba despejado y los últimos restos del invierno parecían haberse cansado por fin de dar guerra.

Apagué el motor. Al abrir la puerta, una punzada atravesó mi hombro, breve y aguda. Lo bastante intensa para recordarme que seguía ahí, pero no lo bastante intensa para importarme.

—¿Dolor?

Preguntó Verónica.

—No.

—Mentira.

—Dolor del que me gusta.

—Eres un guarro.

—Lo sé —dije—. Luego te lo demostraré.

Ella dejó escapar una risita. Yo sonreí.

En cuanto Leah nos vio salir del coche, levantó una mano por encima de su cabeza. Luego empezó a caminar hacia nosotros. Después a correr. Y finalmente terminó prácticamente lanzándose encima de Verónica.

—¡Has venido!

—Me chantajeaste emocionalmente durante tres días.

—Pero has venido.

—Sí.

—Entonces ha funcionado.

Vero rodó los ojos mientras Leah la abrazaba con una fuerza considerable.

Lo más gracioso era que Verónica fingía molestia y además lo hacía fatal.

Leah era probablemente una de las pocas personas del mundo capaces de atravesar todas sus defensas sin esfuerzo.

A unos metros de distancia, Max ya se estaba acercando también.

—Pensé que llegaríais más tarde.

—Pensé que tú llegarías más tarde.

—Pensé que vosotros llegaríais antes.

—Qué conversación tan productiva.

—Gracias.

Max, al igual que nosotros, tampoco era especialmente buena comportándose como una persona normal.

Las chicas siguieron hablando, abrazándose, intercambiando comentarios, sonriendo, celebrando el simple hecho de estar juntas. Mientras tanto, los hombres permanecimos cerca observando la escena con la misma energía que tres perros abandonados en un funeral.

Alex me saludó levantando dos dedos. Yo asentí.

Asher hizo exactamente lo mismo. Yo asentí otra vez.

Xipe permanecía junto a la barandilla del porche con las manos en los bolsillos. Nos miramos. Asentimos.

Finalmente Alex señaló la casa.

—He traído herramientas.

—Bien.

—Yo también.

—Bien.

—He comprado tornillos.

—Bien.

Volvió a hacerse silencio.

Leah dejó de hablar con las demás y nos observó desde la distancia.

—¿Por qué sois tan raros?

—No somos raros.

—Habláis como un traductor automático.

—Es una conversación perfectamente válida.

—Nadie habla así.

—Los hombres sí.

Max se echó a reír.

Mientras los demás seguían ocupados saludándose y poniéndose al día, me aparté unos pasos y me acerqué a la barandilla del porche. Xipe estaba apoyado contra uno de los postes de madera, observando el jardín.

No parecía incómodo con el silencio. Tampoco parecía especialmente interesado en participar en ninguna conversación.

Durante mucho tiempo pensé que las personas más peligrosas eran las que hablaban demasiado.

Los manipuladores, los líderes carismáticos, los que sabían exactamente qué decir para conseguir que el resto caminara voluntariamente hacia donde ellos querían.

Con los años descubrí que las personas realmente peligrosas suelen ser las que no necesitan convencer a nadie.

Las que actúan, las que toman decisiones, las que no sienten la necesidad de explicarse continuamente. Xipe pertenecía a esa categoría. Me detuve a su lado y observé la finca durante unos segundos.

—Quería darte las gracias.

Giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—¿Por qué?

—Por salvarme la vida.

Su mirada permaneció sobre mí unos segundos antes de regresar al jardín.

—Nuestro sexto mandamiento decía: "La muerte es bella cuando se comporta como una ley de vida y no como un accidente".

Lo observé de reojo.

—¿Sigues acordándote de todos?

—Sí.

—Eso es un poco inquietante.

—Lo sé.

El viento movió ligeramente las ramas de los árboles.

A lo lejos, Leah acababa de agarrar a Max del brazo para enseñarle algo en una de las ventanas recién reparadas.

Verónica las seguía con expresión resignada mientras los gemelos discutían acerca de una escalera que todavía ni siquiera habían descargado del coche.

La normalidad era una cosa extraña.

—Sabes —dije al cabo de un momento—, cuando Leah me habló de ti por primera vez pensé que acabaríamos odiándonos.

—Yo también lo pensé.

Volví a reírme.

—¿Tienes un vocabulario más amplio o sólo lo reservas para ocasiones especiales?

—Lo gasto con Leah.

—Eso lo respeto bastante, la verdad.