Capítulo 52 #2
Nadie diría, observando aquella tranquilidad, que acabábamos de bajar de una montaña donde una secta entera había desaparecido en una sola noche.
Nadie diría que Zaid seguía medio inconsciente en los asientos traseros, que Verónica no había dejado de vigilarlo desde que abandonamos el refugio o que el hombre sentado a mi lado había sido considerado un dios por decenas de personas apenas unas horas antes.
La normalidad del paisaje resultaba tan absurda que casi daba risa.
Cuando el jeep terminó deteniéndose frente a mi casa, permanecí unos segundos inmóvil, observando la fachada iluminada por la luz tenue de las farolas.
La pintura blanca seguía allí. Las ventanas continuaban cerradas.
El jardín se había llenado de maleza durante mi ausencia.
Todo parecía exactamente igual que el día en que desaparecí.
Y, al mismo tiempo, nada lo era.
Las despedidas llegaron envueltas en el mismo cansancio que nos había acompañado durante todo el trayecto. Nadie tenía energía para discursos emotivos ni para conversaciones demasiado profundas. Estábamos agotados física y mentalmente. Lo único que queríamos era dormir durante una semana entera.
Aun así, cuando abracé a Max y a Verónica, sentí que algo dentro de mí terminaba de colocarse en su sitio.
Porque seguían allí.
Después de todo.
Seguían allí.
—Si vuelves a desaparecer, te juro que te mato yo misma —me dijo Max mientras me sujetaba por ambos hombros.
—Lo tendré en cuenta.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Verónica se limitó a abrazarme otra vez antes de besarme la frente. Alex me revolvió el pelo como si siguiera teniendo doce años y Asher, fiel a sí mismo, decidió emplear el momento para lanzar una amenaza.
—Y tú.
Su dedo señaló directamente a Xipe.
—No te confundas. Que sigas respirando no significa que me fíe de ti.
Xipe lo observó con aquella tranquilidad exasperante que parecía formar parte de su personalidad.
—Nunca lo he pensado.
—Bien.
—Porque probablemente sería un error.
Aquello provocó que Asher frunciera el ceño y que Alex soltara una carcajada.
Por algún motivo, la escena me pareció tan normal que terminé riéndome también.
Cuando arrancaron y desaparecieron calle abajo, el silencio regresó lentamente a la calle.
Las luces traseras terminaron convirtiéndose en pequeños puntos rojos en la distancia antes de desaparecer por completo.
Entonces sólo quedamos nosotros.
Yo.
Y mi Dios.
Los dos permanecimos observando la casa durante unos instantes. Fue entonces cuando una realización tan simple como ridícula me golpeó de repente.
—Mierda.
—¿Qué ocurre?
—No tengo llaves.
Xipe parpadeó una vez.
Después otra.
Y finalmente señaló la fachada con una pequeña inclinación de cabeza.
—Te hice un agujero en el salón, mi perla.
Recordé que, efectivamente, una de las paredes había dejado de cumplir correctamente su función estructural desde que él decidió irrumpir en mi vida atravesándola.
La carcajada me sorprendió antes incluso de darme cuenta de que estaba riéndome.
—Dios mío.
La risa continuó escapándose de mis labios mientras rodeábamos la casa.
La madera que cubría el agujero seguía donde la había colocado. Los tablones crujieron cuando comenzamos a apartarlos y terminaron cayendo al suelo uno tras otro. Cuando por fin retiramos los suficientes para pasar, la abertura volvió a quedar al descubierto.
Observé aquel desastre durante unos segundos.
La pared rota.
Los bordes astillados.
Los restos de una invasión que había cambiado mi vida para siempre.
Y, por primera vez, no sentí rabia al verla.
—Después de usted —dijo Xipe.
—Qué detalle.
—Intento ser un caballero.
—Los caballeros normalmente utilizan la puerta.
—La próxima vez lo tendré en cuenta.
Negando con la cabeza, me agaché y atravesé la abertura.
Mis pies tocaron el suelo del salón.
Entonces me quedé quieta.
Porque de pronto estaba allí.
De verdad.
En casa.
El sofá seguía exactamente donde lo había dejado.
Las fotografías continuaban sobre las estanterías.
La manta abandonada sobre uno de los reposabrazos permanecía en el mismo sitio.
Todo estaba inmóvil, congelado en el tiempo, como si la casa hubiera estado esperándome pacientemente durante todo aquel tiempo.
Escuché a Xipe entrar detrás de mí.
No dijimos nada.
Permanecimos unos segundos observando aquel lugar que, de alguna forma extraña, ya pertenecía un poco a los dos.
Y mientras respiraba el olor familiar de mi propio hogar, comprendí que por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en sobrevivir al día siguiente. Estaba pensando en vivirlo.
Xipe levantó mi mano y apoyó los labios sobre mis nudillos.
—Creí que encontrar a Dios me salvaría.
Apoyó su frente contra la mía.
—¿Y te equivocaste?
Sonreí.
—No.
Deslicé una mano sobre su pecho.
—Creo que Dios no existe.
—¿Y si sí existe de verdad? —susurré.
Xipe me observó durante unos segundos. Sus ojos seguían teniendo aquel azul imposible que había perseguido en sueños, pesadillas y recuerdos.
—Entonces ya me ha perdonado.
—¿Cómo lo sabes?
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
Después apoyó una mano en mi mejilla y se inclinó hacia mí.
—Porque te creó a ti, mi perla.
No me dio tiempo a responder.
Su boca encontró la mía con una suavidad que todavía me parecía imposible en alguien como él. Sentí su respiración mezclarse con la mía. Sentí sus dedos perderse entre mi cabello. Sentí cómo el mundo entero se volvía silencioso alrededor de nosotros.
—Dame un segundo —dije, apartándome para subir las escaleras.
Cuando bajé al salón de nuevo, lo hice con un martillo enorme entre las manos.
—¿Debo preocuparme? —preguntó.
—Probablemente.
Me acerqué a la pared y recorrí la madera con las yemas de los dedos. Fui golpeando distintos puntos, escuchando atentamente cada sonido, hasta que uno de ellos devolvió un eco hueco que hizo que mi corazón diera un pequeño salto.
Ahí. Sabía que estaba ahí.
Inspiré hondo, afirmé los pies contra el suelo y descargué el primer martillazo.
La madera crujió.
El segundo abrió una grieta.
El tercero arrancó una tabla entera.
El polvo comenzó a caer al suelo mientras seguía golpeando una y otra vez, impulsada por una mezcla de rabia, satisfacción y puro orgullo personal.
Al cabo de unos minutos, donde antes sólo había una pared apareció una abertura irregular lo bastante grande para revelar una pequeña estancia oculta al otro lado.
Me quedé inmóvil observándola.
Durante semanas había pensado que estaba perdiendo la cabeza.
Durante semanas había dudado de mí misma.
Durante semanas me habían convencido de que aquellas voces, aquellos ruidos y aquellas sensaciones sólo existían dentro de mi cerebro.
Y allí estaba la prueba.
Giré la cabeza hacia Xipe con una sonrisa tan amplia que me dolían las mejillas.
—Leah uno.
Señalé la habitación secreta con el martillo.
—Voces en mi cabeza, cero.
«El lloro podrá durar toda la noche, pero a la mañana vendrá la alegría.» — Salmo 30:5