Capítulo 52
Leah
C onvencerlos no fue fácil. De hecho, estaba bastante segura de que jamás terminaron de creerme del todo.
Les conté lo ocurrido en la montaña. Les hablé de Los Desollados, de las esporas, de las mentiras, de las cosas horribles que habían sucedido y también de las que habían cambiado.
Intenté explicarles quién había sido Xipe cuando llegué allí y quién era ahora.
Intenté ordenar semanas enteras de sufrimiento, miedo, confusión y sentimientos contradictorios en una conversación que apenas duró una hora.
Fue tan imposible como sonaba.
Les conté cómo me había dejado arrastrar por una espiral de autodestrucción después de la muerte de mis padres.
Les hablé de las noches en las que me acostaba deseando no despertarme, de los días que pasaba sobreviviendo en lugar de viviendo y de lo mucho que me había esforzado por desaparecer poco a poco sin que nadie lo notara.
Max y Verónica lloraron conmigo.
Lloraron por mis padres, por todo lo que había perdido y por la versión de mí misma que se había quedado atrapada en aquel duelo. Me abrazaron mientras les explicaba las partes más oscuras de aquellos meses y me dijeron una y otra vez cuánto sentían que hubiera cargado sola con algo tan grande.
Yo también terminé llorando.
Les pedí perdón por haberme aislado. Por haber levantado muros cada vez que intentaban acercarse.
Por haberlas empujado lejos cuando lo único que querían era ayudarme.
Les pedí perdón por haber dejado de luchar durante tanto tiempo y por haber permanecido inmóvil, esperando que la muerte terminara encontrándome antes de tener que enfrentarme al dolor de seguir viviendo.
Fuera cual fuese el motivo, dejaron de mirar a Xipe como si fuera a lanzarse sobre nosotros en cualquier momento.
Eso no significaba que confiaran en él.
Ni mucho menos.
Cuando finalmente abandonamos el despacho, Asher se aseguró de dejarlo bastante claro.
—Voy a decir esto una sola vez.
La voz resonó en el pasillo excavado en la roca mientras avanzábamos hacia la salida.
Xipe caminaba unos pasos por delante de mí.
Asher se detuvo.
—Si le haces daño...
No terminó la frase.
No le hizo falta.
Todos entendimos perfectamente cómo acababa.
Los ojos de Xipe se encontraron con los suyos.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
El tono de Asher se volvió todavía más frío.
—Porque no estoy hablando de matarte.
Aquello consiguió captar la atención de prácticamente todo el grupo.
—Estoy hablando de cosas bastante peores.
El silencio posterior resultó incómodo.
Max se masajeó el puente de la nariz.
Verónica suspiró.
Alex puso los ojos en blanco.
Yo me limité a seguir caminando.
Porque, siendo sincera, después de todo lo que había ocurrido aquella amenaza me parecía casi entrañable.
Xipe ni siquiera reaccionó.
—Entendido.
Y continuó avanzando.
Las escaleras parecían mucho más largas durante el ascenso. Quizá porque ya no estaba descendiendo hacia mi prisión. Quizá porque cada peldaño me alejaba un poco más de aquella vida.
Cuando por fin alcanzamos la superficie, el aire frío de la montaña me golpeó de lleno.
Me detuve automáticamente. Durante unos segundos me limité a respirar.
La noche había caído por completo. Las estrellas cubrían el cielo como una manta inmensa salpicada de luz y la luna iluminaba los senderos con un resplandor azulado que convertía el paisaje en algo casi irreal.
No recordaba la última vez que había visto el mundo sin una ventana de por medio. Ni la última vez que había sentido el viento sin estar encerrada entre cuatro paredes.
Aquella simple sensación estuvo a punto de hacerme llorar.
A nuestro alrededor, la montaña permanecía silenciosa.
Los Desollados habían desaparecido.
Y la ausencia de su presencia resultaba casi tan inquietante como ellos mismos.
La realidad terminó regresando cuando escuché un quejido procedente de nuestra derecha.
Zaid.
Seguía medio inconsciente.
La pérdida de sangre y el dolor habían terminado por pasarle factura. Apenas era capaz de mantenerse en pie por sí mismo, así que Alex y Asher cargaban prácticamente con todo su peso mientras descendíamos por el sendero.
—No te mueras todavía, grandullón —gruñó Alex mientras lo sujetaba por un brazo.
—No pienso hacerlo, gilipollas.
La respuesta sonó tan débil que resultó difícil tomársela en serio.
—Menos mal.
—Cállate.
—No.
—Te odio.
—Yo también te quiero.
Verónica caminaba pegada a ellos con la misma expresión que tendría una madre observando a un grupo de niños especialmente idiotas.
Aunque intentaba disimularlo, no dejaba de comprobar cada pocos segundos que Zaid seguía consciente.
Aquello me arrancó una pequeña sonrisa.
Después miré hacia delante.
Verónica me tenía que poner al día de muchas cosas.
A varios metros de distancia nos esperaba el jeep que habían utilizado para llegar hasta allí. Permanecía estacionado en las faldas de la montaña, medio oculto entre árboles y rocas, como una criatura paciente aguardando nuestro regreso.
Por primera vez desde que había despertado en aquella iglesia comprendí que realmente me iba.
Que la montaña estaba quedando atrás.
Que ya no era una perla. Y, sin embargo, cuando giré ligeramente la cabeza para buscar a Xipe caminando a mi lado, descubrí que la sensación que dominaba mi pecho no era alivio.
Era miedo.
Porque abandonar aquella montaña era sencillo.
Lo difícil empezaría después.
Cuando por fin llegamos al vehículo, los gemelos consiguieron acomodar a Zaid en los asientos traseros después de una cantidad absurda de quejas, insultos y amenazas por parte del propio herido.
Aquello, curiosamente, nos tranquilizó a todos.
Porque un hombre que todavía encontraba fuerzas para discutir probablemente no estaba a punto de morirse.
Fue Max quien rompió el silencio después.
Se volvió hacia mí mientras cerraba una de las puertas.
—¿Dónde quieres ir?
La pregunta me pilló desprevenida.
Porque hasta entonces había estado tan concentrada en salir de aquella montaña que no había pensado en lo que venía después.
—¿Cómo?
—Podemos llevarte a la mansión de los Graves. Podrías pasar unos días con nosotros.
Tardé menos de un segundo en responder.
—No.
La negativa salió tan rápido que incluso yo me sorprendí.
Max arqueó una ceja.
—Leah...
—No, no quiero.
Mi mirada se desplazó automáticamente hacia Xipe.
Permanecía unos centímetros más atrás, observando la escena sin intervenir. Seguía teniendo restos de sangre en la ropa. Seguía pareciendo alguien que pertenecía más a una pesadilla que al mundo real.
Y aun así...
Aun así sabía exactamente dónde quería estar.
—Quiero ir a casa.
El silencio que siguió resultó casi cómico.
—¿A tu casa? —preguntó Verónica.
—Sí.
—¿Con él?
—Sí.
Max se frotó la frente. Verónica me observó como si estuviera reconsiderando todas mis decisiones vitales.
Los gemelos intercambiaron una mirada.
Y Xipe...
Xipe bajó la vista hacia el suelo. Fue un gesto tan pequeño que probablemente nadie más lo vio. Era incredulidad. Como si todavía no terminara de creerse que alguien pudiera elegirlo.
Finalmente Max suspiró.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí, Leah. Vale.
—¿Así sin más?
—Estoy demasiado cansada para discutir contigo.
Aquello me arrancó la primera sonrisa genuina de toda la noche.
El viaje comenzó poco después.
La montaña fue desapareciendo lentamente por las ventanillas mientras el jeep avanzaba por carreteras oscuras rodeadas de bosques interminables. Durante un rato nadie habló demasiado. El agotamiento parecía haberse instalado en todos nosotros al mismo tiempo.
Sin embargo, a medida que los kilómetros empezaron a acumularse, Verónica terminó ocupando el asiento junto al mío.
Y entonces empezó a contarme su historia.
No toda.
No habría habido tiempo suficiente para eso.
Pero sí la suficiente para que comprendiera las piezas más importantes.
Me habló de Michael.
De la cárcel.
De Zaid.
De las cosas que había hecho.
De las cosas que había perdido.
De las cicatrices que seguían acompañándola incluso ahora.
Y mientras la escuchaba, algo empezó a encajar dentro de mí.
Porque durante mucho tiempo había pensado que mis amigas eran distintas. Más fuertes. Más estables. Más capaces de soportar el mundo.
Pero la realidad era otra.
Max había descendido a su propio infierno.
Verónica había atravesado el suyo.
Y yo acababa de salir del mío.
Tres mujeres. Tres caminos distintos. Tres formas diferentes de romperse. Pensé en Max enfrentándose a monstruos que nadie más veía. Pensé en Verónica sobreviviendo a una culpa capaz de destruir a cualquiera. Pensé en mí misma deseando desaparecer después de la muerte de mis padres.
Y por primera vez comprendí algo que jamás había entendido mientras estaba atrapada en mi propio dolor.
Ninguna de nosotras había llegado hasta allí intacta.
Todas habíamos cometido nuestro pecado.
Todas habíamos conocido la oscuridad.
Todas habíamos convivido con una versión de nosotras mismas que preferíamos no mirar demasiado tiempo.
Quizá por eso seguíamos juntas.
Cuando las primeras calles del pueblo aparecieron al otro lado de la ventanilla, me descubrí observándolas con una atención casi obsesiva.
Durante semanas había fantaseado con regresar a casa.
Había imaginado mi salón, mi cocina, la cama en la que llevaba tanto tiempo sin dormir y hasta los rincones más absurdos de la casa.
Sin embargo, ahora que realmente estaba allí, contemplando las mismas calles por las que había conducido cientos de veces, la sensación que me invadía no era exactamente alivio.
Era extrañeza.
Todo seguía igual.
Las mismas fachadas.
Las mismas farolas.
Los mismos comercios cerrados a aquellas horas de la noche.
El pueblo parecía haberse detenido en el tiempo mientras yo desaparecía de él para convertirme en otra persona.