Capítulo 51
Xipe
N ada de mi muerte importaba si significaba haber tenido a mi perla en vida.
No le había quitado los ojos de encima. Ni siquiera cuando aquel hombre me inmovilizó contra el escritorio.
Ni cuando empezó a retorcerme el brazo buscando el punto exacto donde el dolor obligaba a la gente a hablar.
Ni cuando los demás comenzaron a discutir a nuestro alrededor.
Todo aquello se había vuelto secundario.
Porque si realmente había llegado mi final, quería que Leah fuera lo último que viera.
Quería marcharme contemplando aquellos ojos incapaces de abandonar a nadie. Quería llevarme conmigo la forma en que seguía intentando defenderme aunque nadie la escuchara. Aunque ni siquiera ella misma comprendiera del todo por qué lo estaba haciendo.
Por eso permanecí observándola.
Y por eso fui testigo del instante exacto en que todo cambió.
El disparo resonó dentro del cuarto con una violencia capaz de sacudir los cimientos de la montaña.
Durante una fracción de segundo pensé que la bala me había alcanzado a mí.
Después vi cómo el cuerpo de mi captor se estremecía.
Su agarre desapareció de golpe.
El hombre retrocedió varios pasos mientras una mancha oscura comenzaba a extenderse rápidamente por su hombro. El arma escapó de sus dedos y golpeó la piedra con un ruido metálico que apenas logré registrar porque toda mi atención acababa de desplazarse hacia la puerta.
Hacia la figura que seguía en pie.
Durante unos segundos no fui capaz de respirar.
Porque aquel hombre no debería haber estado allí.
Ni siquiera debería haber seguido vivo.
Dorian se sostenía apoyado contra el marco de piedra como si la mera tarea de mantenerse erguido requiriera un esfuerzo sobrehumano. La sangre cubría gran parte de su ropa. Le empapaba el pecho. Le recorría un brazo. Le caía por los dedos que todavía sujetaban la pistola.
Tenía el rostro tan pálido que parecía una aparición.
Y aun así había venido.
Aun así había cruzado el prado.
Aun así había llegado hasta mí.
Sentí algo romperse dentro del pecho.
En lugar de huir, esconderse o intentar salvarse, había empleado las últimas fuerzas que le quedaban para buscarme.
Como siempre.
Como llevaba haciendo toda su vida.
Escuché el grito de la chica rubia mientras corría hacia el hombre herido. Escuché a Leah intentar acercarse. Escuché órdenes, pasos y voces superpuestas.
Nada de aquello consiguió atravesar la niebla que se había instalado dentro de mi cabeza.
Sólo veía a Dorian.
Sólo podía verlo a él.
Uno de los gemelos reaccionó primero.
Se lanzó sobre él antes de que pudiera volver a disparar.
La diferencia de fuerzas era tan absurda que ni siquiera pareció una pelea. Dorian apenas logró mantenerse consciente mientras le arrebataban el arma y lo obligaban a caer de rodillas.
Aun así, cuando levantó la cabeza y nuestras miradas volvieron a encontrarse, sonrió. Aquella sonrisa me atravesó más profundamente que cualquier cuchillo.
Porque la conocía. Llevaba años conociéndola. Era la sonrisa que aparecía cuando había tomado una decisión irreversible. La sonrisa que aparecía cuando ya había aceptado las consecuencias.
La sonrisa de alguien que sabía que iba a morir.
Mis ojos descendieron entonces hacia el suelo.
El arma seguía allí.
La misma que había soltado el tal Zaid.
La misma que nadie estaba mirando.
La recogí sin prisa.
Las armas volvieron a apuntarme.
Las voces regresaron.
Las amenazas comenzaron a llegar desde distintos puntos del despacho.
Yo apenas las escuchaba.
Porque seguía caminando hacia Dorian.
Cada paso me permitía apreciar mejor el estado en que se encontraba.
La sangre. La respiración irregular. El temblor involuntario que recorría sus manos. No necesitaba ser médico para entender que estaba muriendo.
Lo sabía. Y él también.
—Detente.
La orden llegó desde mi derecha, de alguno de los hermanos supuse.
Pero no obedecí.
—Para o disparo.
El cañón de una pistola terminó apuntando directamente a mi pecho.
Aquello sí consiguió que me detuviera.
No porque me asustara.
Simplemente porque ya estaba lo bastante cerca.
Lo bastante cerca para verlo.
Lo bastante cerca para despedirme.
—Si das otro paso te disparo.
Levanté la vista hacia el hombre que me apuntaba.
Después volví a mirar a Dorian.
—Lo sé.
La confusión cruzó brevemente su rostro.
Probablemente esperaba que intentara defenderme.
Justificarme.
Mentir.
Yo ya no tenía energía para ninguna de esas cosas.
—Entonces suelta el arma.
Negué lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Qué coño pretendes hacer?
Tardé unos segundos en responder.
Finalmente observé a Dorian una vez más.
A mi amigo.
A mi hermano.
Al último superviviente de una masacre que yo mismo provoqué con tal de empezar de cero con mi perla.
—Quiero acabar con el sufrimiento de mi amigo.
La sangre seguía acumulándose bajo el cuerpo de Dorian.
Cada respiración era más débil que la anterior.
Cada segundo parecía arrancarle un poco más de vida.
Por primera vez en toda la noche sentí que el peso de los años caía sobre mis hombros.
Todo había terminado.
Los Desollados.
La montaña.
La iglesia.
Las promesas.
Las mentiras.
Todo.
Sólo quedábamos nosotros dos.
Y ni siquiera eso iba a durar mucho más.
—Por favor.
Aquella palabra salió de mis labios convertida en un susurro.
No recordaba la última vez que había suplicado algo.
Quizá nunca.
—Permitidme concederle eso.
El hombre que me apuntaba observó a Dorian.
Después me observó a mí.
Y finalmente bajó el arma.
Sólo un poco.
Lo suficiente.
Lo suficiente para que comprendiera que acababa de darme permiso para despedirme de mi amigo.
—Gracias —consiguió decirme antes de que le disparara entre los ojos.
—Venga, basta de numeritos —dijeron a mi espalda, pateándome ambas rodillas para que cedieran y cayera al suelo.
—¿Que mate a su amigo no es prueba de que Xipe no es peligroso para mí? —preguntó Leah a mi espalda.
Aquella vez nadie respondió inmediatamente.
La pregunta quedó suspendida sobre la habitación mientras el humo del disparo todavía parecía flotar entre nosotros.
Durante unos segundos observé los rostros de los presentes y comprendí que, por primera vez desde que habían irrumpido en el despacho, ninguno estaba completamente seguro de lo que estaba ocurriendo.
Porque las piezas no encajaban.
Habían venido a rescatar a una mujer secuestrada y habían encontrado a esa misma mujer intentando proteger a su captor. Habían irrumpido esperando encontrarse a un monstruo y acababan de verme conceder una muerte rápida al único hombre que había regresado a buscarme cuando todo se derrumbó.
Incluso los gemelos parecían haberse quedado atrapados en aquella contradicción.
No apartaban los ojos de mí.
Había visto esa expresión muchas veces a lo largo de mi vida. No era miedo. Tampoco odio. Era evaluación. Estaban intentando decidir quién era yo realmente.
Si era el fanático del que habían oído hablar. Si era el líder que había dirigido Los Desollados durante años.
O si era algo distinto.
Algo que todavía no terminaban de comprender.
Mi atención regresó a Dorian.
Permanecía inmóvil donde había caído. La sangre seguía extendiéndose lentamente bajo su cuerpo mientras sus ojos permanecían abiertos, fijos en el techo de piedra que tantas veces había contemplado durante su vida.
Por extraño que resultara, la paz que había buscado durante años parecía haberlo encontrado por fin.
Entonces un grito atravesó la estancia.
—¡Necesito ayuda aquí!
La voz de la chica rubia rompió de golpe el silencio.
Todos reaccionaron al mismo tiempo.
Leah fue la primera en moverse.
Salió prácticamente corriendo hacia el hombre herido, apartando a cualquiera que se encontrara en su camino. La túnica morada revoloteó a su alrededor mientras caía de rodillas junto a ellos y apoyaba inmediatamente las manos sobre la herida.
Bastó un vistazo para que su expresión cambiara.
Hasta aquel momento había sido mi perla.
La mujer que lloraba.
La mujer que discutía.
La mujer que seguía intentando salvarme.
Pero en cuanto vio la sangre desaparecer bajo sus dedos se transformó en otra persona.
En alguien acostumbrado a enfrentarse a la muerte.
—Apartaos —ordenó mientras examinaba el hombro atravesado por la bala—. Apartaos todos.
Nadie obedeció inmediatamente.
—¡He dicho que os apartéis!
Aquello sí funcionó.
Incluso su otra amiga retrocedió un paso.
Leah presionó la herida, valoró la hemorragia y soltó un suspiro.
—Necesito material.
Su cabeza se alzó de golpe.
Sus ojos me encontraron inmediatamente.
—Xipe, ¿tenéis algún botiquín?
—Sí.
Los gemelos reaccionaron antes que ella.
—¿Dónde?
—¿Dónde está?
Señalé con la cabeza una estantería situada al fondo del despacho. Uno de ellos llegó primero y abrió las puertas del armario oculto. Durante unos segundos sólo escuché el ruido de recipientes desplazándose, cajas de madera abriéndose y frascos chocando unos contra otros.
Después llegó el silencio.
Un silencio distinto.
—¿Qué coño es todo esto?
No necesité acercarme para saber qué estaba viendo.
Durante generaciones Los Desollados habían sobrevivido aislados del resto del mundo. Habíamos aprendido a fabricar nuestros propios tratamientos, nuestros propios vendajes y nuestros propios remedios mucho antes de que la mayoría de nosotros supiera siquiera qué aspecto tenía un hospital.
—No os va a servir —dije.
Leah levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Por qué?
—Porque no es medicina convencional.
Alex sostenía varios frascos de cristal entre las manos mientras observaba etiquetas escritas décadas atrás.
—¿Y esto qué coño es?
—Ungüentos.
—¿Ungüentos de qué?
—Depende.
Leah volvió a mirar el contenido del armario.
Vi el momento exacto en que comprendió el problema.
No reconocía nada.
No sabía qué contenían aquellos recipientes.
No sabía cuáles podían utilizarse.
No sabía cuáles podían empeorar la situación.
—No los conozco —admitió finalmente.
—Porque no los he fabricado yo.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente. Suficiente para que todos llegaran a la misma conclusión al mismo tiempo.
Vi cómo los gemelos intercambiaban una mirada. Vi cómo la morena fruncía el ceño. Vi cómo su amiga bajaba la vista hacia el hombre que se desangraba entre sus brazos.
Y comprendí que acababan de descubrir una realidad que no les gustaba en absoluto. Si querían salvarle la vida, ya no podían permitirse el lujo de prescindir de mí.
La situación resultaba tan absurda que incluso yo era capaz de reconocerlo.
Me encontraba arrodillado junto al hombre que había intentado meterme un balazo unos minutos antes mientras mi perla presionaba una herida abierta y me hacía preguntas sobre ungüentos elaborados por una secta que acababa de desaparecer.
Y, por si aquello no fuera suficiente, uno de los gemelos permanecía detrás de mí con el cañón de una pistola apuntándome a la nuca.
No parecía especialmente cómodo con la situación.
Yo tampoco.
—Necesito algo que reduzca la inflamación y detenga la hemorragia —dijo Leah mientras revisaba los frascos esparcidos por el suelo.
—El recipiente azul oscuro —le indiqué—. No ése. El otro.
Leah lo cogió inmediatamente.
—¿Qué lleva?
—Corteza de sauce.
—¿Y funciona?
—Probemos.
La respuesta provocó que la chica morena me dirigiera una mirada difícil de interpretar.
No respondí.
Porque mi atención ya había regresado al hombre herido. La sangre había disminuido considerablemente desde que comenzamos a trabajar, pero seguía perdiendo demasiada.
Leah me pasó varias tiras de tela. Las sujeté contra la herida mientras ella preparaba el resto. Durante unos segundos trabajamos sin hablar, moviéndonos alrededor del otro con una coordinación que jamás habríamos debido poseer.
Sin embargo, la teníamos.
Porque llevábamos semanas aprendiendo a existir en el mismo espacio.
Porque conocía sus gestos.
Y porque ella ya conocía los míos.
—Más presión.
Obedecí.
—Así.
Volví a obedecer.
—Ahora no te muevas.
—No pensaba hacerlo.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña exhalación que se parecía sospechosamente a una risa.
Fue tan breve que desapareció inmediatamente.
Pero yo la escuché.
Y ella también.
La tensión regresó tan rápido como se había marchado.
El gemelo que me apuntaba pareció darse cuenta del momento exactamente igual que nosotros.
El arma volvió a presionarse contra mi cabeza.
—Ni se te ocurra.
Leah levantó la vista inmediatamente.
—¿Quieres dejar de hacer eso?
—No.
—Asher, os está ayudando.
—También es un líder sectario.
—Está ayudando.
—Y sigue siendo un líder sectario.
Leah abrió la boca.
Después la cerró.
Finalmente decidió ignorarlo.
Probablemente porque tenía cosas más importantes de las que preocuparse. El tiempo comenzó a perder significado. Todo quedó reducido al sonido de la respiración del herido, al roce de las vendas y a las instrucciones que Leah y yo intercambiábamos de vez en cuando.
Poco a poco la hemorragia comenzó a estabilizarse.
La piel dejó de perder color con tanta rapidez.
La respiración recuperó cierta regularidad.
Y la tensión acumulada en la habitación empezó a aflojarse.
Cuando finalmente Leah se apartó unos centímetros para evaluar el resultado, pude ver cómo sus hombros descendían por primera vez desde que había comenzado todo aquello.
—Se recuperará.
La frase produjo una reacción inmediata.
La rubia cerró los ojos durante un instante. Su amiga soltó el aire que llevaba reteniendo sabe Dios cuánto tiempo. Incluso el gemelo que me apuntaba pareció relajarse ligeramente.
Sólo ligeramente, seguía apuntándome.
Leah permaneció observando al herido unos segundos más antes de incorporarse lentamente.
Tenía sangre en las manos.
En las mangas.
En la túnica.
Parecía agotada.
Y aun así, en cuanto se puso en pie, volvió a colocarse delante de mí. Como llevaba haciendo desde que habían irrumpido en la montaña. Como si su cuerpo hubiera decidido hacerlo por instinto.
—Ahora escuchadme.
Su voz resonó por todo el despacho.
Nadie respondió.
Pero todos la miraron.
Leah se pasó una mano por el rostro antes de señalarme.
—Mi Dios le ha salvado la vida, así que me escucharéis.
Sentí todas las miradas desplazarse hacia mí. No me gustó, jamás me había gustado ser observado.
Pero esta vez tampoco aparté la vista.
Porque mi perla seguía allí.
Delante de mí.
Y por primera vez, tuve la extraña sensación de que mi vida merecía la pena. Que le importaba a alguien.
Yo era su Dios.
Ella siempre sería mi salvación.
«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.» — Juan 15:13