El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Leah

C erré los ojos. Pero no llegué a disfrutar del momento demasiado.

Un estruendo brutal sacudió el despacho y me obligó a apartarme de Xipe de golpe.

La puerta se abrió contra la pared con tanta violencia que varias estanterías temblaron a la vez.

Algunos libros cayeron al suelo. Una lámpara osciló sobre nuestras cabezas proyectando sombras erráticas sobre la piedra.

Durante una fracción de segundo me quedé paralizada.

Después escuché mi nombre.

—¡Leah!

Reconocería aquella voz incluso en mitad de una pesadilla.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que me dolió.

Max apareció en el umbral con una pistola entre las manos. Tenía el pelo revuelto, barro hasta las rodillas y la respiración agitada. Verónica irrumpió justo detrás de ella, apuntando también al interior de la estancia mientras sus ojos recorrían el despacho buscando amenazas.

Ninguna de las dos parecía real.

Después de semanas encerrada en mí misma, verlas allí era tan absurdo que mi cerebro tardó varios segundos en aceptar que no se trataba de una alucinación provocada por las esporas.

—¿Max...?

La expresión de alivio que cruzó su rostro fue tan intensa que casi me rompió por dentro. Vi cómo sus hombros se relajaban durante apenas un instante. Vi cómo se le humedecían los ojos. Vi cómo estaba a punto de correr hacia mí.

Y entonces vio a Xipe.

Todo cambió.

—¡Hay un hombre!

El grito resonó por toda la habitación.

La tercera figura apareció antes incluso de que terminara la frase.

No era un hombre del todo. Era una sombra oscura que atravesó el despacho, golpeó el escritorio y lanzó a Xipe contra la madera con una fuerza que hizo volar documentos, libros y una lámpara de aceite.

El impacto fue tan brutal que la mesa se desplazó varios centímetros sobre el suelo antes de volcar parcialmente.

—¡NO!

Mi propia voz me sorprendió.

Intenté avanzar hacia ellos, pero Verónica me interceptó inmediatamente.

—Leah.

—¡Suéltale!

—Ni de puta broma.

El brazo de Verónica se cerró alrededor de mí mientras seguía apuntando hacia delante. Podía sentir la tensión recorriéndole todo el cuerpo.

Estaba aterrorizada.

Las dos lo estaban.

Y quizá por eso nadie pareció darse cuenta de la parte más extraña de toda la situación.

Xipe no estaba luchando. Le habían inmovilizado un brazo a la espalda y le obligaba a permanecer inclinado sobre los restos del escritorio. Cualquier otra persona habría intentado zafarse. Habría golpeado. Habría forcejeado.

Él no.

Permanecía inmóvil.

Observando.

Esperando.

Aquello hizo que incluso su atacante terminara frunciendo ligeramente el ceño.

—Él no…

Mi propia voz sonó extraña.

Demasiado débil para la cantidad de caos que acababa de estallar dentro del despacho.

Tenía a Max delante de mí después de semanas creyendo que quizá jamás volvería a verla.

Verónica estaba a su lado con una pistola entre las manos.

Un hombre mantenía inmovilizado a Xipe contra los restos del escritorio.

Y yo me encontraba en mitad de todo aquello intentando explicar una realidad que ni siquiera yo sabía cómo explicar.

—Leah, llevas desaparecida semanas —dijo Max sin apartar la vista de él—. Semanas.

La palabra quedó suspendida entre nosotras.

—Lo sé.

—No, creo que no lo sabes.

Su voz tembló. Y me aterrorizó, porque Max nunca temblaba. Mi amiga era la persona que mantenía la cabeza fría cuando el resto del mundo se venía abajo.

La persona que organizaba los planes.

La que encontraba soluciones.

La que protegía.

Y sin embargo ahora parecía estar sosteniéndose por pura fuerza de voluntad.

—Hemos removido cielo y tierra para encontrarte.

—Max...

—Hemos seguido pistas absurdas. Hemos perseguido rumores. Hemos recorrido lugares que ni siquiera sabíamos pronunciar porque cada vez que aparecía una mínima posibilidad de que siguieras viva nos agarrábamos a ella como imbéciles.

Noté cómo se me cerraba la garganta.

—Te dejé mi ubicación —logré decir—. Sabía que me encontrarías.

—Pensábamos que te habían matado, Leah.

Ya no estaba viendo a la líder de El Grupo. No estaba viendo a la mujer capaz de ordenar una ejecución sin pestañear. Estaba viendo a mi amiga.

A una amiga que llevaba semanas sufriendo.

—No me ha hecho daño.

La frase escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.

El silencio que siguió fue demoledor.

Verónica me observó como si acabara de decir la mayor estupidez de mi vida.

—Leah —dijo ella despacio—. Estás cubierta de heridas.

—Lo sé.

—Has estado retenida por una secta.

—Lo sé.

—Y estás defendiendo al líder de esa secta.

Abrí la boca.

La cerré.

Porque, puesta así, sonaba completamente ridículo.

—No es lo que parece.

—¿No es lo que parece? —repitió Verónica.

—Sí.

—¿Por qué, exactamente?

No llegué a responder.

El sonido de varios pasos irrumpió por el pasillo.

Todo el mundo reaccionó al instante.

Las armas volvieron a levantarse.

El hombre que retenía a Xipe tensó el cuerpo.

Max se giró hacia la entrada.

Durante una fracción de segundo pensé que serían Los Desollados.

Que la montaña entera se nos vendría encima.

Que aquello terminaría en un baño de sangre.

Pero las dos figuras que aparecieron en el umbral hicieron que el corazón me diera un vuelco completamente distinto.

Alex y Asher.

Ambos estaban cubiertos de barro, polvo y nieve.

Los dos parecían haber atravesado una guerra para llegar hasta allí.

Cuando me vieron, se quedaron inmóviles.

Algo cambió en sus rostros.

Una tensión que debía de llevar semanas instalada en ellos pareció aflojarse de golpe.

—Joder, Leah...

Alex fue el primero en hablar. Y sonó cansado, como si acabara de soltar un peso que llevaba demasiado tiempo arrastrando.

Durante un instante olvidaron incluso a Xipe.

Olvidaron las armas. Olvidaron el despacho.

Sólo me estaban mirando a mí. Comprobando que seguía viva.

Que seguía entera. Que realmente estaba allí.

Sin embargo, la tregua duró poco.

Sus ojos terminaron encontrando a Xipe.

La expresión de ambos cambió inmediatamente.

—¿Todo despejado? —preguntó Max.

Alex y Asher intercambiaron una mirada.

Sabía reconocer cuándo estaban ocultando algo.

Sabía reconocer cuándo estaban calculando la mejor manera de decir una verdad desagradable.

—Sí —respondió finalmente Alex.

Nadie pareció relajarse.

—¿Cómo de despejado? —preguntó Verónica.

El silencio que siguió resultó mucho más elocuente que cualquier respuesta. Asher pasó una mano por la nuca. Después bajó la mirada hacia el suelo de piedra.

—Significa que no queda nadie.

Mi corazón se detuvo.

—¿Cómo que no queda nadie?

Ninguno de los dos respondió inmediatamente.

Finalmente fue Alex quien habló.

—Afuera todos están muertos.

Noté que algo frío empezaba a extenderse lentamente por mi pecho.

—Alex...

—No queda nadie con vida.

La frase cayó sobre la habitación como una losa.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Incluso el aire pareció volverse más pesado.

Vi cómo la mandíbula de Xipe se tensaba por primera vez desde que había empezado todo aquello. Sólo un poco, un movimiento mínimo. Pero suficiente para que comprendiera lo que acababa de significar aquella respuesta.

Porque para mí Los Desollados habían sido mis captores.

Mis verdugos.

Mis carceleros.

Para él habían sido algo mucho peor.

Y mucho más complicado.

Habían sido toda su vida.

Su familia.

Su infancia.

El único mundo que había conocido.

Fue entonces cuando levantó la cabeza y habló por primera vez desde que habían irrumpido en el despacho.

—Nunca haría daño a Leah, lo prometo.

La forma en que Alex bajó la mirada bastó para entender qué pensaban todos de esta escena.

Y el silencio que siguió fue tan devastador que, por primera vez desde que había comenzado aquella locura, sentí verdadero miedo por Xipe.

Porque había visto cómo soportaba dolor físico.

Había visto cómo soportaba la humillación. Había visto cómo soportaba la culpa.

Pero nunca le había visto enfrentarse a la posibilidad de quedarse completamente solo.

El silencio se prolongó durante varios segundos.

Después Asher habló.

—Zaid.

La voz sonó seca y fría.

—Haz lo tuyo.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—No.

Pero nadie me miró.

—No —repetí, avanzando un paso—. No, por Dios.

—Leah.

—Escuchadme de una puta vez.

Intenté acercarme, pero Verónica volvió a interceptarme antes de que pudiera llegar hasta ellos. Físicamente no podía competir contra ella. Yo estaba bastante débil y mi amiga siempre había sido más fuerte que yo.

—Suéltame.

—No.

—¡Vero!

—No pienso dejar que te acerques.

La frustración me golpeó de lleno. Sentía que llevaba diez minutos intentando explicar algo que nadie estaba dispuesto a escuchar.

—No es quien creéis que es.

—Leah, ha dirigido una secta. Los gemelos han investigado a Los Desollados.

—Las cosas no son tan simples.

—Claro que lo son. Planeaban matarte después de que este imbécil te preñara.

—¡NO, JODER!

Mi propia voz terminó quebrándose.

Porque no encontraba las palabras adecuadas.

Porque ni siquiera sabía por dónde empezar.

¿Cómo explicaba que el hombre que me había secuestrado también era el hombre que había destruido aquello mismo que lo había convertido en un monstruo?

¿Cómo explicaba que el Dios al que todos temían era, en realidad, la única salvación que había encontrado en este mundo?

—Por favor...

Nadie respondió.

Vi al tal Zaid mover ligeramente la mano.

Un movimiento mínimo.

Suficiente.

Cogió del pelo a Xipe, obligándole a alzar la cabeza. El azul de sus ojos me atravesó el estómago. Emitió una exhalación contenida mientras los nudillos se le tensaban alrededor del borde de la mesa.

—Parad.

Volví a intentar acercarme.

Esta vez tuve que forcejear con Verónica.

—Leah.

—Déjame.

—No.

—¡Déjame hablar!

—No estás en posición de negociar.

—No estoy negociando.

Sentí lágrimas de pura impotencia acumulándose detrás de mis ojos.

—Estoy intentando explicaros la verdad.

La respuesta de Max llegó desde algún lugar a mi izquierda.

—Y nosotros estamos intentando sacarte viva de aquí.

Aquello me dejó sin palabras. Porque comprendía por qué estaban actuando así. Comprendía que, desde su punto de vista, estaban haciendo exactamente lo correcto. Pero aun así no podía soportarlo.

Volví a mirar hacia Xipe.

Esperaba encontrar rabia.

Esperaba encontrar odio.

Algo.

Lo que fuera.

Sin embargo, él seguía observándome.

Sólo a mí.

Como si el resto de la habitación hubiera dejado de existir.

Como si el dolor no importara.

Como si ya hubiera aceptado el desenlace mucho antes que todos nosotros.

Zaid apoyó el cañón de una pistola detrás de su cráneo y le quitó el seguro.

—Xipe...

—Mi pequeña perla.

Su voz sonó extrañamente tranquila.

Aquello me asustó más que cualquier grito.

—Xipe, por favor.

—Déjalo.

Negué con la cabeza.

—No voy a dejarlo.

—Sí.

Vi aparecer una pequeña sonrisa cansada en la comisura de su boca. La misma sonrisa que había visto cuando me habló de cumpleaños que nunca existieron. La misma que aparecía cada vez que asumía algo terrible como si fuera inevitable.

Aun así no apartó los ojos de mí.

Ni un solo segundo.

—No pasa nada.

—Claro que pasa.

Aquella calma me estaba destrozando.

—Xipe...

—Escúchame.

Por primera vez desde que había comenzado todo aquello, obedecí.

La habitación pareció desdibujarse a nuestro alrededor.

Las armas. Las voces. La tensión. Todo.

—Si ésta es la consecuencia de haberte encontrado, la aceptaré.

Noté cómo las lágrimas corrían por mis mejillas.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—¡Cállate!

—Tan blanca, tan resplandeciente, tan única…mía, mía, mía.

Su mirada permaneció fija en la mía.

Serena.

Inmutable.

—Te quité lo más preciado de tu vida.

La habitación permanecía completamente inmóvil.

Incluso los demás parecían estar escuchando.

—Te he quitado vida. Te he quitado tiempo.

Tragué saliva.

—Tú has sido la única cosa buena que me ha ocurrido jamás.

Las palabras me atravesaron el pecho.

—Perdóname, mi perla. Perdóname.

Su sonrisa volvió a aparecer.

Pequeña. Triste.

Mi Dios era humano y nadie estaba dispuesto a verlo.

—Si el precio por haberte conocido es este, entonces morir por ti seguirá siendo el mejor trato que he hecho en toda mi vida.

Y entonces Zaid apretó el gatillo.

«Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me has abandonado?» — Salmo 22:1