Capítulo 49
Leah
X ipe volvió a cogerme en volandas antes de que pudiera protestar.
Mi cuerpo seguía resentido por todo lo que había ocurrido durante las últimas horas. Tenía la sensación de que cada músculo había sido golpeado por separado. Aun así, apoyé la cabeza contra su hombro y me dejé llevar mientras avanzaba por el campo.
Nos dirigimos hacia las escaleras que descendían al refugio de Los Desollados.
Permanecía oculto varios metros por debajo de la iglesia, enterrado bajo piedra húmeda, raíces y oscuridad.
Mientras descendíamos, el eco de sus pasos rebotaba contra las paredes estrechas.
El olor a incienso viejo, humedad y hierro impregnaba el aire con la misma intensidad de siempre.
Aquella mezcla empezaba a resultarme inquietantemente familiar.
Cuando llegamos abajo, Xipe me dejó en el suelo con cuidado.
—No quiero que pases frío —dijo.
Me tendió una túnica de terciopelo morado. La tela era gruesa y suave al tacto. Me envolví en ella agradeciendo el calor que proporcionaba. Después de pasar tanto tiempo medio desnuda, aquella simple capa de tela se sintió extrañamente reconfortante.
Xipe me condujo por varios pasillos excavados en la roca hasta llegar al despacho principal.
La estancia era mucho más acogedora que el resto del refugio. Había librerías antiguas, lámparas de luz tenue y muebles de madera oscura que parecían llevar décadas allí. En una esquina descansaba un sillón de cuero desgastado.
Me dejé caer sobre él con un suspiro.
Mientras Xipe se movía por la habitación, yo me dediqué a observar todo cuanto me rodeaba.
Mi atención terminó deteniéndose sobre un libro especialmente grande que descansaba sobre el escritorio principal.
La cubierta estaba agrietada por el paso del tiempo y en el centro aparecía grabado el símbolo de Los Desollados.
Lo reconocí al instante.
Alargué una mano para tocarlo.
—¿Qué es?
Xipe levantó la vista desde donde estaba.
—Los mandamientos.
El libro parecía mucho más antiguo que cualquier otro objeto de la habitación. Había algo solemne en él. Algo que lo hacía parecer menos un libro y más una reliquia.
Retiré la mano lentamente.
Por algún motivo, tuve la sensación de que abrirlo significaría cruzar una puerta que ya no podría volver a cerrar. Si mi Dios estaba dispuesto a olvidar a Los Desollados, entonces yo también.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero desde luego no era aquello.
Después de todo lo que había visto desde que llegué a la montaña, me había imaginado algo mucho más teatral: un cofre ceremonial protegido por cerraduras imposibles, una reliquia custodiada por fanáticos armados con cuchillos o incluso una vitrina iluminada por velas.
Sin embargo, el supuesto libro sagrado de Los Desollados descansaba sin más sobre el escritorio, mezclado entre montones de papeles y otros volúmenes antiguos.
—¿Y no está encerrado bajo llave?
—No.
—¿Invocáis demonios o algo así?
—No.
—Qué decepción.
Una sonrisa apenas visible apareció en su boca antes de desaparecer tan rápido como había llegado.
Me acomodé mejor en el sillón de cuero y dejé que mi mirada recorriera el despacho con más detenimiento.
Por primera vez en semanas no estaba drogada en un altar, encerrada en una habitación o sangrando en algún rincón de aquella maldita montaña.
La sensación resultaba tan extraña que casi me costaba disfrutarla.
La estancia tampoco ayudaba.
Había mapas clavados en una pared, estanterías abarrotadas de libros antiguos y varias cajas de madera etiquetadas con fechas que parecían remontarse décadas atrás. Todo estaba ordenado de una manera casi obsesiva, como si alguien hubiera dedicado años a clasificar cada objeto.
Aquello era precisamente lo que me inquietaba.
Porque nada encajaba.
Había estado conviviendo con una secta obsesionada con el dolor, la piel y los sacrificios rituales, pero el despacho parecía pertenecer a un académico retirado que dedicaba sus tardes a catalogar documentos históricos.
Los monstruos no deberían tener despachos.
Deberían vivir en cuevas, escondidos en la oscuridad, gruñendo entre huesos humanos.
—A medida que me enseñas más tu mundo me parece más humano.
La carcajada que escapó de Xipe fue breve, pero auténtica.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Mientras hablábamos, se acercó a una mesa auxiliar y encendió una lámpara de aceite. La luz anaranjada se extendió lentamente por la habitación, suavizando las sombras que hasta entonces se habían acumulado en los rincones.
Fue entonces cuando me fijé en algo que había pasado por alto. Sobre una de las esquinas del escritorio descansaba un marco colocado boca abajo. A simple vista no parecía nada especial, pero la rapidez con la que Xipe se acercó para recolocarlo llamó inmediatamente mi atención.
—¿Qué es eso?
—Nada.
—Si fuera nada no lo habrías escondido.
El silencio que siguió a mis palabras fue tan elocuente que prácticamente respondió por él.
Me puse en pie antes de que pudiera cambiar de opinión y rodeé el escritorio. Lo que más me sorprendió no fue que no intentara detenerme, sino que ni siquiera pareciera planteárselo.
Aquello me puso más nerviosa que cualquier amenaza.
Cuando llegué al otro lado, cogí el marco entre las manos.
Era una fotografía antigua, tan desgastada por el tiempo que los bordes comenzaban a amarillear.
Aparecían varias personas posando frente a la iglesia.
Hombres, mujeres y niños se agrupaban en filas ordenadas bajo la mirada del fotógrafo.
Ninguno sonreía. Ninguno parecía feliz. Todos observaban la cámara con la misma solemnidad inquietante que había encontrado en tantos retratos de aquella montaña.
Y allí estaba él.
Durante unos segundos me costó reconocerlo.
No llevaba las cuerdas. No tenía cicatrices visibles. Tampoco cargaba con aquella expresión permanente de cansancio y violencia contenida que parecía haberse instalado en su rostro con los años.
Simplemente parecía un niño.
Uno serio, demasiado serio para su edad, pero un niño al fin y al cabo.
Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el cristal mientras observaba la imagen.
—¿Cuántos años tenías aquí?
Xipe tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Levanté la vista hacia él.
—¿Cómo que no lo sabes?
Esperaba que se encogiera de hombros o que me dijera una cifra aproximada. Cualquier cosa. Sin embargo, permaneció inmóvil al otro lado del escritorio.
—No sé cuántos años tenía cuando se hizo esa foto.
—Pero tendrás una idea.
—No especialmente.
Fruncí el ceño.
—Xipe, todo el mundo sabe más o menos qué edad tenía en las fotos de cuando era pequeño.
Una expresión extraña cruzó su rostro. No parecía molestia ni incomodidad. Era algo más difícil de definir, algo que daba la impresión de haber permanecido enterrado durante demasiado tiempo.
—Yo no sé cuándo nací, Leah.
Durante unos segundos pensé que había entendido mal.
La frase sonó tan absurda que mi cerebro necesitó repetirla varias veces antes de aceptarla.
—¿Qué quieres decir?
—No sé cuál es mi fecha de nacimiento. Nunca la he sabido.
Bajé la mirada hacia la fotografía.
El niño seguía allí, congelado para siempre en un instante del pasado que ni siquiera podía situar en el tiempo.
—¿No sabes cuándo es tu cumpleaños?
Xipe soltó una leve exhalación por la nariz.
—No.
Aquella respuesta tan sencilla me produjo una sensación extraña. Había algo profundamente desolador en ella, precisamente porque él la pronunciaba como si no tuviera importancia.
—¿Nunca te lo dijeron?
—Los Desollados no funcionaban así. Cuando nacía un niño, nacía. Nadie celebraba cumpleaños. Nadie llevaba registros. Nadie se preocupaba por esas cosas.
Mientras hablaba, se acercó a una de las estanterías y pasó los dedos por el lomo de varios libros sin llegar a coger ninguno.
—Aquí no importaba cuántos años tenías. Lo único importante era si servías para el propósito que te habían asignado.
Noté cómo algo incómodo se instalaba lentamente en mi pecho.
La gente normal sí que conocía la fecha de su cumpleaños.
Sabía el día exacto. Yo sabía que había nacido durante una madrugada lluviosa porque mi madre me lo había contado cientos de veces.
Sabía cuánto pesé, cuánto medí y que mi padre había llegado al hospital con dos zapatos distintos porque estaba demasiado nervioso para darse cuenta.
Nunca me había parado a pensar que aquellas historias tan pequeñas podían ser un privilegio.
—Entonces... ¿ni siquiera sabes cuántos años tienes ahora?
Xipe sonrió con una mezcla de resignación y diversión.
—Tengo una estimación bastante aceptable.
—¿Una estimación?
—Cuando me marché de aquí empecé a compararme con otras personas. Supongo que acabé deduciéndolo.
La imagen apareció sola en mi cabeza.
Un hombre asustado observando a desconocidos e intentando averiguar algo tan básico como su propia edad. Comparando alturas, voces, cuerpos y comportamientos para reconstruir una parte de sí mismo que nadie se había molestado en conservar.
La idea me revolvió el estómago.
Volví a bajar la vista hacia la fotografía.
De repente ya no estaba viendo al líder de Los Desollados.
Ni al hombre que me había secuestrado.
Ni al fanático que hablaba del dolor como si fuera una religión.
Lo único que veía era a un niño que había crecido sin cumpleaños, sin fotografías familiares colocadas sobre una estantería, sin padres presumiendo de él delante de desconocidos, sin nadie que considerara importante recordar el día en que había llegado al mundo.
—Lo siento mucho, Xipe.
Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera contenerlas. Él se apoyó contra la estantería y me observó durante unos segundos.
—Cuando creces en una burbuja ni siquiera te planteas qué hay ahí fuera.
Comprendí que tenía razón.
Nadie echa de menos aquello que jamás ha conocido.
Entonces me pregunté cuántas partes de Xipe habían sido arrancadas mucho antes de que él aprendiera a arrancar las de los demás.
Bajé la vista hacia la fotografía una última vez antes de dejarla sobre el escritorio con cuidado. Durante unos segundos observé al niño que había sido, intentando encontrar en él alguna pista que explicara al hombre que tenía delante. No la encontré.
Quizá porque no existía.
Quizá porque nadie nacía destinado a convertirse en algo así.
—¿Y ahora qué? —pregunté finalmente.
Xipe arqueó una ceja.
—¿Ahora qué qué?
—Ahora que ya no tienes que perseguirme. Ahora que ya no tienes que esconderme. Ahora que ya no tienes que demostrarle nada a nadie.
Su mirada se perdió durante unos instantes en algún punto de la habitación.
—No lo sé.
Solté una pequeña risa.
—Empiezo a pensar que esa es tu respuesta para todo.
—Porque es la verdad, mi perla. Yo no sé nada del mundo.
No había vergüenza en su voz, pero tampoco orgullo. Sólo honestidad.
—He pasado toda mi vida aprendiendo a sobrevivir, Leah. A obedecer. A soportar el dolor. A infligirlo cuando era necesario. A convertirme en aquello que los demás esperaban de mí. Pero nadie me enseñó nunca qué hacer después.
Mis ojos permanecieron clavados en él.
—¿Después de qué?
—Después de encontrarte.
La respuesta me golpeó de una forma extraña.
Xipe bajó la mirada hacia sus propias manos.
—No sé cómo funciona la gente normal. No sé qué hace cuando se despierta por las mañanas. No sé moverme por una ciudad. No sé cómo construye una vida. Ni siquiera sé qué aspecto debería tener una.
Una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Ni siquiera sabía cómo funcionaba un teléfono móvil —suspiró—. Tuve que aprender para poder llamarte.
La lámpara de aceite crepitó suavemente en algún rincón del despacho.
—¿Estarías dispuesto a aprender a vivir?
Xipe levantó la vista.
Y durante un instante desaparecieron el dios, el líder y el monstruo.
Sólo quedó aquel niño de la fotografía.
—Sería un honor aprender a hacerlo contigo.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi me dolió.
Me acerqué despacio hasta quedar frente a él.
Después levanté ambas manos y sujeté su rostro.
Sentí la calidez de su piel bajo mis dedos, la aspereza de una piel que parecía haber pasado demasiados años luchando contra el mundo.
Por primera vez el azul de sus ojos no cortaba.
—Entonces te enseñaré.
Su expresión vaciló ligeramente.
—¿Sí?
Sonreí.
—Sí.
Mis pulgares acariciaron sus mejillas.
—Te enseñaré a celebrar cumpleaños aunque no sepas cuándo naciste. A comer comida basura viendo películas horribles. A buscar un trabajo normal. A tener días malos sin convertirlos en una tragedia religiosa. A dormir hasta tarde los domingos.
Una risa baja escapó de su garganta.
—Suena complicado.
—Lo es.
—¿Y crees que se me dará bien?
Antes de responder, vi al hombre que me había roto la vida. Vi al hombre que la había salvado. Vi al niño que nunca tuvo la oportunidad de ser niño. Y, por encima de todo, vi a alguien que estaba intentando cambiar.
—Xipe, veo el demonio que hay en ti y no me asusta.
Su respiración pareció detenerse.
Apoyé mi frente contra la suya antes de que él hablara.
—Yo veo el dolor que hay en ti, mi perla. Y lo reconozco como mi igual.
«Porque ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara.» — 1 Corintios 13:12