El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 48
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Capítulo 48

Max

L os seres humanos son criaturas fascinantes.

Por ejemplo, puedes obligar a dos hombres adultos, con antecedentes penales, capaces de gestionar equipos criminales y tomar decisiones que afectan a cientos de personas a cogerse un día libre para descansar.

Lo aceptarán.

Incluso te darán la razón.

Lo que no harán será comportarse como adultos durante dicho día libre.

Después de varias semanas viendo cómo ambos acumulaban reuniones, llamadas, informes, problemas internos y una cantidad indecente de trabajo, había tomado una decisión ejecutiva que ninguno de los dos había solicitado: necesitaban descansar.

Lo que yo no había previsto era que el verdadero problema comenzaría después.

—No pienso sentarme ahí.

Levanté la vista del cuenco de palomitas.

Alex estaba de pie frente al sofá con los brazos cruzados.

Asher permanecía al otro lado exactamente igual.

La diferencia era que el primero parecía ofendido y el segundo parecía dispuesto a iniciar una guerra civil.

—Es un sofá —dije.

—Exacto.

—Tiene espacio para todos.

—Exacto.

—Entonces no entiendo el problema.

Ambos me miraron.

Después se miraron entre ellos.

Y entonces comprendí que sí entendía perfectamente el problema.

El sofá tenía tres plazas.

Yo iba a sentarme en medio.

Aquello dejaba dos posiciones disponibles.

Y los dos querían la misma.

Por supuesto.

Porque dirigir El Grupo, mover cantidades obscenas de dinero y resolver conflictos entre organizaciones rivales era aparentemente más sencillo que decidir dónde sentarse durante una tarde de películas.

—Siempre te sientas a su izquierda —dijo Asher.

—Porque ese es mi lado.

—No existe tu lado.

—Claro que existe.

—¿Quién lo decidió?

—Yo.

—Eso no cuenta.

—Cuenta para mí.

Apoyé la cabeza contra el respaldo.

La discusión llevaba exactamente cuatro minutos.

Cuatro.

Ni siquiera habíamos elegido la película.

Todavía podía cancelar la tarde y volver a programar mis clases en la nueva universidad. Empezaba a parecer una alternativa más relajante.

—Os recuerdo que sois adultos.

—Lo sé.

—Lo sé.

—Os recuerdo que ambos tenéis más de treinta años.

—Y tú también.

—Alex.

—Sólo digo que una tarde de películas no debería ser algo conflictivo.

—Alex.

—Vale.

Asher aprovechó la distracción para sentarse primero.

Su hermano reaccionó inmediatamente, dejándose caer a su lado con tanta rapidez que casi tira medio sofá.

Los dos intercambiaron una mirada, no una hostil en sí. Era peor. Era esa mirada silenciosa que compartían los gemelos cuando estaban a punto de hacer algo especialmente estúpido.

—¿Qué?

—Nada.

—No os creo.

—Eso es porque eres una persona desconfiada.

—Con vosotros no existe tal concepto.

—Precisamente.

Suspiré.

Había aprendido hacía mucho tiempo que convivir con los dos implicaba aceptar ciertas realidades inevitables.

Por ejemplo, que ambos podían ser aterradoramente inteligentes.

También que ambos podían comportarse como adolescentes cuando les daba la gana.

Y lo peor era que normalmente les daba la gana al mismo tiempo. Cosas de gemelos, supuse.

Me acomodé en el centro del sofá antes de que encontraran una nueva excusa para iniciar otro conflicto territorial.

El resultado fue inmediato.

Alex pasó un brazo por mis hombros.

Asher apoyó el suyo alrededor de mi cintura.

Los dos parecieron satisfechos durante aproximadamente tres segundos.

Después Alex frunció el ceño.

—Te estás inclinando más hacia su lado.

—¿Perdón?

—Tu centro de gravedad.

Asher soltó una carcajada.

—¿Tu argumento es el centro de gravedad?

—Es un argumento científicamente válido.

—Lo que es científicamente válido es que llevas quince segundos midiendo cuánto contacto físico tiene cada uno.

—Diecisiete.

—Eso no mejora la situación.

—A mí me parece que sí.

Cerré los ojos.

Respiré hondo.

Volví a abrirlos.

Durante los últimos meses había sobrevivido a secuestros, asesinatos, traiciones, guerras internas y situaciones que habrían enviado a cualquier persona razonable directamente a terapia.

Nada de eso me había preparado para convivir con mis dos novios.

Absolutamente nada.

—Voy a elegir una película.

—Perfecto.

—Y si alguno vuelve a discutir por un centímetro de sofá, pondré un documental de ocho horas sobre la migración de las tortugas marinas.

El silencio cayó sobre el salón.

Alex pareció sinceramente horrorizado.

Asher incluso apartó la mirada.

—Eso es cruel.

—Es desproporcionado.

—Es abuso de poder.

—Correcto.

Los dos intercambiaron una mirada.

Después volvieron a acomodarse.

La paz regresó por fin.

O al menos una versión aceptable de la paz.

Apoyé la cabeza contra el hombro de Alex mientras Asher me acercaba la manta sin dejar de fingir que no lo estaba haciendo para cuidarme.

Alargué la mano hacia el móvil. Había ido guardando películas pendientes durante semanas porque conocía perfectamente a los dos hombres con los que compartía la vida.

Si les preguntaba directamente qué querían ver, podían pasar una hora negociando sin llegar a ninguna conclusión.

Era mucho más sencillo aparecer con una decisión ya tomada y evitarles el esfuerzo de pensar.

Desbloqueé la pantalla y Spotify apareció automáticamente.

Había estado escuchando música mientras preparaba la comida y la aplicación seguía abierta en segundo plano.

Mi dedo se movió por la pantalla sin prestar demasiada atención, guiado por una costumbre tan repetida que ya se había convertido en un reflejo.

Fue entonces cuando vi el perfil de Leah entre las búsquedas recientes.

Sentí una punzada extraña.

No sabía nada de ella desde su cumpleaños. La idea apareció de golpe y me dejó un sabor desagradable en la boca.

Había intentado llamarla, escribirle o dar con su paradero en algún momento.

Llevaba rara unos meses, pero mi plan era darle espacio.

Entre las responsabilidades de El Grupo, los problemas internos, los viajes y la constante sensación de que algo estaba a punto de explotar, los días habían comenzado a acumularse unos encima de otros sin que me diera cuenta.

Y ahora, observando su nombre en la pantalla, comprendí cuánto tiempo había pasado realmente.

Demasiado.

Entré en su perfil casi por inercia.

No esperaba encontrar nada.

De vez en cuando lo hacía simplemente porque me gustaba saber que seguía allí.

Veía lo que escuchaba. A veces la pillaba activa en el momento.

Era una costumbre absurda, pero también reconfortante.

Leah siempre había sido la clase de persona que parecía permanecer en el mismo sitio incluso cuando no estaba presente.

Encontré la misma foto, las mismas playlists , las mismas canciones depresivas que llevaba escuchando desde hacía años.

Por eso algo me llamó la atención inmediatamente.

Había una lista nueva.

Mi ceño se frunció sin que pudiera evitarlo.

Aquella aparecía creada hacía quince días.

Quince.

Mi pulgar permaneció suspendido sobre la pantalla durante unos segundos antes de pulsarla.

La tristeza que había sentido unos instantes antes empezó a mezclarse con algo diferente.

Una inquietud difícil de explicar.

La lista tenía pocas canciones.

Además, todas habían sido añadidas el mismo día.

La primera era: “46”

La segunda era: “N”

La tercera era: “2147”

La cuarta era: “10”

La quinta era: “E”

La última era: “8731”

Y el título de la playlist era: M, aquí.

—Nos tenemos que ir.

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis.» — Mateo 7:7