Capítulo 47
Leah
C uando quise dar otro paso más, mis piernas intentaron fallar de nuevo.
Pero ahí estaba Xipe para sostenerme. Su brazo rodeó mi cintura antes de que pudiera desplomarme y me sostuvo contra él con una facilidad humillante.
Con la otra mano me atrapó el rostro. Sus dedos se hundieron en mis mejillas y las apretó hasta deformarme la boca, obligándome a entreabrir los labios mientras el dolor me mordía por dentro.
—Deja de intentarlo de una puta vez, Leah —dijo mirándome a los ojos. Aquella expresión había desaparecido durante unos instantes, pero estaba de vuelta. La oscuridad había regresado a sus ojos, extendiéndose por ellos como una mancha de tinta.
Intenté apartarme, intenté arrancarme de su agarre, pero no conseguí moverme ni un centímetro. Xipe soltó una risa seca por la nariz y me empujó sin previo aviso.
Caí de bruces y el impacto me arrancó el aire de los pulmones.
Debajo de mí había un cuerpo. La rigidez del cadáver se clavó contra mis costillas y mis rodillas.
El frío atravesó mi desnudez. Al apoyar las manos para incorporarme, los dedos resbalaron sobre sangre oscurecida y espesa.
La sentí pegándose a mis palmas como una segunda piel.
Me quedé inmóvil atrapada entre el pánico y el asco.
—A lo mejor así aprendes a no volver a desobedecerme, estúpida niña.
Había algo aterrador en obedecerle. No solo me obligaba, sino que cada vez me costaba más distinguir dónde terminaba mi voluntad y dónde empezaba la suya.
Xipe hablaba y el ruido de mi cabeza se apagaba.
Las dudas, el miedo, la culpa; todo quedaba reducido a una única certeza sencilla y terrible.
Obedecerle. Durante toda mi vida había cargado con el peso de decidir, de equivocarme, de mantenerme en pie.
Con él, por primera vez, podía dejar caer ese peso al suelo.
Era una rendición que me avergonzaba y me aliviaba a partes iguales.
Cuanto más me inclinaba hacia él, más sentía que desaparecía una parte de mí.
Lo peor era que ya no quería recuperarla.
Alcé la vista y contemplé lo que imaginé que las almas condenadas veían al cruzar las puertas del infierno.
Xipe se alzaba sobre mí con una presencia casi irreal.
Era alto hasta resultar intimidante, y sus facciones poseían una belleza tan precisa que parecía un error de la naturaleza.
Desde aquella posición, el azul de sus ojos capturaba la luz y la devolvía convertido en algo cruel.
Había promesas enterradas en esa mirada, destellos que recordaban al cielo sólo para arrebatártelo un segundo después.
Separó ligeramente los pies y llevó ambas manos a la espalda con una tranquilidad absoluta.
Como un Dios. Como un demonio.
Como alguien que sabía perfectamente que nadie allí tenía el poder de desafiarlo.
—Te voy a explicar lo que vas a hacer, mi pequeña perla —dijo en voz baja—. Vas a subirte encima de él —añadió, señalando con la cabeza en cadáver que tenía debajo—. Y vas a frotarte pensando en mí.
El cuerpo bajo mí vestía únicamente unos pantalones oscuros.
La cuerda le rodeaba la cabeza en varias vueltas apretadas y la herida que lo había matado se abría en mitad del pecho como una grieta imposible de ignorar.
Había desgarrado piel y músculo dejando una masa oscura de sangre seca que descendía por el abdomen hasta perderse bajo la cinturilla.
Me senté a horcajadas sobre él, temblando.
El contraste entre mi piel caliente y la frialdad del cuerpo me revolvió el estómago. Sentía cada relieve de sus costillas, cada irregularidad de aquella carne sin vida contra mis piernas. La muerte tenía peso. Tenía temperatura. Tenía textura. Y, en aquel momento, me envolvía por completo.
Sus ojos permanecían abiertos. Vacíos. Fijos en algún punto del cielo que ya sólo la muerte podía ver.
Xipe permaneció de pie, a escasos centímetros de mí. Ahora tenía su entrepierna a la altura de mis ojos. Abultada, insinuando que mi demonio no necesitaba tocarme para dejar claro que mi destino estaba completamente en sus manos.
—Mírame, Leah. Me gusta que me mires.
Y obedecí.
Mantuve la vista fija en él mientras sentía el roce de mis labios contra la tela áspera de los pantalones del cadáver.
Estaba helada. Aquel contacto me atravesó como una descarga y me arrancó un estremecimiento involuntario.
Sin darme cuenta, apoyé una mano sobre la herida que le había causado la muerte.
La diferencia de temperatura me asustó.
El resto del cuerpo era puro invierno: rígido, inmóvil y frío. Sin embargo, aquella abertura conservaba un calor inquietante. Mis dedos se hundieron ligeramente en la sangre reseca y sentí un cosquilleo en el vientre.
Así que no aparté los ojos de Xipe.
Él tampoco apartó los suyos de mí.
La vergüenza y la humillación me abrasaban por dentro.
Dejé caer mi peso corporal en ese punto de apoyo y empecé a moverme.
Movía las caderas adelante y hacia atrás, a un ritmo lento y sofocante.
Debajo de mí podía sentir la carne del cuerpo ya fría, casi diría congelada, y por eso estaba rígido.
La dureza de su cuerpo muerto hacía presión contra mi carne, como si de verdad me estuviera masturbando con una erección viva.
Me eché un poco más hacia delante, permitiendo que mi clítoris también tuviera atención.
Mi respiración estaba cambiando. Cada inhalación parecía quedarse pequeña, obligándome a buscar aire una y otra vez.
Después llegó el calor, que comenzó como una chispa tenue en algún lugar del pecho y fue extendiéndose lentamente por mi cuerpo hasta instalarse bajo mi piel.
Tragué saliva y de mi garganta salieron gimoteos al principio callados, pero que a medida que me restregaba eran más evidentes.
Una exhalación temblorosa abandonó mi garganta.
—Mmm… —gruñó Xipe—. ¿Tan necesitada está mi perla? Tendría que haberte usado más.
No le dio tiempo a acabar la frase, ya se estaba desabrochando los pantalones. Dejó caer su erección delante de mí y empezó a masturbarse al mismo ritmo que yo lo hacía.
—Eso es —añadió mientras se acariciaba la punta con desesperación—. Lo estás haciendo muy bien. Sólo existes para hacerme feliz, ¿a que sí?
Aquellas palabras fueron suficientes para que se me erizara la piel.
—Sólo existo para hacerte feliz —admití, asintiendo mientras mi respiración se volvía más irregular.
—Menos mal que este pobre infeliz está muerto —susurró más para sí que para mí—. Si se le llegara a empalmar, se la arrancaría con mis propias manos.
El corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas, demasiado rápido, demasiado fuerte.
Un cosquilleo extraño recorrió mis brazos, mi vientre y la base de la nuca, haciendo que cada terminación nerviosa pareciera despertar al mismo tiempo.
Incluso el roce del aire sobre mi piel se volvió insoportablemente intenso.
Notaba mis labios mojados e incluso un poco hinchados.
A pesar de que continuaba con el movimiento, sentía que necesitaba más.
Miré hacia abajo, estaba mojándole los pantalones.
Un sonido involuntario escapó de mi garganta, nacido de una necesidad desesperada de alcanzar algo que un muerto jamás podría ofrecerme.
Antes de que pudiera articular una palabra, una protesta o una súplica, una mano se hundió en mi cabello.
Sus dedos se cerraron sobre mi cuero cabelludo y tiraron hacia arriba sin la menor delicadeza.
El movimiento fue tan brusco que me arrancó una punzada de dolor en el cuello.
Sentí cómo los músculos se tensaban mientras mi cabeza era obligada a alzarse hasta quedar con sus ojos clavados en los míos.
—¿Qué te hace pensar que estás en posición de pedirme algo? —preguntó, mientras aceleraba el ritmo. Su mano se deslizaba por el tronco de su polla con devoción. La tenía hinchada y gorda, y me quedé mirándola más de lo debido.
—Por favor, por favor, Dios.
—Estás demasiado necesitada para mi polla, mi perla —dijo mientras se mojaba los dedos deliberadamente con su propia lubricación—. No te mereces que te folle.
Antes de abrir la boca de nuevo, mi demonio actuó.
La bofetada me alcanzó antes de que pudiera anticiparla.
El impacto me giró ligeramente la cara hacia un lado y un chispazo de dolor me atravesó la mejilla. No fue suficiente para hacerme caer, pero sí para dejarme inmóvil durante un segundo. Sentí el escozor extenderse bajo la piel, caliente y punzante, mientras el oído me zumbaba débilmente.
Inspiré con brusquedad.
Las lágrimas ya empezaban a nacer en mis pestañas.
Sin embargo, el cosquilleo en mi vientre seguía creciendo. Seguía mojándome. Sentir el dolor que mi Dios me provocaba me hacía sentir agradecida, bendecida, incluso elegida.
—Usa tus dedos, mi perla —ordenó—. Úsalos como si fueran míos.
Y eso hice.
Retiré la mano de la herida y observé la suciedad que cubría mis dedos.
Había algo profundamente devoto en la muerte.
Algo solemne, algo que siempre me había provocado una mezcla extraña de miedo y náusea.
Saber que había sido ella quien me había arrebatado a mis padres, quien me había dejado sola en el mundo, sólo alimentaba el rencor que llevaba tiempo creciendo dentro de mí.
La sangre se acumulaba en las líneas de mis huellas dactilares y descendía lentamente hacia la palma de mi mano. Permanecí observándola unos segundos, fascinada por la forma en que la luz se reflejaba sobre aquella oscuridad viscosa.
Entonces enrollé dos dedos con la lengua, saboreando el sabor metálico y pesado, para luego mezclarla con mi saliva. Dejé caer un escupitajo sanguinolento en mi propio pecho, para ver cómo se deslizaba entre mis pechos, bajaba por mi ombligo y llegaba hasta mi vientre.
—Eres un delirio enfermo, Leah.
—Soy todo lo que quieras que sea, demonio.
Aprovechando mi propia humedad, restregué mis dedos entre mis labios un poco antes de metérmelos. Mi cuerpo estaba caliente y cerrando los ojos pude imaginarme esta misma escena siendo Xipe el que me estuviera tocando.
Me acordé de lo brutal que fue la última vez que me folló, me acordé de lo prohibido que me tenía pedirle algo. Me acordé de todas las noches que pasé indefensa en casa, sin saber que detrás de mis paredes vivía un monstruo.
Me lo imaginé colándose en mi cuarto por la noche, destapándome, haciendo el menor ruido posible.
Me lo imaginé rozando mis labios con sus nudillos, me lo imaginé forzándome la mandíbula con cuidado esperando tocar mi lengua con la suya.
Me lo imaginé masturbándose con la otra mano, y que cuando estuviera a punto de correrse, cogiera las gotitas preseminales de la punta, y me manchara los labios con ellas.
Me vi a mí misma colocada por la mezcla de esporas dando zancadas por el pasillo de mi casa sin saber qué era real y qué no.
Entonces mi demonio saldría del rincón más oscuro, tapándome la boca para que no le molestaran mis quejidos, y me follaría contra la pared más cercana.
Rompería mis bragas, porque jamás tendría paciencia conmigo en ese estado.
Se enrollaría mi pelo entre sus dedos, y me giraría la cara para poder escupirme en ella.
Me restregaría sus babas por el rostro y me haría pedirle perdón por estar tan apretada para él.
Me diría que no sirvo para nada, y que si de verdad quiero morir él mismo me provocaría una sobredosis.
Yo le diría que por favor me hiciera recordar todo eso al día siguiente, y seguro que su respuesta sería que no me merezco recordarle ni en sueños.
Entonces se correría dentro de mí, conseguiría unas bragas limpias del cajón y me las pondría sin limpiarme lo más mínimo antes. Me obligaría a guardar su semen porque sabe que me gusta hacerle feliz.
Pero, al final, me llevaría hasta la cama. Me besaría y me acariciaría la cabeza mientras me llama su perla. Me diría que soy única, que está muy orgulloso de mí y yo me dormiría besando la palma de su mano.
—Tan blanca, tan resplandeciente, tan única…mía, mía, mía.
Abrí los ojos cuando el orgasmo estalló en mi cuerpo. Xipe me miraba mientras me cogía del cuello y me acercaba a él. Entonces una oleada de placer recorrió su expresión, y terminó llenándome la cara de su obra más supurante.
Cuando la última gota cayó en el puente de mi nariz, pude respirar de nuevo.
—El color blanco estaba destinado para ti, Leah —dijo mientras sacaba un pañuelo del bolsillo—. Aunque quizás como un castigo.
«Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.» — Santiago 1:14