Epílogo II
Leah
L a remodelación nos ocupó prácticamente todo el día.
Los gemelos se encargaron de las reparaciones más pesadas.
Max organizó a todo el mundo como si estuviera dirigiendo una operación militar.
Verónica supervisó varias cosas mientras fingía que no estaba supervisando nada.
Zaid convirtió cada descanso de cinco minutos en una oportunidad para molestar a alguien.
Y, sorprendentemente, la casa seguía en pie.
Cuando el sol comenzó a caer y el aire empezó a enfriarse, decidí que era hora de cumplir mi parte del trato. Porque una cosa era convencer a cinco personas para que reconstruyeran media vivienda, y otra muy distinta olvidarse de la cena prometida.
La cocina pronto empezó a llenarse de olores familiares. Verduras, especias, algo horneándose en el horno y varias cazuelas ocupando casi todos los fuegos disponibles. Había decidido recrear una vieja receta de mi madre.
Sentí unos brazos rodearme la cintura.
Sonreí antes incluso de girarme.
—¿Me ayudas o sólo has venido a molestar?
—Las dos cosas.
La barbilla de Xipe se apoyó sobre mi hombro.
—Principalmente la segunda, mi perla.
—Qué sorpresa.
—Lo sé.
Seguí removiendo una de las cazuelas mientras él permanecía pegado a mi espalda. Meses atrás aquella cercanía me habría parecido imposible. Ahora se había convertido en algo tan cotidiano que ni siquiera pensaba en ello.
—Deberías ir fuera con los chicos.
Noté cómo resoplaba contra mi cuello.
—¿Por qué?
—Porque les caes bien.
—Ellos a mí también.
—No me refiero a eso.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Solté una pequeña risa.
—Me refiero a socializar.
—Ah.
Su tono dejó claro que aquello le parecía una actividad profundamente sospechosa.
—Podrías hablar con ellos.
—¿De qué?
—De cualquier cosa.
—No sé hacer eso.
—Claro que sabes.
—Leah, llevo toda mi vida viviendo en una secta en una montaña.
—Una montaña muy bonita, por cierto.
—Mis habilidades sociales tienen lagunas.
—Bueno, Zaid también está fatal y aun así habla sin parar.
—Eso no juega a su favor.
La carcajada se me escapó antes de poder evitarlo.
Xipe sonrió satisfecho.
Siempre parecía orgulloso de sí mismo cuando conseguía hacerme reír.
—Lo digo en serio.
Dejé la cuchara sobre la encimera y me giré hacia él.
Sus ojos descendieron hacia mí.
Aquella expresión seguía consiguiendo que me olvidara de lo que estaba diciendo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Crees en mí?
—Mucho.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
La clase de sonrisa que sólo existía cuando estábamos solos.
—Eso es un problema.
—¿Por qué?
—Porque cuando me miras así siento que podría hacer cualquier cosa, mi perla.
—Perfecto.
—No, Leah. Perfecto no.
—¿Por qué no?
—Porque luego termino reconstruyendo casas.
Volví a reírme.
—Sólo te estoy pidiendo que hables con la gente.
—Eso me parece mucho más difícil.
Le di un pequeño empujón en el pecho.
—Ve.
—¿Y si digo algo raro?
—Todos los presentes han cometido delitos graves.
—Buen punto.
Xipe se inclinó para besarme una vez. Luego otra. Y una tercera. Después me robó un último beso antes de dirigirse hacia la puerta.
—Si la conversación se vuelve incómoda, vuelvo.
—La conversación siempre es incómoda.
—Perfecto. Entonces volveré en dos minutos.
De Xipe se podían esperar muchas cosas. Algunas buenas, algunas malas. Pero la mejor de todas era su sinceridad. En efecto, volvió a los dos minutos. No porque la conversación se hubiera vuelto incómoda, sino porque los gemelos habían decidido competir.
No llegué a entender cómo empezó exactamente. Sólo sé que en algún momento Alex afirmó que podía poner una mesa para siete personas más rápido que Asher, y que Asher respondió que aquello era objetivamente falso. Cinco minutos después, Zaid estaba utilizando el cronómetro del móvil.
—Preparados.
Alex y Asher se colocaron a ambos lados del comedor.
—Listos.
Xipe apareció detrás de ellos con expresión pensativa.
—¿Qué haces?
Pregunté.
—He preparado el circuito, debo supervisarlo.
Aquello debería haberme preocupado.
—Tres, dos, uno… ¡Ya!
Los gemelos salieron disparados hacia la cocina. Xipe esperó exactamente tres segundos antes de cambiar discretamente de sitio una de las sillas.
Alex regresó con un montón de platos. Asher con los cubiertos. Ambos se cruzaron en la puerta. Ambos intentaron pasar primero. Ambos se golpearon con el marco.
—¡Aparta, joder!
—¡Aparta tú, inútil!
Zaid estaba llorando de la risa. Literalmente.
—Treinta y siete segundos. Nuevo récord de incompetencia.
—¡Cállate!
Gritaron los dos al mismo tiempo.
Las tres observamos la escena desde la cocina. Max tenía los brazos cruzados. Verónica estaba apoyada contra la encimera. Yo intentaba no reírme.
—¿Sabéis? —dije.
—¿El qué?
Preguntó Max.
Miré hacia el comedor. Alex estaba acusando a Asher de robo de cucharas, Asher estaba acusando a Alex de conspiración, Zaid estaba alimentando activamente el conflicto y Xipe acababa de esconder una silla.
—Amaestrar a un puñado de asesinos en serie es bastante más fácil de lo que la gente piensa.
Verónica soltó una carcajada.
—Muchísimo más fácil.
—De hecho, creo que entrenar cachorros sería más complicado.
—Los cachorros tienen más autocontrol.
Max se tapó la boca para no reírse.
Una hora después conseguimos sentarnos todos a cenar. La comida ocupaba prácticamente toda la mesa. Los platos iban pasando de mano en mano mientras las conversaciones se cruzaban constantemente de un extremo al otro.
Era ruidoso, caótico y perfecto. Hacía tiempo que no me sentía así. Como si no hubiera nada esperando detrás de la siguiente esquina.
Fue Max quien rompió aquella tranquilidad. Dejó el tenedor sobre el plato, se aclaró la garganta y sonrió.
—Tengo que contaros una cosa.
—Estás embarazada.
Dijo Zaid.
—No.
—Menos mal.
—¿Por qué menos mal?
—Porque no estoy preparado para cuidar a una versión en miniatura de Asher.
—¡Oye!
—Ni de Alex.
—¡Oye!
—Ni de Max, la verdad.
—¡ZAID!
Max puso los ojos en blanco.
—¿Puedo hablar?
Nos quedamos todos en silencio, expectantes.
—Nos casamos.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Y entonces todo explotó.
—¿QUÉ?
—¿CUÁNDO?
—¿DESDE CUÁNDO?
—¿TENÉIS ANILLOS?
—¿LO SABÍA ALGUIEN?
—¿HAS ELEGIDO VESTIDO?
La última pregunta fue mía. Porque era importante.
Max se echó a reír.
Alex y Asher parecían absurdamente orgullosos de sí mismos. Como dos pavos reales.
—Esperad.
Verónica levantó una mano.
—¿Es legal una boda de tres?
Los gemelos se miraron y luego fruncieron el ceño exactamente al mismo tiempo.
—No.
Respondió Alex.
—Por eso habrá dos bodas.
—Dos.
Repitió Asher.
Max suspiró.
—Van a casarse conmigo por separado.
—¿Cómo que por separado?
Preguntó Zaid.
—Una boda será con Alex y otra con Asher. Distintos días, distintos vestidos, distintos banquetes y distinta luna de miel.
Los hermanos parecieron satisfechos. Max, en cambio, parecía una mujer que acababa de asumir que iba a organizar dos bodas completas por culpa de dos hombres incapaces de compartir una sola ceremonia.
—¿Y sabéis qué es lo peor?
Preguntó.
—Lo peor es que alguien en su sano juicio quiera casarse con los hermanos fotocopia —dijo Vero—. Pero cuéntanos.
—Que discutieron durante tres semanas para decidir cuál iba primero.
La carcajada colectiva resonó por toda la casa.
Y siguió resonando durante buena parte de la noche.
Entre postres, café y conversaciones que iban saltando de un tema a otro sin ningún orden lógico, las horas pasaron más deprisa de lo que me habría gustado.
En algún momento Alex y Asher volvieron a discutir.
Esta vez sobre flores.
Ni siquiera pregunté. Verónica, en cambio, sí lo hizo. Escuchó un par de minutos de debate sobre pétalos, estaciones de floración y no sé qué historia relacionada con centros de mesa antes de dejar el tenedor sobre la mesa.
—A mí alguien me tiene que explicar por qué cojones dos asesinos en serie saben distinguir un clavel de una petunia —dijo Vero, probablemente pensando en voz alta.
Durante mucho tiempo había pensado que la felicidad sería algo más espectacular. Más evidente. Algún tipo de acontecimiento extraordinario capaz de cambiarlo todo de golpe. La realidad era mucho más sencilla, la felicidad se parecía a una mesa llena de platos.
Poco a poco la noche fue llegando a su fin.
Los primeros en levantarse fueron los gemelos, que seguían discutiendo sobre algún detalle relacionado con las futuras bodas.
Max los siguió poco después, alternando amenazas y muestras de cariño con una naturalidad que me hizo sospechar que llevaba años perfeccionando aquella técnica.
Las despedidas se alargaron más de lo necesario, nadie parecía tener demasiadas ganas de terminar aquel día.
Yo tampoco. Abracé a Max durante más tiempo del habitual.
Después a Verónica. Vi cómo Zaid y Xipe intercambiaban unas últimas palabras que no llegué a escuchar.
Y finalmente los acompañamos hasta la puerta.
Las luces de los coches se alejaron despacio por el camino de tierra. Hasta que la oscuridad terminó por tragárselas.
El silencio regresó poco a poco, pero no era el mismo silencio de antes. Durante mucho tiempo aquella casa había estado llena de silencios que pesaban.
Silencios que recordaban pérdidas.
Ausencias.
Cosas rotas.
Me quedé observando la carretera vacía unos segundos más antes de notar la presencia de Xipe a mi lado.
No dijo nada.
Simplemente se colocó junto a mí.
—Les quiero mucho.
Murmuré.
—Yo también.
Giré la cabeza hacia él.
—Eso ha sido sorprendentemente emocional.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
Después me siguió hasta el interior de la casa.
Las habitaciones parecían distintas ahora. Más cálidas, más vivas. La pintura nueva cubría parte de las paredes. Algunos muebles habían cambiado de sitio. Varias habitaciones seguían necesitando trabajo.
Pero por primera vez desde que regresé allí, no vi los agujeros. No vi las grietas, no vi los recuerdos.
Vi un hogar. Nuestro hogar.
Mientras recogía algunos platos de la mesa, sentí que Xipe se acercaba por detrás. Sus manos se deslizaron alrededor de mi cintura con una familiaridad que seguía derritiéndome por dentro.
—Estás cansada, mi perla.
—Un poco.
—Yo también.
—¿Por qué?
Sonreí.
—No estoy acostumbrado a sentir tantas cosas.
La risa me sorprendió antes de que pudiera contenerla. Negué con la cabeza mientras dejaba el último plato sobre la encimera. Había algo fascinante en la persona en la que se había convertido. No porque hubiera cambiado quién era, sino porque ya no tenía miedo de querer.
Me giré despacio entre sus brazos hasta quedar frente a él.
La luz tenue de la cocina dibujaba sombras suaves sobre su rostro.
Durante unos segundos me limité a observarlo.
A memorizarlo.
A agradecerlo.
Porque había habido una época en la que pensé que jamás tendría algo así.
Jamás.
—¿Qué?
Preguntó.
—Nada.
—Mientes fatal.
Mis dedos buscaron los suyos. Entrelacé nuestras manos.
—Es sólo que a veces todavía me cuesta creer que estés aquí.
La expresión de Xipe cambió ligeramente.
No mucho.
Sólo lo suficiente.
—Yo también tengo días así.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Sí?
Asintió despacio.
—A veces me despierto y tardo unos segundos en recordar que todo ha terminado.
Su voz se volvió más baja.
—Y cuando te veo a mi lado siento que alguien me ha dado una segunda vida que no merecía.
El nudo que se formó en mi garganta fue tan intenso que tuve que apartar la mirada un instante.
—No digas eso.
—Es verdad.
Mis dedos apretaron los suyos.
—La mereces.
Xipe me observó durante varios segundos.
Finalmente llevó una de mis manos hasta sus labios y depositó un beso sobre mis nudillos.
Un gesto sencillo y suave, pero cargado de una ternura que todavía me dejaba sin aliento.
—Cuando era pequeño creía que el amor significaba perder algo —Sus ojos no abandonaron los míos—. Contigo descubrí que amar también puede significar encontrar.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—A veces creo que toda la felicidad que siento es un delirio. Que morí de sobredosis y esto es solo el cielo —respondí.
—Mi pequeña, perla… —respondió, acariciando mis mejillas—. Aunque así fuera, seguirías siendo el delirio más hermoso que ha conocido mi mente.