El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—Llámame Ezra, llámame Xipe, llámame Dios, llámame demonio —dije—. Da igual cómo me llames. Pero sigue llamándome, por favor.

Revolví mi bolsillo izquierdo. El único recuerdo que tenía de mi vida antes de martirizar a Leah era el rosario de mi madre. Lo guardaba siempre ahí, como si pudiera proteger su recuerdo de toda la oscuridad que rodeaba al mundo.

Las cuentas estaban desgastadas por el roce constante de mis dedos y la cruz había perdido parte de su brillo original, pero seguía intacto, aferrándose al mundo con una obstinación que a veces me recordaba demasiado a ella.

No conservaba demasiadas cosas de mi madre.

Ni siquiera estaba seguro de conservar recuerdos reales.

Con el paso de los años había escuchado tantas historias sobre ella que algunas habían terminado sustituyendo a mi propia memoria.

Ya no sabía qué imágenes me pertenecían y cuáles habían sido colocadas en mi cabeza por otras personas.

Había noches en las que podía jurar que recordaba su voz susurrándome algo al oído, y otras en las que ni siquiera lograba reconstruir su rostro.

Sin embargo, recordaba aquello.

Recordaba el peso del rosario alrededor de mi cuello.

Recordaba despertar durante la noche y notar las cuentas contra mi piel.

Recordaba la cruz descansando sobre mi espalda.

Nunca la llevaba sobre el pecho. Mi madre decía que la protección verdadera no vigilaba aquello que uno mostraba al mundo, sino aquello que quedaba oculto cuando nadie estaba mirando. Por eso colocaba la cruz a mi espalda. Porque era allí donde no podía verla.

Durante años dormí de aquella manera. Durante años pensé que mientras aquella cruz permaneciera conmigo nada malo podría ocurrirme. Era una idea infantil, absurda incluso, pero nunca conseguí desprenderme de ella.

Mi perla observó el rosario cuando lo saqué del bolsillo.

Su mirada descendió hasta las cuentas sin entender qué estaba haciendo.

Yo tampoco estaba seguro de entenderlo del todo.

Simplemente sentí la necesidad de hacerlo.

Me acerqué hasta ella y aparté con cuidado parte de su pelo. Sus mechones se deslizaron entre mis dedos mientras rodeaba su cuello con la cadena. Después acomodé el rosario exactamente igual que habían hecho conmigo cientos de veces.

La cruz quedó a su espalda.

No entre sus omóplatos.

Más abajo.

Mucho más abajo.

Descendía por la curva de su columna hasta detenerse justo sobre el inicio de sus caderas.

Cuando terminé, retrocedí un paso.

Leah permanecía sentada sobre el altar mientras la luz violácea de las vidrieras se derramaba sobre la iglesia.

El mármol reflejaba destellos tenues a su alrededor y la plata de la cruz brillaba contra su espalda desnuda, reposando en el centro de su silueta con una naturalidad que me hizo olvidar durante unos segundos dónde estaba.

La imagen me golpeó con una fuerza inesperada.

Era preciosa, era sagrada, era venerada, era adorada.

Una parte de mí siempre la había considerado así.

Durante toda mi vida había asociado aquel rosario con la seguridad. Con la única persona que había considerado mi ancla alguna vez.

Y ahora estaba sobre Leah.

No me di cuenta de que estaba sonriendo hasta que ella alzó la vista hacia mí.

—¿Qué?

Negué con la cabeza.

No sabía explicarlo.

Porque, por primera vez desde que había llegado a mi vida, no estaba mirando a la futura Perla.

No estaba mirando un símbolo, ni siquiera una profecía.

Estaba mirando a alguien a quien acababa de entregarle la única forma de protección que había conocido jamás.

Deslicé un brazo bajo sus rodillas y otro alrededor de su espalda. Leah soltó un pequeño respingo cuando la alcé del altar.

—¿Qué haces?

La acomodé contra mi pecho y emprendí el camino por el pasillo central de la iglesia. El eco de mis pasos se extendió bajo las bóvedas de piedra mientras las vidrieras teñían el suelo de manchas violetas y azuladas que parecían desplazarse con nosotros.

Ella seguía observándome sin comprender.

—Xipe.

Su voz resonó más suave esta vez.

—¿Qué pasa?

Bajé la vista hacia ella.

El rosario seguía rodeando su cuello. La cruz descansaba sobre su espalda, oculta a mis ojos, exactamente donde debía estar.

Por algún motivo, aquello me tranquilizaba.

—Mi perla. Tan resplandeciente, tan blanca, tan mía.

Una sonrisa cansada apareció en mis labios.

Nunca había sido especialmente bueno explicándome. Las palabras servían para rezar, para ordenar y para convencer. Nunca había aprendido a utilizarlas para mostrar lo que sentía.

Me limité a caminar, la enorme puerta de la iglesia se encontraba al final del pasillo, iluminada por la luz grisácea del exterior.

—Cuando era pequeño —murmuré finalmente— pensaba que la Perla Blanca sería la criatura más perfecta que existiría jamás.

Leah frunció el ceño y mis dedos se cerraron un poco más alrededor de ella.

—Me enseñaron que llegaría una mujer capaz de trascender el dolor. Que atravesaría cada prueba sin romperse. Que alcanzaría algo que el resto de nosotros jamás podríamos tocar.

Mi mirada permaneció fija al frente.

—Durante años imaginé a esa persona. Le puse rostro cientos de veces. La convertí en una santa. En una mártir. En una leyenda.

Las puertas estaban cada vez más cerca.

—Y ninguna de ellas se parecía a ti.

Sentí cómo Leah contenía la respiración.

—¿Eso es un cumplido?

—No lo sé.

Solté una pequeña risa.

—Creo que sí.

Empujé una de las puertas con el hombro. El aire fresco de la montaña se coló en la iglesia y agitó algunos mechones de su cabello.

—Porque tú no eres perfecta.

Leah puso los ojos en blanco.

—Vaya.

—Escúchame.

Mi voz salió más suave de lo habitual.

—Tienes miedo. Tienes rabia. Dudas constantemente. Tropiezas con tus propios pensamientos y te empeñas en luchar contra cosas que ni siquiera puedes ver. Has intentado huir más veces de las que puedo contar y aun así siempre terminas avanzando.

La observé unos segundos.

—Y eso es mucho más impresionante.

Ella apartó la mirada. Yo seguí caminando

La senda descendía entre los árboles mientras la iglesia quedaba atrás.

—¿Qué estás intentando decir?

Por primera vez no tuve que pensar la respuesta, porque ya estaba allí. Había estado allí durante semanas.

—Que no tiene sentido poner a prueba algo que ya ha trascendido —Mis ojos recorrieron el bosque que se extendía frente a nosotros—. He pasado demasiado tiempo intentando demostrar algo que ya existe.

Vi confusión en sus ojos. Negué con la cabeza. Sentía pura y absoluta admiración hacia mi perla.

—Nunca se ha tratado de lo que la vida te ha hecho, Leah.

El viento agitó las ramas sobre nuestras cabezas.

—Se trata de cómo sobrevives a pesar de ello.

Mi voz descendió hasta convertirse en poco más que un susurro.

—Tu espíritu está ligado a algo mucho más grande de lo que yo podré ser jamás.

Ella me observó en silencio.

—¿No quieres ser mi Dios?

—No.

La negación salió con una serenidad que me sorprendió incluso a mí.

—Quiero ser algo mucho mejor.

Leah abrió ligeramente los labios. Yo sonreí.

—Eres la perla más resplandeciente que ha existido en este lugar.

Mis brazos la sostuvieron con más firmeza mientras retomaba el camino.

—Y si decides pertenecerme, seré el más afortunado de los dioses y el más humano de los pecadores.

«Yo te he llamado por tu nombre; mío eres tú.» — Isaías 43:1