Capítulo 45
Leah
E l frío era intenso.
Lo sentía aferrándose a mi piel desnuda, colándose entre mis costillas y adormeciendo lentamente la punta de mis dedos, pero me resultaba imposible prestarle demasiada atención.
Había atravesado dolores mucho peores durante las últimas semanas.
Comparado con todo aquello, el invierno de la montaña parecía una molestia distante, una presencia constante que permanecía alrededor de mí sin llegar a convertirse en el centro de mis pensamientos.
La nieve cubría cada rincón del paisaje. Los árboles aparecían cargados de blanco, las colinas se confundían unas con otras bajo aquel manto inmaculado y el cielo gris parecía haberse fundido con la tierra hasta borrar cualquier límite entre ambos.
Entre toda aquella inmensidad, Xipe avanzaba conmigo entre sus brazos.
Su calor contrastaba de forma absurda con el entorno. Notaba el movimiento acompasado de su respiración bajo mi mejilla y el balanceo de sus pasos mientras descendíamos por la ladera. El rosario rodeaba mi cuello y la cruz golpeaba suavemente mi espalda con cada movimiento.
Durante unos minutos permanecí en silencio observando el paisaje.
Después alcé la vista hacia él.
—Bájame.
Ni siquiera me miró.
—No.
—Xipe.
—No.
Su respuesta llegó con la misma firmeza que habría utilizado para hablar del tiempo o de una plegaria. Era evidente que consideraba la conversación terminada.
Por desgracia para él, yo no.
—Quiero caminar.
—Llevas demasiado tiempo sin hacerlo.
—Precisamente por eso.
Su mandíbula se tensó, podía verlo incluso desde aquella posición.
—Has perdido mucha fuerza muscular.
—La recuperaré.
—No en un día.
—No pienso recuperarla si sigues llevándome a cuestas.
Por fin bajó la mirada. Sus ojos recorrieron mi rostro durante unos segundos, analizando algo que sólo existía dentro de su cabeza.
Cuando desperté en la iglesia y supe que había tenido que pasar por una tortura física que mi propia cabeza me había impuesto porque me negaba a sentir, pensé lo mismo.
Xipe me había drogado, manipulado y destrozado hasta que mi cerebro tuvo que imaginarse el peor de los dolores para poder afrontar lo que el cuerpo no quería.
—Te caerás.
—Probablemente.
—Te harás daño.
—También probablemente.
Aquello pareció irritarle.
—Leah.
—Puedo hacerlo.
La discusión continuó varios metros más. Era una conversación absurda. Yo insistía y él encontraba una razón nueva para negarse. Ninguna de sus objeciones tenía que ver conmigo realmente. Poco a poco fui comprendiendo que no era mi debilidad lo que le preocupaba.
Era la posibilidad de verme sufrir algo no controlado por él.
Finalmente soltó un suspiro derrotado.
Cuando me dejó sobre la nieve, mis piernas tardaron unos segundos en recordar qué se suponía que debían hacer.
Los músculos protestaron inmediatamente. Sentí un temblor recorriéndome desde las pantorrillas hasta las caderas mientras intentaba mantener el equilibrio. Durante un instante pensé que tenía razón y que acabaría desplomándome allí mismo.
Pero no ocurrió. Di un paso. Luego otro. Y después otro más. Caminaba despacio, con la rigidez de alguien que estaba redescubriendo un movimiento olvidado, pero caminaba.
La sensación de libertad que me produjo fue tan intensa que casi dolió.
No había sido consciente de cuánto echaba de menos algo tan simple.
Xipe permaneció observándome unos momentos.
Después hizo algo que no esperaba.
Se adelantó unos metros. Al principio pensé que simplemente había decidido caminar delante de mí, pero enseguida comprendí que estaba haciendo algo más. Arrastró lentamente una de sus botas sobre la nieve.
La apartó hacia un lado.
Volvió a hacerlo.
Y después otra vez.
Y otra.
Y otra.
Mi paso se ralentizó mientras lo observaba.
No estaba caminando, estaba despejando el sendero de nieve para mí. Montañas blancas se acumulaban a ambos lados del camino mientras él avanzaba por delante de mí, empujándolas con movimientos constantes para dejar una franja más firme sobre la que pudiera apoyar los pies.
La imagen tenía algo profundamente perturbador.
Era una forma de amor tan extrema que terminaba adquiriendo algo de plegaria.
Comprendí entonces que Xipe no concebía el afecto del mismo modo que el resto del mundo.
No sabía compartirlo. No sabía dosificarlo.
No sabía expresarlo mediante palabras bonitas ni mediante pequeños gestos cotidianos.
Todo lo que tocaba terminaba convirtiéndose en algo absoluto.
La devoción.
La fe.
La culpa.
La obsesión.
El amor.
Por eso estaba allí, avanzando varios metros por delante de mí en mitad de una montaña nevada, apartando la nieve con los pies para evitar que yo tropezara.
No porque creyera que lo necesitaba.
Sino porque no podía soportar la idea de no hacerlo.
Durante toda su vida le habían enseñado a servir a algo superior.
Me lo había contado entre sueños, durante aquellas noches extrañas en las que la realidad y las alucinaciones se mezclaban hasta resultar imposibles de separar.
Después de tanto tiempo sometida a las esporas, había aprendido a desconfiar de mis propios recuerdos.
Algunas conversaciones parecían demasiado nítidas para haber ocurrido y otras se deshacían en mi cabeza igual que una pesadilla al despertar.
Sin embargo, aquello había sido real. Lo supe en el instante en que vi a Xipe llorar mientras hablaba de su madre.
Él creía que yo estaba dormida. Creía que no podía escucharlo o que, en el mejor de los casos, olvidaría sus palabras cuando los efectos desaparecieran.
Nunca imaginó que permanecería inmóvil, escuchando cada sílaba que abandonaba sus labios, observando cómo se quebraba una parte de él que jamás mostraba a nadie.
Fue entonces cuando comprendí algo que cambió por completo la forma en la que lo veía.
Mi Dios era humano.
Debajo de todas aquellas máscaras, de la maldad que su presencia infundía, de la sangre, de la fe y de la locura, seguía existiendo un hombre que había asumido el destino de jamás encajar. Y que jamás había conseguido recuperarse de aquella herida.
Entendí que aquello era precisamente lo que él había intentado enseñarme desde el principio.
Me había obligado a mirar de frente mi dolor cuando lo único que quería era esconderme de él.
Me había arrastrado una y otra vez hacia mis recuerdos más insoportables hasta que dejé de huir y aprendí a atravesarlos.
Tal vez por eso ya no era capaz de apartar la mirada de los suyos.
Porque si él me había obligado a enfrentarme a mis fantasmas, yo también tendría que ayudarle a enfrentarse a los suyos.
A obedecer, a entregarse, a sacrificarlo todo.
Y ahora que su fe había cambiado de forma, seguía haciendo exactamente lo mismo.
Sólo que esta vez el altar caminaba detrás de él.
Y él seguía empeñado en despejarle el camino.
—Gracias por hablarme cuando yo solo quería gritar de dolor.
Xipe giró ligeramente la cabeza hacia mí. La nieve seguía acumulándose sobre sus hombros mientras avanzaba unos pasos más.
—Siempre siento la necesidad de hablar contigo, mi perla. Incluso cuando no tengo nada valioso que decir.
Una sonrisa cansada tiró de mis labios.
Intenté dar otro paso, pero mis piernas protestaron. El cansancio acumulado terminó imponiéndose y el suelo desapareció bajo mis pies durante una fracción de segundo. No llegué a caer, porque los brazos de Xipe me rodearon antes siquiera de que mi cuerpo comenzara a inclinarse.
Su reacción fue tan rápida que parecía haber estado esperando aquel momento. O quizá simplemente nunca había dejado de vigilarme. Soltó un suspiro mientras me levantaba del suelo y volvía a acomodarme contra su pecho.
—Parece que nunca me quedo sin ternura por ti —dijo, torciendo el gesto como si acabara de equivocarse—. Perdona si me expreso mal—continuó—. Lo que quiero decirte, mi perla, es que nunca estoy vacío de ti. Ni por un momento, ni por un instante, ni por un segundo.
Su mirada se perdió unos segundos en el paisaje nevado que se extendía delante de nosotros. Sentí cómo sus brazos me sujetaban con un poco más de fuerza mientras el viento agitaba algunos mechones oscuros de su cabello.
Sus ojos descendieron hasta los míos.
—Lo único que sé es que ya no existe ningún rincón dentro de mí donde tú no estés.
Aparté la mirada de él y la dirigí hacia el sendero.
La nieve continuaba extendiéndose en todas direcciones, cubriendo la montaña con una perfección hipnótica. Durante unos segundos me limité a observar cómo el viento levantaba pequeños remolinos blancos entre los árboles, hasta que algo comenzó a incomodarme.
Al principio no supe identificar qué era.
Había irregularidades repartidas por la ladera.
Pequeños montículos.
Hundimientos.
Formas que rompían la uniformidad del paisaje.
Pensé que serían rocas o troncos ocultos bajo la nieve, pero cuanto más avanzábamos más difícil resultaba sostener aquella explicación.
Vi un brazo.
Vi mechones de pelo.
El aire pareció espesarse dentro de mis pulmones.
Mi atención saltó de una figura a otra mientras intentaba comprender lo que estaba viendo.
No era uno.
Ni dos.
Ni tres.
Había cuerpos por todas partes.
Los Desollados yacían dispersos a ambos lados del sendero igual que una procesión abandonada en mitad de la montaña.
La nieve comenzaba a cubrirles los rostros y los hombros, construyendo lentamente una segunda piel sobre ellos.
Algunos conservaban las cuerdas ceremoniales alrededor de la cabeza.
Otros mantenían los ojos abiertos, inmóviles, mirando hacia un cielo gris que ya no significaba nada.
La sangre había teñido grandes extensiones del terreno.
No destacaba por su color rojo sino por la oscuridad.
El frío la había vuelto casi negra.
El color negro contrastaba con el color blanco.
Se acumulaba en grietas del terreno, se adhería a la nieve formando costras brillantes y dibujaba senderos irregulares que descendían por la pendiente hasta desaparecer bajo nuevas capas de blanco.
La imagen poseía una belleza enfermiza.
Era imposible no verla.
Era imposible dejar de verla.
—Xipe.
Mi voz apenas salió.
Él siguió caminando.
—¿Te gusta lo que ves, mi perla?
Aquella pregunta me revolvió el estómago.
No había sorpresa en ella, ni vergüenza, ni miedo.
Sólo cansancio. Un cansancio antiguo y siniestro.
—¿Qué has hecho?
Su mirada permaneció fija al frente.
—Lo que tendría que haber hecho hace mucho tiempo.
Observé otro cadáver semienterrado entre la nieve. Reconocí su rostro. Había participado en varios rituales. Recordaba su voz. Recordaba sus manos sujetándome durante algunas de las ceremonias.
Ahora estaba allí.
Quieto.
Cubierto de sangre.
Cubierto de nieve.
Cubierto de silencio.
—Eran los tuyos.
La mandíbula de Xipe se tensó ligeramente.
—Contigo ya no necesito a los míos.
Continuó avanzando unos metros antes de volver a hablar.
—Cuando eres un niño y no conoces otra cosa, terminas llamando familia a cualquier lugar donde te permitan crecer.
El viento agitó los árboles sobre nuestras cabezas.
—Pero una familia no asesina a tu madre.
Su voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
—Una familia no convierte a un niño en una reliquia.
Noté cómo sus brazos se cerraban un poco más alrededor de mí.
—Y una familia no intenta despedazar a la única persona que has amado jamás.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Y aunque no había rabia en ellas, eso era lo que más miedo daba. Porque la rabia todavía conserva algo de vida. Aquello se parecía mucho más a una sentencia.
Los cadáveres continuaban apareciendo entre los árboles mientras descendíamos por el sendero.
Algunos mostraban heridas tan profundas que la carne quedaba visible bajo la nieve.
Otros parecían haberse desplomado donde estaban, sorprendidos por una muerte que nunca imaginaron recibir de manos de su propio Dios.
La ironía habría resultado cómica de no ser tan horrible.
Xipe había pasado toda su vida sirviendo a Los Desollados.
Había rezado para ellos. Había sangrado para ellos. Y ahora los estaba dejando atrás igual que un hombre abandona una casa que lleva años ardiendo.
—¿Por qué?
Esta vez tardó más en responder.
Sus ojos recorrieron el horizonte cubierto de nieve antes de descender hasta mí. La admiración que encontré en ellos me hizo olvidar momentáneamente los cuerpos.
—Porque ya te encontré.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
Era la sonrisa de alguien que acababa de dejar caer un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. Su mirada no se apartó de la mía. El viento arrastró nieve entre nosotros.
—Ya no necesito una iglesia para creer, ya no necesito demostrar nada a nadie —Su pulgar rozó distraídamente mi brazo.—. Y desde luego ya no necesito hombres que pretendan explicarme quienes debemos ser.
Por primera vez desde que lo conocía, no estaba escuchando hablar al líder de Los Desollados.
Estaba escuchando hablar a un hombre que había destruido su propio mundo y que, lejos de lamentarlo, contemplaba los restos con la serenidad de quien por fin ha encontrado algo que considera más valioso.
«Todo reino dividido contra sí mismo es asolado.» — Mateo 12:25