El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Xipe

A  lo largo de mi vida me había matado muchas veces, pero no había muerto ninguna.

No conocía lo que era el amor, al menos no un amor así.

Conocía la muerte. Conocía la soledad. Conocía la extraña tranquilidad de ser el único hombre capaz de mirar a los ojos a su propio pasado y sonreír mientras lo hacía.

Mi pequeña perla tampoco había conocido el amor. Lo sabía por la forma en la que me miraba. Su alma estaba torcida por el sufrimiento igual que la mía. Pero ella si había sentido, vivido y sufrido más que yo.

Al principio Leah huía.

Cuando la conocí, aquello me desconcertaba.

El impulso de apartar la mirada, de negar una herida, de fingir que algo no existía.

En Los Desollados me habían enseñado lo contrario.

Atravesar. Siempre atravesar. Mi padre decía que la muerte no era lo peor que podía ocurrirle a una persona. Siempre estuve de acuerdo.

Lo peor era vivir sin conocerse.

Lo peor era pasar toda una vida huyendo de uno mismo.

Durante un tiempo pensé que Leah era cobarde por hacerlo.

Nunca había conocido a nadie como ella, por eso me obsesionaba observarla.

Su dolor se podía distinguir a kilómetros.

Nunca entendí del todo por qué nadie de su alrededor se dio cuenta.

Después comprendí que no era cobardía, era algo que yo jamás había tenido la oportunidad de aprender.

Una vida.

Yo nunca fui un niño. No recuerdo jugar. No recuerdo cumpleaños. No recuerdo amigos. No recuerdo una madre peinándome antes de dormir o preguntándome cómo había ido mi día.

Recuerdo sangre. Recuerdo rezos. Recuerdo deber obediencia a algo intangible. Recuerdo historias que me condenaban de por vida. Recuerdo hombres con cuerdas alrededor de la cabeza observándome como si mi existencia fuese una profecía. Recuerdo el olor de la piel quemándose en los incensarios.

Nada más.

A veces observaba a Leah y me preguntaba cuántas cosas invisibles cargaba dentro. Canciones que había escuchado de pequeña. Comidas favoritas. Profesores que había odiado. Amigos cuyos nombres todavía recordaba. Lo quería saber todo de ella. Aprender a vivir a través de ella.

Parecían detalles insignificantes.

Para mí eran misterios.

Yo no tenía ninguno.

Mi historia comenzaba y terminaba aquí.

Leah estaba hecha de miles de cosas.

Yo sólo estaba hecho de Los Desollados.

Y, por primera vez en toda mi vida, empecé a preguntarme si aquello era suficiente. Si realmente yo era suficiente para mi perla.

No era una sensación agradable. Las dudas rara vez lo son.

Se metían debajo de la piel y permanecían allí, removiéndolo todo sin llegar a ofrecer una respuesta.

A veces me sorprendía observando a Leah mientras dormía y la pregunta regresaba.

Otras veces aparecía cuando la escuchaba hablar, drogada en su casa, de cualquier cosa que no tuviera importancia, cuando mencionaba algún recuerdo absurdo de su infancia o una anécdota relacionada con sus padres.

Nunca entendí por qué los seres humanos se aferran tanto a ese tipo de recuerdos.

Leah podía pasarse varios minutos hablando de una comida que le gustaba cuando era niña, de una canción que sonaba constantemente en la radio de su madre o de algún viaje que había hecho años atrás.

Mientras la escuchaba, yo me limitaba a asentir porque sabía que aquello era importante para ella, aunque en realidad no terminaba de comprenderlo.

Después intentaba hacer el ejercicio inverso.

Intentaba recordar algo parecido.

Y no encontraba nada .

Mi infancia estaba formada por grandes espacios vacíos separados por momentos de violencia.

No recordaba cuál había sido mi juguete favorito porque nunca tuve juguetes.

No recordaba haber corrido detrás de otros niños porque jamás hubo otros niños.

No recordaba haber celebrado un cumpleaños, ni haber pedido un deseo, ni haber abierto un regalo, ni haber llorado por una tontería que al día siguiente habría olvidado.

Ni siquiera sabía la fecha exacta de mi cumpleaños.

Toda mi vida había transcurrido entre los mismos muros.

Los mismos sermones.

Los mismos rostros.

Las mismas manos.

Durante mucho tiempo pensé que aquello era normal. ¿Cómo iba a pensar otra cosa? Cuando nací, Los Desollados ya existían. La iglesia ya estaba allí. Las cuerdas alrededor de la cabeza de los hombres ya estaban allí. Las plegarias ya estaban allí. Todo me precedía.

Yo era el extraño añadido a una historia que había comenzado mucho antes de que llegara al mundo.

A veces intento localizar el momento exacto en el que alguien decidió que yo dejaría de ser una persona para convertirme en una idea, pero nunca consigo encontrarlo.

Quizá ocurrió antes incluso de que aprendiera a hablar. Quizá sucedió el mismo día en que nací.

La gente me observaba con una mezcla de respeto y devoción que tardé años en entender.

Cuando era pequeño creía que todos los niños crecían rodeados de adultos que bajaban la voz al dirigirse a ellos.

Creía que todos los niños eran observados constantemente.

Creía que todos los niños escuchaban su propio nombre durante los sermones.

Nunca supe que aquello no era normal.

Leah sí había tenido una vida antes de convertirse en quien era ahora. Había tenido amigos, profesores, vecinos, compañeros de trabajo, amantes, mascotas y recuerdos. Había amado personas. Había discutido con ellas. Había aprendido a decepcionarse.

Yo no.

Todo lo que sabía acerca de las personas lo había aprendido observándolas desde lejos, igual que alguien estudia una especie extinta. Adoraba a mi perla porque estaba viva de una forma que yo jamás había estado.

Leah poseía cientos de recuerdos. Yo habría entregado años enteros de mi vida por uno solo. Por tener una familia. Por tener algo que perder.

Sabía distinguir perfectamente a alguien desesperado cuando lo veía. Leah no solo estaba desesperada, estaba exhausta. Había jugado todas sus cartas y había perdido todas y cada una de las partidas.

Yo nunca tuve nada que jugar, nada por lo que apostar, nada por lo que llorar ni siquiera algo por lo que reír.

No tenía nada. Cuando dejé sola a mi perla en el mundo entendí que ella era todo lo que yo jamás podría ser.

A veces pensaba en ello y me sorprendía una emoción extraña, una emoción tan antigua que ni siquiera sabía ponerle nombre.

No era rabia, ni era tristeza. Era la certeza de saber que existían cosas que jamás recuperaría porque nunca habían llegado a pertenecerme.

Leah había muerto en vida por mi culpa.

Pero yo ni siquiera había estado vivo nunca.

El cometido de mi perla se resumía en tener que atravesar el dolor de la pérdida. A las personas les dolía perder su identidad, cuando se tenía una. Había observado a la gente toda mi vida y estaba seguro de que solo existía un daño irreparable: la corrupción del ser.

Ella era la verdadera perla. La única capaz de conocer al demonio y domesticarlo mientras.

No estaba seguro de cómo iba a ser mi vida a partir de ahora. Nunca planeé nada más allá de conseguir a Leah.

Al conocerme, ella sentía que lo había perdido todo.

Al conocerla, me di cuenta de que lo había ganado todo.

La desconfianza era una pequeña ramificación de la duda.

Sabía que mi perla dudaba de mí, más de lo que dudaba de ella misma.

Descansaba encima del altar, todavía desnuda y con unas pocas heridas al aire.

Se había intentado arrancar la piel mientras repetía una y otra vez que no aguantaba más el dolor.

Tuve que tranquilizarla como hacía en su casa.

La tumbaba en mi regazo y pasaba mis dedos por sus rizos.

Le decía que no existía mal en la Tierra capaz de alcanzarla si su Dios estaba con ella.

Pero ella no sentía dolor, al menos no físico.

Su carne había pasado por el proceso de intoxicación de la semilla del demonio. Ella me llamaba demonio cuando no me entendía. Me gustaba ese nombre. Cuando se daba cuenta de que la tenía domesticada me llamaba Dios, cuando se daba cuenta de que jamás recuperaría su espíritu me llamaba demonio.

No había dejado que nadie la tocara desde que le aumenté la dosis de las esporas. Me había prometido a mí mismo que lo que le pasó a mi madre se quedaría en la puntualidad de un evento que no repercutiría a nadie más.

Nunca he querido matar a Leah, al menos no en el sentido que entienden los demás.

Quería matarla en espíritu porque necesitaba renacer.

Necesitaba coser su sufrimiento en la comisura de los labios mientras la besaba.

Estaba claro que me obsesionaba su dolor, pero todo dolor provenía de la vida.

Del sentimiento de pertenecer a algo o alguien, de la decepción que sentías tras entender que solo se puede salvar a quien quiere ser salvado.

Así que se podría decir que me obsesionaba toda la vida que ella tenía y que a mí me faltaba.

Siempre me había sentido solo. Como si mi cabeza fuera un entorno ajeno a este.

El mundo sin Leah era un mundo callado, demasiado tranquilo.

Me daba miedo quedarme congelado en el tiempo y no volver a ella nunca.

Me daba miedo el vacío que sentía sin ella.

Sin mi perla yo estaba hecho de rencor, confusión y soledad.

Pero ella se había restregado en su propio infierno. Se lo había puesto encima sin saber que yo fui su creador. Mi creación más sofisticada, más somnolienta, más violenta.

Se había despertado y yo todavía podía leer el sueño en sus pestañas. Me miraba con una mezcla de confusión y entendimiento. El castaño de sus ojos parecía más frío de lo normal. Si mi perla fuera un arma ya me habría apuñalado varias veces.

Ojalá recibir la muerte por una mujer como ella.

Cómo la necesitaba.

Dios había sido mi mayor creencia hasta ahora, pero a ella la necesitaba más que a Dios.

—Ni siquiera sé cómo llamarte ya —soltó, y el eco de su voz rebotó en la iglesia.