El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Lo odiaba. Odiaba que me hiciera daño. Odiaba cómo me manipulaba.

Odiaba la calma que encontraba en sus ojos incluso mientras me sujetaba del pelo de aquella manera.

Y aun así, mi cabeza dejó de luchar durante unos segundos mientras él me observaba en silencio.

Xipe deslizó lentamente el pulgar por mi mejilla sin dejar de mantener el tirón en mi pelo.

El gesto habría resultado casi cariñoso de no ser por la posición humillante en la que me tenía atrapada.

—Ya lo sientes, ¿verdad? —murmuró con aquella voz grave y rota que siempre conseguía meterse bajo mi piel—. Tu cuerpo deja de pelear cuando me miras.

Negué con la cabeza de inmediato, o al menos intenté hacerlo, pero sus dedos volvieron a tensarse entre mi pelo antes de que pudiera apartarme.

Una sonrisa lenta apareció en su boca.

Parecía emocionado.

—Llevas toda la vida buscando alguien que te entienda —susurró mientras acercaba todavía más el rostro al mío—. Yo recorrería ciudades, pueblos y capillas abandonadas solo para encontrar el ataúd donde serás enterrada.

Aparté la mirada de él de golpe, incapaz de seguir soportando la intensidad de sus ojos sobre mí. Bajé la cabeza mientras intentaba recuperar el control de mi respiración, notando el pulso martilleándome dentro de las sienes y el temblor recorriéndome los brazos atrapados detrás de la espalda.

No quería seguir mirándolo.

Escuché el sonido metálico de una hebilla.

Mi cuerpo entero se tensó al instante. Levanté la mirada despacio.

Y el aire se quedó atrapado dentro de mis pulmones.

Xipe seguía de pie frente a mí, observándome sin apartar los ojos de mi rostro mientras sus manos descendían lentamente hacia la cintura de sus pantalones negros.

Sus dedos desabrocharon el botón con una tranquilidad obscena, completamente ajeno al silencio denso que había caído sobre toda la iglesia.

La cercanía entre nosotros resultaba asfixiante desde aquella posición. Arrodillada frente a él, atada al poste y obligada a mantener la cabeza inclinada hacia arriba para sostenerle la mirada, la altura de su cuerpo terminaba dejando su pelvis justo frente a mi rostro.

La humillación me golpeó de lleno. Sentí el calor subir violentamente hasta mis mejillas mientras el estómago se me retorcía entre miedo, rabia y algo mucho más confuso que no quería analizar.

—Necesito habitar tus huesos, mi perla.

Xipe inclinó ligeramente la cabeza al escuchar mis quejidos, estudiando mi expresión con aquella calma insoportable que parecía volver todavía más monstruoso todo lo que hacía. Sus nudillos rozaron mi mandíbula de forma lenta antes de obligarme a levantar un poco más el rostro hacia él.

—Mírame, Leah. Me gusta que me mires.

El tono de su voz no fue brusco y eso me congeló. Porque Xipe nunca necesitaba gritar para hacerme sentir atrapada.

Quise apartar la cara. Quise resistirme.

Pero mi cuerpo seguía traicionándome cada vez que él me tocaba, cada vez que sus ojos azules descendían sobre mí con aquella mezcla insoportable de violencia y devoción.

—Resistirte solo hará las cosas más difíciles —pronunció mientras se bajaba el bóxer—. Y no tengo la paciencia para esto ahora mismo.

Aun con mi pelo en tensión alrededor de su mano, consiguió deshacerse de la tela.

Y por primera vez me fijé. La piel cambiaba de textura y de color en varios fragmentos irregulares en el tronco de su erección que reconocí al instante incluso bajo la luz cálida y temblorosa de las velas.

Algunas zonas eran más claras, más tirantes.

Otras conservaban líneas finas y deformadas donde los puntos habían unido la carne.

La cicatrización descendía desde parte baja de su abdomen y continuaba entre sus piernas de una manera imposible de ignorar desde mi posición.

Dios.

Sentí el estómago retorciéndose lentamente mientras seguía mirando sin poder apartar los ojos.

Recordaba perfectamente el estado en el que había llegado al hospital.

La piel destruida. Las vendas cubriéndole media cadera.

Las horas dentro del quirófano mientras intentaban salvar partes de su cuerpo que el fuego había querido arrancarle.

Pero nunca había pensado realmente en aquello.

Nunca me había detenido a imaginar qué zonas concretas habían tenido que reconstruir.

Y verlo ahora, tan cerca de mi rostro, despertó dentro de mí una mezcla de emociones tan incómoda que me hizo sentir rabia hacia mí misma.

Pero había algo muchísimo peor enterrado debajo: humanidad.

La prueba brutal de que Xipe también había sido un hombre roto sobre una camilla. Un cuerpo abierto bajo las luces de quirófano mientras varias personas intentaban reconstruirlo pieza por pieza para que pudiera seguir existiendo.

La imagen del monstruo que me tenía arrodillada frente a toda una iglesia se mezcló violentamente con la del paciente medio muerto que había aparecido en urgencias. Y mi cabeza no sabía qué versión de él me estaba destruyendo más.

Sentí calor subiéndome lentamente por el cuello cuando comprendí la intimidad brutal de aquella escena.

Aquellas cicatrices no parecían algo que Xipe enseñara al mundo.

Había una vulnerabilidad enfermiza escondida en ellas, algo profundamente privado que ahora estaba justo delante de mí mientras él seguía observando cada reacción de mi cara sin perder detalle.

No había vergüenza en sus ojos.

Ni inseguridad.

Xipe quería que lo viera.

Quería obligarme a mirar exactamente lo que habían hecho con su cuerpo.

Sus dedos volvieron a enterrarse en mi pelo antes de inclinarse ligeramente hacia mí. El movimiento hizo que mi respiración se quebrara otra vez mientras el azul de sus ojos descendía lentamente sobre mi rostro.

—Así que trágatela, mi perla —dijo, dibujando una sonrisa—. Tienes trabajo que hacer.