El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 42 #3
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Capítulo 42 #3

Había algo hipnótico en él cuando se acercaba demasiado.

Algo que hacía que mi cerebro empezara a dividirse en dos partes completamente opuestas.

Una quería gritarle, arañarlo y huir de aquella iglesia aunque tuviera que arrastrarme sin piel para conseguirlo.

La otra… la otra seguía encontrando refugio en aquella presencia oscura que parecía comprender exactamente todas las partes podridas de mí que el resto del mundo nunca había querido mirar.

Por instinto, desvarío o enajenación mental, abrí la boca.

Él apoyó la punta entre mis labios y meció las caderas adelante y hacia atrás con un autocontrol terrorífico.

La sentí húmeda, mojando mi labio inferior con lo que supuse que eran gotitas preseminales.

Ahuequé las mejillas y cerré los labios a su alrededor.

El dolor de mis heridas abiertas me estaba distrayendo, y darme cuenta de que si Xipe quisiera ahogarme, lo podría hacer sin problema, me acarició el corazón.

En ese momento sentí que podía dejar mi vida en sus manos porque él había dejado la suya en las mías. Entendí que mi demonio no quería matarme, quería conservarme. Jugar conmigo, entretenerse, ahogar la soledad que le inundaba el corazón con mis manos y mi pelo.

Yo estaba dispuesta a dárselo todo a mi Dios.

Estaba dispuesta a querer su maldad como él había cuidado de la mía. Me di cuenta de que le quería aunque ese sentimiento me desgarrara en dos, usaría mi sangre como tinta para transformar mi muerte en su obra de arte.

Lamí sus cicatrices con deseo, mirándole a los ojos cada vez que mi cuello se inclinaba hacia un lado para poder llegar mejor. Xipe descendió la mirada hacia mi boca y una sonrisa torcida apareció lentamente en sus labios.

—Mi blanca perla… —murmuró con aquella calma oscura que siempre conseguía abrirme el pecho—. Ya no sabes si me temes o si quieres quedarte conmigo.

Con un rápido movimiento de cadera, se hundió más en mi boca. Así es como se debe de sentir entrar en el último círculo del infierno.

Deslizó su mano hacia mi cuello y lo apretó a ambos lados con tanta fuerza que mi vista se empezó a nublar. Me estaba ahogando con su polla y con su mano a la vez.

—En otras circunstancias me encantaría tenerte a cuatro patas encima del altar —En su tono de voz no había ningún tipo de falsedad—. Te la metería por todos tus agujeros, sin orden ni preferencia.

Mi demonio siempre estaba dispuesto a cumplir con su palabra. Me iba a devorar viva y todavía se masturbaría con mis huesos.

Acabará conmigo cualquier noche.

Me hará pedazos y yo le daré las gracias después.

Aproveché un pequeño instante en el que aflojó el agarre para separarme y conseguir un poco de aire. De mis pestañas empezaban a nacer algunas lágrimas. Seguro que también tenía los ojos rojos.

—¿Quieres que te susurre cosas bonitas al oído, mi perla? — preguntó—. Te podría tapar los ojos con una mano mientras te follo la boca para distraerte del dolor.

De mi garganta solo salían unos ruidos entrecortados que sonaban más animales que humanos. Si seguía luchando contra él, Xipe se limitaría a hacer de mi supervivencia un juego. No importaba cuánto intentaba separarme o escapar, mi demonio siempre estaría ahí.

Sin soltarme del pelo, me cogió la mandíbula con la otra mano y me obligó a abrirla lo máximo posible.

La metió hasta el fondo. Hasta que cualquier intento por respirar hacía que me ardieran los ojos.

Intenté escupir, porque me estaba ahogando con mi propia saliva pero la volvió a meter, dejándola ahí, asfixiándome hasta que mi garganta no pudo más.

Tenía los ojos llenos de lágrimas que ya corrían por mis mejillas y seguro que me había puesto roja por la falta de oxígeno. La sacó de pronto para que pudiera deleitarme con una mínima bocanada de aire, pero ni siquiera pude respirar de verdad, porque la vuelve a meter con fuerza.

La saliva y el líquido preseminal empezaron a gotear desde mi barbilla, cayendo por los arañazos de mi torso y provocando que estos me escocieran hasta morir.

Xipe seguía embistiéndome la boca una y otra vez, usando mis labios, entrando y saliendo de mí como si hubiera estado esperándolo desde hace tiempo.

—Te daría un respiro, pero… —dijo, volviendo a ocupar toda mi garganta. No pude por menos que cerrar los ojos de golpe e intentar echar el cuello hacia atrás para separarme—. Dios, estás tan guapa cuando parece que te vas a morir, Leah.

Cuando ya había asumido que esto no terminaría nunca, la sacó de golpe.

Usó sus dos manos para masturbarse mientras no me quitaba ojo.

El líquido blanquecino salió disparado hacia mi pecho, adornándome el cuello entre las clavículas y el esternón.

Las gotitas de semen parecían que trazaban hilos en mi piel.

Algunas se resbalaron, haciendo que mis heridas gritaran de dolor y escozor.

Xipe no apartó la mirada de su nueva obra de arte. Tenía el rostro inexpresivo, pero no tardó en soltar una risita. Por primera vez desde que le conocí, le brillaban los ojos.

Era una luz latente, infecciosa, seguramente purulenta.

—El color blanco de tu propio collar de perlas.

«Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga.» — Isaías 1:6