Capítulo 42
Leah
E l dolor me arrancó del sueño de una forma tan brutal que durante unos segundos no entendí si seguía viva o si aquello era exactamente lo que esperaba al otro lado de la muerte.
La cabeza me colgaba hacia delante, pesada, incapaz de sostenerse recta.
Intenté mover los brazos pero el dolor me atravesó tan rápido que el grito murió atrapado entre mis dientes.
Tardé varios segundos en comprender la postura en la que estaba.
Estaba arrodillada. Mis manos permanecían atadas detrás de la espalda alrededor de un enorme poste de madera oscura clavado en mitad de la iglesia, justo frente al altar.
Unas cuerdas rodeaban también mi cintura, obligándome a mantener la espalda erguida incluso cuando el cuerpo entero parecía desplomarse hacia delante por su propio peso.
Me di cuenta de que las cuerdas pesaban demasiado. La humedad las había vuelto más densas, más rígidas, y cada fibra permanecía adherida a mi piel con una presión inamovible.
El aire entero estaba impregnado de aquel aroma áspero de la sal que se mezclaba con la sangre seca y el incienso.
La salmuera empapaba las cuerdas y descendía lentamente hasta las heridas de mis muñecas, filtrándose dentro de la piel desgarrada con un escozor ardiente que me hizo tensar el cuerpo entero contra el poste.
Dios.
Cada mínimo movimiento arrastraba el escozor directamente dentro de la carne viva.
Notaba la piel levantada bajo las cuerdas después de tantas horas inmovilizada, rota en capas irregulares que seguían húmedas debajo de la sal.
El simple acto de tensar los dedos provocó una punzada tan intensa que mi cuerpo entero se estremeció contra el poste.
La respiración empezó a descontrolarse poco a poco.
Bajé la mirada hacia mi abdomen.
Tenía el vientre cubierto de arañazos ensangrentados.
Eran surcos torcidos, desesperados, algunos recientes, otros abiertos una y otra vez hasta convertir la piel en una mezcla roja e hinchada que descendía desde el hueco donde estaba mi ombligo hasta perderse entre mis muslos.
Tenía mi ombligo, tenía el cuerpo intacto excepto por los arañazos y las muñecas en carne viva.
Intenté recordar algo, pero mi cabeza era una masa espesa y deformada donde las imágenes aparecían mezcladas unas con otras.
Recordaba haber sentido cosas moviéndose bajo mi piel.
Recordaba el vientre latiéndome de forma antinatural.
Recordaba haber intentado sacarme algo del cuerpo mientras las voces de Los Desollados rezaban alrededor de mí.
Pero no sabía hasta qué punto había sido real.
El pánico empezó a crecer lentamente dentro de mi pecho cuando volví a sentir aquella sensación debajo de las costillas.
Algo seguía moviéndose.
Las cuerdas tiraron violentamente de mis brazos hacia atrás.
La sal penetró otra vez dentro de las heridas abiertas de mis muñecas y un grito desgarrado escapó de mi garganta mientras el dolor me arqueaba el cuerpo entero contra el poste.
El eco rebotó por toda la iglesia.
Los Desollados permanecían sentados en los bancos, completamente inmóviles bajo la luz temblorosa de las velas. Las cuerdas enrolladas alrededor de sus cabezas ocultaban parte de sus rostros y ninguno apartaba los ojos de mí.
No hablaban.
No se acercaban.
Solo observaban.
El sonido de sus pasos empezó a extenderse por la iglesia con una lentitud insoportable, golpeando la piedra húmeda del suelo mientras el eco se arrastraba entre las columnas y las velas.
Ninguno de Los Desollados levantó la cabeza.
Permanecían inmóviles en los bancos, inclinados hacia delante en una reverencia silenciosa mientras él avanzaba por el pasillo central del templo.
Xipe caminaba con la tranquilidad obscena de alguien que jamás había tenido que temerle a nada.
Llevaba los pantalones negros de siempre, hundidos sobre las caderas, manchados en zonas oscuras que no quise identificar. Iba descalzo y sin camiseta, dejando que la luz temblorosa de las velas recorriera su cuerpo lentamente, revelando cada cicatriz enterrada bajo la piel.
Dios.
Había algo profundamente antinatural en él.
Algo que hacía imposible mirarlo demasiado tiempo sin sentir que el cuerpo reaccionaba antes que la cabeza.
Las sombras se acumulaban sobre sus hombros y descendían por su torso marcado, deteniéndose en las líneas duras de su abdomen y en las cicatrices antiguas que cruzaban su piel de forma irregular.
Algunas parecían finas grietas blanquecinas.
Otras tenían la forma deformada de heridas que nunca llegaron a cerrarse bien.
Su tatuaje oscuro se deslizaba por su antebrazo con una violencia silenciosa que encajaba demasiado bien con su presencia.
El pelo negro le caía húmedo hasta los hombros, desordenado, rodeándole el rostro de una forma salvaje que endurecía todavía más sus facciones angulosas.
La mandíbula afilada. Los pómulos marcados.
Los labios carnosos entreabiertos mientras respiraba despacio, dejando que el incienso y la sangre llenaran sus pulmones con absoluta calma.
Pero nada resultaba tan insoportable como sus ojos.
Aquel azul era demasiado claro para pertenecer a alguien humano.
No transmitía calidez. No transmitía ternura. Había sobrevivido a demasiada violencia para contener algo parecido a eso. Su mirada tenía la profundidad helada de una tormenta que lleva años formándose antes de arrasar con todo.
El demonio había aprendido a tener un rostro hermoso.
Y por eso daba todavía más miedo.
Mi respiración empezó a romperse dentro de mi pecho cuando se detuvo frente a mí.
Intenté echar el cuerpo hacia atrás por puro instinto, pero las cuerdas tiraron violentamente de mis brazos, clavando otra vez la sal dentro de las heridas abiertas de mis muñecas.
El dolor me atravesó tan rápido que tuve que apretar los dientes para no gritar.
Descendió lentamente la mirada hacia mi abdomen destrozado mientras el silencio de toda la iglesia parecía cerrarse alrededor de nosotros. Observó los arañazos abiertos con una atención casi íntima, recorriendo cada herida con los ojos mientras su respiración permanecía completamente estable.
Sonrió, y la expresión nació despacio en su boca, torcida y oscura, cargada de algo mucho peor que satisfacción. Entendí que aquello era exactamente lo que quería ver.
—Mi pequeña perla —murmuró finalmente, dejando que su voz grave se extendiera por la iglesia—. Has intentado arrancarte la verdad con las manos.
El pánico volvió a abrirse paso dentro de mí de forma inmediata.
Bajo mis costillas seguía sintiéndose.
Ese movimiento.
Lento.
Retorciéndose bajo la carne.
Mi cuerpo entero se tensó contra el poste mientras negaba con la cabeza sin darme cuenta.
—Me estáis matando.
La afirmación salió rota, arrastrándose entre mi respiración descontrolada.
Xipe levantó los ojos hacia mí otra vez.
Me estaba mirando igual que un creyente mira a aquello que lleva toda la vida esperando encontrar.
—La muerte requiere un acto de redención, mi perla —dijo mientras me acariciaba la cabeza—. Y a ninguno de los dos nos han tratado bien cuando nos hemos rendido.
No fui capaz de apartarme a tiempo.
Sus dedos se hundieron en mi pelo de golpe y el tirón me arrancó un gemido ahogado cuando mi cabeza fue arrastrada violentamente hacia atrás.
El cuello se me tensó al instante, obligándome a arquear la espalda contra el poste mientras las cuerdas volvían a clavarse dentro de las heridas abiertas.
La sal penetró otra vez en la carne desgarrada y un dolor abrasador me atravesó, haciéndome temblar contra la madera.
Pero él no aflojó. Mantuvo mi cabeza inclinada hacia él con una firmeza cruel, obligándome a sostenerle la mirada mientras mi respiración empezaba a romperse dentro de mi pecho.
Y aun así, algo dentro de mí comenzó a cambiar.
Fue lento.
Tan lento que al principio pensé que estaba perdiendo la cabeza otra vez.
Cuanto más lo miraba, más se apagaba el ruido.
Los murmullos de Los Desollados empezaron a alejarse poco a poco.
El escozor de las cuerdas, la presión en mis muñecas y el temblor descontrolado de mi cuerpo comenzaron a difuminarse detrás de otra sensación mucho más extraña.
Una calma pesada y profunda empezó a extenderse lentamente por mi pecho mientras permanecía atrapada dentro de aquellos ojos imposibles.
Y eso me aterrorizó todavía más.
Porque Xipe no me estaba mirando con odio.
Ni siquiera me estaba mirando con simple deseo.
Había algo mucho más oscuro enterrado en su expresión. Algo tan intenso y tan íntimo que hacía que mi cuerpo reaccionara antes de que mi cabeza pudiera defenderse.
Entendimiento.
Una complicidad monstruosa.
Me observaba igual que alguien contempla aquello que lleva toda una vida buscando entre ruinas.
Sentí un nudo horrible cerrándose alrededor de mi garganta cuando comprendí que una parte de mí entendía perfectamente aquella mirada.
La entendía demasiado.
Cuanto más me fijaba en él, más familiar se volvía su presencia.
La dureza de sus facciones angulosas, el pelo oscuro cayéndole sobre los hombros, sus labios entreabiertos mientras respiraba despacio frente a mí y aquella violencia tranquila que parecía envolver todo lo que hacía empezaron a despertarme una sensación imposible de explicar.
Hogar.
No un hogar cálido.
No un hogar seguro.
Algo mucho peor.
El tipo de lugar al que alguien regresa aun sabiendo que terminará destruyéndolo.
Mi respiración tembló al darme cuenta de ello.
Porque mi cuerpo seguía queriendo escapar de él mientras otra parte de mí, mucho más rota y mucho más cansada, empezaba a relajarse cada vez que lo tenía cerca.
Aquella dualidad me estaba partiendo por dentro.