Capítulo 41
Leah
E n realidad nunca me gustaron las pastillas. Ni mucho menos el efecto que tenían en la gente. Pero una vez entre somnolencia y mareo, olvidé lo destrozado que tenía el corazón.
«Sabes de todo un poco y vas al cine, sabes de todo mucho y te suicidas.»
Una noche pensé que todas las pérdidas son colectivas.
Y que, si no lo eran, entonces estábamos realmente jodidos.
Si no podía reponerme yo sola en el dolor, lo mínimo que podía hacer era reconocer que no era la única ahí fuera pasándolo mal.
Al día siguiente, me prometí dormir tan pero tan profundamente que me aseguraría de que a los demás se les cayeran lágrimas de desesperación por querer despertarme.
El velo entre el amor y el odio era terriblemente fino. Ambas emociones estaban construidas bajo pasión, y yo estaba lista para recibir cualquiera de las dos.
Me había sentado junto a mi ira el tiempo suficiente como para que me confesara que su verdadero nombre era tristeza.
Yo no estaba enfadada, nunca lo había estado.
Mi ira era mía pero no me pertenecía. Estaba triste.
Nunca se me había dado bien estar triste, así que me enfadaba.
Pero los sentimientos eran traicioneros y peligrosos. La tristeza empezó a mutar en terror.
Me di cuenta de que no estaba enfadada ni triste.
Estaba aterrorizada.
Las criaturas aterrorizadas eran violentas.
Me obsesioné con lo grotesco porque me hizo pensar que, si yo amaba lo putrefacto, alguien podría amarme. Si yo veía belleza en lo podrido alguien vería belleza en mí.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
El dolor me arrancó del sueño como si alguien acabara de hundirme un hierro ardiendo detrás de los ojos.
Mi cuerpo se incorporó de golpe sobre el altar antes de desplomarse otra vez contra la piedra helada mientras una arcada seca me doblaba el estómago.
Sentía el cráneo latiéndome de una forma antinatural, parecía que algo estuviera creciendo dentro de mi cabeza y empujara desesperadamente por salir.
El aire de la iglesia olía a incienso húmedo, sangre oxidada y carne abierta.
Sentí dedos dentro de mi boca.
Un grito murió inmediatamente en mi garganta.
Abrí los ojos de golpe.
Los Desollados me rodeaban.
Vestidos con túnicas moradas y cuerdas enrolladas alrededor de sus cabezas.
Y de pronto solo vi manos.
Demasiadas manos.
Una de aquellas figuras tenía los dedos hundidos entre mis labios, obligándome a abrir más la mandíbula mientras otra me sujetaba el cuello contra el altar.
Noté las uñas clavándose bajo mi piel con una presión insoportable.
Intenté apartarme, pero alguien me agarró violentamente de las piernas y me arrastró varios centímetros sobre la piedra.
La fricción me abrió la piel de la espalda y un gemido desgarrado salió de mi garganta.
Los Desollados respiraban como animales.
Uno de los hombres apoyó la cabeza sobre mi abdomen desnudo y empezó a inhalar profundamente mi olor mientras otro deslizaba algo afilado por mi muslo.
Sentí la punta marcándome la piel primero.
Se sintió como el susurro de un viento helado.
El dolor explotó dentro de mi pierna cuando la hoja se hundió lentamente en mi carne, abriéndome el muslo con una lentitud enfermiza.
El calor de la sangre empezó a descender inmediatamente hacia mi cadera mientras yo gritaba hasta quedarme sin aire.
—Por favor… por favor…
Otro de ellos me agarró la mano marcada.
La del símbolo.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
Vi cómo enterraba lentamente los dedos dentro de la herida todavía fresca y el dolor me arqueó la espalda de forma tan violenta que terminé llorando a gritos. Sentía cómo separaba la piel desde dentro. Cómo la sangre le empapaba las manos mientras presionaba deliberadamente dentro del corte.
—La perla todavía está podrida —susurró alguien cerca de mi oído—. Ábrela más.
Algo caliente cayó sobre mi pecho.
Miré hacia abajo entre lágrimas.
Uno de ellos acababa de escupirme sangre encima.
Después hundió la boca contra mi clavícula y mordió. Un grito atravesó completamente mi garganta cuando sentí los dientes perforándome la piel. Tiró de la carne igual que un animal desgarra los tendones de su presa.
Provocó un sonido húmedo que me revolvió el estómago.
Sentía su saliva mezclándose con mi sangre, sentía algo descendiendo lentamente entre mis costillas.
Otro hombre me sujetó la cabeza hacia atrás de golpe.
Y pude ver a Xipe.
Estaba de pie frente al altar observándolo todo.
La sangre seguía cayéndole lentamente por el cuello desde el corte de la cuchilla, empapándole parte del pecho. Pero sonreía.
Dios.
—Mírala —murmuró acercándose lentamente—. Mi pequeña perla finalmente está abriéndose.
Negué con la cabeza entre sollozos.
—Xipe… Xipe, por Dios…
Xipe apoyó una mano contra mi mejilla empapada de lágrimas.
—¿Qué Dios, mi perla?
Sus dedos descendieron lentamente hasta mi garganta mientras los otros seguían sujetándome.
—Eres tan suave y yo tan brusco… precisamente por eso encajamos.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
Uno de Los Desollados levantó una aguja enorme.
No.
No era una aguja.
Parecía una especie de clavo oxidado.
Lo apoyó justo sobre el símbolo grabado en el dorso de mi mano. Y empezó a hundirlo despacio.
Sentí cómo atravesaba piel.
Superando la piel, llegó a la carne y a los nervios.
Vi sangre brotando alrededor del metal mientras el hombre seguía clavándolo lentamente hasta atravesarme completamente la mano.
Después empezó a girarlo.
El clavo seguía atravesándome la mano cuando entendí que no querían matarme.
Querían aprovecharme.
Consumirme poco a poco hasta convertirme en su diosa.
Las figuras rodeaban el altar mientras la sangre descendía lentamente desde mis heridas y formaba pequeños riachuelos oscuros sobre la piedra. El olor metálico era tan intenso que podía saborearlo cada vez que abría la boca para gritar.
Uno de ellos volvió a hundir los dedos dentro del corte de mi muslo.
Y esta vez llegó más profundo. Sentí cómo las uñas atravesaban la capa caliente bajo la piel y empezaban a despegar algo desde dentro de mi cuerpo.
El dolor hizo que me arqueara violentamente sobre el altar mientras un chillido desgarrado escapaba de mi garganta.
—¡No, no, no, no…!
El Desollado tiró lentamente.
La sensación fue insoportable.
Noté cómo algo se separaba, algo adherido todavía a fibras de carne y pequeños hilos rojos que se estiraban húmedos antes de romperse uno a uno con diminutos chasquidos viscosos.
El hombre levantó la mano.
Y vi el pedazo de grasa arrancado de debajo de mi piel.
Amarillento.
Brillante.
Cubierto de sangre fresca.
Todavía temblando ligeramente entre sus dedos.
Vomité a un lado.
Las arcadas me hicieron convulsionar entera mientras el dolor seguía latiéndome dentro de la cintura como si me hubieran metido brasas encendidas debajo de la carne.
El trozo fue envuelto en una tela aterciopelada oscura.
Uno de Los Desollados removió el contenido lentamente con los dedos.
Había más dentro.
Muchos más pedazos.
Algunos tenían pequeños restos de piel adheridos.
Otros estaban cubiertos de sangre coagulada.
El olor a grasa caliente y carne abierta me revolvió el estómago otra vez.
—Todavía no ardería suficiente —susurró una voz grave—. La perla necesita vaciarse más.
Negué con la cabeza entre sollozos violentos.
—Por favor…
Pero de nada sirvió. El hombre abrió mi pierna lentamente desde la parte alta del muslo hasta casi la rodilla.
El sonido húmedo de la piel separándose me hizo gritar hasta quedarme sin aire mientras veía la herida abrirse delante de mis ojos.
Noté los dedos hundiéndose debajo de mi piel caliente.
Separándola del músculo con movimientos lentos y brutales.
Tirando hacia arriba mientras pequeños hilos de sangre se rompían entre su mano y mi cuerpo.
El dolor ya no parecía de este mundo.
Era demasiado.
Demasiado grande.
Me revolvía cómo me despegaban partes del cuerpo estando todavía viva.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
—¡PARAD! —chillé completamente rota—. ¡Por favor, por favor, por favor…!
Uno de ellos sujetó mi mandíbula obligándome a mirar.
Eso fue lo peor.
Verlo.
El Desollado hundió las manos directamente dentro de la tela. Y empezó a aplastar los pedazos. La grasa se deformaba entre sus dedos con un sonido viscoso mientras la sangre le descendía por las muñecas.
—Las velas de una perla duran semanas enteras —susurró—. Huelen dulce cuando arden.
Gritando entendí que querían iluminar aquella iglesia conmigo. Que trabajarían la propia grasa de mi cuerpo para hacer las mismas velas que acompañaban el altar. Querían convertirme en algo que siguiera consumiéndose incluso después de vaciarme viva.
—Está perdiendo demasiada sangre —escuché decir a Xipe cerca del altar—. Cosedla.
Pero uno de Los Desollados levantó lentamente la cabeza.
—Todavía no, señor —sus ojos descendieron hacia mi abdomen ensangrentado—. Primero debemos conservar el círculo.
Sentí el miedo atravesándome de una forma completamente distinta.
—¿Qué…? —ni yo misma reconocía mi voz.
El hombre llevó entonces una mano bajo la túnica y sacó algo que colgaba de su cuello.
Un rosario.
No.
Dios.
No era un rosario normal.
Las cuentas eran pequeños fragmentos de cordones umbilicales endurecidos y ennegrecidos por el tiempo, cuidadosamente sellados con hilo blanco y pequeñas piezas de hueso.
Algunos todavía conservaban restos oscuros adheridos a la superficie seca y retorcida.
Colgaban unos contra otros balanceándose lentamente mientras el hombre lo sostenía frente a mí.
El olor a humedad vieja y carne conservada me revolvió el estómago y casi vomité de nuevo.
Mis ojos descendieron automáticamente hasta la última cuenta. Estaba vacía. Solo quedaba el hilo esperando algo que todavía no habían colocado.
—No… —susurré enseguida.
El hombre acarició lentamente el espacio vacío del rosario con los dedos manchados de sangre.
—La verdadera perla necesita ocupar el centro del círculo.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
—No, no, no…
Intenté incorporarme del altar inmediatamente, pero varias manos me aplastaron otra vez contra la piedra. Los Desollados hundieron sus dedos en mis heridas para debilitarme aún más.
El dolor me hizo chillar.
—¡NO!
La cuchilla apareció sobre mi abdomen.
Sentí la punta fría rodeando lentamente mi ombligo mientras el hombre comenzaba a marcar la piel alrededor con pequeños movimientos circulares. Como si estuviera dibujándolo antes de arrancarlo.
—La perla debe entregar el primer vínculo que la alimentó —murmuró una voz cerca de mí—. Solo así podrá renacer como completamente nuestra.
Negué con la cabeza entre sollozos violentos.
—Por favor… por favor, no…
La hoja se hundió y un grito desgarrador salió de mí inmediatamente.
Sentí cómo la cuchilla separaba la carne alrededor de mi ombligo con una lentitud insoportable.
No era un corte limpio, siempre trabajaban despacio para despegar la piel poco a poco mientras la sangre comenzaba a desbordarse caliente sobre mi vientre.
Podía sentir literalmente cómo tiraban de esa parte de mi cuerpo.
Cómo pequeños hilos de carne seguían unidos antes de romperse uno a uno.
Mis piernas empezaron a convulsionarse debajo de ellos.
—¡PARAD! ¡PARAD!
Uno de Los Desollados me obligó a mirar. Eso fue lo peor, ver cómo levantaban lentamente el pequeño círculo ensangrentado arrancado de mi abdomen mientras la sangre descendía desde el hueco abierto que había dejado.
Mi ombligo.
Dios.
Era mi ombligo.
Todavía cubierto de sangre fresca.
El hombre lo sostuvo entre los dedos con auténtica devoción antes de atravesarlo cuidadosamente con el hilo blanco del rosario.
Después lo deslizó lentamente hasta el centro.
La última cuenta.
La cuenta de la verdadera perla.
El rosario entero se balanceó suavemente delante de mis ojos mientras la sangre seguía cayendo desde mi cuerpo abierto sobre el altar.
Yazco en su nombre,
como oveja perdida que se postra ante las manos de Dios.
No quiero amarle si no está junto a mí,
quiero adorarle aunque me sea difícil de digerir.
Los Desollados repetían y repetían esas palabras. Estaban encima de mí, sonaban en mis lamentos y en mis súplicas. Las pronunciaban en vida y muerte, en mi espíritu consumido y en la sangre coagulada que dejaba mi cuerpo.
Lloré la pérdida, lloré siempre. Lloré por lo que pudo haber sido, por lo que nunca será, por aquello que no pude salvar.
Todos mis pecados han sido intentos de llenar mis vacíos.
Antes de aceptar mi muerte, susurré:
—Perdónalos, Dios, porque yo no lo haré.
«Mi dolor está siempre delante de mí.» — Salmo 38:17