Capítulo 39
Xipe
N o había sido creado para domesticar el placer, sino para habitarlo con una benevolencia tan absoluta que cada mirada, cada roce y cada respiración fueran capaces de deformar la realidad de mi perla.
Mi existencia no buscaba contener su deseo, buscaba corromperlo, volverlo tan intenso que nada después pudiera sentirse igual.
La pregunta de Leah me había atravesado más profundamente de lo que estaba dispuesto a admitir. Porque ya no me estaba mirando igual. Y yo conocía demasiado bien esa mirada. La había visto antes en hombres dispuestos a arrancarse la piel por fe.
—Mi perla, debes saber que las personas físicamente se ven como el pecado al que representan —respondí, mientras deslizaba una mano dentro de mi bolsillo —. Tú representas todos y cada uno de ellos.
El humo del incienso seguía ascendiendo lentamente hacia la enorme cúpula mientras las velas deformaban las sombras sobre las paredes de piedra.
Y aun así, lo único que yo veía era a ella.
Sus labios agrietados.
La respiración martilleando sus costillas.
Y unos ojos clavados en mí con una mezcla de anticipación, agotamiento y algo mucho más peligroso.
Aceptación.
Este era el momento exacto en que su espíritu atormentado dejaba de luchar contra su propio sufrimiento y empezaba a contemplarlo con curiosidad.
Saqué una pequeña caja negra que dejé sobre el altar.
El golpe seco resonó bajo la enorme cúpula mientras las velas seguían deformando las sombras de la iglesia sobre la piedra húmeda.
Mi perla siguió el movimiento con la mirada sin pestañear.
Después saqué la cuchilla. Noté el leve cambio en su respiración al verla aparecer entre mis dedos.
Abrí la caja lentamente, revelando varias hojas alineadas con un orden enfermizo en el interior, y cambié el recambio con movimientos tranquilos y precisos.
—Cada uno de nosotros lleva nuestro emblema marcado en la piel —expliqué sin apartar la vista de la hoja nueva—. Algunos lo esconden cerca del corazón. Otros en los muslos. Otros prefieren cargarlo en lugares imposibles de ocultar.
Encajé finalmente la cuchilla y levanté la mirada hacia ella.
—El lugar nunca ha importado realmente. Lo único importante es entender lo que significa.
Leah tragó saliva antes de hablar.
—¿Y qué significa?
Deslicé el pulgar sobre el filo.
—Que aunque nos apuñalemos el uno al otro, nos arrastraremos juntos hacia nuestra tumba.
La luz morada de las vidrieras atravesaba parcialmente la piel de Leah, tiñéndola de un color antinatural que hacía que pareciera todavía más irreal frente a todos aquellos hombres.
—Todos sangramos por la fe que hemos elegido cargar.
Ella seguía observando cada movimiento mío con una atención peligrosa, agotada y devota al mismo tiempo.
Entonces sonreí.
—He esperado a mi perla para hacerlo.
Vi el instante exacto en que comprendió mis palabras. Su respiración se quebró ligeramente y sus ojos descendieron hacia la cuchilla antes de volver a buscarme.
—Quieres que lo hagamos juntos.
No respondí en ese momento. Tomé otra hoja del interior de la caja y preparé una segunda cuchilla con la misma serenidad.
Después se la tendí. Leah dudó unos segundos antes de cogerla.
Sus dedos rozaron los míos y sentí el temblor recorriéndole la mano pese al esfuerzo evidente que hacía por mantenerse firme.
Entonces señalé uno de los enormes muros laterales de la iglesia. El emblema de Los Desollados descansaba allí, grabado sobre la piedra con una sustancia oscura que el tiempo había secado hasta volverla casi negra. Sangre seca, siempre supuse. Ya estaba aquí cuando yo nací.
Leah lo observó en silencio.
—¿Dónde? —preguntó finalmente.
Bajé lentamente la mirada hacia mis propias manos.
—Aquí.
Le mostré el dorso de una.
Las manos eran lo primero que ofrecíamos al mundo. Lo primero que tocaba, destruía, sostenía o abandonaba. También eran lo primero que sangraba cuando alguien decidía entregarse de verdad.
Vi cómo apoyaba la cuchilla sobre el dorso de su mano mientras yo hacía lo mismo con la mía. Durante unos segundos permanecimos inmóviles frente al altar, ella sentada y yo de pie. Respirando el mismo aire cargado de incienso, sangre vieja y humedad.
Después, el filo atravesó mi piel con un ardor familiar que ascendió inmediatamente por la mano y el antebrazo mientras trazaba la primera línea del símbolo. A mi lado, Leah inhaló bruscamente al abrir su propia piel. El dolor deformó su respiración durante un instante, pero no se detuvo.
Ninguno de los dos lo hizo.
La sangre empezó a deslizarse lentamente por nuestras manos mientras el emblema iba tomando forma sobre la piel, imperfecto, rojo y brillante bajo la luz púrpura de las vidrieras.
Leah temblaba, pero seguía moviendo la cuchilla con una determinación que me hizo sentir algo oscuro y peligroso oprimiéndome el pecho.
Mi perla estaba entrando voluntariamente dentro del dolor conmigo, y por primera vez en mi vida, comprendí que la devoción podía sentirse mucho más cerca del hambre que de la fe.
La observé bajar ligeramente la cabeza para continuar el siguiente trazo del símbolo.
Sus rizos caían desordenados alrededor de su rostro mientras la cuchilla avanzaba sobre el dorso de su mano con movimientos lentos y todavía inseguros.
La sangre descendía por sus nudillos en pequeños hilos oscuros que terminaban cayendo sobre la piedra del altar.
Algunas gotas resbalaban hasta mezclarse con las mías, formando manchas rojizas entre ambos cuerpos mientras el olor metálico empezaba a imponerse sobre el incienso.
Mi perla permanecía sentada frente a mí, con las piernas colgando desde el borde del altar y el pecho subiendo y bajando lentamente después del esfuerzo.
Parte de su cabello caía desordenado sobre sus pechos desnudos, ocultándolos parcialmente, mientras la luz morada de las vidrieras teñía su piel de un color casi irreal.
Tenía los labios pálidos, entreabiertos por la respiración agitada, y la mano todavía temblaba ligeramente alrededor de la cuchilla ensangrentada.
Parecía agotada.
—¿Por qué nos miran, Xipe?
La pregunta me descolocó. Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Quién nos mira?
Mi perla levantó lentamente la vista y observó la iglesia a su alrededor.
El sudor le humedecía la frente y el pecho le subía y bajaba con una respiración cada vez más irregular.
Seguía sosteniendo la cuchilla entre los dedos mientras recorría las sombras de las columnas con la mirada, inquieta, confundida.
Después se llevó dos dedos ensangrentados a los labios, rozándolos despacio, igual que si necesitara comprobar que todavía seguía allí. Que seguía siendo real.
—Ellos… —susurró—. Los Desollados. Están por todas partes.
Sentí un escalofrío recorriéndome lentamente la espalda.
Miré alrededor de la iglesia.
Cuando lo confirmé, volví a mirarla.
Sus pupilas estaban ligeramente dilatadas y la mano marcada con el emblema seguía temblándole sobre su regazo.
—Mi perla… —murmuré con cuidado—. No sé de qué me hablas. Estamos completamente solos.
El color abandonó lentamente su rostro.
—¿Qué?
Sus ojos volvieron a recorrer la iglesia con rapidez, esta vez de forma más desesperada. Las sombras temblaban sobre los muros de piedra mientras la respiración empezaba a rompérsele dentro del pecho.
—Leah, un día me hiciste prometer que te hiciera recordar —dije, mientras colocaba su cuerpecito para tumbarla—. Nunca supiste por qué tu cuerpo reaccionaba a mí.
Agarré su rostro con cuidado y obligué suavemente a mi perla a volver la mirada hacia mí. Tenía la piel ardiendo y los ojos demasiado abiertos.
—Nunca supiste por qué dejabas de sentirte vacía cuando estabas conmigo.
Leah me observaba sin hablar, respirando rápido, confundida. Deslicé los dedos por su mejilla húmeda de sudor.
—Mi perla, yo no vivía entre tus paredes para atormentarte —confesé, besándole los dedos. Su sangre sabía dulce—. Estaba ahí para cuidarte.
La confusión seguía flotando en sus ojos agotados mientras intentaba entender qué partes de mis palabras pertenecían a la verdad y cuáles al delirio en el que llevaba semanas atrapada.
Deslicé lentamente la mano por su cintura mientras la observaba respirar.
—Te reconocí en el hospital.
Noté el instante exacto en que su cuerpo se tensó bajo mis dedos.
—Después de matar a tus padres.
Las velas continuaban crepitando alrededor del altar mientras la sangre seguía secándose lentamente sobre nuestras manos entrelazándose.
—Vi tu apellido en uno de los informes. Después conseguí averiguar dónde vivías —Leah seguía mirándome sin moverse—. Rompí una de las paredes de tu casa y encontré los pasadizos.
Su respiración se quebró ligeramente.
—¿Qué…?
—Quería observarte.
No tenía sentido mentirle ya. Mis dedos ascendieron despacio hasta apartarle parte del cabello húmedo de la frente.
—Quería ver cómo se comportaba el ser humano cuando se da cuenta de que no le queda nada por perder.
La garganta de Leah se movió lentamente al tragar saliva.
—Y te vi destruirte.
Mi voz salió más grave esta vez.
—Te vi dormir durante días enteros. Vomitar. Arrastrarte por la casa sin saber siquiera dónde estabas. Vi cómo empezabas a llenarte el cuerpo de mierda para no sentir nada.
Algo oscuro se retorció dentro de mi pecho al recordar aquellas noches. Leah no entendía hasta qué punto había llegado a consumirse. Pero yo sí. Yo lo vi todo.
—Eso era un sacrilegio.
Ella cerró los ojos un instante.
—Xipe…
—No podía permitir que mi perla se mancillara de esa manera.
El incienso seguía impregnando el aire mientras deslizaba lentamente los dedos por la marca recién abierta sobre su mano.
—Nosotros no usamos medicina tradicional. Nunca lo hemos hecho. Los Desollados aprendimos hace mucho tiempo a trabajar con plantas, raíces, hongos y ungüentos. El dolor puede alterarse. La mente también.
Leah volvió a abrir los ojos lentamente.
Y entonces comprendí que empezaba a recordar fragmentos.
—El ganado muerto del pueblo… —susurró.
Asentí despacio.
—Fue mi culpa. Eran pruebas.