Capítulo 38 #2
Él no se movió.
—Puedes aumentar la dosis hasta apagar el cuerpo entero. Dormirte. Desmayarte. Arrancarte unas horas de silencio.
Notaba la cabeza latiéndome con fuerza.
—Que me la des de una puta vez.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Y entonces habló con una calma insoportable.
—Pero seguirás recordando.
Dorian sostuvo mi mirada unos segundos más antes de bajar lentamente la mano. Creí que iba a guardarse la pastilla otra vez, pero en lugar de eso caminó hacia uno de los extremos de la iglesia, allí donde las sombras se acumulaban entre las velas consumidas y la piedra húmeda.
Escuché el leve sonido de algo chocando contra el suelo.
Cuando enfoqué la vista, vi un pequeño montón de píldoras descansando en una esquina, apenas iluminadas por la luz morada que atravesaba las vidrieras.
Cuatro.
Quizás cinco.
Dorian se quedó observándolas un instante antes de volver el rostro hacia mí.
—Espero que tu mente no te traicione esta vez.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Qué?
Pero él ya empezaba a alejarse.
La túnica oscura se arrastraba detrás de sus pasos mientras cruzaba lentamente la iglesia, perdiéndose entre columnas y sombras como si formara parte de aquel lugar desde antes incluso de que existiera.
—Dorian.
No respondió.
La enorme puerta de madera se abrió con un gemido grave.
Y segundos después volvió a cerrarse.
El golpe resonó por toda la iglesia.
Entonces me quedé sola.
Sola con mis padres arrodillados frente a mí. Sola con las cuerdas tensándome los brazos. Sola con el dolor latiéndome detrás de los ojos. Y sola con aquellas putas pastillas observándome desde la esquina como si llevasen horas esperándome.
Me despertó la sed. Una sed espesa, incómoda, que me había dejado los labios agrietados y la garganta completamente seca.
También tenía los ojos irritados, pesados, y el dolor de cabeza seguía latiéndome detrás de las sienes con una constancia enfermiza, acompasado con cada pulsación de mi cuerpo.
No sabía qué hora era. Ni qué día. Hacía tiempo que el tiempo había perdido sentido dentro de aquella iglesia, las horas se mezclaban entre sueños confusos, despertares abruptos y momentos que mi cabeza ya no conseguía ordenar.
Lo único que todavía me mantenía unida a algo remotamente real era mi almohada de siempre bajo la nuca.
El tacto familiar de la tela. El olor. Un detalle ridículo, pero suficiente para recordarme que había existido una vida antes de todo aquello.
Mis rizos caían apagados sobre mis hombros, enredados y sin forma, y durante unos segundos me limité a observar la enorme cúpula sobre mi cabeza mientras intentaba recomponer mis pensamientos.
Entonces escuché respiraciones. Muchas. El sonido era bajo, contenido, pero bastó para hacerme girar lentamente la cabeza.
La iglesia estaba llena.
Había muchos más hombres que la última vez que abrí los ojos.
El doble, quizá el triple. Sus torsos desnudos emergían entre las sombras y la luz morada de las vidrieras, cubiertos de cicatrices, tatuajes oscuros y marcas antiguas que parecían grabadas a cuchillo sobre la piel.
Las cuerdas seguían enrolladas alrededor de sus cabezas, ocultando parcialmente sus rostros y otorgándoles un aspecto inquietantemente uniforme.
Algunos permanecían apoyados contra las columnas, otros rodeaban el altar en absoluto silencio.
Todos me observaban.
El escalofrío me recorrió la espalda lentamente.
Mis padres seguían allí, arrodillados frente al altar exactamente en la misma postura en la que los había visto antes de quedarme dormida.
Intenté calcular cuánto tiempo había pasado, pero mi mente ya no conseguía separar los minutos de las horas.
Todo empezaba a fundirse dentro de mí hasta convertirse en una única pesadilla interminable.
Y entre ellos estaba Xipe.
Su presencia sobresalía incluso rodeado de todos aquellos hombres.
La corpulencia de su cuerpo rompía la uniformidad del grupo mientras permanecía inmóvil entre mis padres, dominando la escena sin necesidad de moverse.
El pelo oscuro le caía sobre los hombros y la luz púrpura de las vidrieras atravesaba parcialmente sus facciones, endureciéndolas todavía más.
Había algo profundamente antinatural en la quietud con la que permanecía allí de pie, observándome desde el centro de la iglesia, bajo aquella cúpula gigantesca que hacía que todo pareciera todavía más pequeño alrededor de él.
—El cuerpo humano hará cualquier cosa antes de morir.
Su voz atravesó el silencio de la iglesia mientras se acercaba al altar. Los hombres a su alrededor se apartaban a medida que avanzaba, abriéndole espacio de forma automática. La luz morada de las vidrieras se desplazaba sobre su cuerpo a cada paso, tiñéndole parcialmente la piel.
—Cuando el agotamiento es demasiado prolongado, el organismo empieza a ralentizarse para consumir menos energía. El metabolismo cae. El pulso cambia. La mente empieza a desconectarse por partes.
Sus ojos permanecían clavados en mí.
—Por eso duermes tanto.
Sentí un escalofrío recorriéndome lentamente la espalda mientras él seguía acercándose.
—Tu cuerpo está intentando sobrevivir a algo que todavía no sabe comprender.
Las cuerdas tensaron mis brazos cuando intenté moverme ligeramente.
Xipe continuó avanzando hasta detenerse frente a mí. Desde tan cerca podía percibir el olor a incienso impregnado en su piel mezclado con el frío húmedo de la iglesia.
—Primero desaparece el hambre. Después llega el sueño constante. Luego el cerebro empieza a confundir los recuerdos para ahorrar energía. El tiempo deja de tener sentido. Los días dejan de separarse unos de otros.
Su mirada descendió lentamente hacia mi rostro.
—Dime, mi pequeña perla: ¿me darás un acto de fe?
La comisura de sus labios se curvó dibujando una sonrisa.
—Haré que me des las gracias por cada moratón que te deje.
Mi respiración se aceleró.
—Quiero mi libertad, Xipe —dije, señalando las cuerdas con la cabeza—. No entiendo por qué me quieres si me cortas las alas.
Algo oscuro atravesó su expresión.
Entonces se inclinó hacia mí lo suficiente para que su voz me rozara la piel. Noté sus dedos deslizarse lentamente por una de las cuerdas atadas a mis muñecas.
—Quemaré tus putas alas para que te quedes conmigo si es necesario, Leah.
Después levantó la mirada hacia mí.
Y no vi rabia. Ni locura. Ni siquiera crueldad en el sentido más humano de la palabra.
Lo que habitaba en los ojos de Xipe era algo mucho peor, algo quieto y profundo que parecía existir desde antes incluso de que él hubiera nacido.
Una maldad serena. Convencida. La clase de oscuridad que no necesita justificarse porque está completamente segura de que tiene razón.
Eso era lo que más miedo me daba de él.
Xipe no disfrutaba haciéndome daño del modo en que lo haría un monstruo corriente.
No había sadismo impulsivo en sus movimientos, ni placer evidente en mi sufrimiento.
Él realmente creía en todo aquello. Creía en el dolor.
Creía en destruir partes de mí para reconstruirlas después a su imagen.
Y en sus ojos podía ver algo todavía más aterrador: devoción.
La misma devoción que tendría alguien dispuesto a arrancarle las alas a un ángel convencido de que así estaba salvándolo de la caída.
Estaba convencido de que solo a través de mi dolor podía salvarme.
Me obligaba a mirar mi sufrimiento a los ojos como si fuera mi amante.
Me forzaba a gritar, a llorar sangre y a desgarrarme la piel con mis uñas si era lo que verdaderamente necesitaba.
Me fascinaba cómo me trataba. Había llegado hasta las partes más podridas de mí y, en lugar de apartarse horrorizado, había decidido quedarse allí dentro.
Había convertido ese silencio en algo vivo.
Doloroso. Salvaje. Pero vivo, al fin y al cabo.
Y aunque odiaba todo lo que despertaba en mí, también sabía una cosa con absoluta certeza: sin él, mi corazón se habría quedado mudo para siempre.
Si Xipe era capaz de hundirse en mi sufrimiento, saborearlo y encontrar belleza dentro de toda mi podredumbre… entonces quizás yo también podía aprender a hacer lo mismo. Quizás el problema nunca había sido el dolor, sino el miedo constante a mirarlo de frente.
Lo observé en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Estaré guapa cuando te pida que me pegues?
«Abismo llama a abismo.» — Salmo 42:7