Capítulo 38
Leah
C uando mis padres murieron no solo sentí tristeza. Sentí angustia, cansancio, miedo. Y todo parecía estar en continuo movimiento cuando yo solo quería que pararan el tiempo.
La mañana de su funeral olía a ropa limpia, humedad, sangre y flores.
Me dolían los ojos y creía que la negrura del pestañeo me daba paz.
No llamé a mis amigas. Vero estaba en la cárcel y aunque adoraba a Max, nunca encontré las palabras para decirle que me había quedado huérfana. ¿Cómo se contaba algo así?
Esa mañana también entendí que la muerte llegaba a por ti un día normal, ordinario, irrumpía todos tus planes y le daba igual que conservaras sobras de tu comida favorita en la nevera para cenar. El mundo seguía sin ti, sin ellos, sin sus vidas.
Había despedidas que nunca llegaban y tal vez por eso quería que mis padres siguieran presentes.
Nunca hubo un momento que marcara algún tipo de final, no hubo palabras que pusieran un adiós.
Entendí que entonces yo misma tenía que poner distancia, tiempo y una especie de aceptación de que ninguna despedida iba a sentirse suficiente.
A las dos semanas todavía seguía muy enfadada.
A las tres semanas estaba llena de rabia.
A las seis semanas me olvidé cómo se dormía.
A las siete semanas me daba igual qué día u hora era.
Me encantaba estar enferma porque eso significaba que ya lo había perdido todo. La gente que no tenía nada que perder era muy peligrosa. Yo era muy peligrosa. Saber que puedes sobrevivir a cualquier cosa te hace ponerte en situaciones llenas de rencor.
No sabía del todo si me culpaba. Quizás el haber estado ahí, haber ayudado en urgencias, haber echado una mano antes de que se desangraran… quizás algo así hubiera cambiado el final.
La tercera vez que me di cuenta de que solo las pastillas me quitaban las palpitaciones, los dolores, los sudores fríos y que podía dormir como una persona normal, supe que estaba bien jodida. Pero me dio igual. Había desarrollado una capacidad aplastante para que me diera todo igual.
Era capaz de hacerme sangrar. Me desangraría en la alfombra de alguien y le gritaría un último “perdón” antes de morir.
Desde que murieron no podía dormir por las noches. No podía parar de preguntarme si sintieron miedo al morir. Si quizás la muerte se sintió para ellos como un abrazo o como un abismo.
Xipe había causado el mayor dolor de mi vida.
Y yo le había salvado la suya.
No le guardaba rencor, estaba tan cansada que no había sitio para eso en mi corazón.
Cuanto más tiempo pasaba intentando obligarme a odiarle, más me daba cuenta de que había algo dentro de mí que ya no quería volver atrás.
Que daba igual todo el odio que mi corazón quisiera fabricar, porque ni el más deleznable de mis actos iba a devolverme a mis padres.
Era una idea espantosa.
Antes de él, yo creía que el dolor era algo de lo que una persona debía escapar cuanto antes. Pensaba que sobrevivir consistía en distraerse lo suficiente para no sentir demasiado. Hacerme el vacío a mí misma hasta que la herida pareciera más pequeña de lo que realmente era.
Pero cada vez que intentaba apartar la mirada de mi sufrimiento, él me obligaba a volver al centro de la herida. A quedarme allí. A sentirla entera aunque me temblaran las manos. Y durante mucho tiempo pensé que aquello era crueldad. Que disfrutaba viéndome romperme delante de él.
Ahora ya no estaba tan segura.
Cuanto más atravesaba el dolor en lugar de esconderlo, menos miedo me daba. Seguía doliendo, claro. Había cosas que todavía me desgarraban por dentro al recordarlas. La pérdida seguía viviendo bajo mi piel como algo caliente y eterno. Pero había dejado de sentirla como un enemigo.
Era más bien una presencia.
Algo que caminaba conmigo.
El diablo me había enseñado que el sufrimiento no siempre aparecía para destruirte. A veces simplemente venía a arrancarte las partes que ya no podían sobrevivir dentro de ti.
Xipe un día me dijo que la gente se pasaba media vida intentando rodear el sufrimiento, como si existiera algún camino alternativo. Pero no lo había. Tarde o temprano siempre terminabas regresando a aquello que no quisiste sentir.
La única forma de salir de algo es atravesándolo.
Pero me dolía tanto la cabeza. Me dolía tanto, tanto, tanto.
Xipe no solo me había destrozado. Se había metido bajo mi piel y se había abierto paso al salir.
Ahora sentía las costillas forzadas, como si algo hubiera estado viviendo ahí dentro pudriéndose lentamente.
Mis pulmones ardían como si le hubiera estado respirando demasiado tiempo, como humo que no desaparecía por mucho que tosiera.
Mi cuerpo reaccionaba a él. Y yo seguía sin entenderlo. Él me tocaba como si ya me conociera, como si ya me hubiera mordido, comido e incluso roído. Mi piel no se irritaba bajo sus besos, y mi corazón sentía miedo cuando no estaba cerca.
Del mismo modo, tampoco entendía por qué tenía a mis padres arrodillados frente a mí.
Permanecían inmóviles, con la cabeza inclinada hacia el suelo y un charco de sangre oscura extendiéndose lentamente bajo sus cuerpos, avanzando entre las grietas de la piedra como una sombra espesa.
Por las paredes de la iglesia se filtraba una corriente de aire helada que me erizaba la piel desnuda.
La túnica morada con la que Xipe me permitía cubrirme seguía abandonada en el suelo, a varios metros de mí.
Esta vez las cuerdas estaban ancladas a ambos soportes del altar. Tensaban mis brazos hasta dejarme completamente abierta, completamente quieta. Si antes estaba atrapada, ahora me habían convertido en una estatua.
—Mamá… —mi voz salió rota—. Papá…
Ninguno de los dos reaccionó.
Mis muñecas ardían atrapadas entre las cuerdas mientras intentaba inclinarme hacia delante, desesperada por encontrar aunque fuera un mínimo movimiento, una respiración, cualquier cosa que me dijera que seguían ahí conmigo.
—Por favor… —noté cómo la garganta se me cerraba—. Por favor, miradme.
Mi madre tembló. Fue algo pequeño. Apenas un espasmo en los hombros. Pero lo vi.
—Mamá.
Un sollozo escapó de mis labios.
Ella levantó la cabeza solo unos centímetros. Lo suficiente para que pudiera verle la sangre deslizándose desde la frente hasta la mandíbula. Tenía los ojos vidriosos. Perdidos. Como si hubiese llorado tanto que ya no quedara nada dentro.
—Leah… —susurró.
Escuchar mi nombre en su boca me destrozó algo por dentro.
Tiré de las cuerdas con fuerza, ignorando el dolor inmediato que me cortó la piel.
—Estoy aquí —dije rápidamente—. Estoy aquí, mírame. Voy a sacarnos de aquí, ¿vale? Solo… solo necesito que…
—No —la voz de mi padre sonó grave.
Levantó la cabeza lentamente.
Y solo distinguí miedo.
No era miedo por él mismo. Ni siquiera por mi madre.
Era miedo hacia mí.
Mis pulmones dejaron de funcionar durante un segundo entero.
—Papá…
Él tragó saliva. Tenía la cara deformada por los golpes y los labios manchados de sangre seca.
—¿Qué te han hecho? —preguntó con una expresión que parecía debatirse entre el horror y la culpa.
Negué con la cabeza enseguida.
—Nada, yo estoy bien, tenemos que irnos de aquí. Hay que llamar a la policía, hay que…
—No puedes irte.
La frase no vino de mis padres.
Vino detrás de mí.
La voz de un hombre atravesó la iglesia con una calma insoportable. Mis músculos se tensaron al instante. Escuché sus pasos acercándose despacio sobre la piedra.
—¿Con quién hablas?
Giré la cabeza lo justo para encontrar a Dorian observándome desde la penumbra, inmóvil junto a una de las columnas.
Era alto, delgado, con un cuerpo casi elegante bajo las túnicas oscuras, pero había algo rígido en su postura que impedía asociarlo con delicadeza.
Su piel era pálida, enfermizamente limpia bajo la luz morada de las vidrieras, y el cabello oscuro le caía hasta la mandíbula en mechones desordenados que a veces ocultaban parcialmente sus ojos.
Ojos hundidos, cansados, de un color tan oscuro que en aquella iglesia parecían completamente negros.
Tenía las facciones finas, afiladas, la nariz recta y los labios asimétricos. Pero lo más inquietante era su calma.
Tragué saliva.
—Con nadie.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
No parecía creerme. Pero tampoco parecía sorprendido.
Mis padres seguían delante de mí, arrodillados, respirando de manera desigual sobre el suelo de piedra. Mi madre evitaba mirarme directamente. Mi padre mantenía la mandíbula apretada, como si cualquier palabra pudiera empeorar todavía más la situación.
Dorian desvió la vista hacia ellos unos segundos antes de volver a mirarme a mí.
—Deberías descansar, Leah.
Notaba la cabeza cada vez más pesada. El dolor detrás de mis ojos latía acompasado con mi corazón, lento y enfermizo, como si algo estuviera empujando desde dentro de mi cráneo.
Dorian empezó a alejarse.
El sonido de sus pasos resonó sobre la iglesia vacía.
—Espera.
Mi propia voz salió más débil de lo que esperaba.
Él se detuvo. Durante unos segundos no fui capaz de hablar. Me costaba incluso mantener los ojos abiertos del todo.
—Me duele mucho la cabeza —admití al final, notando la garganta seca—. Por favor… necesito algo.
Dorian permaneció en silencio.
Después giró apenas el rostro hacia mí.
Y por primera vez desde que lo conocía, creí ver algo parecido a compasión atravesándole la expresión.
O quizás no era compasión.
Nunca lo supe con seguridad.
—Estás resistiéndote demasiado —dijo en voz baja.
Abrí los ojos otra vez.
—¿A qué?
Dorian sostuvo mi mirada unos segundos antes de responder.
—A ti misma.
Solté una risa ahogada, incrédula.
—Estáis todos putos enfermos.
Dorian mantuvo el contacto visual.
—Llevas días sin descansar de verdad —murmuró—. Tu cuerpo ya no distingue el miedo del agotamiento.
Rebuscó dentro de uno de los bolsillos ocultos de su túnica y, cuando volvió a levantar la mano, una pequeña pastilla blanca descansaba entre sus dedos.
Mi estómago se contrajo al instante.
—Mis pastillas…
Dorian ladeó la cabeza.
—Puedes tragarte todas las que quieras, Leah.
—Dámela.
Mi voz salió más brusca de lo que pretendía.