El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Xipe

L os cilicios rodearon lentamente la carne sensible de sus muslos, ajustándose contra la piel pálida hasta dejar pequeñas marcas rojizas allí donde el metal comenzaba a presionar.

Observé cómo Leah contenía la respiración durante un instante cuando terminé de colocarlos, intentando decidir si aquello iba a dolerle más de lo que ya le dolía existir.

El cuerpo humano aprendía rápido. Aprendía a asociar el miedo con el alivio. El dolor con la necesidad. La destrucción con el deseo de seguir acercándose un poco más a aquello que lo está rompiendo.

Por eso volví a besarla.

Mis dedos seguían ajustando los cilicios alrededor de sus piernas mientras mi boca encontraba la suya otra vez, obligándola a sentir ambas cosas al mismo tiempo.

El leve pinchazo del metal contra su piel y el calor húmedo de mi respiración mezclándose con la suya era como ser testigo del fin del mundo.

Leah soltó una respiración temblorosa contra mis labios.

Dios.

Deslicé la mano lentamente por uno de sus muslos y noté cómo los pequeños dientes metálicos comenzaban a hundirse todavía más en la carne cada vez que ella intentaba moverse sobre el altar. No lo suficiente para cortar todavía. Solo lo justo para mantenerla consciente de ellos.

Del dolor. De mí. De la Consagración.

Las velas moradas seguían chisporroteando alrededor y, detrás de nosotros, Los Desollados permanecían arrodillados en absoluto silencio, respirando todos al mismo ritmo mientras observaban cómo su futura perla empezaba a entregarle el cuerpo a su Dios.

—El dolor, mi perla… —murmuré—deja de parecer un castigo cuando encuentras a alguien capaz de comprenderlo contigo.

—Pero me duele… joder, me duele —dijo gimoteando—. Te odio, te odio Xipe.

—Mmm… la próxima vez dilo llorando y me correré.

Bajé la vista. Esta vez las púas ya se estaban incrustando en su carne.

Pequeños rastros rojizos empezaban a bañar la piedra donde Leah seguía sentada.

Mi perla empezaba a abrirse para mí. Deslicé ambas manos hacia su cadera y empujé su cuerpo hasta el borde del altar.

Dejándola sentada y con las piernas colgando, le moví las piernas para que me rodeara con ellas.

—Eres tan débil, Leah —sentencié, apoyando mi frente sobre la suya. En sus ojos se reflejaban los míos—. Tan patética.

Antes de dejar caer el saco de terciopelo morado al suelo, introduje la mano en su interior y saqué lentamente una pequeña vara de madera oscura.

La superficie estaba llena de marcas irregulares, huellas de dientes.

Algunas apenas visibles. Otras tan profundas que casi habían partido la madera por la mitad durante antiguas Consagraciones.

Años de dolor incrustados en aquel objeto diminuto.

La mayoría de las Perlas terminaron muriendo con esa misma vara atrapada entre los dientes.

—Abre la boca —mi voz salió más grave—. Va a ser uno de los pocos momentos donde tu boca sirva de algo.

Le eché la cabeza hacia atrás sujetándola con fuerza del pelo.

Sus rizos oscuros se enredaron entre mis dedos mientras tiraba lentamente de ellos hasta tensarle por completo el cuello y la mandíbula.

La piel de Leah se estiró bajo la luz morada de las vidrieras y una respiración rota escapó de sus labios antes de que varias lágrimas comenzaran a deslizarse lentamente por sus mejillas.

—Llora, grita, araña y suplica para mí, mi pequeña perla —ordené mientras colocaba la madera entre sus dientes—. Te aconsejo que lo hagas, de lo contrario pensaré que te está gustando.

Mientras terminaba de ajustar la vara, llamé a mi mano izquierda.

—¡Dorian! —mi voz retumbó por toda la iglesia—. ¡Vela y cuerda, al frente! ¡Ahora!

El eco de la orden chocó contra las paredes de piedra mientras él se incorporaba lentamente entre Los Desollados. La cuerda enrollada alrededor de su cabeza parecía moverse junto a las sombras de las velas conforme avanzaba hacia nosotros en absoluto silencio.

Cuando pasó por mi lado, me dejó en una mano una pequeña y alargada vela blanca.

—¿Sabes una cosa, Leah? —murmuré mientras Dorian avanzaba lentamente hasta colocarse al otro lado del altar, dejándola atrapada entre ambos—. Para el mundo corriente, Dorian sería algo parecido a lo que vosotros llamáis mejor amigo.

Sin apartarme de entre las piernas de mi perla, alcancé uno de los candelabros situados junto al altar y acerqué la llama a la vela que sostenía entre los dedos.

El fuego prendió despacio.

Siempre me había parecido fascinante.

El frío conseguía volverme preciso. Calmar el ruido constante dentro de mi cabeza. Pero el fuego… el fuego hacía exactamente lo contrario. Había algo en las llamas consumiéndose lentamente que conseguía irritarme el pecho, como si despertaran la parte más violenta de mí.

Vi el reflejo anaranjado temblando dentro de los ojos de Leah.

Dios.

Parecía aterrorizada incluso de la propia luz.

Entonces Dorian se movió y sus manos atraparon las muñecas de Leah con una rapidez brutal antes de tirar de ellas hacia atrás y obligarla a desplomarse completamente sobre la piedra del altar.

El golpe le hizo jadear y su cabeza rebotó apenas en un reflejo instintivo al intentar entender qué estaba ocurriendo.

Pero Dorian ya estaba trabajando sobre ella.

La cuerda rodeó sus muñecas varias veces antes de tensarse con fuerza. Después llegó el nudo, totalmente imposible de romper. Vi cómo tiraba de él una última vez hasta dejarla completamente inmovilizada sobre el altar.

Leah soltó un sonido ahogado alrededor de la vara de madera.

Su pelo cayó desordenado a ambos lados del cuerpo, extendiéndose sobre la piedra como tinta derramándose lentamente bajo la luz morada. Ahora nada cubría sus pechos ni su cintura, y podía ver perfectamente la forma en que su torso subía y bajaba cada vez más rápido.

Respiraba como una criatura atrapada.

Pequeños sonidos desesperados comenzaron a escapársele alrededor de la madera mientras sus ojos iban de mí a Dorian intentando encontrar alguna clase de humanidad en cualquiera de los dos.

Pero allí abajo ya no quedaba nada humano desde hacía muchísimo tiempo.

—Por eso va a sujetarte mientras juego contigo.

Incliné lentamente la vela entre mis dedos hasta que la cera comenzó a derretirse sobre el borde. La llama tembló. Después acerqué el fuego al cuerpo de Leah. Dos pequeñas gotas blancas descendieron lentamente y terminaron derramándose sobre la piel sensible de su vientre.

Mi perla se arqueó de inmediato sobre la piedra.

El grito ahogado que escapó alrededor de la vara de madera hizo que varios de Los Desollados inclinaran la cabeza al mismo tiempo, igual que si acabaran de escuchar una plegaria.

Observé cómo la cera seguía endureciéndose lentamente sobre su piel pálida mientras su respiración se volvía todavía más irregular.

El contraste era precioso. El blanco brillante de la cera derritiéndose sobre su cuerpo, las pequeñas marcas rojizas de los cilicios rodeándole los muslos y la luz morada de las vidrieras bañándolo todo como si la iglesia entera estuviera atrapada dentro de una herida infectada.

Deslicé lentamente los dedos por su cintura mientras seguía sosteniendo la vela encendida con la otra mano.

—Demuéstrame lo que quieres… —apreté mi polla empalmada contra su centro—. Tan blanca, tan resplandeciente, tan única…

Incliné la vela otra vez, y esta vez la cera cayó un poco más abajo, casi llegando a su coño.

Leah se tensó inmediatamente, clavándome sus ojos mientras intentaba contener la reacción de su cuerpo.

Sus piernas se cerraron más alrededor de mi cintura en un reflejo completamente involuntario, y así un par de rastros de sangre corrieron hacia sus ingles para juntarse con la cera que se estaba derramando.

—Dorian, sujétala bien.

Me desabroché los pantalones, dejando escapar mi erección entre nuestros cuerpos.

En la punta se distinguían gotitas de líquido preseminal.

Buscando algo en un bolsillo, empecé a jugar con sus labios.

Los rozaba adelante y hacia atrás, manchándome de su lubricación hasta que llegaba a su hinchado clítoris y volvía a empezar.

Me alejé un par de centímetros para ver qué hacía y descubrí a mi perla moviendo su culo buscando de nuevo contacto.

—Qué sucia guarra, rozándote con mi polla —susurré enrollando las cuentas blancas con la mano libre que tenía—. Si pudieras hablar, ¿suplicarías con palabras, mi perla?

—Mhm —dijo asintiendo sobre la piedra— mhm.

Cuando le di la segunda vuelta al rosario sobre mi carne, apoyé mi polla sobre su clítoris. El crucifijo estaba colgando, rozándole ese nudo de nervios que cada vez estaba más rojo. Cada vez que me abalanzaba sobre ella, la pequeña cruz morada se mecía arrancándole gemidos ahogados tras la madera.

—O tal vez de rodillas, hasta que mi polla formara parte de tu tráquea, ahogándote con tus arcadas y lágrimas cada vez que quiera correrme.

—Mhm —repitió.

—¿Quieres que te folle, mi perla?

Leah se arqueó de golpe sobre la piedra cuando derramé un par de gotas de cera sobre su clítoris. Se notaba tan húmedo. Tan caliente. Me estaba esperando. Me estaba llamando. Notaba el riego de sangre en mi polla cada vez que ella se quejaba.

El sonido que escapó alrededor de la vara de madera ya no fue únicamente miedo. Había algo más mezclado ahí dentro ahora. Algo roto y confuso. Un placer involuntario atravesándole el cuerpo mientras la cera caliente resbalaba lentamente por sus labios y terminaba endureciéndose sobre ella.

Dios.

La visión me enfermó.

Sus piernas temblaron alrededor de mi cintura y vi cómo intentaba contener la reacción de su propio cuerpo, avergonzada, aterrorizada de sí misma por sentir placer en mitad de esto.

Pero eso era exactamente lo que quería enseñarle: que algunas personas nacen tan rotas que terminan encontrando alivio precisamente en aquello que debería destruirlas.

—Me lo tomaré como un sí.

Antes de que acabara de pronunciar la última sílaba, su cuerpo ya estaba siendo profanado.

La abrí hasta que no pudo darme más. Hasta que cada centímetro estuviera lleno de mí.

Las cuentas de mi rosario también se deslizaban dentro y fuera, provocándole una sensibilidad que entre tantos estímulos, se me antojó por un momento cruel.

—Tengo que estar dentro de ti —gruñí empujando un poco más, hasta que vi cómo su estrechez enterraba toda mi polla y todo mi rosario—. Te odio por infectarme y me fascinas por salvarme.

Con otro empujón, seguí penetrándola mientras la cera ardiente resbalaba también sobre mi propia piel.

El calor me arrancó un gruñido grave de la garganta al derramarse justo ahí donde nuestros cuerpos se unían, mezclando el escozor con el placer de una forma tan enfermiza que durante un instante ya no supe cuál de las dos cosas estaba buscando realmente.

Siempre había algo profundamente roto dentro de mí cuando se trataba del dolor. No solo necesitaba ejercerlo. También necesitaba sentirlo. Como si una parte de mi cuerpo únicamente fuera capaz de comprender el afecto, la devoción o la existencia misma a través del sufrimiento.

El dolor me ordenaba la cabeza. Me hacía sentir vivo.

Por eso imaginaba constantemente las uñas de mi perla abriéndome la piel, sus dientes atravesándome la carne o sus manos cubiertas de mi sangre intentando destruirme con el mismo odio con el que yo la deseaba.

Porque me había enamorado de su dolor. Sentía una necesidad enfermiza de consumirla y ser consumido por ella al mismo tiempo.

Las cuentas del rosario reaparecían lentamente entre sus labios húmedos cada vez que salía de ella. El brillo que las cubría hacía que parecieran todavía más profanas y sagradas al mismo tiempo.

Mi perla no pudo contener el grito que terminó escapándosele aun con la vara de madera atrapada entre los dientes. El sonido se quebró dentro de su garganta, húmedo, desesperado y precioso, reverberando por toda la iglesia.

Su coño seguía recibiendo mi polla mientras la vela se consumía entre nosotros y se tensaba a mi alrededor.

Era estrecho y caliente, y sus paredes se aferraban a mí cada vez que la sacaba poco a poco.

Después volvía a meterla de golpe hasta que cada centímetro la llenaba de nuevo, lo suficientemente fuerte como para que notara el contacto frío del rosario y sus abalorios atravesándola.

Empecé a follármela más duro, cogiéndola con ambos brazos de los muslos y alzándole el culo.

Sin pensarlo demasiado, deslicé los dedos hasta los cilicios y los arrastré lentamente sobre las pequeñas heridas que ya se habían abierto alrededor de las púas.

La sangre de Leah seguía caliente, demasiado caliente, y el olor metálico del hierro ascendió inmediatamente hasta mis pulmones.

Dios.

Mi perla se rompía debajo de mí en sonidos imposibles de separar entre sí. Gritaba, lloraba y gemía al mismo tiempo, con el cuerpo temblándole sobre la piedra mientras la mezcla de dolor, miedo y placer terminaba devorándola poco a poco desde dentro.

Forcejaba tanto, que sus pechos rebotaban mientras repetía lo que parecía un “no, no, no” irreconocible.

—Joder, Leah —mi mano viajó por sus heridas hasta que chupé uno de mis dedos ensangrentados—. Me voy a correr dentro y quiero que conserves mi semen en tu cuerpo para que todos sepan lo guarra que eres.

Mi erección se tensó rápidamente mientras mi corazón martilleaba con fuerza. El orgasmo me alcanzó, nublándome la vista por unos segundos. Eché la cabeza hacia atrás mientras intentaba recuperar el aire lentamente, todavía temblando por la intensidad del momento.

Cuando volví a mirarla, Leah seguía sobre el altar intentando recobrar el aliento.

Tenía lágrimas mezcladas con saliva resbalándole por las mejillas y el pecho subiéndole y bajándole de forma irregular bajo la luz morada de las vidrieras.

Parecía agotada. Consumida. Y aun así seguía siendo la criatura más hermosa que había visto jamás.

—El miedo te queda increíble, mi perla.

Después se desmayó de puro agotamiento.

«El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.» — Mateo 26:41