Capítulo 39 #2
La vi palidecer.
—Necesitaba controlar las dosis antes de usarlas contigo. Algunas plantas reaccionaban demasiado rápido. Otras destruían el sistema nervioso. Otras no hacían absolutamente nada.
Mis dedos descendieron lentamente hasta entrelazarse de nuevo con los suyos, compartiendo nuestra sangre.
—Pero terminé encontrando la combinación correcta.
Leah seguía observándome con la respiración entrecortada.
—Modifiqué las esporas de una de las plantas que crecían cerca de tu casa para ti. Cuando dormías, sustituía las pastillas con las que intentabas drogarte por placebos. Y escondía las esporas nuevas entre el algodón de tu almohada.
Sus pupilas temblaron. Abrió la boca como si quisiera decirme algo, pero se detuvo.
—Por eso el dolor empezó a desaparecer.
La iglesia volvió a quedar en silencio.
Leah parecía incapaz de hablar.
Y yo no podía dejar de mirarla.
—Al principio no pude hacerlo de golpe —murmuré sin apartar la vista de ella—. Si te hubiera arrancado las pastillas de las manos de una sola vez, habrías terminado odiándome antes de tiempo.
La luz morada seguía deslizándose sobre su piel desnuda mientras la sangre terminaba de secarse.
—Así que esperaba a que entraras en esos estados… —continué—. Cuando estabas demasiado dormida para distinguir qué era real y qué no. Cuando mi mezcla te dejaba atrapada entre sueños.
Tragué saliva. Porque incluso para mí, recordar aquello seguía resultando peligrosamente íntimo.
—Entonces aprovechaba para pasar tiempo contigo.
Los ojos de Leah no abandonaban los míos.
—Te bañaba cuando no podías mantenerte en pie. Te peinaba el pelo mientras mirabas fijamente a la pared. A veces incluso comíamos juntos, aunque al día siguiente no recordaras nada.
Mi mano ascendió lentamente hasta rozarle la mejilla.
—Y algunas noches… dormíamos abrazados.
Noté el temblor recorriéndole la respiración.
—Parecías tan tranquila cuando estabas dormida —murmuré con una sonrisa cansada—. Dejabas de pelear contra ti misma.
La iglesia permanecía en silencio absoluto alrededor de nosotros.
—Estoy enfermo de ti, Leah —dije, notando mi corazón desbocado—. Enfermo de tu dolor. De tu llanto. De la forma en la que intentabas destruirte mientras yo intentaba aprender a salvarte. Creo que soy incapaz de existir lejos de ti.
Con la mano todavía marcada y restos de sangre seca descendiendo entre sus dedos, mi perla habló.
Y su voz sonó mucho más cansada que rota.
—He muerto demasiadas veces por tu culpa, Xipe.
Noté algo hundiéndose lentamente dentro de mi pecho.
Ella tragó saliva antes de continuar.
—Pero creo que también he aprendido a seguir viva únicamente cuando estoy contigo.
Me incliné hacia ella, y su respiración se mezcló con la mía cuando nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia. Podía sentir el calor de su cuerpo agotado ascendiendo entre nosotros mientras sus labios permanecían entreabiertos.
La besé de forma lenta. Mucho más lento de lo que cualquiera habría esperado de alguien enfermo de hambre.
Sus labios se movieron contra los míos con una suavidad cansada mientras una de mis manos descendía hasta su cuello para sostenerla con cuidado. El sabor metálico de la sangre seguía presente entre ambos, podía sentirlo mezclándose con su respiración.
Y entonces una cuchilla se apoyó contra mi yugular.
Sonreí inmediatamente.
La reacción fue tan instintiva que una pequeña risa terminó rompiéndose entre los labios de Leah mientras seguíamos besándonos. El sonido vibró entre nosotros, grave, casi emocionado.
Pobre Leah.
Abrí ligeramente los ojos y la encontré observándome desde una distancia mínima, sosteniendo la hoja contra mi cuello con la mano todavía temblorosa y marcada por el símbolo recién abierto.
La punta del filo presionaba justo sobre mi pulso.
Una escena religiosamente deliciosa.
—Cuando entiendas que me amas, sostendrás el filo en mi garganta, mi perla —murmuré contra su boca.
La sangre comenzó a brotar lentamente donde la cuchilla rozaba mi piel.
Leah tragó saliva.
Pero no apartó el arma.
Eso hizo que mi sonrisa creciera todavía más.
—Y entonces te sostendré la mano y empujaré la hoja más profundo para poder estar más cerca de ti.
Las lágrimas empezaron a nacer entre sus pestañas.
—No solo moriría en tus manos, Leah —le dije apretando aún más la cuchilla contra mi cuello—. Rechazaría mi naturaleza violenta por ti.
Su aliento desbocado chocaba contra mi boca.
—Hazlo —murmuré acariciándole el rostro con la mano libre—. Hazlo, mi pequeña perla. Tan blanca. Tan resplandeciente. Mía. Mía. Mía.
Durante un segundo entero creí que iba a hacerlo.
Vi el miedo. La rabia. El amor enfermo. Todo mezclándose dentro de sus ojos húmedos mientras la cuchilla seguía temblando contra mi garganta.
Mi perla se rompió, y el arma escapó de sus dedos chocando violentamente contra la piedra del altar antes de deslizarse al suelo. Leah soltó un sollozo desgarrado. Después otro. Su cuerpo entero empezó a temblar mientras se llevaba ambas manos a la cabeza, apretándose las sienes con desesperación.
—No puedo… —la voz se le quebró entre lágrimas—. No puedo, no puedo…
Sus rizos caían desordenados alrededor de su rostro mojado y la marca recién abierta sobre su mano seguía sangrando lentamente.
—Me duele… —gimió con la respiración rota—. Xipe, me duele mucho la cabeza…
Algo se tensó violentamente dentro de mi pecho al escucharla. Ya no sonaba enfadada. Ni aterrorizada.
Sonaba agotada.
Mi perla levantó la vista hacia mí entre lágrimas, completamente destruida por dentro mientras seguía presionándose las sienes.
—Haz que pare… por favor… haz que pare…
—Escúchame.
Sus ojos húmedos consiguieron enfocarme a medias.
—Las esporas de tu almohada. He aumentado la dosis desde que llegaste aquí.
Vi el instante exacto en que sus pupilas se dilataron.
—No, no, no, no, no…
—Necesitaba doblegar tu espíritu, mi perla.
La sangre seguía descendiendo lentamente por mi cuello mientras le apartaba el pelo empapado de sudor de la cara.
—Las alucinaciones… los dolores… parte de ellos ni siquiera son reales. Tu mente está rompiéndose por La Consagración. Te intentarán tocar miedos que ni siquiera sabías que existían. La culpa. El abandono. La muerte.
Leah negó con la cabeza enseguida, respirando cada vez peor.
—No… no…
—Sí.
Mi voz sonó suave.
Ella soltó otro sollozo ahogado y volvió a llevarse las manos a las sienes.
—Me duele muchísimo…
—Lo sé.
La atraje lentamente contra mi pecho mientras seguía temblando entre mis brazos. El incienso seguía consumiéndose alrededor de nosotros mientras la luz morada de las vidrieras atravesaba el humo y teñía su piel húmeda de un color fantasmal.
—Las perlas verdaderas no nacen intactas, Leah. Se forman alrededor de una herida.
Noté cómo sus dedos se aferraban desesperadamente a mí.
—Y tú tienes que convertirte en una de verdad.
Su llanto se quebró contra mi pecho mientras yo sostenía su cuerpo agotado entre los brazos, escuchando cómo el dolor seguía deformándola lentamente desde dentro.
Esperaba que pronto comprendiera que toda aquella tristeza seguía viviendo únicamente dentro de su corazón, pudriéndose allí como algo que se negaba a morir.
Y cuando eso ocurriera, tendría que expulsarla de una vez por todas, arrancársela de la garganta, escupirla y tragársela de nuevo hasta aprender a masticarla y digerirla sin que la destruyera por dentro.
«Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo.» — Cantar de los Cantares 8:6