Capítulo 34 #2
Así que cuando llegó la madrugada adecuada, até a mi padre a la cruz de madera que me llevó semanas construir.
Los clavos atravesándole las muñecas y los tobillos fueron la parte más complicada.
El cuerpo humano pesa demasiado cuando todavía sigue vivo y forcejeando.
La carne termina cediendo. Rasgándose lentamente alrededor del metal.
Tuve que estudiar exactamente dónde introducirlos para que el peso no le arrancara las manos al intentar sostenerse sobre la cruz.
Aun así, ocurrió.
Cada vez que se retorcía del dolor, los clavos desgarraban un poco más el tejido interno de las muñecas.
La piel se abría alrededor del hierro en pequeñas grietas sangrantes y podía escuchar perfectamente el sonido húmedo de los tendones tensándose hasta casi romperse.
Sus tobillos no estaban mucho mejor. La sangre descendía por la madera en hilos gruesos mientras intentaba impulsarse para respirar sin que el peso de su propio cuerpo terminara dislocándole los brazos.
Continué con el cilicio.
Enrollé las cadenas dentadas alrededor de sus muslos, brazos y abdomen hasta que la piel comenzó a abrirse bajo la presión del metal. Después tiré de ellas lentamente cada vez que intentaba moverse. Cada gesto le arrancaba nueva carne. Nuevas heridas.
Quería que entendiera lo que era convertirse en sacrificio.
La sangre empezó a deslizarse por su cuerpo mucho antes de que comenzara el verdadero desollamiento.
Usé cuchillas pequeñas al principio. Si algo me caracterizaba, era mi precisión.
Levantaba fragmentos de piel igual que yo mismo despegué lentamente las arterias de mi madre.
El pecho. Los hombros. Parte de los brazos.
Y cuando ya casi no podía mantener los ojos abiertos del dolor, me acerqué con un recipiente entre las manos.
El útero de mi madre. Había descongelado el órgano al fuego hacía unos minutos.
La última reliquia de su última diosa.
Recuerdo perfectamente cómo empezó a llorar cuando comprendió lo que estaba viendo. Fue la primera vez que vi verdadero miedo en sus ojos. No el miedo al dolor. No el miedo a morir. Sino miedo a los pocos instantes de vida que le quedaban.
Le agarré la mandíbula con una mano y le hundí los dedos entre los dientes hasta obligarlo a abrir la boca.
Le introduje el trozo de carne a la fuerza.
El sonido húmedo que hizo al empezar a atragantarse me devolvió la fe.
También las arcadas violentas. La mezcla de sangre, saliva y trozos de carne resbalándole por el mentón mientras intentaba escupir aquello fuera de su boca.
Parte del tejido seguía caliente y viscoso entre mis dedos.
Pude notar cómo trataba de resistirse a masticar hasta que le cerré la mandíbula con fuerza.
Lloraba mientras lo obligaba a triturar lentamente cada pedazo entre los dientes. Vomitó varias veces sobre su propio pecho abierto, se ahogó, tosió sangre y aun así seguí empujándole más dentro de la garganta cada vez que intentaba apartarse.
Quería que se lo tragara. Quería que devorara exactamente aquello por lo que había condenado a mi madre a morir.
Unas horas más tarde, mi padre yacía muerto crucificado.
La luz gris de la mañana atravesaba las vidrieras moradas de la iglesia y caía directamente sobre su cuerpo destrozado, iluminando cada herida igual que si el propio sol quisiera obligarlo a exhibir sus pecados por última vez.
La sangre había terminado secándose sobre la madera y varios fragmentos de piel colgaban todavía de sus brazos, abdomen y piernas en tiras irregulares, arrancadas durante el desollamiento.
Le había cortado los párpados antes de que muriera. No quería que cerrara los ojos. No quería que gozara del privilegio de poder escapar de la realidad.
Y mientras el olor a sangre y carne abierta seguía pudriéndose lentamente en el aire, me arrodillé frente al altar y hundí ambas manos en el charco oscuro que se había acumulado bajo la cruz.
Después escribí sobre la piedra de la iglesia con su propia sangre: volveré con la perla más blanca de todas.
Lo siguiente que recuerdo fue el bosque tragándome entero.
Corrí durante horas sin detenerme, atravesando la nieve y la oscuridad con la respiración rota, mientras todavía llevaba la sangre de mi padre secándose sobre la piel y el olor a carne abierta impregnándome las manos.
Las ramas me golpeaban el rostro al pasar y el frío terminaba clavándose en los pulmones cada vez que intentaba respirar demasiado rápido.
Corrí presa del pánico por lo que acababa de hacer.
No de arrepentimiento, sino pánico por no sentirlo.
Cuando finalmente llegué a la falda de la montaña, el amanecer comenzaba a abrirse paso entre la niebla. Desde la distancia vi un pequeño grupo de personas descargando mochilas, tiendas de campaña y provisiones junto a varios vehículos aparcados al borde del camino. Senderistas.
Me quedé observándolos oculto entre los árboles durante varios minutos.
Nunca había conducido.
Nunca había vivido realmente fuera de Los Desollados.
Dentro del culto nos enseñaban la existencia de la civilización, pero apenas teníamos contacto con el exterior.
Los niños crecían aislados entre rezos, violencia y piedra húmeda, aprendiendo antes a soportar el dolor que a relacionarnos con otras personas.
Más allá de mi madre, apenas había conocido afecto humano real.
Esperé hasta que el grupo se alejó lo suficiente antes de acercarme.
Entonces robé una de las motos.
Todavía recuerdo el tacto helado del metal bajo mis dedos y el rugido brutal del motor vibrándome por dentro cuando conseguí arrancarla.
Aprendí sobre la marcha qué significaba acelerar, frenar y mantener el equilibrio.
No pensé demasiado. Solo seguí descendiendo por los caminos de tierra mientras el aire frío me golpeaba el rostro y los árboles desaparecían poco a poco detrás de mí.
Y durante unos minutos sentí algo que jamás había experimentado.
Libertad.
La sensación absurda y vertiginosa de estar dejando atrás a Los Desollados, la iglesia, la sangre de mi padre y todo aquello que había convertido mi vida en una tumba mucho antes de crecer.
Cuando llegué a la carretera principal ya iba demasiado rápido.
Las luces aparecieron de golpe frente a mí y, por puro instinto, aceleré todavía más al intentar incorporarme.
Recuerdo el sonido ensordecedor de un claxon atravesando la escena.
El destello de unos faros cegándome por completo. Después el impacto.
Y oscuridad.
Lo último que recuerdo es que un ángel me recibió, me acarició las mejillas y me cogió de la mano.
—Xipe, soy Leah. Vamos a salvarte.
«Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo.» — Juan 12:24