Capítulo 34
Xipe
L os Desollados siempre habían sido mi familia. No conocí otra cosa fuera de ellos, fuera de la humedad de aquella iglesia, del olor constante a incienso consumido y sangre seca impregnando las paredes como si el sufrimiento también pudiera quedarse adherido a la piedra.
Nací allí. Aunque no tengo demasiados recuerdos de mi infancia, crecí viendo hombres arrodillarse delante del dolor igual que otros hombres se arrodillan ante Dios.
Para nosotros no existía diferencia entre ambas cosas.
El sufrimiento era sagrado. Purificaba. Arrancaba la mentira del cuerpo y dejaba únicamente aquello que merecía sobrevivir.
Y en el centro de todo siempre estaba la Perla Blanca.
La elegida.
Los adeptos de Los Desollados dedicaban años enteros a buscarla.
Observaban mujeres rotas, mujeres vacías, mujeres marcadas por la tragedia o el abandono, criaturas capaces de soportar el tipo de dolor que habría destruido a cualquier otra persona.
Después las traían con nosotros y comenzaba la Consagración.
La mayoría no sobrevivía.
Algunas morían durante los primeros días, incapaces de soportar la violencia del ritual.
Otras seguían respirando, pero algo dentro de ellas terminaba quebrándose mucho antes que el cuerpo.
Perdían la mente, la voluntad o cualquier rastro de humanidad hasta convertirse en simples cadáveres vacíos caminando entre los pasillos de la iglesia.
Pero cuando una conseguía atravesarlo todo sin romperse dejaba de pertenecer al mundo corriente.
Entonces era nombrada Perla Blanca.
Sagrada. Venerada. Deseada.
Mi madre fue la última.
Todavía puedo recordarla caminando por la iglesia cubierta por aquella túnica morada que parecía hecha para convertirla en una especie de diosa.
Los hombres inclinaban la cabeza cuando ella pasaba a su lado.
Algunos incluso lloraban al tocarle las manos.
Crecí creyendo que mi madre era la criatura más cercana a Dios que había existido jamás.
Una vez que una mujer sobrevivía a la Consagración Blanca, dejaba de ser tratada como un ser humano corriente.
Los Desollados la convertían en una deidad viviente.
La veneraban, cubrían su cuerpo con aceites e incienso y, durante la ceremonia final, colocaban sobre su cuello un rosario cuya cruz descendía lentamente por la columna hasta quedar colgando sobre la base de su espalda desnuda. Después la hacían subir al altar.
La Perla se sentaba de espaldas al culto entero mientras las velas iluminaban su piel y el silencio se extendía por la iglesia como una presencia sagrada.
Entonces todos los hombres caían de rodillas frente a ella y comenzaban a rezar.
Horas enteras inclinando la cabeza contra la piedra, repitiendo plegarias hasta romperse la voz, hasta que las rodillas terminaban abiertas y ensangrentadas contra el suelo.
Algunos lloraban. Otros temblaban.
Porque para Los Desollados la Perla jamás fue solo una mujer.
Era la representación física de la fe llevada al límite, del sufrimiento convertido en divinidad y de la devoción absoluta nacida a través del dolor.
Creían que únicamente una mujer era capaz de atravesar semejante destrucción sin terminar vacía por dentro.
Solo ellas podían soportar la Consagración y regresar convertidas en algo más fuerte, más puro, más cercano a lo sagrado.
Decían que la mujer era divina por naturaleza porque tenía el poder que ni siquiera los hombres más devotos podían alcanzar: crear vida. Para Los Desollados aquello era la prueba definitiva de que Dios habitaba más cerca de ellas que del resto del mundo.
Los hombres, en cambio, éramos criaturas débiles de espíritu, violentas de cuerpo pero frágiles de alma, incapaces de soportar el mismo nivel de dolor sin quebrarnos mucho antes.
La Perla no solo era adorada.
Era consumida por todo lo que significaba.
Los Desollados amaban a sus Perlas. Eran símbolos vivientes de fertilidad, obediencia y pureza espiritual. Su capacidad para dar descendencia era vista como una bendición divina. Cuantos más hijos trajera al culto, más cerca estaba de alcanzar la perfección.
La fertilidad. La sangre. La continuidad.
Pero cuando una Perla dejaba de poder concebir dejaba también de tener valor y se buscaba a otra.
Así de simple.
Recuerdo perfectamente el día en que los hombres pronunciaron la sentencia sobre mi madre. Yo había sido su único hijo. Mi madre no pudo engendrar más. Eso significaba que La Perla Blanca ya no tenía razón de ser.
Por lo tanto, debía ser sustituida.
Mi padre aceptó la orden sin cuestionarla ni un solo segundo.
Porque dentro de Los Desollados la obediencia siempre había estado por encima del amor.
Aquella noche observé cómo el hombre que llevaba toda la vida diciendo amar a mi madre le abría el cuello frente al altar mientras el resto del culto rezaba.
Recuerdo el sonido húmedo de la sangre cayendo sobre la piedra.
Recuerdo las velas moradas iluminándole el rostro mientras se desangraba lentamente.
Recuerdo sus ojos buscándome entre toda aquella oscuridad justo antes de apagarse para siempre.
Y lo peor de todo fue darme cuenta de que nadie lloró.
Nadie gritó. Nadie intentó detenerlo.
Porque Los Desollados nos habían enseñado que amar significaba sacrificar, destruir y obedecer. Nos criaban para creer que el sufrimiento era hermoso y que cualquier parte de nosotros capaz de rebelarse merecía morir.
Tarde o temprano encontrarían otra Perla, la vaciarían lentamente hasta convertirla en un símbolo viviente y después, cuando dejara de servirles, volverían a matarla exactamente igual que hicieron con mi madre.
Por eso la siguiente Perla tenía que acabar siendo mía.
Para demostrar que era fuerte de cuerpo y espíritu, y que no tenía por qué morir.
Pero para que Los Desollados me siguieran tenía que dejar un mensaje. Uno potente.
Y una noche, finalmente, di con la fórmula perfecta.
Me llevó meses construirla. Cuando terminé, esperé.
Esperé la madrugada adecuada. El momento exacto en que los demás caían rendidos después de horas rezando y el refugio entero quedaba sumido en aquella quietud húmeda que siempre precedía al amanecer.
Todavía recuerdo el peso muerto de mi padre mientras lo arrastraba por el pasillo principal de la iglesia. Apenas podía mantenerse consciente. Balbuceaba palabras incoherentes, tropezando contra el suelo de piedra mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo.
Pero yo sí lo entendía. Perfectamente.
Había construido la estructura semanas antes, ocultándola bajo la nieve del bosque que nos rodeaba. Madera gruesa. Clavos. Cuerdas. Una réplica grotesca de una crucifixión levantándose justo en mitad de la iglesia donde él había asesinado a mi madre.
La ironía me parecía preciosa.
La noche en que mataron a mi madre entendí que el cuerpo humano podía convertirse en un templo o en un castigo dependiendo de quién lo tocara.
Esperé a que Los Desollados terminaran el entierro.
Recordaba perfectamente la tierra húmeda cayendo sobre la caja de madera mientras todos rezaban alrededor. Después regresaron al refugio. Pero yo no volví con ellos.
Todavía sentía cómo se me metía el barro bajo las uñas mientras cavaba desesperadamente sobre la tumba recién cerrada. Cuando conseguí abrir el ataúd, el rostro de mi madre seguía tranquilo. Un ángel recién dormido.
Con un cuchillo, la abrí.
La abrí igual que Los Desollados habían abierto su vida entera.
Tenía metido en la cabeza el sonido húmedo de la hoja atravesando la piel de su abdomen.
La resistencia inicial de la carne antes de terminar cediendo lentamente bajo mis manos.
La sangre seguía caliente. Se desbordó inmediatamente por la abertura y me cubrió los dedos, espesa, oscura, mezclándose con el barro y la tierra que todavía llevaba adheridos a las uñas después de desenterrarla.
Las lágrimas me caían directamente sobre el cuerpo mientras seguía cortando.
El olor fue lo peor. Hierro. Vísceras. Carne abierta todavía conservando parte del calor de la vida.
Tuve que separar los tejidos con ambas manos para seguir descendiendo. Sentía cómo las entrañas resbalaban entre mis dedos, húmedas y viscosas, mientras buscaba desesperadamente aquello que Los Desollados habían convertido en el centro de toda su existencia.
Su útero.
El lugar exacto que había transformado a mi madre en algo sagrado para ellos. La única razón por la que la adoraron durante años. La única razón por la que después decidieron sacrificarla.
Cuando por fin lo encontré, me quedé inmóvil varios segundos.
Era pequeño y estaba cubierto de sangre. Todavía unido al interior de su cuerpo por fragmentos de tejido y venas que tuve que cortar uno por uno.
Y entonces lo saqué.
Lo sostuve entre las manos mientras seguía arrodillado junto al cadáver abierto de mi madre, completamente cubierto de sangre, comprendiendo por primera vez que algo dentro de mí acababa de pudrirse para siempre.
Aproveché el frío brutal de las montañas para internarme en el bosque.
La nieve me hundía las botas a cada paso mientras avanzaba entre los árboles con el cuerpo todavía cubierto por la sangre de mi madre.
Cuando encontré un lugar lo bastante profundo y alejado, cavé con las manos hasta que los dedos empezaron a entumecerse.
Después enterré su útero allí.
Necesitaba que el frío conservara la carne. Que la congelara lentamente bajo tierra igual que una reliquia sagrada escondida del resto del mundo.