Capítulo 35
Xipe
L a luz del amanecer terminó despertándola lentamente mientras se filtraba a través de las vidrieras moradas de la iglesia y derramaba manchas violetas sobre el altar.
Mi perla se estaba consumiendo.
El agotamiento empezaba a deformarle el cuerpo poco a poco, podía verlo en la forma pesada en que respiraba.
Llevaba más de veinticuatro horas sin comer.
Dormía a intervalos y sólo se le daba agua permitiéndole chupar una tela mojada durante unos segundos.
Pero sobre todo era cansancio mental. La Consagración apenas había comenzado y, aun así, su mente ya empezaba a doblarse bajo el peso del miedo, el dolor y la incertidumbre.
Pero todavía no era suficiente.
Aún necesitaba arrancarle muchas cosas de dentro. Necesitaba verla más dócil. Más obediente. Más preparada para entregarse a mí sin seguir luchando contra aquello que ambos sabíamos inevitable.
Permanecí arrodillado bajo el altar de piedra observándola en silencio mientras dormía a intervalos cortos y nerviosos sobre la superficie fría. Desde allí abajo podía verla exactamente igual que Los Desollados contemplaban antiguamente a las Perlas durante los rezos.
Metí la mano dentro del bolsillo de mis pantalones y saqué lentamente el rosario.
Las cuentas blancas resbalaron entre mis dedos mientras la cruz golpeaba suavemente contra mi palma.
Aquel rosario había pertenecido a mi madre.
Los Desollados se arrodillaban frente a ella mientras lo sostenía entre las manos, rezando hasta hacerse sangrar las rodillas sobre la piedra.
Y ahora me pertenecía a mí.
Deslicé una cuenta entre los dedos mientras medía las respiraciones de Leah.
Una.
Dos.
Tres.
El sonido lento de su pecho subiendo y bajando terminó mezclándose con el murmullo lejano de las velas consumiéndose alrededor de la iglesia. A veces sus pestañas temblaban apenas, como si incluso dormida siguiera intentando escapar de algo.
Pobre de mi perla.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. La vi incorporarse despacio sobre la piedra fría mientras el agotamiento seguía pesándole en cada movimiento. Sus rizos caían desordenados sobre los hombros y la marca rojiza de su almohada todavía le atravesaba parte de la mejilla.
Entonces se dio cuenta.
Las cuerdas que la mantenían presa habían desaparecido.
El miedo y la desconfianza cruzaron su expresión inmediatamente, como si aquello fuera muchísimo peor que seguir atada.
Una sonrisa lenta terminó deformándome la boca.
—Buenos días, mi pequeña perla.
Levantó la vista hacia mí sin responder. Sus ojos todavía estaban empañados por el sueño, pero podía ver perfectamente cómo intentaba entender qué significaba aquello.
—Me has soltado.
Su voz salió áspera.
Deslicé otra cuenta del rosario entre los dedos antes de contestar.
—Soy un hombre de fe y tú eres mi mayor apuesta, Leah.
Apartó la mirada apenas un instante antes de llevarse una mano a la cabeza. El gesto fue pequeño, automático, casi involuntario, pero vi perfectamente cómo todo su cuerpo se tensaba inmediatamente después, igual que si una corriente eléctrica acabara de atravesarle el cráneo.
Sus dedos presionaron contra la sien mientras soltaba el aire lentamente.
Dolor.
Un dolor profundo.
La observé inclinar apenas el rostro hacia delante, cerrando sus ojos avellana durante unos segundos como si intentara soportar algo que comenzaba a crecerle dentro de la cabeza poco a poco.
—Me duele…
La frase se rompió en su garganta. Volvió a apretarse la frente y esta vez dejó escapar una respiración mucho más inestable.
—Me duele muchísimo la cabeza.
La luz morada del amanecer seguía derramándose sobre su piel desnuda mientras yo continuaba observándola desde debajo del altar, arrodillado todavía sobre la piedra.
Había algo que conseguía erizar mi piel.
Mi perla agotada, vulnerable y empezando a comprender que su propio cuerpo ya estaba reaccionando a la Consagración.
Una sonrisa lenta terminó apareciendo en mi boca.
—Forma parte de tu Consagración.
Leah abrió los ojos inmediatamente para mirarme.
El miedo empezó a mezclarse poco a poco con la confusión en su expresión.
—No te preocupes, pronto empezarás a redimirte.
Ella tragó saliva antes de hablar.
—Necesito mis pastillas, Xipe.
La frase sonó desesperada. Me puse lentamente en pie frente al altar mientras el rosario seguía balanceándose entre mis dedos.
—Nunca las has necesitado.
Mi voz reverberó suavemente por toda la iglesia.
—Lo que necesitas es aprender a dejar de sentirte.
Su mirada recorrió lentamente cada parte de mi cuerpo desnudo. Había bajado a la iglesia sin nada cubriéndome el torso y el frío de la madrugada seguía clavándose sobre mi piel igual que pequeñas cuchillas invisibles.
Me gustaba.
El frío siempre conseguía algo que muy pocas cosas lograban: adormecer la necesidad constante de destruir. Volvía mis pensamientos más lentos, más precisos. Como si congelara temporalmente la parte más violenta de mí antes de dejarla salir otra vez.
Además, la sangre se veía mucho más bonita sobre la piel fría. Y yo necesitaba sentir la sangre caliente de mi perla.
—Aunque todo sea blanco, pálido y limpio, sigues manchada con el color de tu pérdida.
Podía ver el miedo moviéndose detrás de sus ojos igual que un animal atrapado intentando encontrar una salida que ya no existía.
Di una única palmada y el sonido explotó dentro de la iglesia, rebotó contra las paredes de piedra en un eco profundo y seco. Apenas unos segundos después, las puertas principales comenzaron a abrirse lentamente.
Los Desollados entraron en silencio.
Las cuerdas enrolladas alrededor de sus cabezas y cuellos les deformaban el rostro bajo sombras irregulares, y las pieles oscuras que cubrían parte de sus cuerpos arrastraban consigo olor a bosque húmedo, incienso y sangre.
Ninguno hablaba. Ninguno apartaba los ojos del altar.
Fueron colocándose frente a nosotros uno por uno hasta terminar arrodillados sobre la piedra.
Sus respiraciones subían y bajaban.
Todos al mismo tiempo.
Como si fueran partes separadas de una misma criatura enferma.
Leah lo notó también. La vi tensarse apenas sobre el altar mientras observaba aquella sincronía imposible creciendo dentro de la iglesia.
Después pronuncié un único nombre.
—Dorian.
Él apareció desde el fondo de la sala avanzando lentamente entre los demás. Las cuerdas negras seguían envolviéndole parte del rostro y el cuello, dejando visibles únicamente sus ojos oscuros y aquella expresión permanentemente vacía que siempre parecía esconder algo muchísimo peor debajo.
Llevaba un pequeño saco de terciopelo morado entre las manos.
Cuando llegó junto al altar, me lo entregó sin decir una sola palabra.
Leah observó el saco inmediatamente.
Y el miedo cambió de forma dentro de ella.
—¿Qué es eso?
Su voz salió mucho más aguda.
Intentó incorporarse de golpe sobre la piedra, pero el movimiento apenas duró un segundo antes de que una punzada de dolor y rigidez le atravesara el cuerpo entero. La vi jadear suavemente mientras trataba de mover las piernas otra vez.
No podía.
Sus músculos apenas respondían.
El pánico empezó a abrirse paso en su respiración.
—¿Qué…?
Intentó volver a incorporarse y esta vez el cuerpo directamente le falló a medio movimiento.
Una sonrisa lenta terminó deformándome la boca mientras me apartaba el pelo negro hacia atrás con los dedos, dejando que varios mechones oscuros volvieran a caer desordenados sobre mi frente.
—Después de tantas horas sin comer, sin beber y sin moverte, las articulaciones empiezan a dormirse, mi perla —deslicé lentamente los dedos sobre el terciopelo del saco mientras hablaba—.
El cuerpo humano se vuelve torpe muy rápido cuando permanece demasiado tiempo inmóvil.
Incluso los ángeles perderían la capacidad de volar si alguien les arrancara el cielo durante suficientes horas.
Los ojos de Leah comenzaron a llenarse de auténtico terror.
Pobre Leah.
—Déjanos mirarte, mi perla. Nos gusta mirarte.
Me alejé un par de pasos hacia atrás sin apartar los ojos de ella. Necesitaba contemplarla entera. Seguía tumbada de lado sobre el altar de piedra, desnuda, sosteniéndose apenas sobre las palmas de las manos mientras el miedo le quebraba la respiración en pequeñas sacudidas irregulares.
Las velas moradas chisporroteaban a ambos lados del altar.
Y detrás de ella estaba el ángel.
La enorme estatua de piedra permanecía al fondo de la iglesia, alineada perfectamente con su cuerpo.
Las alas abiertas de la figura se extendían detrás de Leah gracias al juego deformado de luces y sombras que atravesaba las vidrieras moradas, haciendo parecer durante unos segundos que aquellas alas nacían directamente de su espalda desnuda.
Dios.
La visión me enfermó, infectó mi voluntad.
Parecía una criatura caída del cielo únicamente para ser destruida por mis manos. Aunque quizás yo mismo había sido creado para ser destruido, conocerla fue sencillamente un regalo.
Notaba a Los Desollados respirando detrás de mí, todavía arrodillados en absoluto silencio, observándola.
Pero ellos no podían verla como yo. Leah parecía un ángel agotado después de haber sido arrastrado demasiado tiempo por el infierno.
Y cuanto más miedo empezaba a reflejar su cuerpo, más deliciosa se volvía ante mis ojos.
Ojalá verla cubierta con mi sangre igual que una criatura recién nacida de la violencia.
Imaginaba sus dedos extendiéndola lentamente por su piel, marcándose las costillas, el cuello y el vientre, dejando huellas ensangrentadas hasta lubricar sus labios con ella.
Sentiría los dedos calientes cuando rozara su entrada, y dejaría escapar un jadeo al correrse mientras sus ojos oscuros me prometen la muerte.
Quería verla jugar con el líquido rojo con su lengua y que luego dejara correr un pequeño rastro carmesí por la barbilla.
Quería verla temblar de rencor, de dolor y de deseo al mismo tiempo.
Que me mirara como si yo fuera la infección que había consumido su espíritu y, aun así, siguiera arrastrándose una y otra vez hacia aquello que más daño le hacía.
Dios.
Sin ser del todo consciente de ello, ya había abierto el pequeño saco de terciopelo morado que descansaba entre mis manos. Me aparté lentamente varios mechones negros del rostro antes de comenzar a caminar hacia mi perla.
Podía olerla.
El sudor húmedo mezclándose con el incienso de la iglesia. El miedo abriéndose paso bajo su piel. La tensión eléctrica de su cuerpo reaccionando a mi presencia. El dolor. La confusión. Las preguntas pudriéndosele dentro de la cabeza.
Todo.
Las pupilas de Leah se dilataron al ver cómo me acercaba y una satisfacción enfermiza me atravesó el pecho al reconocer aquella reacción tan primitiva.
Su cerebro ya estaba enviando señales de peligro al resto del cuerpo.
Hormonas precipitándose por su torrente sanguíneo, preparando los músculos, acelerándole el corazón, obligando al organismo entero a decidir entre luchar o huir.
Delicado y salvaje.
Pero la creación siempre termina respondiendo a su creador.
Leah tenía el cuerpo frágil. Demasiado agotado. Demasiado castigado por el miedo, el hambre y la tensión acumulada.
Pero no su mente.
Eso era lo verdaderamente peligroso de ella.
La vi clavar lentamente las uñas contra la piedra del altar mientras tomaba aire con dificultad, obligándose a sostenerme la mirada a pesar de todo lo que su instinto estaba gritándole.
Apenas quedaban un par de metros entre nosotros.
Y cuanto más me acercaba, más parecía Leah una criatura intentando decidir si debía besar al demonio o arrancarle la garganta con los dientes. Ojalá hiciera ambas en ese orden.
Mis dedos rozaron lentamente su mejilla derecha.
La piel de Leah estaba helada. Tan fría que incluso algunas venas violáceas comenzaban a transparentarse bajo la superficie pálida de su cuello y su rostro.
La observé unos segundos en silencio, fascinado por aquella fragilidad enfermiza, preguntándome qué temperatura tendría realmente escondida dentro del cuerpo.
Si debajo de toda aquella piel fría sus entrañas seguirían conservando calor.
Vida. ¿Sus entrañas estarían tan calientes como estaban las de mi madre?
Mi perla parecía hecha de hielo por fuera y de algo mucho más peligroso por dentro. La vi tentada de bajar la mirada hacia mi mano libre, intentando controlar qué iba a hacer, intentando prepararse para el miedo antes de que ocurriera.
Pero no le di tiempo.
Le sujeté la barbilla con firmeza y le obligué a alzar el rostro otra vez hacia mí. Sus pestañas temblaron. Las lágrimas comenzaban a acumularse lentamente entre ellas, pequeñas, brillantes, a punto de romperse y deslizarse por sus mejillas.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué tu cuerpo responde a mí, mi pequeña perla?
—No… no lo sé.
—Oh, una vez me hiciste prometer que algún día te hiciera recordar—el pulgar con el que estaba alzándole la barbilla subió hasta sus labios—. Pero para recordar primero tienes que portarte bien.
Sus labios temblaron apenas bajo mi dedo y aquella pequeña reacción bastó para que algo oscuro se tensara dentro de mi pecho. Terminé besándola. No fue una pesadilla, fue algo muchísimo peor.
La obligué a sentirme entero, a notar cómo mi boca se cerraba sobre la suya mientras seguía sujetándole el rostro entre los dedos.
El frío de su piel contrastaba con el calor húmedo de su respiración y durante unos segundos Leah permaneció completamente inmóvil debajo de mí, demasiado agotada o demasiado confundida para decidir si apartarse.
Sabía a dolor.
Deslicé mis labios sobre los suyos otra vez, más despacio esta vez, dejando que el silencio de la iglesia se llenara únicamente con nuestras respiraciones mezclándose mientras Los Desollados seguían arrodillados detrás de mí.
—El demonio ha venido a reclamar tu dolor, mi perla —murmuré mientras anudaba lentamente un cilicio alrededor de cada uno de sus muslos—. No querrás decepcionarle, ¿verdad?
«Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí.» — Cantar de los Cantares 5:4