Capítulo 31 #2
Mi cuerpo supo cómo iba a continuar.
—Eran tus padres. No conseguimos salvarlos. Lo siento mucho.
Recuerdo el sonido metálico de una bandeja cayendo en algún lugar del pasillo. Recuerdo las luces blancas quemándome los ojos. Recuerdo el sabor ácido subiéndome violentamente por la garganta antes de terminar vomitando contra el suelo brillante del hospital.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Escuchaba voces alrededor.
Alguien pronunciando mi nombre.
Y entonces los cuchicheos.
Todos me estaban mirando.
Dos enfermeras hablando muy bajo al final del pasillo creyendo que yo ya no podía oírlas.
—Pobre Leah —dijo una de ellas.
◆◆◆
Cuando supe que mis padres habían muerto me di cuenta de que había una línea muy fina entre el sadismo y el masoquismo. Yo constantemente me movía entre las dos.
Heredé la casa familiar, la última del pueblo donde nací. Quedaba relativamente cerca del hospital, así que no me lo pensé demasiado. Aún así tardé varios meses en hacerme a la idea.
Los dolores de cabeza vinieron poco después de enterrar a mis padres.
Siempre había sufrido de migrañas en épocas de estrés, pero aquello era distinto.
El dolor se volvió constante, profundo, insoportable.
Como si alguien me hubiese metido una aguja detrás de los ojos y la girara lentamente cada vez que despertaba.
Empecé con la medicación casi de inmediato.
Unas semanas después no dejaba de preguntarme de qué sustancia tenía que abusar para poder aceptar que lo que echaba de menos ya no iba a volver.
Conocí el cielo dentro del color blanco más puro.
La primera vez que me automediqué y me pasé de dosis fue solo alivio.
Un silencio pequeño y artificial abriéndose paso dentro de mi cabeza después de meses sobreviviendo con el pecho en carne viva.
Por primera vez desde que compré flores para sus lápidas conseguí dormir sin despertarme empapada en sudor, sin gritar, sin sentir que algo me aplastaba las costillas desde dentro.
Las pastillas apagaban el ruido.
El dolor físico desaparecía primero. Después el resto.
La culpa. La ansiedad. El vacío. La soledad.
Todo se volvía más lento, más lejano, más soportable.
Con ellas podía sentarme en la oscuridad de aquella casa y no sentir que las paredes iban a tragarse mi cuerpo entero.
Podía respirar sin notar el duelo arañándome la garganta.
Podía existir sin pensar constantemente en el accidente, en la sangre, en el sonido de aquellas palabras persiguiéndome por los pasillos del hospital.
Hasta que un día dejé de tomarlas para curarme y empecé a necesitarlas para existir.
Con el color blanco descubrí algo muy peligroso: las pastillas hacían que el dolor dejara de alcanzarme.
Vivir en aquella casa era horrible.
Había sido mi hogar durante la infancia y, aun así, apenas la recordaba.
Cuando cumplí nueve años me fui a vivir con mi abuela a la ciudad porque mis padres querían darme una vida mejor de la que el pueblo podía ofrecerme.
Por eso, al regresar, todo me resultaba extrañamente ajeno.
La madera crujía como si la casa respirara a mis espaldas.
Las habitaciones parecían demasiado grandes.
Demasiado silenciosas. Cada pasillo estaba lleno de recuerdos que no terminaban de pertenecerme del todo.
Las paredes me devoraban.
Los cuadros. Los armarios. El olor antiguo de las mantas guardadas. Todo parecía observarme igual que un cadáver observa a quien lo enterró.
Intenté convencerme de que aquello podía convertirse en una nueva oportunidad.
No quería abandonar la casa al polvo y al olvido, así que me obligué a vivir allí como una desconocida ocupando el lugar de otra persona.
Nunca me presenté a los vecinos. Apenas salía.
Ni siquiera ponía la música demasiado alta por miedo a que alguien recordara que la hija huérfana de los Crowe había regresado al pueblo.
Pero la verdad era mucho más simple.
Aquella ya no era mi casa.
Yo ya no tenía hogar. Ni refugio. Ni ningún lugar al que regresar cuando el mundo empezara a darme miedo.
En mi cabeza, cada vez que el silencio duraba demasiado, aquellas dos palabras volvían a aparecer igual que una condena susurrada dentro de mi cráneo.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Pobre Leah.
Desde aquel día dejé de ser la hija de alguien.
Y el mundo cambia cuando te arrancan eso.
Hay una clase de seguridad invisible que solo entiendes cuando desaparece.
Algo primitivo. Es algo puramente biológico.
Nacemos siendo conscientes de dónde venimos, conocemos nuestras raíces.
Cuando tienes que quemar los barcos para salir huyendo solo esperas que ese fuego al menos te guíe e ilumine entre las sombras.
Tu fortaleza cambia. Tus sueños cambian. Hasta la forma en que miras el futuro se pudre un poco.
Porque de pronto descubres que ya no queda nadie de escudo entre el mundo y tú.
Este mundo no estaba hecho para solo tener a Dios de escudo, también hacía falta un diablo.
Xipe era mi Dios y mi diablo por partes iguales.
«Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.» — 2 Corintios 11:14