El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Leah

X ipe era el monstruo que vive agazapado en los cuentos que las madres utilizan para asustar a sus hijos. El lobo hambriento escondido entre los árboles. La criatura que espera debajo de la cama mientras finges dormir y rezas para no respirar demasiado fuerte.

El Dios del desollamiento.

Un nombre que la gente antiguamente pronunciaba en voz baja, igual que se hablaba de las maldiciones o de los cadáveres que quemaban después de un sacrificio. Nadie lo trataba como algo real. Solo una leyenda enferma. Un mito construido a partir de sangre, fanáticos y misticismos.

Y aun así existía.

Existía de verdad.

Nunca imaginé que acabaría atrapada entre las manos del más bello de los ángeles del infierno.

Retrocedí instintivamente cuando él apoyó ambas manos sobre el borde del altar.

El movimiento fue inútil. Las cuerdas seguían inmovilizando mis tobillos y muñecas contra la piedra, y el simple roce de la tela sobre los moratones me arrancó una punzada de dolor.

Xipe observó mi gesto con una calma enfermiza, casi fascinada, midiendo cada reacción para alimentar algo dentro de él.

—No me mires así, mi perla —murmuró—. Todavía no te he hecho nada.

Sentí un escalofrío subir lentamente por mi espalda.

La iglesia estaba en silencio. Las velas proyectaban sombras moradas sobre las paredes y convertían su rostro en algo mucho más inhumano.

—¿Qué quieres de mí?

Mi voz salió ronca.

Xipe inclinó un poco la cabeza, observándome igual que un hombre contempla una obra antes de decidir si merece comprarla o no.

—Quiero que sobrevivas.

La respuesta me descolocó tanto que durante unos segundos no fui capaz de hablar. Él deslizó lentamente los dedos por una de las cuerdas que atrapaban mi muñeca.

—Los Desollados esperan a la verdadera perla. Aquella capaz de atravesar el dolor sin quebrarse —sus ojos oscuros se clavaron en mí—. Y tú vas a demostrarles que lo eres.

Negué con la cabeza de inmediato.

—No tengo nada que demostrar al hombre que mató a mis padres.

Una sonrisa mínima deformó su boca.

—Ah, pobre Leah.

La naturalidad con la que dijo esa frase me heló la sangre. No sabía si de rabia o de miedo.

Xipe rodeó el altar lentamente mientras hablaba. Se quedó de pie a mis espaldas.

—¿Qué fue lo que me delató, mi perla? —preguntó mientras me acariciaba lentamente el hombro derecho—. Quizás fue mi cicatriz…

Sus dedos ascendieron despacio hasta enredarse alrededor de mi cuello.

—Quizás fueron mis ojos…

Su aliento me rozó la mejilla antes de que su lengua lamiera una franja de mi piel, despacio, saboreando el sudor que empezaba a nacer ahí por puro nerviosismo.

—O quizás fue descubrir que habías salvado al hombre que te dejó huérfana.

Xipe volvió a rodear lentamente el altar, arrastrando los dedos por la piedra mientras me observaba.

Yo tampoco podía dejar de mirarlo.

Dios.

Se detuvo frente a mí otra vez y metió una mano en el bolsillo de su pantalón justo cuando el amanecer comenzaba a filtrarse a través de las vidrieras moradas de la iglesia. La luz atravesó el polvo suspendido en el aire y terminó derramándose sobre su cuerpo en manchas violetas y rojizas.

Entonces lo vi mejor.

El brazo donde llevaba tatuado el rosario.

El brazo que escondía mi propia sutura.

◆◆◆

Llevaba tantas horas despierta que el hospital entero parecía cubierto por una especie de niebla gris.

El cansancio se me había metido dentro del cuerpo igual que la peor de las resacas.

Me dolían los hombros, los párpados y hasta las manos después de encadenar paciente tras paciente durante toda la madrugada.

El olor constante a desinfectante empezaba a resultarme insoportable.

Sangre, sudor, café frío y lágrimas. Urgencias siempre olía a personas intentando no morirse.

Me apoyé unos segundos contra el mostrador de enfermería mientras revisaba una historia clínica a medias. Escuchaba voces al fondo, teléfonos sonando, ruedas de camillas atravesando los pasillos a toda velocidad. El hospital nunca descansaba realmente. Solo cambiaba de ritmo.

Entonces sonó mi busca. Levanté la vista de inmediato. Código rojo. Accidente grave. El cansancio desapareció de golpe.

Eché a correr hacia el vestíbulo de ambulancias mientras varias personas del equipo médico se movilizaban alrededor. Las puertas automáticas acababan de abrirse cuando vi entrar la camilla.

—Varón, treinta y pocos —informó el camillero sin detenerse—. Accidente de tráfico. Conducía una moto. Impacto lateral contra un coche a alta velocidad.

La camilla avanzó rápidamente bajo las luces blancas de urgencias.

Su rostro era prácticamente irreconocible.

Tenía un ojo completamente inflamado y amoratado, la ceja abierta hasta el hueso y media cara cubierta por sangre seca mezclada con fragmentos diminutos de cristal incrustados en la piel.

El golpe había deformado parte de su mandíbula y tenía los labios reventados, partidos por varios sitios, dejando escapar pequeños hilos de sangre cada vez que intentaba respirar.

Había moratones extendiéndose bajo la piel como manchas de tinta oscura, subiéndole por el cuello y perdiéndose bajo la ropa destrozada.

Parte de su mejilla parecía quemada por el asfalto, enrojecida y arrancada a tiras irregulares.

Olía a hierro, gasolina y carne abrasada.

La carne humana quemada tiene un olor que nadie olvida después de olerlo una sola vez.

No se parece únicamente al humo ni al fuego.

Es algo mucho peor, más espeso, más orgánico.

Un olor dulce y enfermizo que se mezcla con hierro, grasa y piel abrasada hasta quedarse pegado dentro de la garganta.

Se te mete en la nariz, en la ropa y debajo de las uñas.

El paciente respiraba de forma irregular, medio inconsciente, con el rostro cubierto de cortes y restos de cristal.

Pero lo peor estaba en el brazo izquierdo.

Las quemaduras eran graves. La piel aparecía desgarrada en algunas zonas, ennegrecida en otras, como si el asfalto le hubiese arrancado parte del antebrazo al arrastrarlo varios metros.

La sangre seguía bajando lentamente por la camilla.

—Necesito quirófano ya —ordené mientras me colocaba los guantes—. Y preparad cirugía plástica, va a necesitar injertos de piel.

Las constantes comenzaron a descender en la pantalla.

Demasiado rápido.

—Presión bajando. Tenemos que estabilizarlo ahora.

Me incliné sobre él mientras uno de los anestesistas preparaba la sedación. El hombre apenas reaccionaba. Tenía el cuerpo destrozado y la respiración rota a intervalos extraños.

—Eh, mírame —dije sujetándole el rostro con una mano—. Necesito que me digas tu nombre.

No respondió.

Solo un pequeño espasmo recorrió su mandíbula.

Dios, estaba a minutos de morir.

—¿Cómo te llamas?

Sus párpados temblaron apenas.

Las constantes siguieron cayendo.

—Vamos, necesito tu nombre.

Durante un segundo pensé que ya no iba a responder. Que se nos estaba muriendo delante.

Pero entonces sus labios se movieron.

Muy despacio.

Como una última confesión arrancada justo antes de cruzar al otro lado.

—Xipe.

—Xipe, soy Leah. Vamos a salvarte.

◆◆◆

—Pobre Leah.

Salí de mis recuerdos.

Cuando el demonio que tenía delante sacó la mano del bolsillo y la abrió, solo había un pequeño puñado de arándanos oscuros descansando sobre su palma.

Fruncí el ceño, confundida.

Xipe cogió uno entre los dedos y lo sostuvo lentamente junto a uno de sus ojos.

Sentí un vacío abrirse bajo mis costillas.

Una sonrisa lenta terminó apareciendo en sus labios, deformándole el rostro poco a poco, curvando sus mejillas y retorciendo la expresión de aquellos mismos ojos ahora violáceos por la luz del amanecer que se colaba en el espacio.

Dios.

Un rastro de lágrimas empezaba a deslizarse por mi cuello.

—No llores mi perla, siempre he estado contigo.

◆◆◆

Conseguimos estabilizarlo después de horas que se sintieron eternas.

La cirugía había sido un infierno de sangre, tejido quemado y monitores sonando sin descanso.

Tuvieron que limpiarle las heridas varias veces antes de empezar con los injertos.

Sí, tuvimos que hacerle varios. Recuerdo perfectamente el momento en que levantaron parte de la piel de sus muslos para cubrir las zonas más dañadas del antebrazo.

El olor seguía impregnándolo todo incluso dentro del quirófano.

Pero sobrevivió.

De alguna manera, sobrevivió.

Cuando terminó la intervención lo trasladaron a observación, y yo me quedé allí mientras la anestesia empezaba a abandonarle lentamente el cuerpo.

La habitación estaba en silencio, apenas rota por el pitido constante del monitor cardíaco y el sonido regular del oxígeno entrando y saliendo de sus pulmones.

La luz tenue suavizaba parte de las heridas de su rostro. Ya no parecía un cadáver sacado de la carretera, pero todavía era irreconocible. Solo parecía un hombre destrozado intentando regresar del borde de la muerte.

Estaba estable.

Se recuperaría.

Recuerdo haber sentido alivio.

Un alivio pequeño y agotado después de demasiadas horas intentando impedir que alguien muriera entre mis manos.

Revisé por última vez las vías, las constantes y el vendaje del brazo antes de abandonar la habitación.

Y entonces vi a mi supervisora esperándome al otro lado del pasillo.

Tenía la cara blanca.

—El paciente responde bien a los estímulos —empecé a explicarle mientras me quitaba los guantes—. Las constantes se han estabilizado después de…

—Leah…

Seguí hablando casi por inercia.

—Los injertos parecen viables y seguramente cirugía quiera revisarlo otra vez mañana por el riesgo de infección, pero en principio…

—Leah.

La forma en que dijo mi nombre consiguió detenerme.

Algo frío me recorrió el cuerpo.

Ella tragó saliva antes de hablar.

—No queríamos decírtelo antes de entrar a quirófano.

Sentí el pasillo encogerse a mi alrededor.

—¿Decirme qué?

Mi supervisora apartó la mirada apenas un segundo.

—El coche contra el que chocó la moto también llegó a urgencias.

Respiré hondo.

—Eran dos ocupantes.

—¿Qué pasa? ¿Necesitáis más ayuda?

—Leah…