Capítulo 30
Xipe
V enir al mundo para pasar la vida arañando cosas que acabarán pudriéndose entre las manos siempre me había parecido absurdo.
Las personas mueren igual que llegan: vacías.
Sin embargo, yo no quería que mi perla desapareciera así.
Quería que algo de ella sobreviviera a la carne.
Que su alma permaneciera incluso cuando su cuerpo dejara de hacerlo.
Amar a Leah era un pecado.
El más profundo. El más irreparable de todos.
Algo que, indudablemente, no me podía permitir.
Pero ardería de nuevo en el infierno para toda la eternidad con tal de poder decir que tuve a mi perla entre mis manos durante un segundo.
Pobre Leah.
La pérdida de sus padres fue un regalo de Los Desollados.
Sus muertes me devolvieron la fe. Abrió un sendero donde antes solo había ruido y vacío.
Me entregó la única verdad que jamás he reconocido como sagrada: mi perpetua perla.
Inamovible. Insustituible. Destinada a permanecer conmigo incluso después de la carne.
El dolor era la única cosa pura que existía. Todo lo demás terminaba corrompiéndose. El amor se convertía en posesión, la fe en teatro y la bondad en una mentira que los hombres utilizaban para dormir tranquilos por las noches. Pero el sufrimiento siempre decía la verdad.
El cuerpo hablaba cuando era llevado al límite.
Gritaba. Temblaba. Sangraba. Se abría igual que una herida recién hecha sobre la carne del mundo.
Por eso jamás le tuve miedo. El dolor no destruía a las personas.
Las desnudaba. Les arrancaba la piel falsa que habían construido para soportarse a sí mismas.
Y entonces apareció Leah.
Mi pequeña blanca perla.
La primera vez que la miré sentí algo parecido a una revelación enfermiza creciendo dentro de mi pecho.
Como si toda mi vida hubiese estado avanzando hacia ella.
Como si cada cuerpo, la muerte y cada pecado hubiesen sido únicamente escalones para llegar hasta sus ojos.
Amar a Leah no era humano. Era una enfermedad.
Una infección. Un salto de fe tan profundo que habría destrozado la mente de cualquier otro hombre.
Había matado a sus padres.
Yo era su creador. Su podredumbre me pertenecía. También su tristeza, sus noches ahogándose entre analgésicos, el sabor ácido del vómito, las ganas constantes de desaparecer del mundo.
Leah no habría existido sin mí. Al menos no esta versión de ella.
La que sangraba. La que se rompía. La que seguía mirándome incluso después de haber entendido que yo era el origen de todo.
Y aun así, cuando Leah me lanzaba miradas llenas de odio, solo era capaz de pensar en lo preciosa que se veía perteneciéndome.
Porque el sufrimiento la estaba acercando a mí.
Cada pérdida, cada grieta y cada noche rota la vaciaban un poco más del mundo hasta dejar espacio para llenarla únicamente conmigo.
Quería abrirla por dentro igual que una reliquia sagrada.
Quería mostrarle su culpa cada vez que me la follaba.
Quería que besara su dolor mientras forcejeaba desnuda en su altar.
Me había enamorado del dolor de Leah. Me había intoxicado con su espíritu roto. Sus deseos de morir terminaron filtrándose dentro de mí hasta pudrirme los huesos. Y yo quería conocer cada rincón del sufrimiento de mi perla. Aunque tuviera que obligarla a admirar su dolor para conseguirlo.
Decían que solo Dios podía doblegar el alma de un hombre.
Pero yo siempre preferí al diablo. Y Leah era una criatura digna de ambos.
Terminó desplomándose entre mis brazos como una criatura exhausta después de haber luchado demasiado tiempo contra su creador.
Noté el peso muerto de su cuerpo relajándose poco a poco contra el mío, su respiración lenta rompiéndose apenas entre pequeños espasmos de cansancio. Seguía temblando incluso dormida.
Mi pequeña perla.
Aparté el pelo de su rostro con cuidado, observando durante unos segundos la forma en que descansaba sobre mi pecho. Había algo profundamente perverso en verla así. Vulnerable. Agotada. Consumida hasta quedarse vacía entre mis manos.
Nunca había tenido tanto miedo de cerrar los ojos y dejar de ver algo tan bello.
La levanté despacio para no despertarla y la acomodé sobre la piedra del altar.
La piedra todavía conservaba algo del calor de nuestros cuerpos.
Coloqué su cabeza sobre la almohada que había llevado para ella y me aseguré de que el cuello quedara en una postura cómoda antes de apartarme unos centímetros para observarla.
Las cuerdas seguían inmovilizando sus muñecas y tobillos.
Bien.
No quería que despertara confundida y tratara de hacerse daño intentando escapar.
Cogí una de las túnicas moradas abandonadas cerca del altar y la extendí sobre su cuerpo desnudo, cubriéndola lentamente hasta sus hombros. El color oscuro contrastaba con su piel pálida de una forma exquisita. Como si hubiese nacido para pertenecer exactamente a aquel lugar.
La contemplé unos segundos más.
Dormida sobre el altar.
Atada.
Marcada por mí.
Mi pecho se tensó con una satisfacción tan profunda que creí tocar el cielo.
Después abandoné la iglesia.
Las puertas se abrieron dejando entrar el aire helado de la madrugada mientras mis hombres avanzaban detrás de mí en silencio. El eco de nuestras pisadas resonó entre los bancos vacíos y las vidrieras moradas.
—Quiero dos hombres vigilando la entrada toda la noche —ordené sin detenerme—. Nadie entra. Nadie sale.
—Sí, señor.
Los observé colocarse junto a las puertas principales mientras descendía los escalones de piedra de la iglesia.
El refugio permanecía fuera de la iglesia, oculto varios metros, enterrado bajo piedra húmeda, raíces y oscuridad. Descendí los escalones de cemento sin prisas mientras el eco de nuestras botas resonaba por el pasillo estrecho. El olor a incienso viejo, humedad y hierro seguía impregnándolo todo.
Dorian caminaba un paso por detrás de mí.
Siempre igual. Silencioso. Atento. Como una sombra aprendida de memoria.
Había dejado de preguntarme hacía años en qué momento pasó de ser uno de mis compañeros a convertirse en algo mucho más peligroso: alguien capaz de entenderme sin necesidad de hablar.
Empujé la puerta metálica del despacho principal y entré.
La luz tenue de varias lámparas bañaba las paredes de hormigón cubiertas de símbolos, fotografías y mapas clavados con alfileres oxidados.
El refugio entero parecía un santuario construido por hombres que habían olvidado cómo vivir fuera de su realidad.
Todavía podía sentir el cuerpo de mi perla entre mis brazos.
—Deberías tener cuidado —dijo Dorian a mi espalda.
Le lancé una mirada breve por encima del hombro.
—¿Con qué?
Él cerró la puerta antes de responder.
—Con los demás.
Sabía perfectamente a quienes se refería.
Los Desollados.
Durante años les había seguido sin cuestionar una sola orden. Sin embargo, las cosas habían cambiado desde mi desaparición. Desde que escapé de Los Desollados durante meses y regresé arrastrando conmigo la idea de una nueva mujer. De una nueva perla. Esta vez la definitiva, por supuesto.
Dorian apoyó ambas manos sobre la mesa de metal del centro de la habitación.
—No confían en tu perla —murmuró—. Y algunos empiezan a no confiar tampoco en ti.
La frase murió lentamente entre el silencio húmedo del refugio.
Sentí una sonrisa mínima deformándose en mi boca.
Qué ironía.
Leah no era una debilidad.
Era la prueba definitiva de mi fe.
—Que tengan miedo no significa que hayan dejado de obedecerme —dije al fin.
Dorian sostuvo mi mirada unos segundos.
—El miedo cambia rápido de forma, Xipe.
Acepté aquellas palabras con una tranquilidad que probablemente habría inquietado a cualquier otro hombre.
Porque Dorian tenía razón. La desconfianza era una enfermedad lenta, empezaba como un murmullo, como una duda insignificante deslizándose entre los labios equivocados, y terminaba pudriéndolo todo desde dentro.
Los Desollados habían sido construidos sobre la fe absoluta.
Sin ella, solo quedaban hombres violentos escondiéndose detrás de símbolos religiosos.
Me separé de la mesa y avancé lentamente hacia la pared principal del refugio, donde el emblema de Los Desollados permanecía dibujado sobre el hormigón ennegrecido.
Pasé los dedos por la pintura seca mientras pensaba en Leah dormida varios metros por encima de nosotros, inmóvil sobre el altar, todavía atrapada entre cuerdas y cubierta por aquella túnica morada.
Si los demás necesitaban una prueba para comprender por qué había regresado con ella, entonces se la daría.
—Mañana comenzará La Consagración —murmuré al fin.
La Consagración era el ritual más importante de Los Desollados.
Días enteros dedicados a quebrar el cuerpo y vaciar la mente hasta arrancar de ella cualquier mentira, cualquier apego y cualquier identidad anterior.
Hambre, aislamiento, dolor físico, privación del sueño, sometimiento absoluto.
El sufrimiento llevado al límite hasta que el alma dejara de resistirse y mostrara su forma más pura.
Solo los corazones más atormentados son capaces de purgarse.
La mayoría de mujeres no sobrevivían a la Consagración.
Sus cuerpos terminaban cediendo antes que sus mentes, o sus mentes se quebraban mucho antes de que el alma tuviera oportunidad de revelarse.
Por eso Los Desollados habían dejado de cazarlas durante años.
La rabia masculina era distinta, era más violenta, más fácil de moldear.
A mis hombres les gustaba contemplar cómo el cuerpo se resistía ante una fuerza superior, cómo la carne luchaba desesperadamente antes de aceptar que había nacido para ser doblegada.
Pero Leah lo soportaría. Era imposible quebrar a alguien que ya había aprendido a vivir hecha pedazos. Lo único que podía hacerse con una criatura así era moldearla, abrirla y reconstruirla hasta convertir su dolor en su amigo.
Porque mi perla jamás había pertenecido al mundo corriente. Había algo dentro de ella que los demás todavía eran incapaces de ver. Algo oscuro. Hambriento. Una grieta preciosa que llevaba años supurando bajo su piel incluso antes de que yo apareciera para abrirla del todo.
Giré lentamente el rostro hacia Dorian.
—Quieren una prueba de fe —dije con calma—. Pues voy a convertirla en una.
Sentí una presión enfermiza creciendo bajo mis costillas al imaginarla despertando sola sobre el altar, desorientada, vulnerable. La imagen me atravesó de una forma tan intensa que por un instante tuve que cerrar los ojos.
Dios.
Estaba completamente enfermo de ella. No enamorado. Enfermo.
—Cuando termine la Consagración —continué más bajo—, no quedará absolutamente nada de la antigua Leah. Y entonces Los Desollados entenderán por qué la traje conmigo.
El dolor no destruye a las personas.
Las revela.
Dorian y yo pasamos el resto de la madrugada organizando cada detalle de la Consagración.
Las horas avanzaron lentamente entre listas escritas a mano, rituales antiguos y órdenes pronunciadas en voz baja mientras el refugio permanecía envuelto en aquella quietud húmeda que siempre precedía al amanecer.
El aire olía a papeles viejos, incienso consumido y hierro.
A ratos podía escuchar el murmullo lejano de algunos hombres moviéndose por los pasillos superiores de la iglesia, preparando todo para el día siguiente.
Nadie dormía cuando una Consagración estaba a punto de comenzar.
Había algo parecido a la ansiedad religiosa flotando entre Los Desollados cada vez que el dolor iba a convertirse en ceremonia.
Me apoyé contra el borde de la mesa revisando por última vez las anotaciones mientras Dorian terminaba de escribir varios nombres sobre una de las hojas.
Entonces la puerta metálica del despacho se abrió bruscamente y uno de mis hombres apareció al otro lado. Las cuerdas seguían enrollándose alrededor de su cabeza y cuello como una extensión de su propia piel, ocultándole parte del rostro bajo sombras irregulares. Respiraba ligeramente agitado.
—Señor…
Levanté la vista hacia él sin moverme.
—Tu perla ya ha despertado.
Sentí algo cálido revolverse bajo mis costillas.
El hombre tragó saliva antes de continuar.
—Está gritando. Intentó soltarse de las cuerdas y casi tira una de las velas del altar. Creemos que será mejor que subas.
Una sonrisa lenta terminó deformándose en mi boca. Claro que estaba intentando escapar. Leah todavía seguía luchando contra algo que en el fondo de su alma ya había comenzado a reconocer.
Me aparté tranquilamente de la mesa.
No tenía ninguna prisa.
Porque escapar era imposible.
Abandoné el refugio mientras Dorian permanecía atrás observándome en silencio. El sonido de mis botas ascendiendo los escalones se mezcló con los ecos lejanos de la iglesia hasta que finalmente empujé las puertas principales y el aire frío de la mañana golpeó mi rostro.
La niebla todavía cubría parte del terreno.
Las flores anaranjadas que rodeaban la iglesia se mecían suavemente con el viento, creciendo entre la tierra húmeda como pequeños cadáveres abiertos bajo la luz del amanecer.
Me detuve junto a una de ellas.
Deslicé los dedos lentamente por sus pétalos. Eran frágiles, suaves y delicados. Exactamente igual que Leah la primera vez que la vi. Después continué caminando hacia la iglesia mientras los gritos de mi perla comenzaban a resonar amortiguados detrás de las puertas de piedra.
Cuando entré en la iglesia, Leah abrió los ojos de golpe.
El pánico le atravesó el rostro antes incluso de que pudiera disimularlo.
Me recorrió lentamente de arriba abajo, deteniéndose con cuidado en mis manos, buscando un arma, un cuchillo, cualquier cosa que pudiera anticipar cuánto iba a dolerle esta vez.
Dos de mis hombres permanecieron inmóviles junto a las puertas principales mientras yo avanzaba hacia el altar. El sonido de mis botas de cuero golpeando la piedra resonó por toda la iglesia, lento, pesado, inevitable.
Pobre Leah.
Sujetaba la túnica morada contra sus pechos desnudos con una desesperación tierna, como si aquel trozo de tela todavía pudiera protegerla de mí. Tenía las piernas cruzadas y las muñecas marcadas por sombras violáceas que comenzaban a extenderse bajo la piel. Lo mismo ocurría en sus tobillos.
El morado siempre le había quedado de perlas.
—Tienes que empezar a asumir que tu Dios abandona a sus criaturas cuando entiende que ya pertenecen al infierno.
«Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos.» — Apocalipsis 21:4