El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Oh, claro que sí —giró dos dedos sobre el nudo de nervios— siempre que quiera —otro giro— siempre que te obligue —otro giro— hasta que no quede nada de ti, e incluso entonces… —metió dos dedos de golpe —seguirás haciéndolo.

En un movimiento rápido, dejó de tocarme.

Entonces sujetó mis rodillas con una mano y mi cadera con la otra.

Noté la punta de su polla rozar mis labios.

Pero Xipe era un Dios, y ningún Dios espera.

Entró rápidamente, llenándome con cada centímetro y estirando todo lo que mi pobre cuerpo le podía dar.

Mi placer no era mío, nunca lo había sido, y lo dejaba bien claro mientras me embestía a un ritmo imposible, sin darme tiempo siquiera a sujetarme a la piedra.

Me dolía, claro que me dolía.

Pero Xipe siempre ha querido mi dolor. Yo estaba dispuesta a dárselo si era de esta manera.

El sonido de la humedad entre nosotros cada vez que rebotaba contra mis muslos llenó la iglesia. Alcé la mirada y los hombres que nos miraban seguían ahí, quietos. No se tocaban, no se movían, ni siquiera parecía que respiraran.

—Te gusta, mi perla. Que te folle delante de todos ellos.

Xipe se lamió los labios contemplando mi cuerpo.

Un jadeo escapó de mi garganta cuando la sacó entera, restregándola entre mis labios y empapándome con mis propios fluidos.

—Háblame o pararé.

—Me gusta —gimoteé, intentando alcanzar un borde del altar.

—¿Qué te gusta? —apoyó la punta de su polla en mi entrada, como tentando a meterla y no haciéndolo.

—Que me folles delante de todos.

—Mmm… —dijo mientras se hundía lentamente en mí de nuevo— Qué obediente. ¿Ves? Te dije que aprenderías.

Tenía que girar la cabeza hacia atrás para verle bien, y cada vez que lo hacía encontraba su rostro parcialmente cubierto por aquellos mechones oscuros que caían y se mecían sobre sus facciones angulosas al ritmo de cada embestida.

La luz morada de las vidrieras atravesaba su perfil a intervalos, marcando la línea dura de su mandíbula, la sombra bajo sus ojos, la expresión concentrada y casi devota con la que me observaba.

Cada vez que se retiraba apenas unos centímetros, yo cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en mi hombro, intentando soportar la sensación de vacío momentáneo antes de volver a sentirlo llenándome otra vez, lento y profundo, ensanchándome con cada movimiento de sus caderas.

El roce de su cuerpo contra el mío me arrancaba pequeñas respiraciones rotas que intentaba contener inútilmente mientras él volvía a entrar en mí con una calma desesperante.

Todo en aquella iglesia parecía haberse reducido al sonido húmedo de nuestros cuerpos, al roce de la piedra bajo mi espalda y a los gruñidos bajos de Xipe sujetándome contra él como si quisiera atravesarme por completo.

Las velas temblaban alrededor del altar.

O quizá era yo.

Quizá llevaba demasiado tiempo temblando.

Cada vez que se hundía de nuevo en mí, el aire escapaba de mis labios en pequeños jadeos quebrados que ya ni siquiera intentaba esconder.

Y él seguía mirándome.

Siempre mirándome.

Como si estuviera contemplando algo sagrado.

Negué apenas con la cabeza, perdida, sintiendo aquella presión creciendo dentro de mí hasta volverse insoportable.

—Eso es… —murmuró con la voz grave, respirando más rápido por primera vez desde que todo había empezado—. Córrete para nosotros.

Mi cuerpo entero estaba demasiado sensible.

Demasiado lleno de él.

Las cuerdas lastimaban mis muñecas cada vez que arqueaba la espalda contra el altar y Xipe aprovechaba cada reacción para acercarme más a su cuerpo, manteniéndome exactamente donde quería.

Un gemido se rompió en mi garganta cuando enterró el rostro contra mi cuello.

Lo sentí respirar ahí.

Profundo.

Me quería comer entera. No dejar rastro de mi piel. Arrancar mis fibras musculares y usarlas de collar.

Me mordió ahí, donde se une el cuello con el hombro y sentí cosquillas por todo el cuerpo.

Me seguía doliendo. No me había dejado de doler en ningún momento.

—Mi buena chica… —susurró contra mi piel—. ¿Lo sientes, verdad? Tu coño palpitando alrededor de mi polla.

El calor de la vergüenza me golpeó otra vez, mezclándose con algo mucho más peligroso. Algo que llevaba demasiado tiempo acumulándose dentro de mí.

El orgasmo llegó de golpe.

Me atravesó entera arrancándome un jadeo ahogado mientras mi cuerpo se tensaba sobre el altar y las piernas me temblaban. Sentí la cabeza vaciarse por completo, la respiración desaparecer, el placer mezclándose con la vergüenza y el miedo hasta convertirse en algo imposible de separar.

Xipe soltó una exhalación ronca contra mi cuello al sentirme romperme para él.

Después levantó la cabeza para mirarme.

Y aquella expresión…

Dios.

Aquella expresión parecía devoción absoluta.

Sus movimientos perdieron finalmente parte de aquella calma enfermiza, volviéndose más intensos, más necesitados, mientras sus dedos se hundían en mi piel como si intentara aferrarse a algo.

—Mi perla… —la frase se deshizo entre respiraciones rotas.

—Mi Dios… —respondí de manera automática.

Sus ojos no se apartaron de mí ni un segundo cuando alcanzó el orgasmo también, sujetándome firmemente contra él mientras enterraba el rostro en mi cuello con un sonido grave, contenido, casi desesperado.

Después todo quedó reducido a respiraciones agitadas.

Al altar.

A las velas.

A los hombres observando en absoluto silencio alrededor de nosotros.

Y a Xipe todavía abrazándome como si acabara de completar una ceremonia largamente esperada.

«Yo reprendo y castigo a todos los que amo.» — Apocalipsis 3:19