El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Leah

X ipe no apartó la mano de mi cara.

—Me gusta cómo suena mi nombre en tu lengua, mi perla.

Sus dedos seguían sujetándome la mandíbula con firmeza, obligándome a mantener la cabeza inclinada hacia él mientras el silencio se expandía entre los dos como algo que respiraba dentro de aquella iglesia enferma.

Su gesto se torció en una sonrisa.

No fue una sonrisa humana.

No apareció poco a poco ni nació de ninguna emoción reconocible. Simplemente surgió en su rostro, abriéndose despacio sobre aquella quietud antinatural, deformando apenas la línea de sus labios mientras sus ojos seguían exactamente iguales.

Vacíos.

Profundos.

Hambrientos.

Sentí un escalofrío recorrerme entera.

Porque entendí que su sonrisa no estaba hecha para tranquilizarme. Tampoco para burlarse de mí. Era la expresión de alguien que acaba de confirmar una teoría que llevaba tiempo esperando demostrar.

Sus dedos ascendieron ligeramente hasta mi mejilla, limpiando una lágrima con una lentitud insoportable.

—Sabía que eras la elegida —murmuró al fin.

Mi respiración tembló.

Él inclinó un poco la cabeza, observándome como si realmente estuviera orgulloso.

—Lo estás haciendo muy bien, Leah.

El modo en que pronunció mi nombre hizo que el estómago se me contrajera.

Intenté apartarme otra vez, pero la cuerda tensó mis brazos de inmediato y el altar me sostuvo como una puta mesa de sacrificios.

También intenté no fijarme en lo bello que era.

Un hombre demasiado guapo como para ser la reencarnación del mismísimo Dios del desollamiento.

Su piel parecía demasiado suave a pesar de lo nauseabunda que era su alma.

Mi piel se erizó y una corriente eléctrica provocó que me castañearan los dientes.

—Estás enfermo —dije con rabia, respirando con dificultad—. Eres un asesino enfermo.

La sonrisa no desapareció.

Al contrario.

Pareció crecer apenas un poco más.

Detrás de él, las llamas moradas vibraron con una corriente invisible, proyectando sombras deformes sobre las paredes de piedra.

El ángel embarazado que se alzaba detrás del altar quedó parcialmente cubierto por oscuridad, y durante un segundo tuve la sensación absurda de que aquella escultura estaba observándonos.

Xipe deslizó el pulgar por mi labio inferior.

—La muerte es una forma brutal de autoconocimiento. Nadie se conoce del todo hasta que muere por algo que no puede controlar.

Mi pecho subió y bajó con violencia.

Sus ojos descendieron lentamente por mi cuerpo desnudo, recorriendo las marcas rojas que las cuerdas habían dejado sobre mi piel, el temblor involuntario de mis piernas, mi respiración descompuesta.

Y cuando volvió a mirarme, había algo casi reverencial en su expresión.

Eso fue lo que más miedo me dio. Aquella devoción enferma.

—¿Qué es el amor sin la libertad? —dijo en voz baja—. ¿Qué es la vida sin ti?

Tragué saliva. No quería escucharle. Pero mi cuerpo sí. Y eso era lo verdaderamente confuso. Porque una parte de mí entendía exactamente de qué estaba hablando. Una parte de mí llevaba demasiado tiempo sintiendo aquella grieta. Aquella podredumbre lenta creciendo bajo la piel.

—No… —susurré negando con la cabeza—. No sé de qué me hablas.

Xipe soltó una pequeña exhalación por la nariz. Casi una risa.

—Claro que lo sabes.

Su mano descendió despacio desde mi mandíbula hasta mi garganta.

Noté el roce frío de sus dedos sobre mi pulso desbocado.

—Lo supiste cuando te diste cuenta de que pudiste haber salvado a tus padres.

El aire abandonó mis pulmones.

Mi cuerpo entero se congeló sobre la piedra.

—Lo supiste cada vez que miraste el dolor directamente a los ojos y no apartaste la mirada.

Negué otra vez, más rápido esta vez.

—Cállate.

—Lo supiste cuando me reconociste.

—Cállate.

—Porque yo también te reconocí a ti.

Su voz descendió todavía más.

En un susurro.

En una condena.

—No te asusto yo, mi perla. Lo que te aterra es mirarme y encontrarte a ti.

Su mano descendió lentamente por mi pecho hasta detenerse en mi ombligo.

La piel se me erizó al instante, una oleada de frío recorriéndome entera mientras la piedra debajo de mí seguía robándome el calor poco a poco, como si quisiera dejarme completamente inmóvil para él.

Notaba cada músculo tenso, cada respiración quebrándose dentro de mi pecho, cada pelo erizado sobre mi desnudez.

Xipe se inclinó entonces hacia mí.

Sus labios rozaron mi oído apenas un segundo, suficiente para hacerme contener el aire.

—Llevas toda la vida intentando convertirte en algo puro, Leah —murmuró contra mi piel.

Sus dedos descendieron todavía más, alcanzando la curva de mi espalda baja antes de empujarme bruscamente hacia él.

La sensación era insoportable, la certeza de que no estaba tocándome para descubrirme, sino para reclamar algo que ya consideraba suyo desde hacía mucho tiempo.

—Pero tu pureza me pertenece —susurró—. Yo la vi primero.

Sentí sus dedos deslizarse desde mi espalda baja hasta las cuerdas que inmovilizaban mis muñecas. El roce áspero tensó todavía más la piel abierta, arrancándome una pequeña exhalación involuntaria mientras él levantaba lentamente mis brazos por encima de mi cabeza.

La postura me obligó a arquearme ligeramente.

Las cuerdas descendieron después alrededor de su cuello cuando Xipe pasó la cabeza entre mis brazos inmovilizados, quedando atrapado deliberadamente dentro de ellos, como si quisiera convertir aquella prisión en algo compartido.

Su frente rozó la mía apenas un instante.

Y entonces me besó.

El mundo pareció apagarse alrededor.

No fue un beso brusco ni desesperado. Fue lento y profundo.

Terriblemente consciente.

Sus labios se movieron sobre los míos con una calma que me destrozó más que cualquier violencia posible. Sentí el frío de sus dedos rozándome la piel mientras sus manos descendían por mis costados.

Después me movió.

Mi cuerpo giró lentamente sobre la piedra hasta quedar completamente horizontal sobre el altar, y el roce áspero bajo mi costado me arrancó un estremecimiento inmediato.

Las velas parpadearon alrededor de nosotros, proyectando sombras moradas sobre su rostro mientras él no rompía el beso ni un solo segundo.

Las cuerdas tiraban de mis brazos por encima de él.

Mi pecho subía y bajaba descontroladamente contra el suyo.

Sus labios abandonaron los míos apenas unos centímetros.

Lo suficiente para respirar.

Lo suficiente para mirarme otra vez.

Tenía la pupilas dilatadas por algo oscuro que no estaba ahí antes.

—¿Ves a todos esos hombres? —susurró contra mi boca—. Están aquí por ti.

Fruncí el ceño, todavía atrapada bajo él, todavía sintiendo el sabor de su boca mezclado con mi respiración descompuesta, y giré la cabeza siguiendo la dirección de sus palabras.

Mi cuerpo se quedó rígido al instante.

Ya no eran dos.

Había hombres por toda la iglesia.

Al menos veinte.

Quizá más.

Inmóviles entre las sombras y la luz morada de las vidrieras, ocupando los laterales del altar como figuras arrancadas de una pesadilla ritual.

Algunos permanecían de pie junto a los pilares de piedra; otros más atrás, medio ocultos por la oscuridad.

Todos llevaban el rostro deformado por aquellas cuerdas enrolladas alrededor de sus cabezas y fragmentos de piel ensangrentada adheridos al cuerpo como si formaran parte de ellos.

Y todos me estaban mirando.

Sentí el pánico subir tan rápido que me mareó.

La respiración empezó a romperse dentro de mi pecho mientras intentaba incorporarme de golpe, pero las cuerdas tensaron mis brazos inmediatamente y Xipe me sostuvo contra el altar con una facilidad humillante, aunque ya había sacado su cabeza por mis brazos.

—No… —susurré—. No, no, no…

El sonido de mi propia voz temblando pareció perderse entre las velas.

Su nariz rozó apenas la mía.

—Están aquí para ver cómo te uso, mi perla.

El escalofrío que me recorrió esta vez fue distinto.

Más profundo.

Porque odiaba escucharle.

Odiaba el altar.

Odiaba las miradas clavadas sobre mi cuerpo.

Y aun así había algo dentro de mí debilitándose poco a poco cada vez que él hablaba.

Como una puerta cediendo desde dentro.

—Quieren ver lo mucho que te duele.

Xipe volvió a inclinarse sobre mí antes de que pudiera responder. Sus labios rozaron los míos otra vez, lentos, apenas abiertos, como si disfrutara prolongando cada segundo de mi respiración rota.

Y los hombres seguían mirando.

Dios.

Seguían ahí.

El calor de la vergüenza me recorrió entera al sentir aquellas miradas clavadas en mí mientras él me besaba delante de todos como si estuviera exhibiéndome.

Como si ya no fuera una persona.

Solo algo suyo.

Xipe separó apenas la boca de la mía, respirando contra mis labios.

—Te voy a decir lo que quiero que hagas —susurró—. Pórtate bien delante de todos mis hombres, mi perla.

Flexionó mis rodillas, las juntó y las subió hacia mi pecho, poniéndome en el borde del altar y tumbándome de lado. Mis pies colgaban un poco, así que aprovechó para acercar mi culo a su entrepierna mientras yo me apoyaba en mis manos.

—Todos pueden mirar, pero ninguno te puede tocar.

Xipe deslizó lentamente una mano entre mis muslos, llegando a mi centro y acariciándome los labios.

Despacio.

Él quería que todos observaran la calma con la que me tocaba.

—Eso es —murmuró—. Apenas estás mojada, me vas a recibir igual y te va a gustar.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro mientras acariciaba mi clítoris despacio, manteniéndome completamente expuesta delante de todos sus hombres.

El sonido de sus caricias me hizo sentir un calor brutal subir por el pecho hasta la cara.

Humillación.

Pura humillación.

Pero cada vez que intentaba moverme, él me sujetaba mejor.

Guiándome.

Abriéndome para él con una facilidad obscena.

El eco de sus pantalones cayendo rebotó por toda la iglesia. Alcé un poco el cuello para poder ver mejor. Estaba masturbándose con una mano mientras me tocaba a mí con la otra.

—No… —repetí—. No, no, no…

—Aprenderás a satisfacerme, mi perla

—No…