El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

El Dios

M i pequeña perla era un espejismo. Cuando estaba a punto de atraparla, se desvanecía entre mis dedos. Era una ilusión, un hormigueo que me recorría el cráneo y la espina dorsal. Ella se colaba por mi espíritu.

​ La veía correr sobre el manto blanco con una torpeza deliciosa, dejando huellas que hablaban de su miedo irregulares a su alrededor. Su pelo hondeaba a cada zancada, y movía los dedos frenéticamente, como queriendo agarrarse a algo para ser salvada.

No buscaba un camino.

Buscaba escapatoria.

Y lo hacía en el lugar equivocado.

La cacería solo era el primer filtro para las perlas.

La distancia entre nosotros no era física.

Nunca lo había sido. Podía sentirla sin necesidad de verla, reconocer el ritmo de su respiración incluso cuando el viento se interponía, notar la forma en la que su miedo se organizaba en su interior, expandiéndose, ocupando espacios que antes pertenecían a otra cosa.

Yo estaba ahí.

Desde antes de que lo supiera.

Desde antes de que despertara.

Observé cómo se detenía, cómo dudaba, cómo su cuerpo empezaba a ceder ante el frío y el dolor, cómo el pensamiento se fragmentaba dentro de ella hasta dejarla expuesta. Era un proceso lento, inevitable, casi reverente en su desarrollo. Nada en aquello era caótico.

Todo respondía a un orden.

A una lógica que ella aún no podía ver.

Los demás cerraban el círculo con precisión, pero no eran ellos quienes la contenían. Era la estructura visible de algo que no necesitaba de su presencia para existir. Sus cuerpos eran instrumentos, y aun así, en su crudeza, había una belleza difícil de negar.

Mi perla se escondió.

Entre tres árboles, buscando un refugio que no lo era, reduciéndose a sí misma hasta el límite de lo posible, como si pudiera desaparecer si ocupaba menos espacio.

La observé en silencio, sintiendo cómo su respiración se rompía contra el frío, cómo su cuerpo empezaba a fallar en pequeñas cosas, en detalles que ella aún no interpretaba como señales.

Las manos.

Los pies.

El temblor.

Todo hablaba.

Y yo escuchaba.

Joder, me encantaba escucharla.

Mi pequeña perla aún creía que esto era una persecución.

Que existía una posibilidad de escapar.

Que el miedo que la empujaba era una advertencia.

No entendía que el miedo también puede ser una guía.

Que hay lugares a los que solo se llega atravesándolo.

Di un paso hacia ese espacio donde su mente empezaba a ceder, donde la resistencia se volvía inútil, donde la necesidad de entender comenzaba a superar a la necesidad de huir.

Porque, aunque aún no lo supiera ella ya había dejado de estar perdida.

Ya había sido elegida.

—Intentaré que tu alma viva más que tu cuerpo, mi pequeña perla.