Capítulo 26
La perla
E l frío me despertó, pero fue el dolor el que me obligó a abrir los ojos.
Durante unos segundos no entendí nada. La luz era tenue, grisácea, el amanecer estaba ocurriendo a medias, sin terminar de imponerse sobre la noche.
Las copas de los árboles se recortaban sobre el cielo y la niebla se deslizaba entre los troncos con una lentitud casi deliberada, parecía que el bosque respirara a su propio ritmo.
Intenté moverme.
Noté el hielo bajo la espalda, la humedad pegada a la piel, el aire clavándose sin piedad en cada centímetro expuesto.
Estaba desnuda.
La idea no llegó de golpe, sino en fragmentos. Bajé la vista con torpeza, notando cómo el mundo se inclinaba de forma brusca en cuanto intentaba incorporarme un poco, y el dolor en la cabeza se intensificó hasta volverse insoportable.
No era un dolor normal.
Era profundo, constante, sentía que algo dentro de mi cráneo latía con violencia, golpeando desde dentro con cada pulso. Me atravesaba las sienes, me nublaba la visión, me hacía apretar los dientes sin darme cuenta.
Hacía semanas que no me dolía así.
Solté el aire lentamente, intentando regular la respiración, pero el frío me raspó la garganta en cuanto inspiré y me obligó a toser.
Abrí los ojos del todo y forcé la vista.
Árboles altos, oscuros, cargados de nieve en las ramas.
El suelo era completamente blanco, irregular, con zonas hundidas donde la nieve había cedido bajo algún peso.
No reconocía nada.
No había referencias.
No había sentido de orientación.
Estaba completamente desorientada.
Y completamente sola.
No sabía qué me daba más miedo: si la idea de estar sola o la idea de creer estarlo.
Mi respiración empezó a acelerarse, no solo por el frío, sino por algo más profundo, más primitivo. Una sensación que empezaba en el pecho y se extendía hacia fuera, creí que algo estaba despertando conmigo.
—No… —murmuré, sin saber muy bien a qué me estaba negando.
Tragué saliva.
Tenía la boca seca.
Algo estaba pasando.
No era solo la situación.
Era la sensación.
Intenté recordar.
La hoguera, las voces, el calor en las manos. La tienda. Maddie. Y después sueño. Las imágenes aparecieron de forma fragmentada, incompletas, como recuerdos que alguien hubiera manipulado, cortando justo antes de que pudieran tener continuidad.
No había transición entre eso y esto.
No había lógica.
Solo un vacío.
El pulso se me aceleró aún más y volví a mirar alrededor, esta vez con urgencia, buscando algo concreto aunque no supiera qué.
Nada.
Pero me di cuenta: no había huellas.
Ni mías, ni de nadie. Parecía que llevaba ahí horas. Aunque habría muerto de hipotermia, ¿no?
Pobre Leah.
Pero entonces un sonido llegó de pronto, pero no de forma brusca, sino extendiéndose en el aire con una profundidad que parecía atravesarlo todo.
Grave, sostenido, vibrando en una frecuencia baja que no solo se escuchaba, sino que se sentía en el pecho, en los huesos, en ese punto exacto donde el miedo empieza antes de tener forma.
Venía de lejos, o eso quise creer, aunque la manera en la que se propagaba entre los árboles hacía imposible ubicar su origen con precisión.
No pertenecía a ese lugar, y aun así parecía haber estado ahí desde siempre.
Mi respiración estaba suspendida, mi cuerpo tenso y mi mirada fija en ningún punto concreto mientras esperaba a que el sonido terminara. Cuando lo hizo, el silencio que dejó detrás no fue alivio, sino otra cosa distinta, más densa, más consciente. El bosque ya no estaba quieto.
El bosque estaba atento.
Y entonces empezaron los pasos.
No fue inmediato, ni claro al principio.
Un crujido aislado sobre la nieve, apenas perceptible.
Luego otro. Después varios más, desordenados al inicio, pero cada vez más definidos, más numerosos, extendiéndose alrededor de mí hasta formar una presencia imposible de ignorar.
Venían de todas partes. De todos los rincones.
De todas direcciones. El sonido se multiplicaba entre los troncos, se mezclaba con la niebla, se desdibujaba hasta volverse omnipresente.
Parecía un grupo. No era algo que pudiera esquivar con un giro.
El pulso se me aceleró hasta doler, golpeando con violencia contra el martilleo constante en mi cabeza, que ahora parecía expandirse, presionando desde dentro con una intensidad que rozaba lo insoportable.
Entonces escuché rugidos. No eran gritos, no eran voces, tampoco eran animales.
Eran sonidos rotos, graves, saliendo de gargantas que no terminaban de funcionar como deberían, arrastrados, irregulares, cargados de una violencia contenida que no necesitaba palabras para imponerse.
Se superponían unos a otros, creando un fondo constante que hacía vibrar el aire y convertía el espacio en algo hostil, ajeno, inhabitable.
No entendía qué estaba pasando.
Pero entendía perfectamente que no debía quedarme allí.
Eché a correr.
La nieve cedía bajo mis pies desnudos, hundiéndome más de lo que debería, dificultando cada zancada, pero no reduciendo la urgencia.
El frío ya no era una sensación localizada; se había convertido en un dolor constante que subía por las piernas y se mezclaba con la tensión del cuerpo, con la respiración cada vez más descontrolada, con el latido desbocado que me golpeaba por dentro.
No miré atrás.
No porque no quisiera, sino porque sabía que hacerlo cambiaría algo.
Que quizás vería algo que cualquier ojo humano no debería ver.
Que hay cosas que existen aunque no las nombres, aunque no las reconozcas y que, en el momento en que tus ojos las aceptan, dejan de ser ajenas.
Había algo en ese gesto, en ese simple acto de mirar, que se sentía prohibido, antiguo.
Sentía que al hacerlo no solo fuera a ver sino a ser vista.
Y no estaba preparada para eso.
Los pasos también corrían, más rápidos, más cerca.
Las ramas crujían, la nieve se rompía, el aire se cargaba con cada uno de esos sonidos que se acercaban sin ningún intento de ocultarse. No estaban dudando, no estaban buscando. Sabían dónde estaba. Y venían a por mí.
Seguí corriendo sin dirección clara, esquivando troncos, tropezando en desniveles que apenas distinguía, sintiendo cómo el cuerpo empezaba a resentirse, cómo los músculos se tensaban hasta el límite, cómo la respiración se volvía cada vez más irregular, más insuficiente.
Pero no podía parar.
Porque parar significaba enfrentarse a ello.
Y lo que fuera eso no tenía intención de dejarme elegir.
Pero ellos salieron de entre los árboles.
Sin saber muy bien de dónde ni cuándo. Ocupaban el espacio con una precisión que no parecía improvisada, cerrando cualquier posible salida sin necesidad de tocarme.
No eran sombras ni figuras confusas; eran cuerpos, hombres, reales, presentes, demasiado cerca como para dudar de ello.
Me rodearon. Di un paso atrás, instintivo, y mi pie se hundió en la nieve más de lo esperado. El equilibrio me falló durante un segundo, lo suficiente para entender que ya no tenía margen. Pero seguí corriendo. Con el corazón desbocado, abrazándome a mí misma para taparme un poco.
Llevaban el rostro cubierto, pero no eran máscaras en el sentido que yo entendía.
No ocultaban la cara, más bien la anulaban.
Una cuerda gruesa rodeaba sus cabezas, cruzando por encima y descendiendo hasta la garganta, donde estaba anudada con una tensión que hacía pensar que, si tiraban un poco más, la piel cedería.
La cuerda marcaba surcos, hundiéndose en la carne, deformando los rasgos hasta volverlos irreconocibles.
Sus torsos estaban desnudos. Y cubiertos al mismo tiempo.
Fragmentos de piel animal colgaban sobre sus cuerpos, adheridos sin ningún orden, empapados, oscuros, goteando lentamente.
La sangre descendía por sus pechos, se mezclaba con la piel humana, se acumulaba en la cintura antes de perderse en los pantalones negros que llevaban.
Estaban descalzos, sus pies se hundían en la nieve como si no sintieran el frío, como si no les perteneciera el dolor.
Su respiración era audible, pesada, irregular, sincronizándose poco a poco hasta formar un ritmo único, bajo, casi ceremonial.
Se movían al unísono, parecían una carrera perfectamente orquestada.
Me estaban dando caza.
No pensé.
Giré en seco, casi resbalando, y corrí hacia donde el bosque se cerraba más, donde los troncos se amontonaban hasta formar una especie de muro irregular.
Los vi en el último momento. Encontré tres árboles demasiado juntos, tan pegados que apenas dejaban un hueco entre ellos.
No era un escondite, no era nada que me asegurara seguridad. Pero era lo único que tenía.
Me metí forzando el cuerpo entre la corteza y la nieve, clavándome astillas, raspándome la piel sin sentirlo del todo. Me encogí sobre mí misma, pegando la espalda a uno de los troncos y recogiendo las piernas lo máximo posible.
La respiración se me descontroló pero intenté callarla. Cada exhalación salía en pequeñas nubes blancas que delataban mi presencia, que se disipaban demasiado despacio. Me tapé la boca con la mano, pero el frío ya había hecho su trabajo.
No sentía los dedos. O los sentía demasiado.
Un hormigueo punzante, irregular, se sentía como si miles de agujas se estuvieran clavando desde dentro hacia fuera.
Miré sin querer. La piel había perdido su color natural: estaba pálida en algunas zonas, amoratada en otras, con un tono extraño que no reconocía como mío.
Mis manos empezaban a congelarse.
Mis pies ya no respondían. No los sentía apoyados en la nieve, ni el contacto, ni la presión. Solo un dolor sordo, profundo, que subía lentamente por las piernas, mezclándose con el temblor incontrolable del cuerpo.
Me abracé más fuerte.
Pero no servía de nada.
El frío no estaba fuera, ya estaba dentro de mi cuerpo.
La cabeza me latía con una violencia constante, cada pulsación más fuerte que la anterior, como si el dolor hubiera encontrado un ritmo propio y no tuviera intención de detenerse.
La visión se me nublaba por momentos, perdiendo nitidez en los bordes, obligándome a parpadear para no desorientarme del todo.
No sabía dónde estaba.
No sabía hacia dónde había corrido.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Y, lo peor, no sabía qué estaba pasando.
No podía verlos desde donde estaba, pero los oía con claridad, desplazándose entre los árboles con esa misma cadencia lenta, medida, como si no tuvieran prisa porque supieran que el final no dependía de eso.
Contuve la respiración cuando escuché pasos.
El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo.
Otro paso.
La nieve cedió.
Estaba más cerca.
Por primera vez desde que había despertado allí entendí que no estaba intentando escapar. Estaba intentando retrasar algo que ya había empezado.
—Intentaré que tu alma viva más que tu cuerpo, mi pequeña perla.