El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

La perla

M e preguntaba si las estrellas sabían que a veces las miramos buscando respuestas. Que las usábamos para hablarle a quienes ya no están, para guardar deseos que nos daba miedo pronunciar. Cada noche estaban ahí, brillando como si supieran que necesitamos su constancia para no rendirnos.

Tras colgar la llamada, decidí establecer una red de seguridad. Después dejé el móvil en el coche. No tenía cobertura allí así que llevarlo encima era una ilusión inútil. Cerré el maletero con más suavidad de la que sentía y me obligué a no mirar atrás.

Cuando regresé al campamento, el día ya estaba cayendo.

La luz se había vuelto más densa y lenta, como si el cielo se estuviera apagando poco a poco en lugar de desaparecer de golpe. El frío había cambiado también, ya no era solo un golpe seco en la piel, sino algo que se instalaba, que empezaba a filtrarse por dentro.

Maddie y yo compartíamos tienda. La habíamos montado rápido, sin demasiadas palabras, cada una ocupándose de lo suyo y de su espacio.

Dejé la mochila a un lado, saqué lo justo: el saco, la almohada, una sudadera más gruesa.

Todo quedó preparado con una precisión casi mecánica, anticipando que la noche fuera una forma de mantener el control.

No lo era.

Pero lo parecía.

Cuando salimos, la hoguera ya estaba encendida.

El fuego crepitaba con un sonido irregular, vivo, lanzando chispas que desaparecían antes de tocar el suelo. La gente se había reunido alrededor en un círculo imperfecto, algunos sentados sobre troncos, otros directamente en el suelo, envueltos en mantas o abrazándose a sí mismos.

Nos acercamos sin interrumpir.

Había conversaciones cruzadas, pequeñas, fragmentadas. Comentarios sueltos, risas breves, silencios que no resultaban incómodos. Alguien hablaba de un trabajo que había dejado, otro de una recaída que no quería volver a repetir. No había dramatismo. Tampoco intención de impresionar a nadie.

Me senté junto a Maddie, lo suficientemente cerca del fuego como para notar el calor en las manos, pero no tanto como para dejar de sentir el frío en la espalda. Ese equilibrio extraño entre dos extremos.

—Esto es lo mejor —murmuró ella, estirando las manos hacia las llamas—. Cuando la gente comprende que su sufrimiento es solo suyo.

Asentí.

El fuego iluminaba las caras de forma irregular, dibujando sombras que cambiaban con cada movimiento. Por momentos, todos parecían distintos. Más duros. Más cansados. Más reales.

Miré alrededor.

Nadie parecía estar huyendo de nada en ese instante.

Apoyé los codos sobre las rodillas y acerqué las manos al calor. La piel empezó a cosquillear, volviendo poco a poco a la vida. Cerré los ojos un segundo.

Silencio dentro.

Por fin.

Pero no duró.

“Donde vive tu marido.”

Abrí los ojos.

El fuego seguía ahí. La gente seguía hablando. Maddie seguía a mi lado.

Todo en su sitio.

Menos eso.

—¿En qué piensas? —preguntó Maddie de pronto, sin mirarme.

Demasiado directa.

—En nada —respondí.

Una pausa.

—Mentirosa —dijo ella, con calma.

No insistió.

Me quedé mirando las llamas, siguiendo el movimiento errático del fuego como si pudiera encontrar algún tipo de orden ahí dentro.

—¿Tú crees… —empecé, sin saber muy bien por qué— que hay cosas que simplemente… no deberían existir?

Maddie giró la cabeza hacia mí.

No sonrió.

—Sí —dijo—. Hábitos como fumar, beber, la falta crónica de sueño o matarte de hambre suelen ser formas de autosabotaje.

Cuando reprimes una gran cantidad de ira, esa energía tiene que ir a algún sitio.

Así que, de forma subconsciente, empiezas a destruirte a ti misma solo para liberar todo lo que has estado acumulando.

Su respuesta fue inmediata.

—Y lo peor —añadió después de un segundo— es que no hay mayor deslealtad que destruirse a uno mismo.

El fuego crujió con más fuerza en ese momento, como si algo dentro de la madera cediera.

Bajé la vista.

No había visto nada.

Y aun así…

Sentía que algo ya había empezado a mirarme de vuelta.

Antes de que pudiera darle más vueltas, una voz al otro lado de la hoguera se coló entre el ruido.

—¿Eres nueva, no?

Levanté la vista.

Un chico de pelo oscuro, gorro hasta las cejas y una manta sobre los hombros me miraba con curiosidad tranquila.

—Sí —respondí—. Primera vez.

Asintió, como si eso explicara muchas cosas.

—Se nota —dijo, pero sin malicia—. Todos tenemos esa cara al principio.

—¿Qué cara? —pregunté.

—La de “no sé muy bien qué coño hago aquí, pero tampoco tengo nada mejor a lo que volver”.

Solté una pequeña risa por la nariz.

Demasiado acertado.

—Soy Kill, por cierto.

—Leah.

—Encantado.

Hizo un gesto con la cabeza hacia el fuego.

—Dale un par de horas más y ya te parecerá hasta buena idea.

—¿Esto? —miré alrededor.

—Sí. El frío, la gente, las historias que no has pedido escuchar… —se encogió de hombros—. Te acostumbras rápido cuando lo de fuera es mejor que lo de dentro.

No supe si eso era triste o reconfortante.

Quizá las dos cosas.

—¿Cuánto llevas viniendo? —pregunté.

—Un año… más o menos —respondió—. A ratos bien, a ratos fatal. Como todo.

—¿Y te ayuda?

Kill dudó un segundo.

—No siempre —admitió—. Pero al menos aquí no tengo que fingir que estoy bien. Y eso… ya es algo.

Asentí.

A mi derecha, una chica se inclinó ligeramente hacia nosotras.

—No le hagas mucho caso —intervino—. Es demasiado dramático para lo joven que es.

Tenía el pelo rizado recogido en un moño deshecho y una sonrisa cansada.

—Soy Clara.

—Leah.

—Encantada.

Clara acercó las manos al fuego, frotándoselas.

—¿Qué tal el viaje?

—Matador.

—Uf —hizo una mueca exagerada—. Yo he llegado con ganas de darme la vuelta en cada curva.

—Yo también —dije.

—Pero no lo hiciste —apuntó ella.

Negué con la cabeza.

—No.

Clara sonrió un poco más.

—Entonces ya has hecho la parte difícil.

No estaba segura de eso.

Pero sonaba bien.

La conversación siguió fluyendo sin esfuerzo.

Saltábamos de un tema a otro sin profundidad excesiva, como si todos estuviéramos tanteando el terreno.

Alguien comentó una anécdota absurda del hospital y terminé contándoles lo de un paciente que insistía en que su pierna no era suya.

Lo terminamos derivando a psiquiatría. Kill se rió más de la cuenta. Clara negó con la cabeza, divertida.

—Eso no me ayuda nada con mi hipocondría —dijo.

—Créeme —respondí—, si tu pierna no fuera tuya, lo sabrías.

—¿Segura?

—Bastante.

Después de cenar todos juntos, se nos hizo totalmente de noche. Recogimos la hoguera y nuestras cosas para empezar a replegarnos a las tiendas. Me despedí de Kill y Clara. No tenía claro si eran pareja, pero estaba claro que entre los dos había algo.

Entré en la tienda detrás de Maddie, apartando la tela con la mano para que no se enganchara con la cremallera. Dentro hacía menos frío, pero no mucho menos; el aire seguía siendo seco, áspero, y olía a tela nueva y a tierra húmeda.

Me agaché para cerrar bien la entrada mientras Maddie dejaba caer su mochila a un lado.

—Bueno —dijo, exhalando—. Sobrevivimos al primer contacto humano.

—Justito —respondí, quitándome la chaqueta.

Soltó una risa baja mientras empezaba a sacar sus cosas.

El espacio era pequeño, lo justo para dos sacos y poco más. Nuestros movimientos se volvían torpes, chocando sin querer, rozándonos los codos. Saqué el saco de dormir y lo extendí sobre la esterilla, alisándolo con las manos más por manía que por necesidad.

Maddie me observó de reojo.

—Te estás montando la suite , ¿eh?

—Déjame —murmuré—. Bastante tengo con estar aquí.

—No, no —negó con la cabeza, divertida—. Si lo respeto. Cada una sobrevive como puede.

Se inclinó para abrir su propio saco con menos ceremonia, dejándolo medio torcido.

—Mira —señaló el suyo—. Esto es alguien que ya ha aceptado que va a dormir fatal.

—Eso es porque no tienes estándares —repliqué.

—O porque no me traigo media casa a la montaña.

No pude evitar sonreír ligeramente.

Se dejó caer sentada sobre su saco, mirándome con esa media sonrisa que ya empezaba a resultarme familiar.

—¿Sabes qué es lo mejor? —añadió—. Que luego seguro que eres de las que dicen que no tienen ningún problema de control.

No respondí.

Porque, en parte, tenía razón.

Me metí dentro del saco hasta la cintura, ajustándolo alrededor del cuerpo, notando el calor atraparse poco a poco. Maddie hizo lo mismo, con movimientos más rápidos, más descuidados.

—Oye —dijo después de un momento—. ¿Qué te ha parecido la gente?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Bien… normales.

—Eso es raro, ¿eh? —comentó—. Que lo “normal” aquí sea un grupo de diez yonkis.

—Supongo que depende de dónde mires.

—Ya… —murmuró, acomodándose mejor—. Kill te ha caído bien.

La miré.

—¿Eso es una pregunta o una afirmación?

—Cotilleo —respondió sin pudor.

—No lo sé —admití—. Es fácil hablar con él.

—Sí —asintió—. Tiene esa cosa de… intensidad sin presión.

—¿Son pareja? —pregunté, pensando en Clara.

Maddie hizo una mueca.

—No oficialmente.

—¿Extraoficialmente?

—Se buscan —dijo—. No se separan el uno del otro. Pero dicen que son amigos. Creo que sólo ellos se entienden.

Guardé silencio un segundo.

—Suena confuso.

—Quizás —respondió—. Pero aquí nadie viene a presumir de hábitos sanos.

La tienda se quedó en silencio unos segundos. Afuera se escuchaban pasos, cremalleras, alguna risa lejana que se apagaba poco a poco.

La noche ya estaba completamente encima.

Me acomodé sobre la almohada, hundiendo la cabeza en ella.

Reconocí la forma, el tacto, esa sensación familiar que, por un segundo, me ancló a algo conocido.

Un perfume suave, casi imperceptible, a flores limpias.

Como sábanas secándose al sol, como un corazón en calma.

Siempre olía así. Siempre me llevaba al mismo sitio.

A mi casa.

A mi hogar.